Sophia - Despliega el Alma

19 septiembre, 2018 | Por

Qué piensa de la educación la mejor maestra del mundo

Andria Zafirakou, hija de una familia de inmigrantes, vive y trabaja en una escuela de Londres donde llegan chicos de distintas nacionalidades, que hablan más de 35 idiomas. El arte, la creatividad y el afecto, dice, son las claves para enseñar en ambientes diversos y adversos.

No hace falta estar al frente de una clase para imaginar lo difícil que puede ser enseñar a adolescentes que hablan 35 idiomas diferentes, que crecen en el seno de familias desarraigas de su tierra de origen y que viven expuestos a la delincuencia y sufren privaciones de todo tipo, una realidad que no es ajena, ni siquiera, a las grandes potencias mundiales. Pero las diferencias culturales y las barreras idiomáticas, lejos de ser obstáculos, son vistos como desafíos por Andria Zafirakou, la profesora inglesa que este año fue elegida entre treinta mil educadores de 173 países como la mejor maestra del mundo.

Premiada por la Fundación Varkey, una ONG dedicada a la mejora en la educación, con The Global Teacher Prize, Andria es profesora de arte en secundaria y consiguió, a fuerza de empatía y coraje, hacer cambios radicales en el programa educativo de su escuela, la Alperton Community School, para integrar a los alumnos y ayudarlos a superarse, comprometerse con el estudio e integrarse a la comunidad.

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En un mundo en que los chicos tienen, en los teléfonos, en las computadoras, las tabletas o la televisión mucha información a su alcance, el rol del docente está siendo repensado por los especialistas en educación. “Los chicos cambiaron, la educación cambió globalmente. No podemos asumir que el único espacio en el que un chico aprende es en la escuela -dice Andria-. Ellos están constantemente aprendiendo, en contacto con la tecnología y con  Internet en sus dispositivos, comunicándose en una manera en la que nosotros, los adultos, no conocemos. ¿Qué tenemos que hacer los maestros? Desarrollar habilidades, aprender cosas nuevas. Los chicos están más alertas, se acostumbraron a ser estimulados por la tecnología. Si los maestros hacemos cosas aburridos, los chicos se aburren y se desconectan, y si esto sucede, no aprenden”. ¿Y cómo se evita el aburrimiento? “Necesitamos entender qué disfrutan y cómo disfrutan aprender los chicos, qué les interesa. Y encontrar modos de enseñarlo de manera distinta. Eso es lo que necesitamos”.

El desafío no fue menor: su escuela queda en el barrio de Brent, al noroeste de Londres, un barrio conocido por sus altísimos niveles de delincuencia y por ser una de las zonas más pobres del Reino Unido. Sus niños provienen de hogares multifamiliaries y superpoblados, y un tercio de ellos vive en condiciones de pobreza. Brent es, además, una porción de  la ciudad con una inmensa diversidad étnica.

Pero para Andria, de 39 años, hija de inmigrantes ella también, todo eso fue un trampolín para poner en marcha su creatividad, reunir a sus colegas y proponer una reforma. Como líder del equipo docente, esta mamá de dos hijas, dio vuelta de arriba a abajo el programa educativo de Alperton, creó alternativas de prácticas deportivas para las chicas que, por su tradición, no podían compartirlas con los varones y por tanto quedaban afuera de ellas; fomentó la creación de un coro somalí y, con la ayuda de un artista plástico, rediseñó la estrategia de las materias artísticas para que ellas fueran un espacio en el que los chicos encontraran herramientas para superar las complejas circunstancias que traían de sus hogares.

“Yo nací en el centro de Londres, pero mi padre llegó de Grecia cuando tenía 30 años y mi madre llegó de Chipre cuando tenía 7, así que mi primer idioma no fue el inglés, sino el griego. Por eso entiendo las diferencias culturales y las vidas dentro de las casas: la forma en que los griegos entienden la unión de la familia es muy similar a cómo la entienden los indios, por ejemplo, o los asiáticos en general, entonces puedo conectar muy bien con ellos. El motor de esas familias es el cuidado y el amor”, dice Andria, en un hablar rápido, concreto pero a la vez amble y cálido, en la charla que tuvo con Sophia en una visita que hizo a Buenos Aires.

Convencida de que el cambio se da al interior de la escuela pero también, y sobre todo, en la conformación de comunidades de cuidado, Andria reunió a especialistas en salud mental, a docentes y a agentes de la policía local para tener un panorama en 360 grados de la situación de los jóvenes. El ímpetu por mejorar la calidad de vida de sus alumnos no queda en las cuestiones meramente académicas. Ella además va a visitar a los chicos a sus casas, los acompaña a tomar el micro para evitar que se expongan a bandas de violentos y cada mañana los espera en la puerta del colegio para saludar en el idioma que habla cada uno, ya sea el indio, el tamil o el gujarati. Gracias a todas estas iniciativas, la escuela Alperton consiguió estar entre el 1 y 5 % de las escuelas del país con mejores calificaciones y recibir varios premios.

En la charla con Sophia, minutos antes de reunirse con el presidente de la Nación, Mauricio Macri, Andria respondió preguntas sobre los desafíos de su profesión, una tarea que, para ella, es de las más nobles que existen.

­–¿Qué significa para vos la enseñanza?

–El principal aspecto es que la tarea de un maestro o un profesor es inspirar, crear sueños y esperanza y asegurarte de que, más allá de cualquier circunstancia, desde tu lugar podés abrirle a los chicos las puertas de un mundo que les ayude a alcanzar su potencial.

