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20 julio, 2018 | Por

Fabiana Fondevila: “Lo sagrado es la percepción de lo más valioso, de lo esencial”

Cuando algo nos causa asombro, nos conectamos con lo trascendente, nos salimos del tiempo y permanecemos en un puro presente, dice la periodista Fabiana Fondevila. En su último libro, nos recuerda que si nos dejamos atravesar por esa emoción, nos recordamos a nosotros mismos que vivimos en un mundo permeado por lo sagrado.

 

Fabiana Fondevila es autora también de la novela juvenil Ana Despierta (Sigmar, 2017).

Por Carolina Cattaneo. Foto: Alejandra López. Ilustración: Maite Ortiz

Las nubes se corrieron y el sol reaparece con prepotencia en Buenos Aires, después de veinte días ininterrumpidos de lluvia. Son las nueve de la mañana de un viernes de otoño, Fabiana Fondevila no quiere desaprovechar esos rayos tibios y elige dar la entrevista telefónica desde su jardín, un espacio verde despeinado por la belleza de enredaderas salvajes, hierbas aromáticas y plantas medicinales y comestibles. Es probable que esta mañana su casa –donde habitan sus dos hijos y su marido, libros e instrumentos musicales– huela, como muy habitualmente, a pan casero. Ese aroma se puede percibir al otro lado de la línea con apenas un poco de intuición: conocemos a Fabiana Fondevila; ella escribe para Sophia desde hace siete años. Las lectoras la conocen a través de sus notas y nosotras, por la cercanía cotidiana. Periodista de raza (cubrió acontecimientos históricos y entrevistó a personalidades como Ray Bradbury o Susan Sontag), Fabiana es exploradora de la inteligencia vincular y de lo sagrado cotidiano, guía de talleres en los que invita a acercarse íntimamente a las emociones y escritora. Su último libro, Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana (Random House Mondadori, 2018), es la razón por la que deja por un rato su rol habitual y ocupa esta vez el espacio de entrevistada.

Instrucciones para vivir la vida:

Prestar atención.

Rendirse al asombro.

Contarlo.

Un poema, en este caso de Mary Oliver, da comienzo al libro. No es casual. Fabiana Fondevila suele empezar y cerrar con lecturas poéticas los encuentros que promueve, como si buscara recurrir, con ese rito, a un halo sutil que envuelva a las personas que la acompañan y haga que se sientan una y, a la vez, parte de un todo mayor. Como una clase de plantas nativas o un taller sobre el mito del viaje de la heroína, así también empieza su libro.

El viaje del héroe, una película más grande

“El pico visionario” es una de las estaciones de Donde vive el asombro… Sus páginas ayudan a comprender, desde una mirada mítica, que “el camino que llevamos recorrido es mucho más que un hilván de sucesos azarosos”, y que si subiéramos a la cima de una montaña y viéramos nuestra vida desde arriba, veríamos “hasta el más arduo de nuestros problemas como una figura más de nuestro teatro de sombras”. El viaje del héroe es, como los carteles al costado de una ruta, el relato que Fabiana Fondevila eligió para guiar al lector en esta estación del mapa. “El viaje del héroe está inscripto en una mirada mayor, que es la mirada mítica. Es una explicación, un término que utiliza Joseph Campbell, para hablar de un gran mito que subyace a todos los mitos. Campbell encontró que los mitos de las distintas culturas contaban la misma historia: que la vida de todo ser humano es un camino que consiste en dejar el hogar, sortear dificultades, matar al dragón, encontrar un tesoro y regresar a casa con él. Es la historia de la evolución humana y representa los pasos que atravesamos para convertirnos en quienes somos realmente, en una versión auténtica de nosotros mismos”, dice la autora, y evoca un fragmento de Campbell que ella describe como “hermoso”. Es aquel en el que el mitólogo estadounidense dice: “Ni siquiera el camino es desconocido, miles de héroes lo han transitado antes que vos. El camino está cartografiado, y donde pensabas que te encontrarías con el demonio, te encontrarás con un Dios. Y cuando pensabas que matarías al dragón, te matarás a ti mismo”. Fabiana Fondevila interpreta el mito del viaje del héroe como un mapa en sí mismo, que cuenta de qué se trata la vida. “Un ejemplo cotidiano: te vas de tu casa cuando te emancipás, y eso es un flor de dragón, es un desafío que debés superar y del que tenés que salir airoso: es necesario que encuentres un trabajo y te ganes la vida. Quizá formes una pareja y tengas hijos; después vas a envejecer y morir. Todo eso tenés que poder enfrentarlo. Esto requiere un continente mayor que las pequeñas fuerzas personales, una dimensión mítica y sagrada que te cuente una película más grande y que haga lugar al misterio”.

