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30 agosto, 2017 | Por

Gunter Pauli: “Si no promovemos vida, ¿qué estamos haciendo en esta Tierra?”

El emprendedor belga, creador del concepto de economía azul, se revela a la lógica de las finanzas tradicionales y propone volver la mirada a la naturaleza para acabar con el hambre y el desempleo en el planeta.

Por Carolina Cattaneo

Algunas de sus conferencias internacionales las empieza con la foto de un orangután mirando a cámara, proyectada en pantalla gigante para todo el auditorio. E incluye, de tanto en tanto, imágenes de algunos de sus seis hijos. A veces, también, pone música: Mozart o el colombiano Andrés Cabas son dos de sus elegidos. Hace jugar los tonos de su voz y los silencios, para mantener activa la escucha del público. En sus charlas, además, cuenta que escribe y publica fábulas para niños. Y en entrevistas a los principales periódicos del mundo, evoca entre sus inspiradores a Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito. ¿Alguien diría que hablamos de un economista?

Posiblemente no, porque si algo caracteriza a Gunter Pauli, belga, de 60 años, empresario y emprendedor formado en una universidad jesuita, con un MBA en una escuela de negocios francesa y mentor de la llamada economía azul, es su rebeldía hacia los modelos económicos tradicionales que buscan producir con menos y ganar siempre más, no importa con qué consecuencias. La naturaleza es su maestra, la base de un andamiaje conceptual que propone buscar soluciones a problemas del mundo como el hambre, la falta de trabajo o la crisis ambiental en la lógica de funcionamiento de los ecosistemas. Este año, el hombre que nueve meses al año viaja por el planeta pregonando que, para acabar con el desempleo, la malnutrición o la contaminación, es necesario adoptar una nueva conciencia estuvo en Buenos Aires y lo entrevistamos. Quisimos saber de primera mano quién es y cómo piensa el economista que, con la insistencia de un predicador, sostiene que es posible encontrar oportunidades donde todos ven desechos.

“La economía azul es una economía que transforma la capacidad de una región, un territorio o un país para responder con lo que tiene a las necesidades básicas de todo el mundo”. 

Desde la arquitectura de los nidos de las termitas para diseñar un sistema de refrigeración en edificios hasta el funcionamiento cardíaco de las ballenas para inspirar el mecanismo de un marcapasos. Las leyes de la física y los intrincados procesos de la bioquímica. Todo lo que ya existe, todo lo que ya fue creado en el reino vegetal y animal son para Pauli una suerte de musas, la inspiración que puede dar respuestas a muchos problemas y la red sobre la que se sostiene la economía azul. Pero ¿qué es la economía azul? “Es una economía que transforma la capacidad de una región, un territorio o un país para responder con lo que tiene a las necesidades básicas de todo el mundo. Y todo el mundo quiere decir todos los seres vivos: plantas, hongos, animales, etcétera. Las necesidades básicas de los seres humanos son muy limitadas: necesitamos agua, alimento saludable, una vivienda, salud, energía”, dijo a Sophia, desde el hotel porteño donde estaba hospedado, después de que, invitado al país por el capítulo argentino del Club de Roma, institución de la que es miembro, dio varias conferencias y se reunió con el presidente de la Nación.

Para 1992, Gunter Pauli era el empresario que edificaba la primera fábrica ecológica. Producía y vendía, cada vez con más éxito, detergentes biodegradables. Casi dos décadas más tarde, relataría cómo fue que pasó de ser un emprendedor de la llamada economía verde a dar un salto cuántico: para elaborar su producto, basado en el aceite de palma africana, requería cantidades industriales de materia prima y para eso se devastaban grandes extensiones de bosque tropical, destruyendo así el hábitat natural de los orangutanes de países como Malasia o Indonesia. Esa contradicción llevó a Pauli, padre de hijos adolescentes, a preguntarse cómo dejar un mundo mejor para ellos. Y en 1994, convocado por
la Universidad de las Naciones Unidas con base en Tokio, creó Zeri, una fundación que hoy nuclea a unos tres mil científicos de todo el mundo, y a empresarios, políticos y economistas que buscan encontrar e implementar modelos de negocios que recorten costos  pero a la vez aumenten los ingresos, generen capital social y creen puestos de trabajo, algo que la economía tradicional ve como poco posible. El desafío es transformar la mirada y concebir los desechos como fuente de recursos; es buscar soluciones emulando algunos principios de la naturaleza, como que en ella todos los seres trabajan según sus capacidades (y  no se excluye a los ancianos), todo tiene un valor para otro (no existe el concepto de desecho), y todo en ella es colaboración. Para probar que es posible, Pauli asegura que ya implementaron doscientos casos que tuvieron éxito y que se produjeron inversiones por cuatro mil millones de dólares.