–¿Cómo se logra eso en escuelas con mucha diversidad y alta población?

–Lo principal en mi trabajo es, número uno, que te guste estar con los jóvenes, pero también crear relaciones con ellos para conocerlos, saber qué intereses tienen, qué los moviliza.  Comprometerme con sus mundos produce confianza. Es lo primordial, la llave para hacerlos sentir seguros y transmitirles que pueden aprender y mejorar a partir de las dificultades. Es crucial averiguar si están aprendiendo. ¿Cómo se logra? Comprometiéndonos con ellos, cuestionándolos, desafiándolos, ayudándolos a ser curiosos y exploradores. Esa es la clave.

–¿Cómo manejás la diversidad en el aula?  

–Viví y estudié en una escuela de Londres, donde la diversidad existió siempre. Amo aprender nuevas culturas y abrazarlas. Para los jóvenes, es una oportunidad fantástica conocer sus comunidades, sus identidades, sus contextos y aprender y construir entre ellos. Así, en el futuro, cuando salgan al mundo laboral, esas diferencias no serán una barrera.

–¿Cómo se trabaja en una escuela donde se hablan 35 idiomas?

–Cuando no te podés comunicar, hay que buscar nuevas formas de hacerlo. Yo tengo la suerte de que en mi asignatura puedo demostrarles que no es necesario entender inglés para comunicarse, porque allí está el poder del arte, de la alfabetización visual.

–¿Qué pensás del amor y del afecto en la enseñanza?

–Es crucial, aunque el amor puede ser difícil, duro, significa decir “Silencio”, “Pará”, mostrar cuáles son los límites. El amor se relaciona con el cuidado y con ser afectuoso, y los maestros deberíamos expresarnos más en ese sentido y de manera activa, porque los chicos lo necesitan.

–¿Cuál crees que deben ser las habilidades de un maestro?

–Ser afectuoso pero firme, cercano, creativo para hacer de tus clases algo interesante, que puedas enseñarle a cada uno de tus alumnos, incluyendo a los que tienen una necesidad especial. Tenés que ser resiliente y no castigarte, muchos maestros son muy duros consigo mismos y se preguntan todo el tiempo “¿Cómo podría haber hecho tal cosa?” u “Ojalá hubiera hecho tal otra”, cuando a veces solo se trata de pensar simplemente en qué estás haciendo para cambiar la vida de esa persona. Eso ya es increíble. Entonces, bien por eso.

–¿Cómo imaginas la escuela del futuro?

–No creo que cambien demasiado. Claro que habrá nuevos entornos y que, espero, se destine más dinero a edificios escolares más lindos y creativos. He visto edificios en los que no me hubiera gustado estudiar, en los que no me hubiera sentido estimulada. Creo que se trata no solo de invertir en educación, sino también en la infraestructura de la educación.  Sé que eso hace a la diferencia porque mi escuela ha cambiado tremendamente cuando tuvimos un nuevo edificio. Eso hizo sentir orgullosos a nuestros alumnos y les fortaleció el deseo de aprender.

–En un mundo donde se forma a los niños y los jóvenes sin saber cuáles serán las profesiones del futuro, ¿qué habilidades deben tener los maestros para enseñar ante ese contexto?

–No creo que se trate de las habilidades que un docente debe tener, sino de qué cosas les están diciendo los gobiernos a los docentes acerca de qué enseñar. Estamos ante trabajos que aún no han sido creados, la tecnología ha cambiado tantas cosas, el mundo se ha vuelto más pequeño, la comunicación es instantánea y está disponible las 24 horas, las tecnologías de la información transformaron muchas. Lo que tenemos que asegurarnos es que nuestros alumnos tengan muchas habilidades, y estas habilidades provienen de las materias de STEM, (el acrónimo para llamar al conjunto de las materias de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Estas habilidades también provienen de las artes, la música, el teatro, la educación física. Es importante enseñar a ser resilientes, a fallar y perseverar, a convivir en ambientes seguros, creativos, curiosos, comunicativos y que fomenten el trabajo en equipo, No tiene sentido si solo estamos formando doctores y científicos, necesitamos formar diseñadores, fomentar la imaginación y la creatividad. Esto es lo que tenemos que empujar, porque los estudiantes de hoy son los que van a desarrollar nuevas tecnologías, crear nuevas ideas y nuevos trabajos. Y las materias artísticas son una clave para estas cosas.

–¿Qué te devolvió el premio a la mejor maestra del mundo?

–Gracias a él pude viajar y conocer a muchos maestros y profesores de países muy distintos. Llegué a la conclusión de que todos coinciden en querer ayudar a los chicos y en buscar hacer una diferencia en la clase. También, que los chicos son iguales no importa de dónde sean: son curiosos, tienen mucha imaginación y potencial. Eso es maravilloso, porque es como estar unidos por una línea sanguínea que nos conecta.

Las primeras escenas que tiene Andria de su amor por la vocación se remontan muy a los comienzo de su infancia, cuando tenía nada más que cuatro años. “Recuerdo estar jugando con mi prima: ella venía a mi casa, poníamos juntos mis osos de peluche y les leíamos. También me acuerdo de una maestra de primaria que le contaba a mis padres que yo era muy mandona en clase y que a ella le decía cómo tenía que enseñar. Eso, a mis cinco o seis años. Creo que era mi destino. No puedo pensar en algo que me importe más hacer”, dice, y saluda con un abrazo.

Si querés conocer más sobre Andria, no dejes de ver este video: 

 

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