Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

26 marzo, 2018 | Por

Lorena Vega: “Creo en lo que está pasando en el mundo femenino”

Actriz talentosa, mujer comprometida y dueña de un enorme poder interpretativo, es la protagonista de la obra "Yo, Encarnación Ezcurra", a quien le presta su cuerpo y su voz para visibilizar la historia de la mujer de Juan Manuel de Rosas, que cobra especial vigencia en el marco de las luchas de género.

Por María Evangelina Vázquez

Lorena Vega viene de un año lleno de logros, fruto de un esfuerzo prolongado y sostenido en el terreno teatral. Habiendo trabajado con importantes directores como Mauricio Kartún y Guillermo Cacace, en 2017 estrenó Yo, Encarnación Ezcurra, bajo la dirección de Andrés Bazzalo, poniéndose en la piel de esta mujer importante en la historia argentina −tantas veces maltratada por el relato oficial−, que fue la esposa de Juan Manuel de Rosas.

La obra Yo, Encarnación Ezcurra se presenta los domingos a las 18 en el Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943, CABA. Más info: www.alternativateatral.com

Vega ha ganado el premio ACE 2017 en la categoría Actuación femenina en obra para un solo personaje (la categoría masculina la ganó Luis Machín por El mar de noche). Anteriormente, había ganado el premio María Guerrero Revelación femenina por Salomé de Chacra, de Kartún. De todos modos, ella insiste en poner el énfasis en el trabajo presente y se muestra como una laboriosa actriz, atenta a los detalles y con una capacidad interpretativa destacada. Para este rol, por caso, se sumergió en la historia, se apoyó en investigaciones, y supo responder a las exigencias que conlleva todo unipersonal, con un libreto difícil de memorizar, como también las particularidades de organizarse en el espacio, de coordinar su intervención con la de los músicos en vivo, de encontrarle un ritmo propio al texto.

Alumna de Nora Moseinco, Ciro Zorzoli y Alejandro Catalán, define al teatro como “un espacio de supervivencia” y remarca la necesidad de comprender a fondo cada personaje que encara.  Este año se la puede ver como Encarnación en el Teatro del Pueblo y también en Todo tendría sentido si no existiera la muerte, de Mariano Tenconi Blanco, en el Centro Cultural San Martín.

−¿Cómo llegaste al trabajo de Encarnación Ezcurra?

−Por invitación del director Andrés Bazzalo. Él es amigo de Cristina Escofet, la autora, quien le había dado el material para que lo dirigiese. Él lo leyó, le encantó y me lo ofreció directamente. A mí me encantó también lo que iba descubriendo en la lectura acerca de Encarnación. Yo tenía un conocimiento más elemental, lo que se sabe del estudio de la historia oficial argentina. Me interesaba saber más, me daba cuenta de que había un potencial enorme, un arco de posibilidades expresivas. Tenía que hacer muchos cambios, variaciones, meterme en lugares diferentes y eso me parecía muy atractivo. Para mí, el desafío era pasar por lugares diferentes y sobre todo hacer un unipersonal, porque no lo había hecho antes.

−¿En qué momento te ofreció Bazzalo el proyecto?

−Cuando estaba embarazada. Llevó tiempo ponernos a trabajar en los ensayos; sabíamos que lo íbamos a hacer pero teníamos que encontrar el momento. Tuvimos pausas, pero el trabajo siempre iba avanzando. Y en 2016 fijamos fecha para estrenar en 2017. Entonces reforzamos varios puntos para abordar el material.

−¿Cómo te preparaste para el personaje?

−Hubo un trabajo técnico con la letra, un trabajo especial… La idea de que ella está muriendo en su cuarto de siempre. Habitarlo y poder sentirme dueña de casa y generar que la obra sea una invitación a ver cómo está ella en su hábitat, en su espacio; era un trabajo por construir. Entrar y salir de su cama, de su lugar de apoyo, estar moribunda, muriendo; el recuerdo que la revitaliza hasta que vuelve a aparecer la enfermedad. Pasar a la sala también fue otro cambio. Utilizamos tres frentes que también me organizaron la locución y los saltos de tema. Después hubo un trabajo de investigación paralelo: leer libros de historia sobre Encarnación y recibir el apoyo concreto de amigas historiadoras, una que es especialista en revisionismo histórico y otra experta en rosismo que trabaja en el Museo Histórico. Las dos fueron pilares importantes para saber más sobre Encarnación y Rosas, y para comprender algo del contexto, todo eso me sirvió muchísimo para abordarla.

−¿Hiciste un trabajo con la voz?

