Sophia - Despliega el Alma

14 noviembre, 2018 | Por

Francesco Tonucci: “El aula ideal es la que no existe”

Después de estudiarlo durante años, el pedagogo y dibujante italiano conoce como pocos el universo infantil. Con una extensa trayectoria internacional, propone escuelas con consejos de niños, sin deberes y maestros con excelente formación.

 

Durante su visita a la Argentina, invitado por Fundación Arcor.

Por Carolina Cattaneo

Francesco Tonucci nació en 1940 en la ciudad de Fano, Italia. El transcurso de su vida, ya desde entonces, iba a estar marcado por una paradoja. De chico fue mal alumno y por eso, al terminar la secundaria, sus padres lo inscribieron en un instituto de formación docente creyendo que así haría una carrera fácil y corta.

Pocos años después, se iba a convertir en un investigador, pedagogo y dibujante de prestigio internacional y en un referente en las cuestiones del universo infantil, las maneras de aprender y de relacionarse con la escuela, sus comportamientos y las metodologías de enseñanza. Hoy, maestros de todo el mundo encuentran en él un faro y se inspiran en su labor para llevar sus enseñanzas al aula.

Es un sábado luminoso de noviembre por la mañana y al otro lado del teléfono, el recepcionista de un hotel del barrio porteño de Recoleta comunica con la habitación de Tonucci, que estuvo en la Argentina para participar de conferencias y encuentros con niños, invitado, entre otros, por la Fundación Arcor y la Organización Mundial para la Educación Preescolar.

Después de visitar nueve ciudades, a este hombre de 78 años todavía le queda resto de energía para la charla con Sophia y para decir, con énfasis y convencimiento, frases que cualquier niño aplaudiría: que los deberes después de clase no tienen ningún interés educativo, que las escuelas deberían abandonar las aulas o que las pruebas PISA de evaluación académica deberían incluir en sus cuestionarios la pregunta sobre cuánto se aburren los chicos en el colegio.

Caricaturista y creador del proyecto La ciudad de los niños,  antes de ingresar al Consejo Nacional de Investigación de Italia, Tonucci fue profesor de chicos de 13 años al comienzo de su carrera. Y aunque solo pasó dos años enseñando italiano, latín, historia y geografía, la experiencia de estar al frente de una clase puso patas arriba todo lo que él pensaba de la educación y eso le significó, como dice, “una crisis profunda”.

– ¿Qué aprendizaje le dejó la experiencia?

–Fue un mensaje de lo que he tenido que abandonar. Yo creía que un buen docente era una persona que sabía interesar a los alumnos, que se preparaba, que sabía diseñar propuestas atractivas para motivarlos y, al final, debía evaluar y ser justo: premiar a los buenos y castigar a los malos. Cuando dejé la profesión, conocí la obra de Don Milani, un cura italiano  que fue autor, con sus alumnos de una escuela de montaña, del libro Carta a una maestra. La tesis de esa obra es que la escuela no puede desaprobar a los chicos, no es papel de la escuela juzgar sino aprobar, promover. Esa idea me desplazó totalmente, fue un momento importante de mi vida, lo llamo siempre el momento de la conversión: entendí que la escuela debe promover a los chicos no porque son buenos los alumnos, sino porque es buena la escuela.

–¿Y qué es, para usted, una buena escuela?

–Es aquella capaz de ofrecer los instrumentos adecuados para que se cumpla lo que el artículo 29 de la Convención de los Derechos del Niño dice muy claro, es decir, que la educación del niño deberá ser encaminada a desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física de los chicos hasta el máximo de sus posibilidades. Esto es ley en la Argentina, más que en otros países, porque vosotros la habéis puesto en su Constitución Nacional, por lo tanto, tiene un valor legal muy alto, lo que está escrito vale mucho más que los programas ministeriales, que las cuestiones administrativas y que los libros de texto. Eso significa casi lo contrario a cumplir con los objetivos previstos por lo establecido oficialmente,  que es aprobar a los que  consiguen alcanzar esos objetivos y desaprobar a los que no los consiguen.

–¿Usted lo pudo comprobar?

