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6 febrero, 2018 | Por

Liliana Bodoc: “Para ser libre hay que andar liviano”

Hoy despedimos a esta gran escritora, referente mundial de la épica fantástica, recordando su trayectoria a través de una nota publicada años atrás, cuando viajamos a El Trapiche, San Luis, para pasar un día junto a ella y recorrer de su mano universos tan mágicos como comprometidos.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Pablo Betancourt. Entrevista publicada en diciembre de 2009.

El Trapiche, San Luis. Domingo soleado, apenas una nube por allá y el resto es sólo cielo, un cielo inmenso sobre nuestras cabezas. En El Trapiche, una localidad de San Luis de 1200 habitantes, la escritora Liliana Bodoc vive junto a Jorge, su marido desde hace treinta y un años. Los dos hijos de la pareja viven en Buenos Aires, pero van a aparecer en la charla y en las fotos guardadas en las computadoras con las que el matrimonio trabaja a distancia –él, como experto en informática; ella, como escritora–, sin necesidad de ir a una oficina o a una fábrica.

Hasta allí, hasta ese paisaje de sierras, muy silencioso, viajamos a visitarla. Pasamos un día entero con ellos. Y allí pudimos acercarnos a su inclinación por bucear dentro de sí misma y abrir la puerta a la espiritualidad y a lo fantástico “como una luz con la que le gusta iluminar la razón”.

Ni un libro de poemas, ni una novela para adultos. No. Fanática como era de las historias de literatura fantástica, cuando Liliana Bodoc se largó a escribir, lo hizo con una ambiciosa trilogía épico-mágica inspirada en las comunidades aborígenes latinoamericanas, que inició con Los días del Venado, al que se sumaron Los días de la Sombra y Los días del Fuego. Hoy, cuando ya lleva publicados otros títulos, esos tres tomos se leen en francés, holandés, italiano y alemán, y le siguen otorgando un lugar privilegiado entre los mejores de la literatura actual. Junto a los elogios, claro, empezando por haber recibido el saludo de una escritora fundamental del género, su admirada Úrsula K. Le Guin, que un día le envió un mensaje que decía: “Vuelvo a casa luego de dos viajes, pero el suyo me llevó más lejos”.

–Liliana, ¿recordás cuándo apareció en vos este interés por lo mágico?

–Muy temprano. Yo tuve una infancia muy marcada por la enfermedad. Cuando era chiquita, tuve una septicemia y estuve muy grave. Siempre digo que ahí nació mi dicotomía entre el pensamiento científico y lo mágico. Hasta el día de hoy, si le preguntás a mi papá, sigue habiendo un debate en la familia acerca de quién me salvó: si un médico, como dice él –un hombre racionalista–, o una curandera a la que mi abuela le llevó mi primera batita. “¿Quién me habrá curado?” Me deben de haber curado un poco cada uno. Después de eso, la enfermedad me dejó secuelas bronquiales fuertes, que se fueron yendo solas en la adolescencia. En ese contexto, la lectura me ayudó mucho. Hubo épocas en las que no podía salir a correr o jugar y, entonces, leía. Devoraba los libros que traía mi papá.

–Con el tiempo decidiste reforzar esa tendencia a escaparte de la realidad inventando tus propios relatos. ¿Cómo llegás a escribir una historia de épica fantástica, un género tan poco transitado en la Argentina?

–La idea de lo mágico y el amor por lo sobrenatural y todo aquello que no se puede explicar desde la lógica me acompañaron toda la vida. Siempre me atrajeron los quién sabe y los por qué será. Habiendo crecido con un padre tan racional, hacerme preguntas como ésas fue un espacio de rebelión para mí. Cuando me puse a escribir, me pareció que el camino de lo fantástico era el único posible para que yo entrara en la literatura. Me atraía todo ese territorio de ambigüedades y posibilidades que despierta. Y la oportunidad de asociarlo con nuestra realidad, con nuestro mundo y nuestras tragedias.

–¿Cómo se fue encaminando esta búsqueda espiritual o metafísica que te llevó a preguntarte por todo lo que no podías entender?