Donde vive el asombro. Prácticas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana está organizado en capítulos que, en realidad, la autora eligió llamar “estaciones”. Cada una busca, con abundante base teórica y propuestas vivenciales, “restaurar las cualidades del corazón que nos ayudan a ver, apreciar y celebrar lo sagrado en los pequeños sucesos de cada día, y a través de ellos, la vida misma”. Con preguntas y respuestas, nos dejamos guiar por ese mapa y recorremos con ella sus estaciones.

–Partamos de la primera parte del título de tu libro. ¿Qué es el asombro? 

–El asombro es una emoción y también es una virtud que nos conecta de inmediato con lo trascendente. Aparece cuando estamos en presencia de algo tan vasto, tan grande en número, tamaño o dimensión, que no lo podemos comprender ni abarcar. Puede ocurrir espontáneamente con escenas de la naturaleza: ante un cielo estrellado, una catarata, una montaña, el océano. En esos momentos, el pensamiento se suspende y el pequeño yo que vive recordando o anticipándose, preocupándose, tironeado por la sucesión de hechos que conforman nuestra vida, se disuelve. Al estar en contacto directo con el misterio, nos salimos del tiempo y permanecemos en un puro presente. La percepción paradójica es que nos sentimos diminutos ante la inmensidad que estamos presenciando, y a la vez infinitos, porque formamos parte de eso que vemos.

–La segunda parte del título de tu libro es “Prácticas cotidianas para cultivar lo sagrado en la vida cotidiana”. ¿Dónde se encuentran el asombro y lo sagrado?

–El asombro es una de las emociones que nos produce lo sagrado, al igual que la gratitud, la alegría, la inspiración, la compasión. Porque lo sagrado es la percepción de lo más importante, de lo más valioso, de lo esencial. Y eso, que es importante y valioso para cada uno, nos conmueve. Entonces, el camino es doble: nos dejamos atravesar por el asombro que se nos presenta por sí solo, y lo buscamos con conciencia e intención, para recordarnos a nosotros mismos que vivimos en un mundo permeado por lo sagrado.

–Es difícil definir “lo sagrado”. 

–Sí, porque no es un concepto intelectual, es una vivencia y cada uno la reconoce cuando la siente, y después le cuesta ponerla en palabras. Hablamos de lo numinoso y lo numinoso es inefable; las palabras son el dedo que apunta a la luna. Puede costarnos explicarlo o definirlo, pero en la vivencia no hay dudas. Y no hace falta que se trate de vivencias solemnes ni grandilocuentes. Lo sagrado es la sensación de la importancia última que no se puede catalogar ni dividir en pedacitos, de algo que es maravilloso y misterioso y no se puede explicar.

–En el libro te referís a dos movimientos de conexión con lo espiritual, y decís que es bueno que ambos se complementen y enriquezcan mutuamente. ¿De qué se tratan?

