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Sophia - Despliega el Alma

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1 junio, 2018 | Por

Laura Muñoz: El precio de decir no

La exmujer de Alejandro Vanderbroele –el presunto testaferro de Amado Boudou en la causa Ciccone, entre otras– abre las puertas de su nueva vida, en un relato sobre el dolor, el amor y la posibilidad de sanar. “La verdad siempre me salvó”, sostiene en exclusiva desde Mendoza.

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Marcelo Aguilar (Cobertura especial en Mendoza).

Es jueves por la mañana en Chacras de Coria, ese remanso ubicado en la zona de Luján de Cuyo. Y aunque amaneció con una fuerte tormenta, acaba de salir el sol. Sin querer, esa sencilla postal del acontecer que regala el clima es un poco el resumen de lo que vendrá: en eso, mientras los pájaros vuelven a cantar y se escurren los últimos charcos de las veredas, llega sonriente Laura Muñoz, la exesposa de Alejandro Vanderbroele (hoy imputado arrepentido en la causa Ciccone), presunto testaferro del expresidente Amado Boudou.

Hace tiempo que prefiere guardar distancia de los medios, pero no duda en aceptar la invitación de Sophia: la entusiasma la idea de hablar de su nueva vida, del proceso que la llevó, dice, a sanar. “No te invito a casa por razones de seguridad”, se excusa al sentarse en el bar que eligió para la cita y cuenta que su casa tiene custodia y cámaras que la vigilan noche y día. Que, a pesar de eso, intenta volver a tener una vida normal junto a sus tres hijos: dos varones de su primer matrimonio y una nena de su unión con Vanderbroele. Que el miedo todavía la circunda, sí, pero ella elige ignorar sus merodeos. “Durante años pensé que me iban a matar. Y en esa espera, que es como quedar en pausa, un día decidí dejar de temer. Ya había contado mi verdad, podía ir liviana”, reflexiona mientras consigue un mate y se pone a cebar.

Al momento de la charla se cumplen seis años de que su denuncia salió a la luz por radio Mitre en el programa Lanata sin filtro. Allí contó que su exmarido hacía negocios con Boudou a través de José María Núñez Carmona y que hasta había facturado con una firma a su nombre, The Old Fund, una comisión de $7,6 millones por el supuesto asesoramiento para la reestructuración de la deuda provincial de Formosa. Fue entonces, asegura, cuando todo comenzó: “Cuando cuestioné lo que hacía, empezaron los maltratos. Me dijo que, si hablaba, nadie me iba a creer, que me iba a hacer pasar por loca y me iba a sacar a nuestra hija. Luego empezaron las amenazas, personas que entraban en mi casa, me seguían en la calle o dejaban mensajes en el contestador diciéndome que me iban a violar, a matar. Por eso decidí hablar con la prensa; fue mi último recurso para preservarme. Aunque también pensaba en Lourdes di Natale, en Alberto Nisman…”.

El año pasado, por fin pudo declarar ante la Justicia. “Tuve que revivir todo con mucha intensidad, pero la diferencia fue que yo ya no era la misma. Y que el cambio de gobierno me jugó a favor: por primera vez me siento protegida. Claro que el proceso sigue y Boudou, Núñez Carmona y Vanderbroele están muy enojados, se van a querer vengar”.

“Durante años pensé que me iban a matar. Y en esa espera, que es como quedar en pausa, un día decidí dejar de temer. Ya había contado mi verdad, podía ir liviana”.

–De hecho, Boudou acaba de anunciar que va a denunciarte por falso testimonio.

–Sí, me lo esperaba; siempre están tratando de encontrar la forma para que me declaren la nulidad. Todavía vienen tiempos complicados, pero ya no estoy sola como cuando empecé a andar este camino y me presenté ante el juez Gabriel Díaz, quien me aconsejó que me callara. Y lo mismo ocurrió cuando recurrí al fiscal Daniel Carniello.

–¿Por qué creés que no te escucharon?

–Porque había gente con mucho poder. Ahora veo que fui ingenua; pensé que con decir la verdad bastaba. Y en vez de protección recibí castigo. Dijeron que estaba loca, que era mala madre; tuve que ir una vez por semana durante meses a realizarme una pericia psiquiátrica para constatar que no fabulaba. El día que el fiscal Carlos Rívolo salió a decir públicamente que mi testimonio era creíble, me puse a llorar como una nena frente al televisor.

–¿Cuál fue la peor parte?  

–El miedo, pensar que de verdad podían matarme. Me llamaban todo el tiempo para amenazarnos a mí y a mis hijos. Nos desalojaron, quedamos en la calle, sin recursos económicos ni emocionales. Antes tenía a mi familia, a mis amigos y, fundamentalmente, a mi marido. Compartía todo con él; por eso, conocía los detalles de sus negocios. Estábamos solos en Mendoza: cuando nos casamos nos fuimos de Buenos Aires para iniciar un proyecto juntos, lejos de todo. De pronto, mi matrimonio se rompió y también mi plan de vida a largo plazo. Se acabó la familia, el núcleo.