–Bueno, ahí aparece otra vez aquella dicotomía que apareció en torno a mi enfermedad infantil. Mi papá era y sigue siendo, a sus 83 años, un militante del ateísmo; una persona orgullosa de ser ateo. Mi mamá, en cambio, era una persona orgullosa de ser una niña católica que cantaba en el coro de la iglesia, con una profunda fe. Entre ellos dos, yo estuve un largo tiempo nadando a dos aguas. De hecho, en casa fui la única que tomó la comunión, justo antes de que mamá falleciera. Después, yo seguí mi camino, buceé en mis preguntas y, de grande, conocí otros credos y búsquedas. En 1992, terminé haciendo mi conversión al islam.

–¿Cuándo necesitaste creer en Dios?

–Había cosas que veía que no me cerraban, como esta soberbia de mi papá al decir “No es que no crea en Dios; yo sé que Dios no existe”. Yo, en cambio, sentía que me hacía falta creer en Dios y me sigue haciendo falta. Vivir sin la guía de Dios y dejar que mi hijo Galileo se vaya, como se fue hace unos meses, con su grupo de teatro a viajar por Latinoamérica sin poder decirle “Que Dios te acompañe” sería demasiado para mí. Poder decirle “Que Dios te acompañe” me tranquiliza, me cura, me contiene. ¿Si Dios existe o no? A mí me gusta creer que existe.

–¿A qué te referís cuando decís “Dios”?

–Soy completamente primitiva en este sentido. Tan primitiva que más de una vez me ligué justos retos de mi sheik, porque los musulmanes no realizan ninguna antropomorfización de Dios. Para ellos no hay ningún ícono. Sin embargo, debo confesar que yo sólo me lo puedo imaginar como un señor –y acá las feministas se van a enojar–, como un señor de barba, y lo lamento mucho. Yo no me lo puedo imaginar como una energía o algo abstracto, inasible.

–Te lo imaginás como un barbudo…

–Sí (se ríe). Como un barbudo viejo y sabio.

–Liliana, en tu vida hubo dos hechos cruciales: la muerte de tu madre cuando tenías 7 años y los nacimientos de tus hijos. La muerte también aparece como un tema central en tu obra. ¿Cómo mirás hacia ahí?

–La idea de la muerte es un concepto que uno acarrea todo el tiempo y hay que saber relacionarse con ella. No es nada fácil. Dicen que se va haciendo más fácil con el paso de los años… A mí todavía no me ha tocado verificar eso. Ojalá sea así, pero me parece que hay un gran trabajo para hacer en este sentido, para no sentir que la piel es el límite de uno.

Una rutina elegida

Liliana Chiavetta y Jorge Bodoc (sí, la escritora adoptó el apellido de su marido también para publicar sus libros) se casaron cuando ella tenía 19 años y él, 20. Hasta entonces, Liliana había crecido en compañía de su padre, sus tres hermanos y los abuelos paternos que viajaron a Mendoza a acompañarlos tras la muerte de la madre. Un día, Lili, como la llama todo el mundo, se enamoró; tres meses después se casó con Jorge, y nueve meses más tarde nació Galileo, el primer hijo del matrimonio. Cuatro años después, nació Romina. Paso el tiempo. Una vez que se fue acomodando y armó una casa y otra hasta tener un techo propio, Liliana cursó la licenciatura en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Cuyo.

Más tarde se dedicó a la docencia y no fue sino hasta sus 39 años, cuando los chicos fueron grandes y pudo apoyarse en el trabajo de su marido, que Liliana dio rienda suelta a su deseo profundo de escribir y se embarcó en el proyecto que le cambió la vida. Edificó, uno detrás de otro, los tres tomos de La Saga de los Confines.

Hoy está instalada junto a su marido en un pueblo serrano de San Luis al que se mudaron en 2007.

–Liliana, ¿por qué eligieron vivir en El Trapiche?

–Este lugar es muy querido por nosotros porque aquí veníamos de vacaciones cuando nuestros hijos eran chicos. Veníamos a mediados de diciembre para evitar el gentío, y conservamos recuerdos muy lindos. Como nos gustaba la sierra, encontramos esta casa que estaba destruida, la refaccionamos y acá nos quedamos. Viviendo acá, estamos muy cerca de los parientes de Mendoza y no tan lejos de Buenos Aires, donde viven nuestros hijos. Galileo se fue a estudiar teatro, terminó su carrera en el Conservatorio de Arte Escénico y tiene un grupo de teatro. Romina estudia Antropología.

–¿Cómo es vivir en El Trapiche?