–Sin duda. Un amigo, Mario Lodi, a quien en Italia lo consideramos “El maestro” por su larguísima trayectoria, le escribía una carta a los padres de sus alumnos en la que les decía: “Después de haber pasado una semana con los niños, estoy en condiciones de afirmar que todos tienen una inteligencia normal, con todas las diferencias de cada uno. Por tanto, salvo sucesos impredecibles de gravedad excepcional, puedo asegurar desde ahora que todos los niños son aprobados hasta el quinto año de primaria, con la garantía de que alcanzarán la preparación mínima que los programas escolares requieren. Si esto no sucede, el maestro y la escuela serán los responsables por no llevar a la práctica las técnicas educativas idóneas para desarrollar al máximo las aptitudes naturales y de inteligencia de los niños y de las niñas”. Esto, para mí, es un buen maestro, y este maestro está indicando la correcta, verdadera y necesaria vocación de la escuela. La escuela no puede perder a ninguno de sus alumnos, porque si los pierde, los confina a lo peor de nuestra sociedad. En Italia hay muchas mafias, criminalidad organizada, y resulta que los jóvenes que se dedican a la criminalidad, en un 95%, no cumplieron con la obligación escolar. Esto denuncia lo que estaba diciendo: la escuela no puede abandonar a sus alumnos.

La Ciudad de los Niños

Es un proyecto internacional creado por Francesco Tonucci para transformar las ciudades tomando como punto de partida la vida y las necesidades de niños y niñas. Participan unas 200 ciudades de países como Italia, Argentina, Colombia, España y México. La experiencia está plasmada en su libro Ciudades para los niños y se puede ver en www.lacittadeibambini.org

–La repitencia es una de las causas de abandono escolar. ¿Está de acuerdo con ella?

–No se debe hacer repetir a los chicos. Estoy convencido de que cada uno de nuestros hijos o nuestros alumnos tiene un ámbito de excelencia, lo que Gabriel García Márquez llamaba “el juguete preferido”. El papel de la escuela debería ser ayudar a los niños y las niñas a descubrirlo y desarrollarlo al máximo nivel posible. Esto será la garantía de su trabajo futuro y de su felicidad, dos cosas que me gustaría considerarlas como los objetivos de la educación.

–¿Cómo hace la escuela para invitar a sus alumnos a quedarse, con tantas ofertas de entretenimiento que tienen los chicos por fuera?

–La escuela propone poco. De hecho, propone casi solo lengua y matemática como disciplinas que deciden la suerte y el destino de los niños, con lo cual, si encajan en esto, si lo aprenden, si tienen buenas notas en esas dos materias, son salvos, van para adelante, sus trayectorias serán excelentes. Y viceversa, no importa si son excelentes en dibujo, baile, artesanía, investigación. Esta es la manera con la que la escuela excluye. Aquí también la Convención debería ayudar. En su artículo 13 dice que los niños tienen derecho a la libertad de expresión, que significa que pueden expresarse por escrito, oralmente o en forma física “por cualquier medio elegido por el niño”. Esto la escuela lo sabe. Si un niño tiene problemas en lengua pero tiene una vocación corporal o es excelentes en otras disciplinas, debería considerarse un buen alumno al que le falta algo, al igual que como se hace con los que sí son muy buenas notas en lenguas o matemáticas, pero no tanto en dibujo o música. Ése debería ser el criterio. En cambio, es tan selectivo, que la escuela selecciona a los que no se adecúan a sus modelos. Don Milani decía que muchas veces la escuela es un hospital que cura a los sanos y rechaza a los enfermos. Si usted va a controlar las estadísticas argentinas, que yo no conozco, estoy seguro de que encontrará que quienes abandonan la escuela pertenecen a las clases sociales más bajas. Y no es posible que lo que le de inteligencia a las personas sea su nivele social. Lo rechazo de principio, no hay ninguna razón científica para sostenerlo.

–¿Cómo se derrama en el resto de las materias fomentar en los niños otras aptitudes, como las físicas o las artísticas?

–Yo daría vuelta la pregunta. ¿Cómo se desarrolla el niño en las capacidades motoras y artísticas cuando se le presta casi toda la atención a matemática? Los niños pasan cinco horas sentados en la escuela, algo horroroso desde un punto de vista pediátrico y psicológico: el niño no puede estar sentado cinco horas. Se sigue considerando raros y peligrosos a los niños que se mueven demasiado. Los niños se tienen que mover todas las veces que lo necesiten.

