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9 Mayo, 2017 | Por

LUJÁN CAMBARIERE: Diseño en movimiento

En su libro El alma de los objetos. Una mirada antropológica del diseño, la periodista explora el mundo a través de recursos que nos acompañan a diario: desde una simple cuchara hasta un tomógrafo, pasando por aquellos elementos que no solo adornan sino que facilitan nuestro día a día. Una mirada acerca del alcance social del diseño y cómo puede conectarnos con valores esenciales.

 

Foto: Ale López.

Basta con abrir los ojos cada mañana y mirar a nuestro alrededor mientras el sol juega a encandilarnos las pupilas. La cama. El despertador. Las pantuflas. Ir, incluso, más allá de la habitación: el cepillo de dientes, la cafetera, una cuchara. Todos esos objetos están ahí a la espera de que alguien los ponga en marcha para entretejer la vasta red de secuencias que nos llevarán hacia puntos inciertos en el espacio físico-temporal de nuestra vida. No están técnicamente vivos, pero algo late en ellos: es la creatividad, la fuerza humana con la que fueron construidos. Es su historia, su mensaje. Y es, además, el sentido de que ellos, y no otros parecidos o distintos, hayan sido elegidos por alguien para estar justamente ahí, adonde queremos que estén en ese preciso momento.

Hola de ruta

Luján Cambariere es periodista egresada de la Universidad del Salvador, con posgrado en Diseño de la Comunicación en la Fadu, UBA, trabaja hace más de veinte años en medios gráficos, televisivos y radiales y como curadora y gestora cultural. Su especialidad son el diseño y las temáticas sociales. Es editora de la sección de diseño del Suplemento M2 del Diario Página 12 y de la Revista Barzón. A través de Satorilab, un laboratorio de diseño experimental, expuso en los museos y bienales más importantes del mundo. Hoy se dedica a crear, gestionar y realizar proyectos que dan cuenta del diseño como herramienta de inclusión social, a través de Marca Cárcel (Cárcel de Ezeiza), Estar Limpios (Granja de Adictos en Recuperación Vientos de Libertad), entre otros. Además, dirige Ático de Diseño, su propio espacio de enseñanza e investigación. 

“Todo lo que hacemos está atravesado por el diseño. Por eso, a nadie debería dejar de importarle lo que los objetos significan”, dice Luján Cambariere, periodista especializada en el tema. Alma curiosa desde siempre, aunque eligió transitar caminos diversos, jamás perdió de vista un fuerte anhelo: publicar un libro acerca del valor social de diseñar. De eso, justamente, trata El alma de los objetos. Una mirada antropológica del diseño (Paidós), su primer libro, donde vuelca veinte años de investigaciones que la llevaron por el mundo a dar conferencias sobre el tema y talleres como los que tienen lugar en Ático de Diseño, un lugar donde se condensan y comparten sus saberes y experiencias (ver recuadro).

Sin embargo, en esa vasta trayectoria, a lo largo del camino, ocurrió un hecho bisagra: su segundo hijo –que hoy tiene 16 años– tuvo que ser operado del corazón a los dos meses de nacer. “Luego de esa vivencia sentí la necesidad de hacer algo más y comencé a trabajar en el área social”, cuenta. Así creó Solidaridad al día, un micro que se emitió durante años en radio Continental, y el segmento Modelo de País, en Canal 7. “Encontrar lo humano del diseño fue mi motor: siempre me interesó la persona detrás de la acción. Por eso, para el libro elegí la idea de que los objetos tienen alma, porque fueron creados por alguien que tuvo condiciones de vida determinadas. Y hay, además, un componente social en esa acción: un objeto adquiere un enorme valor en la vida de otras personas. En mi caso, lo viví desde la falta: cuando mi hijo necesitó un holter de su tamaño luego de la operación, no había –dice Cambariere, quien decidió plasmar esas y otras inquietudes por escrito–. En los libros de diseño tampoco encontré lo que necesitaba. Prevalecía la cuestión técnica, sin profundidad, y los recursos meramente visuales. Así fue como comencé a buscar por otro lado: antropólogos, psicólogos, artistas, sociólogos, religiosos…”, enumera.

A la izquierda, el libro. Y a la derecha sus ideas de diseño en acción.

–Sos periodista. ¿Cómo llegaste al diseño?

–Siempre me interesó, soy muy esteta. Pero no como una necesidad superflua, sino como una herramienta para mejorar el entorno. Llegué como observadora; no estudié inicialmente esa carrera. Sin embargo, entiendo que el mundo del diseño es mucho más que una linda imagen. Entonces, con el libro tomé la decisión de no incluir fotos, algo que me encanta, porque siempre es bueno hacer uso de la imaginación.