−Sí, porque uno tiene que comprender los personajes que hace y yo siento que comprendo profundamente a Encarnación. Me pasa algo como de ósmosis con ella. Hay una cosa que emerge, quizás vos lo identificás en la voz, porque surge una voz auténtica y para mí eso tiene que ver con un montón de elementos que hacen al trabajo previo, que tiene algo de comunión y comprensión, de identificación con ese personaje, con una mujer fuerte pero discriminada, ninguneada, subestimada y a la vez convencida y luchadora, fuerte en sus ideales. Todo eso que venía de afuera no la corría de su eje. Hay una cantidad de elementos con los que muchas mujeres nos podemos sentir identificadas. Hay una voz propia que Encarnación me ayuda a sacar.

Lorena, magistral en su unipersonal como Encarnación Azcurra. Foto: Alternativa Teatral.

−¿Cómo ves, en el contexto de lucha por los derechos de género, la relevancia de esta obra?

−Siento que es de absoluta confluencia. Eso fue lo que a nosotros nos impactó y es lo que le impacta también al público. La consonancia política que tiene. Lo de Encarnación es absolutamente extraordinario, porque (tomo palabras de la autora), lo que ella hace es estar en la centralidad del poder, no es alguien lateral, es alguien central en ese momento político. Eso sucede alrededor de 1820, era una mujer y no tenía ningún cargo. Creo que eso interpela y habla mucho de las mujeres que podemos ser. A mí me enorgullece estar haciendo la obra. Ocupa un lugar que está bueno que ocupe. Aparecen temas que nos interesan y que están ahí, sin que la obra pretenda bajar línea o ser un adoctrinamiento. Además, está ambientada en el pasado y, sin embargo, revela un montón de cosas de hoy. Nos hace sentido hacerla. Mucho sentido.

−¿Imaginaste que podrías ser premiada con un ACE por tu trabajo?

−No, no. Uno tiene que poner el foco y el eje en otra cosa. Lo hago porque me siento como un animal de actuación, me interesa la transformación en vivo y que suceda esa magia que sabés que es mentira, pero en ese momento te hace creer que el otro es ese que está ahí… Para mí, poder hacer el unipersonal sosteniéndolo, sin olvidarme la letra y a sala llena, ya es superar las expectativas. Es un desafío muy grande, entonces mi concentración está en hacerlo bien, no trastabillar, estar ahí presente y hacer lo que tengo que hacer. No pienso en eso. Cuando sentís que algo se ordenó, aparece algo que te desajusta; hay que estar pendiente. Pero sí, fue un primer año de vida súper auspicioso y multiplicador. Nos dieron varios premios; todos los rubros fueron nominados para alguno.

−¿Te parece que la repercusión que tuvo la obra  también tiene que ver con el interés creciente por las novelas históricas?

−Pienso que hay varias cosas, entre ellas, que es un momento de volver a la historia. Mucha gente me dice: “Me dan muchas ganas de leer más”. Despierta ese interés, de conocer a Encarnación, de saber más de esa otra historia que no nos llega. Hay muchos detalles que no sabemos. Por ejemplo, que crió a su sobrino, el hijo de Pepa, su hermana que era amante de Belgrano, y como los padres de Encarnación se oponían a esa relación, ella y Rosas lo criaron como propio. Al saber que se iba a morir, un día lo cita y le dice: “En realidad no soy tu madre, soy tu tía. Tu madre está acá, es ella, yo me voy a morir, tenés que saberlo” y muere.  No andaba con medias tintas. Y desde que lo conoce a Rosas, menos. Ella miente, dice que está embarazada sin estarlo, para que acepten su casamiento: los padres de Rosas no la consideraban lo suficientemente, entre otras cosas, bella y no aceptaban que estuviesen juntos.

−Empezaste de adolescente a estudiar teatro en un centro cultural, ¿cómo recordás aquella época?

−Toda la semana estaba esperando que fuera lunes para volver a las clases de teatro. Entraba ahí y me olvidaba de todo, jugaba y cuando salía volvía a la realidad. Me generaba como un estado de burbuja o de amnesia, para mí era muy sanador. Tuve una adolescencia de barrio, normal. Mis padres no podían hacerse cargo de incentivar mi desarrollo artístico, iba a la escuela pública y ya. Por eso milito y pienso mucho en la educación pública en todos los sentidos, porque creo que puede salvarle la vida a un montón de gente. A mí, concretamente, me ayudó a encontrar mi vocación y a conducir un camino.

−¿Estabas atravesando un momento difícil en aquel tiempo?