“Los niños pasan cinco horas sentados en la escuela, algo horroroso desde un punto de vista pediátrico y psicológico: el niño no puede estar sentado cinco horas. Se sigue considerando raros y peligrosos a los niños que se mueven demasiado. Los niños se tienen que mover todas las veces que lo necesiten”.

–¿Cómo es un aula ideal para usted?

–El aula ideal es la que no existe. La que desaparece. La escuela debe renunciar al aula, porque no es un lugar natural, es absurdo, donde los alumnos pasan mucho tiempo sentados, mientras que los artistas, los científicos o los artesanos necesitan de sus talleres y laboratorios, por lo cual yo creo que la educación así debería ser, una escuela con muchos laboratorios y talleres, cada uno de una disciplina distinta, que los chicos vayan de la matemática a la bicicleta, de la huerta a la biblioteca, de la música al teatro. Es decir, debe ofrecer un abanico amplio de lenguajes para que cada uno pueda elegir el suyo y desarrollarlo. Estoy seguro de que si al niño que nace bailarín se le reconoce el baile como su competencia primaria, va a recuperar su desempeño en lengua y matemática. Claro, para que no existan dudas, yo considero muy importante que todos los niños desarrollen lengua y matemática, sobre todo la lengua, porque la lengua es un instrumento de dignidad, libertad y democracia. La gente que no tiene la palabra, será sierva de quienes la tienen, otro pensamiento de Don Milani.

–En los últimos años empezaron a haber muchos diagnóstico de niños con déficit de atención. ¿Qué piensa de eso?

“Estoy seguro de que si al niño que nace bailarín se le reconoce el baile como su competencia primaria, va a recuperar su desempeño en lengua y matemática”.

–Es un tema muy fuerte, porque hay una investigación hecha por el Ministerio de Educación de Dinamarca que demuestra que los niños que van a la escuela caminando, tienen un nivel de atención significativamente más alto que aquellos que van a la escuela en auto con los padres. Hay otra investigación parecida de Estados Unidos que dice que si los niños pueden hacer una actividad física antes de empezar la clase, muchos de los que se presume que sufren de síndrome de atención, no lo sufrirán. Esto significa que una cosa aparentemente banal como el cómo se va a la escuela, puede incidir sobre algo que hoy se considera una patología. Yo no puedo negar que haya casos patológicos, pero seguro, la mayoría de los casos no lo son, y a pesar de esto los bombardeamos de fármacos, algo inaceptable. El niño al que llevamos a la escuela en auto se despierta en su pupitre. Todas las operaciones las hacen los padres, lo bajan del auto, lo descargan en la escuela y luego el docente tiene la sensación de que no está atento. No es que no está atento, es que recién se despertó. Tiene que tener tiempo para darse cuenta de dónde está y qué le está ocurriendo.

–¿Cuáles son los beneficios que le da a un chico ir al colegio a pie?

–El niño que en el trayecto a la escuela ha podido encontrarse en la calle con otros compañeros, jugar en la calle, mirar cosas y observar lo que va viendo a su alrededor, ya ha empezado a vivir desde hace tiempo. La escuela que obliga a los niños a estar muchas horas sentados, es la primera causa de la falta de atención. Si son distraídos, la culpa es de la escuela porque no ofrece cosas interesantes. El tema es que en la escuela los niños se aburren y hay que evitarlo a toda cosa. No se puede tolerar en un lugar en que los chicos pasan muchas horas cada día, muchos días a la semana, muchas semanas del año al año y muchos años en su vida. El aburrimiento es un síntoma. PISA debería medir cuánto se aburren los alumnos y cuánto les gusta la escuela para evaluar no a los chicos, sino a las escuelas.

–¿Qué deberíamos aprender los adultos de los niños?

–Los adultos nos olvidamos de que fuimos niños. Parece una condena que, para llegar a ser adultos, tengamos que olvidarnos de la niñez. Tanto, que los adultos repiten con sus hijos, por un lado, y con sus alumnos, por el otro, lo que a ellos de niños no les gustaba hacer. Vale para el tema de los deberes, que se siguen dando a pesar de no tener ningún interés educativo. Darles tarea es un abuso que saca tiempo al juego, que es uno de los derechos que la Convención reconoce a los niños. Parece que hay una alianza entre la escuela y familia por la cual los maestros pueden decir que si no dan tarea, las familias protestan, cosa que es una paradoja. Hay que escuchar a los niños para recuperar lo que hemos olvidado. Nos falta una parte importante del mundo, el mundo de la infancia. Por eso nosotros proponemos a las escuelas como a las ciudades crear momentos de escucha de los niños, con consejos de niños y niñas en los cuales dan su punto de vista al director y al intendente para completar el conocimiento sobre los ciudadanos de su ciudad y para contribuir para que la política de la ciudad y de la escuela sea democrática y representativa.