–De cómo nos hemos comunicado con lo sagrado, con lo divino, con lo espiritual, desde el comienzo de los tiempos. Platón ya hablaba de esto como “dos corrientes de energía divina”. Una corriente –la ascendente, o trascendente– se interesa por la fuente única e impersonal, que dio nacimiento a las múltiples formas. Esa es la versión de las religiones, más puntualmente las monoteístas. El vínculo devocional es con esa fuente, no tanto con sus manifestaciones aquí en la Tierra. La fuente, al no estar encarnada, es una, no es múltiple, no hay matices. Entonces, si yo quiero ir ahí, una vía son los rezos que se dirigen a esa fuente y le agradecen, le imploran o le piden perdón. Otra vía es ir a buscar el silencio dentro de uno. A esta primera corriente no le interesan tanto las formas y manifestaciones, “la Creación”, en términos religiosos, sino la fuente misma, que no tiene forma, género ni características; es el “más allá”.

–¿Y en qué consiste la forma descendente de espiritualidad?

–A esta versión le interesa el “más acá”, las muchas formas en que se expresa la fuente en la Tierra, cómo se despliega acá. Las tradiciones de sabiduría que adoptan esta visión son más antiguas; son las culturas paganas, chamánicas, matriarcales, en las que la atención está centrada en las manifestaciones de la fuente. Cada una pone su énfasis en distintas expresiones: algunas lo ponen en las plantas, otras en los animales. Esto lo describe muy bien Joseph Campbell: las culturas agricultoras encontraban a los dioses encarnados en sus labores diarias, había dioses de la siembra y de la cosecha. Esta orientación lleva un sello femenino: las mujeres siempre nos hemos ocupado de los niños, los ancianos, los enfermos, los moribundos, de la comida y los quehaceres domésticos; entonces, lo sagrado no podía estar en otro lado que acá mismo, entre nosotros.

–¿Cultivar lo sagrado es una opción?

–Como es una vivencia, no se trata de si lo sagrado está o no está, como si estuviera o no presente un objeto, sino de si uno lo percibe o no lo percibe. En esencia, lo sagrado está en todas partes, pero no en todos aparece como una preocupación, una visión o siquiera una percepción. Es igual que con el amor (otro nombre para lo mismo): el amor está en todas partes, pero no se hace carne de la misma manera en todos. En estos casos, no es que no esté presente, sino que no aparece en su plena dimensión.

Estaciones de un mapa posible

“El vergel”, “El jardín secreto” y “La aldea” son tres de las “estaciones” de Donde vive el asombro... Ellas hablan de cómo las personas se vinculan con lo sagrado; en palabras de Fabiana Fondevila, “caminos transitados donde la humanidad ha encontrado reparo, sentido y profunda conexión”.

–Y cuando no hay conciencia de ello, ¿qué implicancias tiene en el ser humano?

–La consecuencia es que vivimos profanando, vivimos una vida desacralizada en el sentido de no hacer lugar para eso que es sanador, que es bello, que nos une con los demás. Se pierden de vista las cosas importantes. Cuando no se cultivan los dioses adecuados –y uso la palabra “dioses” en términos metafóricos–, aparecen dioses menos nobles. Porque como uno ansía ese alimento de todos modos (por más que lo desconozca), lo busca en lugares equivocados, y termina endiosando aspectos de la vida donde no vive lo sagrado, como la búsqueda desesperada de fama, dinero o estatus, por ejemplo. Se persiguen lamparitas de 40 vatios cuando lo que en realidad nos habita es un sol.

–Hay momentos de desesperación en la vida en los que uno no sabe qué necesita, ni siquiera sabe qué busca. Y si lo sagrado está y no lo vemos, ¿cómo se despierta esa conciencia?

–Mi sensación es que la mayor parte de la gente tiene un hambre, un anhelo, una sed, que hace que en algún lugar, aunque sea con algún desvío, lo busque y lo reconozca cuando lo atisba. En algún momento de la vida, uno reconoce aquello de “Ah, claro, de esto se trataba”, momentos de plenitud, de conexión. Creo que el campo siempre está presente. ¿Por qué nos conmueven tanto personas como Gandhi o la Madre Teresa o un Dalai Lama o ciertas situaciones? Porque algo en nosotros vivencia algo en esa latitud, porque algo en nosotros reconoce que ahí vive lo sagrado.

