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31 enero, 2018 | Por

Lala Pasquinelli: Jaque a los estereotipos

La artista y emprendedora creó la iniciativa “Mujeres que no fueron tapa” para concientizarnos sobre el lugar despectivo que se les da a las mujeres en los medios de comunicación, la publicidad y otros ámbitos. En sus talleres y charlas, propone ideas para cambiar esta realidad y visibiliza a mujeres reales, anónimas y valiosas.

Por Agustina Rabaini. Foto: Estefanía Landesmann.

“Vivimos en un sistema que nos pretende homogéneos, iguales en la acción y en el pensamiento, masificados, consumidores. Si no despertamos de eso para mirarnos y descubrirnos, para encontrar nuestro deseo y nuestra propia voz, para tratarnos amorosamente y valorarnos, es difícil empoderarnos. Las mujeres tenemos que desintoxicarnos de mandatos, de miradas ajenas que nos mutilan, de comparaciones ridículas, de consumo innecesario, de modelos perimidos”.

Las palabras de Lala Pasquinelli resuenan en el aire cada vez que las expresa en entrevistas,  salas de exposición, escuelas, charlas, y en los talleres que dicta en su propia casa. Su mensaje tiene la potencia de interpelarnos a todas, sin distinciones. Y es que cuando habla y comparte las certezas que logró alcanzar, se refiere a los estereotipos que imponen modelos de ser mujer, ya sea desde la publicidad, los medios de comunicación o desde la educación; eso mismo que ella vivió, y que todas conocemos o sufrimos a lo largo de la vida.

Lala creó la iniciativa “Mujeres que no fueron tapa” en 2015 y el proyecto fue expandiéndose desde una suma de deseos e interrogantes: “¿Cómo sería el mundo si las mujeres creciéramos viendo imágenes de mujeres que están haciendo cosas extraordinarias, tan extraordinarias como las que hacen los hombres que todo el tiempo aparecen en los medios? ¿Qué impacto tiene para las niñas crecer viendo una sola posibilidad de ‘ser mujeres’?”.

Durante febrero Lala brindará su taller en cuatro encuentros, todos los miércoles, (7, 14, 21 y 28) de  18.30 a 20.30 en su espacio. Los grupos serán reducidos, con un máximo 10 personas, para compartir la  experiencia de aproximarse al arte y a la expresión a través del collage, pero de una manera, simple, intuitiva, y divertida. No es necesario tener ningún conocimiento previo, solo ganas de experimentar y disfrutar.  Podés reservar tu lugar en goo.gl/forms/Xu56HAWV2EIIJiYm1

Antes de iniciar su camino como emprendedora, artista y “hackeadora” de revistas para señalar todo aquello que alimenta la violencia sexista, Lala estudió Derecho y llegó a trabajar como abogada y asesora de empresas. Hasta comenzar la facultad en Buenos Aires, vivió y creció en la ciudad de Junín, y de los primeros años recuerda haber cursado en una escuela religiosa y cómo ya se sentía incómoda frente a la imagen de mujer que, se suponía, tendría más éxito o aprobación social.  Lo que siguió fueron años de trabajo –buscando espejos en otras mujeres– para desarmar ideas preconcebidas y abrir espacio a nuevas preguntas. “Siempre hice actividades relacionadas con la expresión, y en el mundo del Derecho, la carrera que elegí, a veces sentía la angustia de no encajar, pero igual seguía buscando, estudiaba, hice posgrados y armé grupos de reflexión con otras mujeres. Sentía que me faltaba algo, y de a poco le fui dando más espacio a lo expresivo. Luego de una crisis personal, fui abriendo paso a otras cosas. Hasta entonces, pensaba: ‘Si la vida se trata de esto, no me alcanza’. Hoy sé que buscaba un propósito y que pude darle cauce a lo que más me interesaba del Derecho: los derechos humanos”.

Corría 2012, y Lala empezó a escribir más, a pintar más, y sobre todo, a pensar y a debatir con otros. “La literatura me resultó un lugar de rescate poderoso. Hay que tener identificados los lugares sagrados de uno, y para mí la lectura y la escritura fueron siempre un refugio. Con las mujeres con las que nos reuníamos, compartíamos textos y reflexiones: El grupo se llamaba ‘Mujeres pensando, no molestar’, pero, a medida que fue creciendo, pasó a  llamarse ‘Mujeres senti-pensando’ porque lo que necesitábamos también se fue transformando”.

–¿Cómo surgió el proyecto de “Mujeres que no fueron tapa” y en qué consiste?

–Todo empezó a tomar forma en 2015, cuando empecé a buscar imágenes de las mujeres en producciones de moda y me llamaron la atención también las tapas de las revistas. Empecé a hacer collages a partir de las imágenes y primero hice una mujer, después dos, tres, cuatro, cinco, veinticinco, treinta. El trabajo manual abre momentos de introspección y de reflexión, y, mientras construía las imágenes de esas mujeres, pensaba en ellas y en mí, en nuestros cuerpos y en los temas que nos ocupan.