–¿Por qué te parece que luego de la denuncia muchos tomaron partido por tu exmarido?

–A los que conocían a Alejandro no les entraba en la cabeza. ¡No era político ni necesitaba dinero! Hubo vecinos que nunca más me saludaron. Y lo peor fue que mi mamá y mi hermana se alinearon con él. Pasé a ser una persona invisible; nadie quería acercarse. Fue un momento de soledad absoluta. Vanderbroele era un personaje mucho más atractivo que yo, la simple ama de casa que atendía a su marido y a sus hijos y daba clases de gimnasia. Él tenía dinero y cierto poder. Fue hábil y además supo comprar muchos favores.

–¿Cuál fue tu sostén en ese momento?

–Me armé rutinas, soy muy metódica. Iba todos los días a la verdulería, por ejemplo, solo para tener diálogo con un adulto. Planificaba actividades así, sencillas. Ponía la radio AM para escuchar hablar. Fui haciéndome una estructura, pero había momentos en los que esperaba que alguien me llamara, me abrazara y me prestara el hombro para llorar. Era como si me hubiera muerto: no tenía contacto físico con las personas, salvo con mis hijos, a quienes yo tenía que cuidar.

–¿De qué exactamente querías protegerlos?

–Una vez envenenaron al perro de mi hijo mayor, fue un drama; obviamente nunca le dije que fue por esto. Durante mucho tiempo, en casa estaba prohibido atender el teléfono, abrir la puerta, salir a la calle. Vivía con pánico y cada dos por tres nos teníamos que escapar. Una vez pasamos la noche en la casa de mi psicóloga. Cuando nos desalojaron, alquilé un ranchito y yo les decía que no importaba que la casa fuera chica, porque estábamos juntos. Comíamos arroz, fideos, polenta… Pero les pedía que pensaran en todo lo bueno que iba a venir. De muchas cosas no se enteraron, ni se las voy a contar nunca. Lo que haría cualquier madre: sacar recursos de donde no tiene.

–Pero decís que tu mamá no fue así con vos…

–Mirá, cuando le conté a mi mamá que la relación con Alejandro se había tornado muy violenta, hasta físicamente, me respondió que él era mi marido y siempre tenía que ponerme de su lado. Ella es una persona muy machista, rígida, poco conectada con su femineidad. Y como madre ha sido distante. No la juzgo, porque cada uno es el resultado de sus propias experiencias. Todos en la vida hemos atravesado situaciones adversas, pero en algún momento madurás y querés dejar de ser siempre la víctima. Ver si podés sacar algo bueno de lo vivido y, si no, atravesarlo para convertirte en un adulto feliz, capaz de dar amor.

–¿Alguna vez en todo este tiempo te arrepentiste de haber hablado?

–No, nunca. Y eso que me ofrecieron de todo a cambio de mi silencio. Cuando la gente con el tiempo me empezó a felicitar, me pregunté cómo era posible que alguien pudiera darte las gracias por decir la verdad, por no haber robado. Vivía todo el tiempo en alerta. Había perdido el deseo, la esperanza. Mi objetivo era mantenerme viva hasta que mis hijos fueran grandes. A la chiquita le pinté un cuadro por si no lo lograba: quería que supiera lo que su mamá pensaba de la vida. Agua, cielo, flores, mariposas y frases de amor y alegría. Me tranquilizaba pensar que el cuadro la acompañaría. Y mirá: pasó el tiempo y estoy yo. Pintar ese cuadro me ayudó a hacer el clic.

Las vidas de Laura

Laura es bella y elocuente. Pero lleva en su rostro marcas invisibles que aparecen, por ejemplo, cuando sus ojos castaños se nublan por las lágrimas. El relato es, por momentos, descarnado. Levanta la mirada al cielo. Se mira las manos, que tiemblan. No tarda en aparecer ese fantasma que la acompaña desde la adolescencia: el del abuso al que la habría sometido un profesor del colegio. “El colegio silenció el caso. Fue la primera vez que supe lo que significaba la injusticia –dice, y se larga a llorar–. Luego mi exmarido utilizó ese pasado para manipularme”.

–¿Te puedo preguntar qué pasó en aquella oportunidad?

