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11 mayo, 2018 | Por

Jean Shinoda Bolen: “La conciencia de Sophia está regresando”

Jean Shinoda Bolen es una psiquiatra, analista junguiana y escritora que popularizó la idea de abrevar en distintos arquetipos para convocar energías psíquicas. Considera que las mujeres maduras están llamadas a liderar el cambio en el mundo, invocando a antiguas “diosas” –fuerzas ancestrales– que, aun sin saberlo, las habitan.

Por Fabiana Fondevila. Fotos: Camila Miyazono

Jean Shinoda Bolen se ríe. Mucho. En forma contagiosa. Por alguna razón, uno no espera que la conversación, que gira en torno al rol que les cabe ocupar a las mujeres en el nuevo milenio, y a los arquetipos que pueden acompañarlas a servir ese propósito, esté puntuada de carcajadas. Pero lo está, y esa liviandad le otorga al encuentro –que ocurre a medio mundo de distancia, pantalla de por medio– una cualidad de charla de cocina. Nada más sincrónico con la naturaleza femenina que sobrevuela a las palabras.

Shinoda Bolen (1936) es una psiquiatra, analista junguiana, escritora y oradora que vive en California, Estados Unidos. En octubre visitó la Argentina para brindar una serie de conferencias sobre el arquetipo de Artemisa, la diosa cazadora del panteón griego. En 1984, Shinoda Bolen publicó Las diosas de cada mujer. Una nueva psicología femenina, un libro que combina la perspectiva feminista con la psicología arquetípica junguiana y que puso a disposición de las mujeres una paleta de pintor de figuras con las que las podían identificarse, de acuerdo con los valores que más las representaban. A través del rescate de diosas como Atenea, Artemisa, Demetria, Perséfone y Hestia, la autora validó las diversas elecciones de vida de generaciones de mujeres.

Años más tarde, hizo lo mismo para los hombres con Los dioses de cada hombre. Una nueva psicología masculina. Y, más recientemente, ofreció modelos para las mujeres de mediana edad, con Las diosas de la mujer madura. Arquetipos femeninos a partir de los cincuenta, una obra que desafía los prejuicios de los que está sembrado el envejecimiento en las mujeres.

Bolen creció en una familia cristiana, y recuerda muchas experiencias de espiritualidad trascendente en su infancia. “Vine a este mundo con una naturaleza fuertemente espiritual, con un sentimiento claro de un Dios amoroso”, dice. Pero esa primera intuición se fue moldeando a través de diversas experiencias, hasta conformar la visión ecléctica y heterodoxa que la inspira hoy.

Primero fue una vivencia de comunión con la naturaleza, a los 8 años, observando la Vía Láctea desde la cima de una montaña. “Fue mi primera experiencia liminal, de estar entre este mundo y el mundo del misticismo y el misterio”, recuerda. Luego, en la adolescencia tardía, tuvo una espontánea conversación con Dios, en la que vio que todo aquello de lo que se sentía tan orgullosa –su belleza, su popularidad con los chicos, sus éxitos académicos– eran por completo gratuitos; no había hecho nada para merecerlos. Esto le produjo un profundo sentimiento de humildad, y decidió entonces que la única forma de agradecer tanta gracia era ayudar a los menos afortunados: estudiaría para ser médica.

Egresó de la facultad de Medicina en 1962 e hizo la residencia entre 1963 y 1966. Era el momento más alto del furor feminista, y ese hecho resultó determinante: “La crítica del movimiento feminista a las teorías de Freud hicieron que fuera posible que una joven egresada de Psiquiatría, como yo, tuviera la oportunidad de enseñar psicología femenina, ya que los ‘expertos’ en mujeres eran freudianos, y reconocieron que quizás enseñar sobre la envidia del pene y la inferioridad de las mujeres podría despertar resistencias”, se ríe. “En otra sincronicidad, ocurrió que me inscribí en el único programa de residencias de los Estados Unidos en el que podía tener un analista junguiano como supervisor. Eran pocos y justo me asignaron uno. Cuando descubrí a Jung y su valoración de lo femenino, no hubo vuelta atrás”.