“¿Cómo sería el mundo si las mujeres creciéramos viendo imágenes de mujeres que están haciendo cosas extraordinarias, tan extraordinarias como las que hacen los hombres que todo el tiempo aparecen en los medios? ”.

–¿Qué querés transmitir hoy con los collages-retratos de  mujeres que reflejan tus obras, y en los talleres que coordinás?

–En las tapas de las revistas, encontré una síntesis de lo que los medios reproducen sobre las mujeres, y decidí partir de ahí. Recién con el tiempo se fue armando el concepto de “hackeo”, esto de usar pedacitos de revistas donde las mujeres aparecen estereotipadas, pero para hablar de las mujeres que nos gustaría ver en las portadas. Las que están haciendo aportes positivos desde diversos ámbitos, que es lo que vienen haciendo ustedes en revista Sophia. Trabajo para desactivar la idea de que “como somos no está bien”, que nos mandan desde afuera, para rescatar lo valioso de cada una. En los talleres esa idea es central. En este tiempo, también busqué referentes que me inspiran. Tuve la suerte de conocer, por ejemplo, a la brasileña Simone Sapienza Siss, que trabaja sobre mujeres fuertes, muchas de ellas de la Historia. Interviene sus imágenes con esténcil y las expone en la vía pública.

–¿Qué más encontraste en las tapas de las revistas sobre la representación de la mujer?

–La gráfica de moda me llama la atención hasta hoy, porque suele ser bastante agresiva. Cuando empecé, en mi casa tenía revistas de domingo y a los hombres se los veía cómodos, con su corporalidad natural; su piel no se exhibía y sus cuerpos no se editaban. La piel de las mujeres, en cambio, estaba expuesta y nunca había pelos y pecas, sino una textura que no existe en el mundo real. La gestualidad de las mujeres es hipersexual, siempre está la pose, y no importa el tema del que se hable. Hay una intervención sobre la imagen real, y suelen ser parecidas entre sí: tienen el pelo largo, lacio, y un perfil determinado. Descubrir lo homogéneo de ese mundo fue doloroso porque ese es el mensaje que recibimos todas nosotras las veinticuatro horas del día. Si la representación de la imagen que hay es solo una, la incomodidad es lógica y vale para todas.

–¿La delgadez sigue estando muy presente en la publicidad y la gráfica?

–Sí, pero no es un tema para los hombres, que aparecen vestidos, con la ropa que usan habitualmente. Ellos transmiten comodidad y confort, mientras que las mujeres necesitan mostrarse sexies y hablan de maternidad, sobre el amor romántico, y suelen tener cirugías estéticas. Hoy hay mujeres que sienten la obligación de pasar por el bisturí. Está tan naturalizado que aparece el mensaje de que, si no te lo hacés, hay una cierta indignidad en tu forma de envejecer. Si mirás más allá,  te das cuenta, además, de que se trata de un fenómeno mundial dentro de una industria creciente y globalizada.

–Dentro de tus obras como artista plástica, retratás a mujeres alejadas de las modelos de las revistas y, mientras tanto, en el ámbito social se volvió urgente la necesidad de visibilizar la violencia simbólica… 

–Sí, decidí hacer foco en la violencia simbólica porque, de forma paralela a mi trabajo, se dio el movimiento social, y no solo con el “Ni una menos”, sino como un despertar a nivel mundial. Fue un alivio poder compartir mi preocupación y ver que otros pensaban parecido. A mí el tema de la violencia simbólica me importa desde siempre. Lo sentí a lo largo de mi vida desde adolescente, la preocupación por el cuerpo y la ropa, si sos gorda o flaca, o si hacés dietas o vas al gimnasio, y sufrir por eso. Hoy doy charlas en escuelas secundarias porque a esa edad los chicos están muy pendientes de la mirada de los demás.

–Es interesante ver cómo también se empezaron a condenar actitudes que antes eran aceptadas socialmente, como los comentarios sexistas en la calle. Hoy ves a chicas jóvenes responder frente a un “piropo”. ¿Los hábitos están cambiando?
–Me lo pregunto y siento que falta mucho, pero también veo que se está tomando conciencia. Es importante contarles a los hombres cómo nos sentimos en la calle, en los trabajos y en las casas. Recién me llamó una señora para preguntarme si podía hacer un taller en una escuela de mi barrio, porque el señor que atiende el bufet hizo un comentario sobre el cuerpo de una nena, y uno de los varones comentó que no estaba bien. Las prácticas que antes eran naturales se ponen ahora en cuestión. Todo lo que se pueda trabajar en este sentido es muy importante, porque la violencia simbólica está en la base de la pirámide de la violencia de género.