–Vivir en este lugar es maravilloso. Me gusta la cotidianidad estando acá. No es una cosa cualquiera la manera en que pasa el día; cómo desayunamos o cómo llega la noche. Transformar, hasta donde se puede, lo cotidiano en un ritual dulce y gentil es una de las cosas que más disfruto en la vida. Yo disfruto la rutina cuando tiene que ver con algo elegido. No es lo mismo la rutina de un tipo que tiene que tomarse un tren y un subte para ir a un trabajo que no le gusta, que la rutina de alguien que tiene el extraordinario lujo de vivir de lo que le gusta. Nosotros, cuando nos levantamos, caminamos. Damos toda la vuelta al pueblo, y después volvemos y desayunamos.

–¿Cómo hacen para trabajar desde acá?

–Con los años, felizmente, los dos hemos logrado tener actividades que nos permiten trabajar desde cualquier lugar. Es un verdadero lujo vivir de la escritura o de la informática y ser nuestros propios jefes (se ríe).

–¿Viajan seguido?

–En realidad, yo soy la que viajo más y eso me corta lo bucólico, me introduce lo urbano, algo que, en dosis justas, también necesito. Me gusta disfrutar de los cafés de Buenos Aires, poder estar con mis hijos y viajar a visitar a mi familia en Mendoza. Mi marido, en cambio, es más ermitaño que yo. Él puede estar meses sin trasladarse y siempre trabaja mucho.

–Tu casa refleja sencillez por todos lados…

–¿Te parece? Es lindo escuchar eso porque siempre he creído que uno tiene que ser coherente con lo que piensa. A veces, me dicen: “Podrías voltear esa pared, construir arriba”. Con Jorge podríamos hacerlo, pero este espacio para nosotros dos sobra. Vivimos en una tierra que tiene más de 400 metros cuadrados de terreno y la casa es sencilla, pero ¿puede una persona necesitar más que eso para vivir? Tener más te va encadenando. Es una gran verdad esto de que cuanto más tenés, más tiempo y energía tenés que dedicarle a lo material. Para ser libre, hay que andar liviano.

–Jorge ha sido tu compañero durante treinta y un años. Cuando mirás para atrás, ¿cómo fue llegar hasta acá?

–Llegar hasta acá y seguir juntos fue una construcción, con todo lo que eso implica, y algo que a esta altura de mi vida no cambiaría de ninguna manera por ningún enamoramiento. La relación con Jorge sigue siendo una construcción, con todos sus vaivenes, con todas sus subidas y sus caídas, pero el resultado de ese perseverar en un lugar de amor para nosotros es un tesoro invaluable. Saber que el que está a tu lado te conoce hasta en tus más íntimos recovecos te facilita una entrega que en otro caso no sería tan fácil. Tenemos 50 años y este árbol que plantamos juntos tiene raíz, cimientos muy sólidos. Siempre nos decimos que, aun cuando alguno de los dos decidiera que esto se terminó, aun cuando Jorge se enamorara y se fuera, ya está. Yo ya sé que no puedo dejar de quererlo como persona nunca más en mi vida. Y él no tiene manera de no quererme a mí.

–¿La relación entre ustedes se modificó cuando los chicos se fueron de casa?

–Sí. Cambiaron los tiempos, cambió lo cotidiano, porque ya no estaban los requerimientos de atenciones y tiempos maternales. Yo le dediqué mucho a la crianza de mis hijos, pasé mucho tiempo con ellos, y cuando crecieron y decidieron irse buscando sus caminos, me encontré con un espacio nuevo. Hay personas que me dicen: “Yo tengo un sueño y no lo puedo cumplir. Yo les digo que a lo mejor no lo pueden cumplir ahora, pero que todos los días se puede hacer algo en favor de ese sueño”. Si yo no hubiera hecho mi carrera, a los tropezones, cargando a mis hijos a la facultad… Si no me hubiera tomado tiempo para leer, si no hubiera buscado tiempo en medio de la rutina doméstica para darle lugar a ese sueño, difícilmente me habría sentado a escribir una novela.

Liliana Bodoc nació en Santa Fe en 1958 y falleció hoy a los 59 años. A los 5 se mudó a Mendoza junto a sus padres y más tarde eligió echar raíces San Luis. Escribió libros para adultos y chicos. Recibió varios premios, como el Konex y fue nominada al Premio Hans Christian Andersen, el más importante de literatura juvenil. 

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