Budines hechos con las zanahorias que rechazan los supermercados por no tener la forma prolija que consideran atractiva para los clientes, cocinados, congelados y transportados mediante energía eólica, con un retorno de inversión del 34%. Cultivos de hongos sobre desechos de café que generan tres mil empleos en más de cincuenta países (cuando, usualmente, del café consumimos solo el 0,2% y descartamos el 99,8%). Maleza de cardo convertida en insumo para productos químicos naturales. Edificios que, con una cuerda que oscila con el viento, genera electricidad para iluminar sus lámparas de LED. Mientras que lo que sobra suele ser percibido como inservible, se ignora y va a parar a la basura, Pauli y los suyos le ven potencial para poner en práctica uno de los preceptos de la economía azul: sustituir productos y procesos escasos, caros o contaminantes por otros baratos y saludables, y darles valor agregado, es decir, reconvertirlos en algo que, por ejemplo, sirva para mejorar la nutrición de poblaciones enteras.

“Si nuestros hábitos no cambian, necesitaremos más que una Tierra adicional para mantener nuestros actuales niveles de producción y consumo, y para seguir acumulando los residuos que no tenemos dónde arrojar –escribe en su libro más difundido, La economía azul (Tusquets, 2011), donde expone cien casos de emprendimientos productivos que estima podrían generar cien millones de puestos de trabajo potenciales en diez años–. Nuestra economía está en apuros porque nuestro mundo material funciona sobre la base de recursos físicos de los que no disponemos y de residuos que no tenemos dónde esconder. Quizás el primer cambio que debiéramos hacer es dejar de producir y consumir cosas que en realidad no necesitamos y que generan desechos que nadie quiere”.

–¿Cómo llegamos a esta instancia, en la que los recursos naturales del planeta están en riesgo?

–Creo que por nuestra ignorancia, y por nuestra incapacidad para ver la verdadera telaraña de la vida, donde todo está muy interconectado. No es posible separar agua de alimento, alimento de salud, salud de vivienda. Al comprar un producto, no vemos la verdadera vida, que está totalmente interconectada. El vegetariano come muchos hongos shiitake, por ejemplo, y al comprarlos no sabe que su producción requiere que se corten muchos árboles en China; no sabe que su deseo de comer un hongo deriva en la destrucción de un bosque. No vemos el efecto mariposa. No solo somos responsables de una contaminación tremenda, sino que además no entendemos cómo funciona la naturaleza. ¿Qué genera la electricidad con la que funciona nuestro corazón, que bombea cada día dos mil litros de sangre? El verdadero problema del mundo de hoy es que no entendemos cómo está organizada la vida.

–¿Quiere decir que tenemos que recurrir a la sabiduría de la naturaleza, de la propia tierra?

–Tenemos que aumentar nuestro nivel de conciencia sobre cómo funciona la vida y cómo promovemos la vida. La manera en que estamos consumiendo y produciendo no promueve vida, y si no promovemos vida, ¿qué estamos haciendo en esta Tierra?

–¿Cómo se insertan las mujeres en esta nueva mirada de la economía?

–Si hay un grupo en la Tierra que sabe hacer y dar vida, son las mujeres. El hombre no sabe. Tenemos que reconocer que el hombre, por lo que comprobamos de los últimos cincuenta años, no es capaz de cuidar la Tierra ni de responder a las necesidades de todos. Pues, por favor, que el hombre se retire un poco del machismo, de su egoísmo, y que haga espacio a la mujer, que es más intuitiva, más pro vida, y más capaz de buscar consenso.

–¿Qué esperanza tiene de que empecemos a hacer un uso adecuado de los recursos naturales?

–Primero debemos tener una ética y acabar con la doble moral. Vivimos en una sociedad de doble moral. Y si toleramos una sociedad con doble moral, nunca vamos a vivir en armonía con el entorno. Imaginemos que soy un ladrón que está delante de un juez y le dice: “Señor juez, prometo que no voy a robar en la semana; solo voy a robar sábado y domingo”. Si soy un empresario y estoy contaminando y me comprometo a disminuir la contaminación al 80%, eso es doble moral. Contaminar menos es contaminar. Robar menos es robar. Segundo: vivimos en una sociedad donde la teoría económica se convirtió en un dogma; estamos todos convencidos de que para poder salvar doscientos cupos de empleo, vamos a liquidar quinientos. ¿Qué tipo de dogma es este? ¿Quién dijo que tenemos que producir más de lo mismo, que el futuro depende de que el consumidor consuma más? ¡Por favor! Si mantenemos ese dogma como leitmotiv, pues, qué pena: no vamos a vivir nunca en armonía con el entorno ambiental y social.

–¿Qué condiciones deben darse para lograr eso?

–Necesitamos una transformación urgente de la educación. Obligamos al niño a saber todo lo que ya está en Wikipedia y a conocer lo que ya saben sus papás. Es preciso que el sistema educativo tenga la capacidad de inspirar a los chicos, de enseñarles a encontrar soluciones, de hacerlos ver nuevas oportunidades donde sus padres nunca las vieron. Esa es la precondición para llegar a una sociedad amigable con su entorno.

–¿Qué lo inspira a usted?

–Mis seis hijos, mi señora. El hogar, el nido, donde por fin nos encontramos en familia. Esa es la primera inspiración. En segundo lugar, ¿qué más podemos esperar de la vida que servir a la vida y contribuir a tener condiciones mucho más propicias, donde todo se mejora siempre? El placer de poder servir es extraordinario.

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