–Un profesor abusó de mí desde los 12 años. Ni siquiera sabía que era un abuso; por entonces nadie hablaba de eso. En los cinco años que duró jamás se lo dije a nadie. Hasta que, en quinto año, había tantos signos visibles en mí que me mandaron al psicólogo… Y exploté. Tuve que hablar frente al director, los profesores, mis amigos. Una situación devastadora. Mi mamá me dijo que lo mejor era no hablar nunca más de eso. Sentí vergüenza, culpa, incomprensión. Una parte mía se detuvo en ese momento. Hoy creo que esa vivencia me dio la fuerza para, años más tarde, volver a pararme frente a todos y contar la verdad. La diferencia fue que ya no era solo mi verdad, sino la de todos, y que ahora era una adulta responsable, no una niñita.

–¿Tampoco te creyeron aquella vez?

–Algunos no, fue horrible. ¡Les estaba diciendo algo tremendo! Otros tuvieron miedo, pero tiempo después varios profesores me escribieron para pedirme perdón porque en su momento no me supieron defender. Eso mismo les pasa a muchas niñas y mujeres.
Lo importante es que ellas sí encuentren contención, acompañamiento. Salir sola de ese círculo tan violento nunca es fácil.

–Hablando de violencia, denunciaste a tu exmarido por maltrato.

–Sí, eso fue lo primero que denuncié, lo que desencadenó todo. La violencia empezó porque él no quería dejar de hacer sus negocios y yo me planté: no lo iba a acompañar en eso. No lo soportó. Fue una etapa difícil, que llevó a la ruptura de nuestro matrimonio.

–¿Pensaste que iba a recapacitar?

–Todo el tiempo. Creí que, antes que el dinero, iba a priorizar el amor, la familia y lo que habíamos construido con tanto esfuerzo. ¡A mí jamás me importó la plata! Cada vez que vuelvo a ese momento, tomo mayor conciencia de lo duro que fue. Cuando uno está en la batalla da pelea, pero con el tiempo es triste pensar que hubo que pelear tanto. Yo no quiero la lucha, quiero la paz. Cuando lo conocí a Alejandro era otra persona, un hombre alegre y compañero. De otro modo, no me habría casado otra vez, venía de un divorcio, tenía dos chicos…

–¿Qué lugar ocupó la prensa en ese proceso?

–Por suerte, Dios puso en mi camino a Nicolás Wiñazki. Me acuerdo de que, cuando nos conocimos, él no entendía cómo no había hablado hasta ese momento. Me decía que confiara en él; recuerdo sus palabras porque fueron un bálsamo: “Yo te voy a cuidar” (se quiebra). Eso que ahora parece un detalle, imaginate lo importante que fue. Me decía que siguiera adelante, que lo hiciera no solo por mí, sino por todos. Por eso siempre le voy a estar agradecida; gracias a él llegué hasta acá. También hubo muchos otros periodistas que me llamaban por teléfono para saber cómo estaba. Se portaron muy bien conmigo.

–¿Cómo fue ese proceso de sanación?

–De adentro hacia afuera, como todo viaje de transformación. Cuando acepté que la realidad externa era algo que no podía manejar, empecé a reconstruirme internamente. Me dije que las citaciones y las amenazas y la custodia permanente no podían condicionarme. Tomé conciencia de muchas cosas y decidí que volviera a entrar la alegría a mi casa. Puse en valor mi parte femenina, que estaba negada. Observé mis decisiones erradas, reflexioné mucho. No quería que mis hijos se criaran en mi sombra. Me hice socia de la biblioteca pública y leí todo lo que pude. Busqué herramientas en los libros, me nutrí y supe que de todo debía sacar el lado bueno. Hay una mañana que recuerdo especialmente: estaba secando la yerba al sol para volver a usarla y me dije: “¡Qué feliz soy!”. Esa plenitud que solo te dan la libertad y la certeza de que hiciste lo que debías. Y aunque no me alcanzaba para pagar el alquiler, me la había jugado. Eso para mí valía más que todo el oro del mundo.

–¿Cómo te han tratado otras mujeres?

–Muchas hicieron cosas emocionantes. Una mamá del colegio me daba ropa y traía cosas ricas y regalos para los cumpleaños. Muchas otras también marcaron mi camino. Tomar contacto con ellas fue un hermoso desafío, un espejo donde mirarme. Nosotras tenemos una condición para la lucha y la supervivencia mucho más fuerte que la de los hombres. A quienes están pasando por una situación similar solo puedo decirles que las alertas y las ayudas están dentro y que cada una sabe lo que tiene que hacer. A veces vivimos mucho para afuera y no escuchamos la voz interior. A mí me ayudó volver a la naturaleza, a lo instintivo.

–¿Cómo te ven tus hijos?