“Parece una condena que, para llegar a ser adultos, tengamos que olvidarnos de la niñez. Tanto, que los adultos repiten con sus hijos, por un lado, y con sus alumnos, por el otro, lo que a ellos de niños no les gustaba hacer. Vale para el tema de los deberes, que se siguen dando a pesar de no tener ningún interés educativo”.

–¿Qué sucede si no los escuchamos?

–No escuchándolos, o escuchando solo lo el mercado que rodea la niñez, los niños empiezan a pedir tonterías, cosas que sugieren la televisión y las nuevas tecnologías, con un interés económico muy evidente, y nosotros caemos en la trampa. Somos nosotros quienes transformamos a nuestros alumnos y a nuestros hijos en tiranos. Al contrario, si aprendemos a escucharlos creamos una forma de intercambio entre personas que se respetan recíprocamente y reconocen su dignidad. Los niños no tienen dudas de que necesitan de sus padres, quieren a sus padres, y quieren que sus padres sean sus padres, no sus amigos, no tiranos.

–Usted dice que es importante la inclusión de la familia en la vida escolar. ¿Cómo se logra eso?

–Familia y escuela deberían cooperar. El objetivo más claro, más fácil para todos, es que los hijos y los alumnos sean felices. A partir de este objetivo, familia y escuela deberían ponerse alrededor de una mesa y explicarse los problemas. Por ejemplo: la escuela tiene que ayudar a la familia a entender por qué y cómo lleva adelante la educación de sus hijos. El tema de los deberes es emblemático: la escuela se defiende diciendo que si no da deberes, la familia protesta. Me gustaría saber cómo la familia justifica esta elección de los deberes, que son fuente de aburrimiento. Si la familia pidiera equilibrar la atención que se le da a matemáticas con la que se le da al arte o a la actividad física, creo que la escuela no cedería. Con lo cual, muchas veces, se ayudan para hacer mal las cosas. El objetivo debería ser mejorar la educación desde todo punto de vista. Claro que la educación escolar es competencia de la escuela y su obligación es ayudar a las familias a entender por qué se hacen o no se hacen algunas cosas.

–En nuestro país, padres y docentes han llegado a las trompadas.

–En Italia también. Es un síntoma de  un malestar profundo. La única solución es tener buenos maestros. Yo conocí muy buenos maestros y nunca he sabido que uno de ellos fuera agredido por un padre o mal visto por un alumno. La familia les agradece, los quiere, los niños igualmente, y no ven la hora de que vuelvan el lunes. Es un buen termómetro para evaluar el valor de los maestros. El tema es que tener un buen maestro, hoy en día en Italia, es un tema de suerte. Cuando hablamos de los docentes de nuestros hijos decimos: “El primero ha tenido suerte, el segundo, menos”. No puede ser así. El derecho al estudio debería coincidir con la garantía de tener buenos maestros.

–En la escuela de pocos recursos, ¿sus propuestas son posibles?

–Claro que sí. No cuesta más, porque no necesitamos cosas de gran valor. Dicho esto, creo que una escuela con pocos recursos significa un estado que se preocupa poco por su futuro. La escuela debe tener recursos, podemos ahorrarlos en armas o en ejércitos y dedicarlos a la escuela.

 


Tonucci, dibujante

Frato es el sobrenombre con el que, desde 1968, Francesco Tonucci Firma las ilustraciones en las que describe, con humor, la infancia en la escuela. Sus viñetas y tiras cómicas exhiben y critican, desde el punto de vista de un chico, los errores de los modelos pedagógicos. Tonucci es autor de varios libros, entre ellos, Cuando los niños dicen ¡basta!, Con ojos de maestro y Enseñar o aprender. Con ojos de niño (Losada, 1980) es uno de los más emblemáticos y allí reúne los dibujos que realizó desde 1968.

Imágenes: Wikimedia Commons.

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