−Sí, mi familia es una familia humilde y en aquella época había problemas económicos. Mis padres estaban separados, mi madre tenía que hacer un montón de cosas para mantener a sus tres hijos. Era difícil, súper difícil, y muchas veces me preguntaba por qué me había tocado esa situación y qué podía hacer, o si mi camino ya estaba marcado y no iba a tener otra salida que trabajar mil horas para no tener dinero y nunca llegar a nada. Quería ayudar a mi mamá todo el tiempo. Ella, cuando cobraba algo de plata, me decía: “¿Vos necesitás algo?”. Yo le respondía que no, que le comprase a mis hermanos. Tenía mucha conciencia de la necesidad y de las dificultades. Era una realidad muy opresiva.

−¿Tuviste otros trabajos antes de dedicarte a la actuación?

−Sí, hice de todo. Tuve hasta tres trabajos en el mismo día para poder pagarme las clases de teatro: a la mañana de cadeta, a la tarde en una fiambrería, a la noche en la Feria del libro. Por eso, el día que me dieron el premio agradecí a mis maestros; ellos me apoyaron para que no abandonara el entrenamiento por cuestiones económicas y siempre encontraban la manera de ayudarme, jamás regalando las clases pero sí haciendo acuerdos, buscando la forma. Como por ejemplo Nora Moseinco: yo era su asistente a cambio de que me diera clases y eso me ayudó a descubrir mi vocación como docente.

−¿Qué significa el teatro en tu vida?

−Para mí es un espacio de supervivencia en todo sentido, no solo en términos económicos, aunque obviamente es mi trabajo. Es también lo que me interesa, lo que me mueve, lo que me hace sentir bien, lo que me da ganas, lo que genera mis redes de amigos y de pertenencia, lo que me ayuda a transitar las cosas que no me gustan o me duelen, no solamente en términos personales sino generales, sociales. Para mí, realmente es primordial hacer teatro.

El elenco de “Todo tendría sentido si no existiera la muerte”, de Tenconi Blanco.

Entre mujeres

Lorena es una gran observadora de su entorno y emplea aquello que aprende de sus seres queridos en los personajes que encarna. Hace algunos años fue mamá, junto a su pareja el director Gonzalo Zapico (con quien además comparte proyectos profesionales), pero lejos de ser la maternidad una dificultad en su carrera, se transformó en una fuente para potenciar sus recursos, de la mano de esa fuerza femenina que la mueve en cada uno de sus espacios.

−Contame cómo irrumpió en tu vida la maternidad, con Dante, qué modificaciones te trajo y cómo hacés con tanto trabajo.

−Siempre pensé que no me quería casar, que no iba a tener hijos. Pero me encontré con Gonzalo y todo se dio vuelta: quisimos casarnos y tener un hijo. ¡Y yo que pensaba que mi vida iba a ser todo lo contrario! Hace doce años que estamos juntos y crecimos mucho: es un gran compañero, inteligente y talentoso. Y luego llegó Dante, con mucha felicidad. Eso me potenció: elijo mejor, distribuyo mejor los horarios. No me detuvo en nada, al contrario, me dio, quizás, más seguridad a la hora de actuar. De hecho Dante trabajó en nuestro cortometraje La humedad (de Zapico, disponible en Vimeo) y una cosa que me causa gracia es que cuando Mauricio Kartún vio el corto, me mandó un mensaje lleno de elogios y en un momento me dice: “Los cuatro actores, excelentes”. Uno era mi hijo, que tenía dos años. Para mí, la maternidad, contrariamente a lo que pensaba años atrás, fue un nuevo lugar de aprendizaje y fuerza.

−¿Cómo ves la imagen de la mujer hoy en la industria cinematográfica, por ejemplo, donde hay muchas exigencias estéticas? ¿Y en el teatro?

−El teatro no tiene la misma exigencia: la singularidad, la rareza siempre le es más afín. De cualquier manera, creo que esa exigencia está instalada en todos lados como el modelo icónico de mujer perfecta, flaca, sin arrugas, sin estrías, sin celulitis. Eso es, digamos, un camino de opresión para que estemos todo el tiempo corriendo detrás de algo que es inútil, que no va a llegar. Por supuesto que no acuerdo. Creo que el cine, un cierto cine con objetivos más comerciales, que va detrás de eso. Pero hay otro cine. Por ejemplo, la película El año del león de Mecha Laborde (que se estrena en el país a mitad de año), propone otra cosa, mira a la mujer desde otro lugar. Hay directoras mujeres, no solo en la Argentina sino en el mundo, que están apareciendo y tomando lugares para poder contar otro tipo de expresiones femeninas. Eso me interesa, porque perfora de otro modo en la percepción y en la reflexión de la gente, del espectador, del individuo que pueda sensibilizarse con eso. Creo en lo que está pasando en el mundo femenino, en la voz que se está levantando, en las cosas que están sucediendo, en las agrupaciones que se van armando, como el colectivo de mujeres cineastas; ahora apareció el colectivo de mujeres dramaturgas. Nos estamos sumando cada vez más.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()