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27 junio, 2018 | Por

Franca González: filmar el vacío, la huella, lo que no está

Pampeana y documentalista de raza, la cineasta argentina rastrea los caminos de la memoria y lleva años recorriendo lugares aislados o retratando a personas enfrentadas a la soledad o a la pasión, con la misma intensidad con la que vive su oficio. El jueves 5 de julio estrena el documental Miró, un pueblito olvidado.

Por Agustina Rabaini

Hay varios capítulos en la vida de Franca González, cineasta nacida y criada en General Pico, La Pampa. Una primera escena permite verla a los 18 años, saliendo de su ciudad natal rumbo a Francia para cursar sus primeros estudios en la Sorbonne. Otra la muestra sentada en el patio de la casa de su abuela paterna, compartiendo tiempo con ella para homenajearla en el que fue su primer documental, Atrás de la vía (2006). Luego ganó una beca para cursar estudios en Canadá –la misma que había recibido el dibujante Liniers–, y entonces retrató al artista en otro film, Liniers. El trazo simple de las cosas (2010), que puede verse en cable y en play.cine.ar 

Después vinieron los estrenos de Tótem (2013, filmada en el norte de la isla de Vancouver, en Canadá) y Al fin del mundo (2014, rodada en Tierra del Fuego), y ahora lleva tres años planeando concretar el estreno de un documental que filmó sobre Miró, un pueblo desaparecido de La Pampa.

Miró, el documental

El pueblo de Miró existió durante diez años y luego desapareció hasta que sus muros quedaron enterrados, debajo de los campos sembrados de soja. La directora Franca González quiso reconstruir la historia de esta “pequeña Pompeya de La Pampa”. como la define en un film para emocionarse, viajar en el tiempo y reflexionar.

Franca nació en 1968 y pasó su infancia y adolescencia en esa provincia de llanura, donde, a principio del siglo XX, desembarcaron decenas de familias de inmigrantes. Cuando nuestra conversación comenzó, nos encontramos en la vieja estación de tren de su ciudad natal, a la que había asistido como jurado del Festival de Cine de General Pico. Allí nos anticipó que su film Miró. Las huellas del olvido, contaba la vida de un poblado pampeano que existió entre 1901 y 1913; un antiguo lugar de casas bajas en el que vivieron seiscientas personas y que hasta hace poco yacía tapado por la soja.

“Casi nada de Miró pudo sobrevivir en la memoria de los pobladores de la zona que solo sabían de su existencia por un cartel de estación ferroviaria”, cuenta Franca que viene de estrenar el film en su pueblo natal, General Pico, mientras anticipa detalles sobre la historia del pueblo al que quiso rescatar del olvido.

“Un día vi una noticia en el diario que contaba que un grupo de chicos de una escuela rural había estado haciendo un picnic y que en eso vieron algunos fragmentos que brillaban en la tierra. Volvieron con la maestra y decidieron hacer un pozo del que empezaron a sacar vidrios, la pieza de una balanza, un candado, el asa de una tetera, trozos de botellas, llaves… Con todo eso, la docente llevó la historia a una feria de ciencias y, con ayuda del gobierno, fueron a buscar al equipo de arqueólogos de la UBA y el Conicet que trabaja desde 2012 haciendo excavaciones en el lugar”.

Con el tiempo, Franca también decidió explorar la zona con cuadernos de notas o cámara al hombro, y, con un equipo de filmación reducido, se lanzó a bucear en la memoria y en los objetos de los vecinos del lugar, además de registrar el avance de los expertos.

“Hacer documentales me permite excavar hasta en mi propia historia. Retirar las capas de tierra, de arena o de cemento para llegar al origen de las cosas… Como la arqueología, el cine documental intenta redescubrir lo que está oculto, eso que se esconde bajo la superficie del aquí y ahora”.

“Lo entrañable de esta película es que me permitió volver a filmar muy cerca de donde nací, al norte de la provincia de La Pampa”, cuenta Franca ya en Buenos Aires, donde vive desde hace treinta años. “Cuando supe lo de Miró empecé a desenterrar datos y de a poco fui encontrando algunos descendientes. Ubiqué registros del ferrocarril que daban cuenta de ese pueblo en sus años de pujanza, una revista Caras y Caretas de 1908, fotos, postales y cartas. Uno de los desafíos del film fue poder transmitir las emociones de los que vivieron allí y tuvieron que irse obligados. Hace un tiempo descubrí también que por el pueblo pasaron los Pía, familiares de mi abuela paterna”.

–¿Por qué este interés por rastrear los orígenes y excavar en lo escondido u olvidado?

–Me interesa el cine que parte de la idea del vacío y de la huella. No me gusta partir de lo que ya está construido o terminado. Me interesan los lugares adonde no es tan fácil llegar. Esos lugares inhóspitos donde cuesta entender por qué un ser humano los eligió para vivir. En mis películas, en el fondo, siempre hay un gran misterio. Miró. Las huellas del olvido nació a partir de la ausencia y se va construyendo fundamentalmente a partir de la falta, de lo que ya no está. Para mí significa un gran desafío narrativo: reconstruir la vida de un pueblo donde la cámara solo registra horizonte y una llanura infinita.