–Creen que soy como la Mujer Maravilla, que ando todo el día con el lazo de la verdad dando vueltas. Me dicen que soy una genia… y bueno, soy su mamá. Solo intento ser lo mejor que puedo, aunque muchas veces lamento no haberles dado una mejor infancia. Mirá (Laura me ofrece su teléfono celular y desliza el dedo una y otra vez, pasando fotos donde sus hijos sonríen junto a ella). Están bien, son buenas personas, aprendieron mucho y tienen enormes gestos. El año pasado, mi hijo mayor me acompañaba los viernes al cerro, como un símbolo. Y cuando flaqueaba al subir, me daba la mano diciendo: “Vamos, mami, vos podés”.

–Estás en pareja nuevamente, ¿verdad?

–Sí, Gustavo. Éramos amigos y me costó muchísimo tomar la decisión, no quería más cicatrices. Pero me deslumbró su capacidad de amar, su inteligencia, su paciencia, su entendimiento y comprensión. No es fácil acompañar a una mujer en mi situación. Pero él es una gran persona y siento que iré de su mano hasta donde nos deje la vida. El año pasado me llevó de vacaciones por primera vez desde que todo esto comenzó. Fuimos a la playa, a Reñaca, Chile. Y cuando apareció el mar ante mis ojos, lloramos juntos de emoción.

–¿Te imaginás viejita, con nietos?

–¡Ya soy una vieja; tengo 80 años en un cuerpo de 42! (se ríe). Pero sí, por fin puedo proyectar. Cuando fui a declarar fue el principio del proceso, pero también el final de algo: pude decir lo que tenía que decir. Lo que suceda ya no depende de mí, sino de qué tan autónomos e inteligentes sean los jueces, y de las circunstancias de la vida. Ahora quisiera vivir tranquila con los seres que amo. Ver a mis hijos desarrollarse y ser felices. A decir verdad, la primera vez que me imaginé con nietos fue hace poco. Y fue una imagen hermosa: al atardecer, cuidando de muchos chiquitos corriendo a nuestro alrededor.

–¿Cómo es tu vida ahora?

–Doy clases de gimnasia, que para mí son un medio para hacer el bien. Me lo paso observando a cada uno para ver cuál es su necesidad. Quizá porque fui tan dañada, me ocupo de ver a las personas. Es importante dar aquello que uno tiene y el otro necesita. La solidaridad y la compasión son valores fundamentales para construir una sociedad nueva, un país mejor. Desde mi humilde lugar, mi objetivo es mejorar en algo la vida de quienes me rodean. Si logré cambiar una sola conciencia, ya gané todo en esta vida.

–¿Te gustaría trabajar en política?

–No. Me encanta ayudar y he trabajado en un merendero, pero me involucro desde lo pequeño, no me gusta la cosa a gran escala. Si bien Dios me puso en este lugar de exposición, anhelo tener una vida mínima. Vivir en el pueblo, ir a trabajar en bicicleta. Caminar con mis hijos, bañar a los perros, juntarnos con amigos. Sé que puedo ayudar a mucha gente desde mi pequeño lugar; no necesito más.

–Y de ahora en adelante, ¿qué esperás?

–Que se haga justicia. Pero no solo por esta causa, sino por el futuro de nuestro país. Un fallo ejemplificador hará que los que vengan ya no se animen a robar tan impunemente y que la sociedad no lo permita tampoco. Ojalá nos veamos en diez años y te diga con orgullo que el esquema natural de la vida, que es ser cada día más humanos, ha sido respetado.

–¿Te imaginás cómo habría sido la vida si hubieras elegido el silencio?

–Podría haber negociado y vivir en Miami como una princesa. Pero no iba a ser feliz en la mentira. Conozco mucha gente con plata que se traicionó, está deprimida y vive empastillada. ¿Y de qué le sirve la casa en el country? A mí no me cuesta nada estar bien; tengo la felicidad adentro. Después de haber vivido en el infierno, hoy soy la persona más feliz del mundo. La condición en la que esté ya no importa, eso nadie me lo puede arrebatar. Ojalá que quienes sufren logren comprender que la ganancia es el camino, no la llegada.

–¿Qué es lo más importante que aprendiste?

–Que lo más conmovedor es, también, lo más simple. Cuando peor estaba, me recomendaron tomar pastillas, pero me negué: quería sentir el dolor, porque la magnitud del sufrimiento es proporcional a la de la reconstrucción. Estoy agradecida; ser feliz es un regalo que ya no esperaba. Y aprendí a escuchar a los otros sin juzgar; cada uno hace lo que puede con las herramientas que tiene en cada momento. Hoy siento verdadero amor por mí misma: muchas veces me sentí objeto, fui dependiente, pero ahora sé quién soy y lo que puedo dar. Obviamente, habría elegido no pasar por todo lo que pasé. Sin embargo, cuando miro todo lo vivido, elijo no haberme quedado en aquella Laura que era. Fue como renacer.

“Ojalá nos veamos en diez años y te diga con orgullo que el esquema natural de la vida, que es ser cada día más humanos, ha sido respetado”.

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