–Aunque no es lo habitual en el mundo del diseño…

–No, es cierto. Tengo una mirada bastante particular al respecto y te diría que algo exótica. Pero a pesar de que muchos discutieron siempre mis ideas, también hubo gente que me hizo ver que no estaba loca. Los diseñadores industriales tradicionales nunca vieron con buenos ojos que incluyera la artesanía o la mirada del sur en mis investigaciones. Ahora está de moda lo artesanal, pero cuando empecé estaba muy mal visto y, de hecho, para todos yo era la periodista que escribía quebrando con el concepto de lo que siempre había sido considerado un diseño: el producto tecnológico, seriado. Los años me han dado la razón: en el mundo, por una cuestión de sustentabilidad, está mal visto lo masivo. Hoy se busca la identidad, que es algo que yo siempre puse en valor a la hora de hablar de diseño.

–Y a la hora de hablar sobre el tema, elegiste un punto de partida: el sur. Eso tampoco debe haber caído muy bien…

–Tal cual. Acá las carreras de diseño se dictaban mirando a la Bauhaus. A mí, en cambio, me gusta decir que “mi norte es el sur”, una idea que tomé del pintor uruguayo Joaquín Torres García, pero que siempre sentí como propia: no me interesa la mirada colonizante del norte, sino partir de acá, de lo nuestro. Al sur del mundo, el diseño tiene un valor crucial y en nuestro ADN está el hacer del mínimo recurso el máximo. Sé de la incomodidad que provoca que las cosas no se adapten a nuestra cultura y a nuestras necesidades. Además, a la hora de pensar cualquier disciplina, los orígenes son fundamentales. Por eso, mi relación con el diseño fue siempre desde lo antropológico. En el imaginario, el diseño está asociado a una tendencia, a algo externo, pero en realidad se trata de un acto muy subjetivo.

“En el mundo hoy se busca la identidad, que es algo que yo siempre puse en valor a la hora de hablar de diseño”. 

–Pero también hay diseños malos, como las armas, por ejemplo.

–Claramente, el diseño puede ser malo o no. El diseñador Víctor Papanek decía que los diseñadores eran los profesionales más peligrosos del mundo, después de los publicistas. ¿Por qué? Porque un auto creado para trasladarnos también podía matar gente. Un objeto puede ser diseñado con fines benéficos y utilizarse negativamente; de ahí que debamos reflexionar acerca de su alcance. Por otro lado, los fines positivos son enormes, porque el diseñador experimenta a prueba y error, y prevé el futuro a partir de su creación. En un mundo que cada vez tiene más problemas (hambre, sequía, crisis energética, etc.), es crucial que el diseño brinde nuevas herramientas. En ese sentido, el diseñador tiene como misión fundamental observar a los demás y su entorno, para ensayar nuevas propuestas, cada vez más humanas.

–En el libro hablás del maná, como esa energía que traen los objetos. Desde tu experiencia, ¿por qué creés que elegimos algunos objetos y no otros?

–Porque van ligados a lo afectivo. Un recuerdo, una herencia, un estado de ánimo; el buen vivir en general. Para mí el diseño es eso: emoción. La artesanía, con la huella impresa del artesano, tiene esa impronta. Los antropólogos denominan a esa condición “maná” o “lumen”, que es la energía propia de la materia, la chispa que se enciende en cada uno de nosotros. ¿Por qué se produce? Porque hay objetos que son talismánicos, en los que uno deposita una energía determinada. Todos los tenemos, más allá de que creamos o no en la magia. Una prenda, un elemento heredado, algo que nos hace sentir protegidos. Carl Jung y Joseph Campbell analizaron la cuestión sagrada del arte y yo lo traspasé al diseño: hay cosas mágicas. Como dice Thomas Moore, debemos recuperar “el reencantamiento de la vida cotidiana” a través de nuestras prácticas.

–¿Y por qué nos debería importar el diseño?

–Porque el mundo de los objetos es trascendente para la vida de las personas y debemos entender la magia que hay a nuestro alrededor, y la energía de los objetos con los que convivimos. La artesanía es sanadora, tanto para el que la hace como para el que la recibe. En un mundo donde el consumo nos aleja de la interioridad, el trabajo artesanal nos salva a través de lo humano, de lo sustentable.

–En la discusión consumo sí o no, ¿qué postura tenés?