–Volviendo a tus primeros años, entre los 18 y los 20 años viviste en París, y ya antes habías empezado a trabajar en el canal local, en General Pico…

–Sí, al terminar el secundario, a los 18 años, me puse a trabajar en el canal local para poder juntar lo necesario para irme a Francia. A los 18 y medio me fui a París y volví con 20. En Francia tuve la suerte de trabajar como niñera en la casa de un cineasta y mientras estaba allí quise vivir la experiencia de estudiar en la Sorbonne, un lugar que tenía muy idealizado. Hice los cursos universitarios para extranjeros en Lengua y Civilización francesa, una experiencia que te conecta profundamente con la historia, la filosofía, la transformación de las ideas y el devenir político y económico de la Francia moderna.

Filmar, filmar, filmar

Al regresar, gracias a la universidad pública y a su afán de seguir trabajando, Franca estudió periodismo para radio y televisión, cursó la carrera de Locución en el ISER y la carrera de Artes Combinadas de la UBA, que no concluyó. “Estaba en un momento en el que preferí ponerme en acción y animarme a usar la cámara. En esos años participé de los talleres de guión con Jorge Goldenberg, entre otros; hice talleres de fotografía y cámara y vi mucho cine, la escuela que más recomiendo. En 2006, finalmente filmé Atrás de la vía, la película en la que retraté a mi abuela”.

Hasta entonces, Franca había trabajado en la realización de documentales más ligados al formato televisivo o de investigación (la serie Nosotros mismos, del pampeano Juan Carlos Gerardo; la serie Las cárceles en la Argentina (1996), junto a Clara Zapettini, además de correalizar y producir los unitarios documentales Japón a través de los mares (1998), Rituales sonoros (1997) o Tierra sin mal (2001).

–En la presentación de Atrás de la vía, durante el Festival de Cine de General Pico, dijiste que tus abuelas fueron muy importantes…

–Sí. Mis dos abuelas fueron pilares de humanidad y de construcción de mi personalidad. Por un lado, tuve una abuela paterna que fue dadora de afecto a través de actos muy simples. Nuestra comunicación se daba fundamentalmente a través de gestos, mimos, o mientras me enseñaba a hacer una receta. Me encantaba estar en su casa porque tenía jardín, gallinero, huerta, hamacas y frutillas. Mi abuela materna es mucho más moderna, más parecida a las abuelas de ahora. Desde joven trabajó fuera de su casa y ya siendo bisabuela terminó sus estudios secundarios. Ella me estimuló para que estudiara francés, y escribía cuentos. Aún hoy, ya muy mayor, dice que piensa terminar una novela.

–Además del camino de educación formal, ¿quiénes fueron tus referentes a lo largo del camino?

–Con los años estudié y tomé diversos talleres de guión con maestros como Jorge Goldenberg, pero lo que más hice fue ver mucho, mucho cine… Hubo un momento clave cuando apareció el Doc Buenos Aires, en 2001, que me abrió mucho la cabeza. Gracias a Doc… pude conocer otros documentales y descubrí los trabajos de Depardon y Philipert, y a algunas realizadoras como Catherine Martin, André-Line Beauparlant o la cineasta Lola Salvador, que me permitieron pensar en otras maneras de hacer cine de no ficción más poéticas, creativas y personales.

–¿Entre los directores te interesa la obra de las mujeres en particular?

–No hago ese tipo de distinciones. Hay obras que me atrapan o me impactan, y otras que no. Hay directores, como José Luis Guerín o Patricio Guzmán, que me interesan porque insisten en la idea de que una película del mundo de lo real se construye en torno a dos tensiones: por un lado, lo planificado por el realizador y, por el otro, el azar o el accidente. Como realizadora, estoy siempre buscando ese equilibrio. Y por supuesto que me interesa el cine realizado por o con mujeres. Lucrecia Martel y Anahí Berneri son dos referentes importantísimos y también admiro a la directora María Victoria Menis, con quien trabajé haciendo la dirección de fotografía de su película Mi hist(e)ria en el cine.

–¿Por qué dirías que seguís eligiendo hasta hoy el documental y no la ficción, por ejemplo?

–Para mí la ficción sigue siendo un espacio en el que me gusta abandonarme en la oscuridad de la sala, mientras que el cine documental ocupa un lugar diferente como  espacio provocador, angustiante e incierto que implica esa dificultad de enfrentar el mundo de lo real desde lo real. Como en Miró…, el documental me permite excavar hasta en mi propia historia. Retirar las capas de tierra, de arena o de cemento para llegar al origen de las cosas… Como la arqueología, el cine documental intenta redescubrir lo que está oculto, eso que se esconde bajo la superficie del aquí y ahora. nn

Mirá el trailer:

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