–¿Qué se está haciendo para combatir la violencia simbólica en otros ámbitos de la sociedad civil y a nivel gubernamental?

–Lo que se hace viene más del lado de la sociedad civil y de las organizaciones que desde el Estado, donde hay voluntad pero aún falta por hacer. Están los observatorios y está la Ley de Protección Integral a las Mujeres, que establece qué es la violencia mediática y simbólica, pero no se aplica como debería. La Ley de Medios, por ejemplo, abarca radio y televisión, pero no los medios gráficos, y no cubre todo lo que es redes sociales. La publicidad que sale en YouTube, por ejemplo, ¿donde la denunciamos? En el Inadi, tal vez, que tiene un observatorio, pero todo está bastante disgregado. Lo que sé es que se está trabajando firmemente en relación con las mujeres que están matando, y que todo el tema está en proceso de estudio. Pero también digo que la reproducción de imágenes de mujeres desnudas al alcance de la mano transmite un mensaje sobre los cuerpos y sobre la posibilidad de apropiarlos que hay que seguir denunciando.

–¿Qué proponés para luchar contra los estereotipos sobre ser madre, esposa, hermana, que es otro de tus temas en las charlas?

–Me interesa mostrar lo que los medios hacen, pero también asumir un compromiso y ver qué pasa en casa, puertas adentro. En las charlas comparto lo que me pasó a mí, y después están los testimonios de las mujeres que comparten sus historias: la madre soltera, la que no pudo tener hijos, la que tuvo trastornos alimenticios, y muchas más. Es tremendo ver el entramado de sufrimiento que genera el moldear y tratar de definir cómo ser seres humanos. Y a partir de ahí, cada una se hará distintas preguntas: ¿Qué hago yo como esposa y como madre? O, cuando yo voy al gimnasio y hago mil novecientos abdominales, ¿por qué lo hago? Y lo mismo para quien se hace un tajo en el cuerpo y se pone una silicona. Cada una puede hacer lo que quiera con su cuerpo, pero me sentiría contenta si al menos nos hiciéramos estas preguntas.

–¿Qué más podés contarnos sobre los talleres? 

–Ahí pasan muchas cosas y las consignas tienen que ver con poder encontrar los lugares sagrados de cada una, que las mujeres puedan volver sobre sí mismas: “¿Cuándo te encanta ser vos?”, les pregunto, por ejemplo. O “¿Cuál es tu lugar de paz?”. Frente a esas preguntas, nunca dicen: “Cuando estoy en la peluquería”, sino que se animan a ir a lugares más profundos. Si no sabemos quiénes somos y qué queremos, es fácil perdernos con los espejitos de colores que nos ofrecen desde afuera. Es lindo ver cómo las mujeres conectan con actividades que habían dejado, desde escribir en un blog hasta bailar, cantar o viajar. En los encuentros “hackeamos” las revistas para alejarnos del mensaje que nos trata como envases y objetos, pero para mirarnos y pensarnos hacia adelante, para ver dónde queremos estar.

–Vos elegiste expresarte desde el arte y contra los estereotipos de género…

–Sí, y sigo mucho a Suely Rolnik, una filósofa y psicoanalista que trabaja sobre conceptos que tienen que ver con el ser humano y el capitalismo. Ella dice que nuestra forma de vida, desde que todo fue puesto en función de producir y trabajar, nos expropió la creatividad. Antes de la Revolución Industrial, el arte formaba parte de la vida cotidiana. Más tarde, las Bellas Artes quedaron restringidas a personas que tuvieran determinados talentos, y apareció la idea de mercantilizar el arte. Y todo se separó de la vida. Rolnik dice que las imágenes que recibimos de los medios de comunicación nos cuentan cómo es el mundo y lo que tenemos que pensar. Pero cuando salimos a ese mundo, nos sentimos incómodos y no entendemos. No encajar nos desajusta y genera malestar. De ahí que el arte pueda ser una válvula “sana”, porque también puede haber otras vías de escape, como la medicalización. El arte es, sobre todo, una poderosa herramienta de transformación social.

Contra la discriminación, por la igualdad

En otros países empieza a reconocerse que la reproducción de estereotipos de género por parte de la publicidad provoca daños a las personas. Desde 2017, en el Reino Unido se prohíben los anuncios y publicidades que reproducen estereotipos de género, o que se burlen de las personas que no encajan en esos estereotipos. Además, según un estudio  de la revista Science, hay consenso sobre el hecho de que “los estereotipos que asocian la inteligencia y el éxito profesional con el género masculino siguen funcionando, y cómo eso incide en las niñas y adolescentes a la hora de elegir, por ejemplo, sus carreras universitarias”. 

Podés escuchar los podcasts de Mujeres que no fueron tapa desde:

wetoker.com/category/mujeres-que-no-fueron-tapa

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