La aceptaron en el Instituto Psiquiátrico de la Universidad de California, donde pudo empezar a trabajar con pacientes. “Por fin, podía dedicarme a explorar el inconsciente, los sueños, el dolor emocional; todo esto tenía un sentido profundo para mí. Me di cuenta de que podía escuchar y entender sus alucinaciones, y esto los ayudaba a mejorar”.

Pronto llegaron las conferencias sobre espiritualidad femenina, que congregaban a miles de congéneres en la costa oeste de los Estados Unidos, y donde tuvo la chance de hablar por primera vez sobre un arquetipo que la intrigaba: Artemisa, diosa patrona del feminismo y de los círculos de mujeres (práctica a la que Jean daría un empujón vital con El millonésimo círculo).

“Vine a este mundo con una naturaleza fuertemente espiritual, con un sentimiento claro de un Dios amoroso”.

El último peldaño de su formación fue una invitación a visitar sitios sagrados de Europa. Allí, recorriendo iglesias y santuarios naturales, Jean comenzó a sentir unas vibraciones en el cuerpo que no había sentido antes. Específicamente, en la zona del corazón. Supo que ese órgano le marcaba la ubicación de las zonas con mayor energía en cada recorrido. Como cuenta en el autobiográfico Viaje a Avalon, esa experiencia marcaría un nuevo derrotero, que la llevaría a guiar a mujeres a reencontrarse con las raíces de lo sagrado femenino en Irlanda, Egipto, y sobre todo en Grecia, fuente de las diosas que pueblan su obra.

En diálogo con Sophia vía Skype –antes de su última visita a nuestro país para dar conferencias en Córdoba y Buenos Aires–, Jean reflexionó sobre el impacto que han tenido en las mujeres los arquetipos que sus libros describen.

“Las diosas son parte del ámbito del mito y la religión, y son también patrones del inconsciente colectivo, que todas reconocemos. Creo que les dieron a las mujeres la libertad de explorar las distintas partes de sí mismas, que quizá no conocieran. Atenea, con su intelecto y su armadura. La etérea Perséfone, perpetuamente buscando flores. La sensual Afrodita. La salvaje Artemisa. Cuánto más sabemos de los arquetipos, más podemos hallarlos en nosotras, y mejor podemos elegir qué partes necesitamos activar o cultivar. Integrar más de una cualidad puede ser poderoso. Por ejemplo, ser principalmente una Artemisa (como yo) pero con un fuerte componente Atenea, lo que equivale a casar la pasión con la mente. O ser una Atenea a la manera de Sheryl Sandberg, CEO de Facebook: una mujer que se ha hecho lugar entre los varones, pero que ayuda a las mujeres en el mundo corporativo (haciendo alarde de su Artemisa).

–¿De qué manera es posible “activar” un arquetipo?

–Muchas mujeres, inspiradas por mis libros, desarrollaron talleres y prácticas para llevar estas nociones al cuerpo. Por ejemplo, al trabajar Atenea, bailan al ritmo de canciones como la de Carrozas de fuego, y realmente es asombroso cómo el arquetipo aparece. Es como si uno tendiera un puente hacia esa energía.

–¿Por qué decidió desarrollar luego los arquetipos de las mujeres maduras? ¿Son otros?

–Cuando las mujeres atraviesan la barrera de los 50, en una sociedad patriarcal y orientada hacia la juventud como la nuestra, entran en una suerte de invisibilidad. Ese estado puede resultar angustiante. Pero desde el punto de vista de la psicología arquetípica, este tercer acto de la vida puede ser una oportunidad para la autenticidad y la integración. En ese sentido, si las mujeres persiguen sus verdaderos intereses y se permiten expresarlos, puede ser el momento de mayor visibilidad y entereza de sus vidas.