–¿Y cómo se despierta eso?

–Por contagio y elevación: si vas por la calle ensimismada en tu nube oscura y estás desconectada de todo, y ves a un adolescente ayudar a un ciego a cruzar la calle, o ves a dos amigas que se abrazan con emoción, cualquier situación que tenga que ver con el amor, ese momento te transporta ahí: por lo menos, en ese ratito se siente alivio. Está bastante presto, disponible, solo que la vida que llevamos no ayuda porque no lo jerarquiza. La sociedad no se esfuerza por lograrlo, vivimos encapsulados en nuestra cabeza, bastante desconectados del cuerpo, de nuestras emociones y de nuestros corazones, y, por lo tanto, de lo que nos puede tocar esa fibra.

–En el libro hablás del bypass espiritual. ¿De qué se trata?

–El bypass espiritual es un fenómeno relativamente nuevo, de nuestra era, y tiene que ver con un momento en el que la espiritualidad se puso de moda y empezó a transmitirse livianamente, como un atajo, una panacea y una solución para todo. Con tanta angustia y soledad que hay en nuestras sociedades, la gente y algunos maestros espirituales empezaron a usar la espiritualidad como un medio y no como un fin. Lo usaban para evitar entrar en contacto con los aspectos dolorosos y difíciles de la vida, cuando la verdadera espiritualidad abarca aspectos dolorosos y difíciles, y los resignifica. Uno se puede quedar con una visión de lo sagrado que involucra solo “el lado luminoso”, pero también te pone en contacto con lo sagrado la muerte de un ser querido o el momento en que te enfrentás con la posibilidad de tu propia muerte. Nunca es tan claro lo esencial como en el momento en el que se está por perder a esa persona, y a uno le cae un rayo, siente un estremecimiento. Ahí estás en contacto con los límites de la vida y con el misterio mismo.

–¿Por qué decidiste incluir el capítulo “El pantano”, que ahonda en los momentos de oscuridad? 

–El libro ofrece un mapa posible en el que cada estación es un recordatorio de alguna dimensión esencial de la vida, como en el caso de los ritos y las ceremonias. Pero no es solo un mapa de momentos o vivencias hermosas; está la sombra también, el pantano. Lo que quiere recordar ese capítulo es que eso también es parte de la vida, no es un error, y esta sos vos, con tus luces y tus sombras.

–Dedicás un capítulo a los ritos. La monja estadounidense Joan Chittister, en su libro Escuchar con el corazón”, recuerda que la escritora Christina Baldwin dice que el rito es nuestro modo de transmitir la presencia de lo sagrado. 

–El rito, nos dice Campbell, es una puesta en escena del mito; quiere decir que si el mito dice que somos seres de naturaleza espiritual, el rito va a crear una forma de traer esa espiritualidad a la vida cotidiana. Entonces, si vos en un momento del día prendés una vela, no es un acto utilitario, no cumple ningún propósito, pero encender ese fuego es un recordatorio de quién soy en verdad, de que no se trata de si soy más o menos lindo o tengo una nueva arruga: es un recordatorio de que soy un ser espiritual habitando este cuerpo, de que soy un cuerpo y a la vez más que eso. Lo que guía al rito es la intención, y eso es lo importante. Si no, caemos en cierta banalización del rito, en una mirada superficial. No hay que confundir la forma con el propósito. El rito es un acto amoroso, y si no tengo más que una vela, la pongo frente a mí, en el centro, y esa vela representará para mí lo divino y hacia ella me inclino. Es un rito igual de poderoso que estar en una catedral con cien mil personas cantando y cien mil velas ardiendo.

 

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