–Elijo el diseño de la periferia, de destacarnos con lo que tenemos y poner en marcha el don de trasmutar, que tiene que ver con tomar un elemento y convertirlo en otra cosa. Los diseñadores que trabajan con descartes y los convierten el algo precioso son para mí los verdaderos alquimistas de nuestra época. El consumo tiene que ver con eso: todo depende de qué se consuma y de qué manera. No está mal comprar algo que nos gusta y nos va a durar; es algo necesario y genera trabajo. Lo que yo condeno es el consumismo indiscriminado de cosas sin valor; un buen diseño hace que vos dejes de consumir algo similar por mucho tiempo.

–¿Cuáles son para vos mejores diseños?

–Aquellos que salvan y mejoran vidas, sin duda. Y también los que nos permiten estar más en contacto con los demás. El uso que le damos a ese objeto que consumimos será la clave: me importa el medio ambiente y no por eso dejo de usar una computadora; lo que sí intento es conservar la que tengo lo máximo posible, para no tener que comprar nuevos modelos todo el tiempo. Nada es radical, no funciona de esa manera.

–¿Dónde reside la mayor dificultad que atraviesa hoy el diseño?

–Un tema importante es la obsolescencia programada. Hay un acuerdo tácito en que el celular que compramos está diseñado para durar unos cinco años, como mucho. Se trata de una terrible encrucijada para el diseñador y habrá que ver cómo traspasar ese mandato del mercado. Es muy grave y, lamentablemente, se va a incrementar. Pero, por otro lado, celebro la vuelta a lo vintage: de ese modo recuperamos objetos que sí fueron diseñados para durar, y consumimos menos. La rebeldía radica en “decir no” a lo mal hecho, a lo que se rompe, a lo que fue diseñado para no durar.

La inteligencia, de las manos a la cabeza

Ubicado en el circuito Boulevard Sánez Peña de Tigre (muy cerca de la Estación del Tren y el Puerto de Frutos), Ático de diseño no es un lugar más en este mundo atiborrado de saberes. Es el espacio físico donde confluyen distintos sentidos, pero una misión en particular: la de poner en común. Una forma de encontrarse para hacer un mimo al alma propia y ajena, donde confluyen también profesionales de otras áreas, que nada saben de diseño. “’Vengo, pero soy contadora’, dicen quienes se acercan a las clases, como pidiendo perdón. Pero yo les explico que eso es, justamente, lo bueno: que ahora van a llevar la inteligencia de las manos a la cabeza”, cuenta Luján, feliz de que su emprendimiento sea un reducto de amor, creatividad y objetos queridos. “Acá no hacemos manualidades, sino que encontramos la forma de poner en pausa la cabeza y trabajar diversas técnicas con las manos”, comparte. Los materiales y la experimentación, a través de técnicas diversas, serán la clave para echar a volar. Facebook: Aticodedisenio. Instagram: @aticodelujancambariere.

–¿Hacia dónde creés que vamos, Luján?

–El binomio diseño-artesanía es para mí el nuevo escenario, es en lo que yo creo y siempre apoyé ese concepto. Desde ese sentido, el diseñador ya no es una estrella, sino un operador cultural como tantos otros. Es parte de un engranaje de seres humanos que conforman algo más grande que ellos mismos. Me gusta el concepto “interferir sin herir” porque nos dice que el diseñador no es más que el artesano;  ambos son fundamentales y complementarios. No hay enemigos, no debe haberlos. Tiene que ser una actividad de gente empática y sensible, cuyo logro mayor no sea el resultado estético sino lo humano de su creación para llevar a la emoción.

–¿Por qué elegiste trabajar sobre el alma de los objetos?

–Porque estoy convencida de que el diseño puede cambiar el mundo. No se trata de lujo y frivolidad, sino de mirar al otro, de percibirlo y darle una respuesta. Y está en casi todo lo que cada uno de nosotros vivimos a diario. Es un hecho que está ahí, desde que te lavás los dientes hasta que te subís al auto, y también cuando volvés por fin a descansar a tu cama. No hay acción que, en el mundo contemporáneo, no esté mediatizada por un objeto creado por alguien para ayudarte a tener una vida mejor, más encantada o, al menos, más funcional.

–¿Cómo emprendiste el viaje de escribir tu primer libro?

–La escritora brasileña Clarice Lispector lo dice de una manera perfecta: “Lo que dificulta el escribir es tener que usar palabras, eso es lo incómodo. Si yo pudiese escribir por medio de diseñar en la madera, o de acariciar la cabeza de un gato, o de pasear por el campo, jamás habría entrado por el camino de las palabras”. Pero, bueno, lo mío es la comunicación y siempre tuve el sueño de escribir, así que acá estoy.

“En el imaginario, el diseño está asociado a una tendencia, a algo externo, pero se trata de un acto muy subjetivo”.  

Luz, diseño y muchas ideas, pura inspiración de la mano de Luján.

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