Sabiduría de mujer

En Las diosas de la mujer madura, Bolen remite a la visión tripartita de la diosa proveniente de la cultura celta, que divide la vida de la mujer en tres etapas: niña-madre-matrona. Este último término –crone, en inglés– tiene mala prensa en todos los idiomas. De hecho, un libro posterior de la autora, llamado en el inglés original Crones Don’t Whine, fue traducido como Las brujas no se quejan, hecho que a Bolen le causa una gracia inmensa. Esa risa no es casual: es el atributo principal de Uzume, diosa del panteón posmenopáusico, asociada con el humor, la alegría y el desparpajo.

Para cambiar el estigma asociado a la matrona, o mujer sabia, se inspiró en el concepto de viriditas (acuñado por la mística Hildegard de Bingen para nombrar la fecundidad de la naturaleza, como reflejo de lo divino) y propuso hablar de “green and juicy crones”: matronas verdes y jugosas. En otras palabras, ¡llenas de vida!

Otros aspectos de esa fecundidad madura son la sabiduría mística (encarnada por la diosa griega Sophia), la sabiduría práctica (Metis), la sabiduría meditativa (Hestia), la intuición (Metis), la ira y la indignación (Sekhmet y Kali), la compasión (Kuan Yin) y la risa sanadora representada por la deidad japonesa. Atributos, todos, que las mujeres mayores, liberadas ya de compromisos familiares, pueden volcar en provecho de los oprimidos, olvidados e indefensos del mundo.

–Hablemos de Sophia, la diosa a la que describe en el libro como “oculta en la Biblia”.

–Sophia es el arquetipo de la sabiduría femenina que nace del cuerpo, del corazón y del alma, y que contrarresta la tendencia masculina a intelectualizar. Es el gnosis (sabiduría divina) que equilibra al logos (la razón). En la Biblia, Sophia estaba presente antes de la Creación, como en las culturas originarias, que conciben a una gran madre que dio nacimiento a todo. El gnosticismo cristiano fue ejercido principalmente por mujeres, pero las jerarquías masculinas lo avasallaron. El macho de la especie está interesado en sustentar el poder sobre otros, y esto a Sophia no le interesa, porque sabe que estamos todos conectados. Afortunadamente, la conciencia de Sophia está regresando. Dependemos de ella: o evolucionamos en esa dirección, o nos autodestruimos.

–¿Por qué Hecate, una diosa relativamente poco conocida?

–En la mitología griega, Hecate era la diosa de los cruces de camino, y se decía que podía ver en tres direcciones al mismo tiempo. Su don era, justamente, iluminar los pasajes de la vida: el nacimiento, la muerte, los distintos ciclos, las transformaciones. El suyo es el reino del psicopompo, de la comadrona y de la bruja, y esto asusta, pero su intuición es poderosa. Es también el arquetipo de los terapeutas. Si un terapeuta tiene activada esta energía, es capaz de esperar en el cruce de caminos, junto a su paciente, hasta que el mejor derrotero se revele. Y es una energía que emerge fuertemente en las mujeres en la madurez.

Esa intuición, esa ira justiciera, esa capacidad de compasión y contemplación, y también –no en menor medida– el desparpajo encarnado por las diosas de este panteón es lo que hace de las mujeres maduras las candidatas ideales para hacer frente a las necesidades acuciantes del mundo. Este es el fin que persigue Bolen en sus charlas, sus libros y su trabajo terapéutico: alentar y empoderar a las mujeres para ocupar el lugar que las está esperando. Llámese bruja, matrona, mujer sabia o mujer medicina, el rol es uno y convoca: amadrinar al mundo con las dosis justas de sabiduría, firmeza, amor… y risa. 

“Si las mujeres persiguen sus verdaderos intereses y se permiten expresarlos, puede ser el momento de mayor visibilidad y entereza de sus vidas”.

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