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6 diciembre, 2017 | Por

Cristina Lescano: de cartonera a empresaria social

Como recuperadores de material reciclable, los integrantes de la cooperativa El Ceibo logran reducir la acumulación de basura y tener un ingreso económico digno. Aquí, la historia de superación y coraje de su fundadora y actual presidenta.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Camila Miyazono.

“Yo me levanto a las cuatro y media de la mañana y le hago caso a mi doctora, que dice que tengo que tener cinco minutos para mí. ¿Qué hago? Voy, pongo la pava. Voy, prendo la compu. Pum. Pongo el mate, me siento. Estoy desde las cuatro y media hasta las cinco y cuarto sin teléfono ni nada. Hasta que se hacen las seis y a mi hijo menor, que trabaja conmigo, le pido ir a las siete al galpón. No es lo mismo estar con el teléfono y un botón controlando a la distancia que estar viendo qué pasa, y ellos mismos piden que los guíe y los controle. Pero así como los tengo cortitos, también soy como la madre de todos”.

Cristina Lescano tiene 59 años, habla moviendo las manos rápido, y los desafíos, quehaceres y obstáculos que afronta como presidenta de la cooperativa El Ceibo la mantienen ocupada  –y alerta– durante todo el día. Son las cinco de la tarde y la encuentro anotando datos en un registro, en una casa sobre la calle Paraguay, en el barrio de Palermo Viejo, donde vivió y donde funciona el centro operativo de la cooperativa durante las tardes. De este lugar salen decenas de cartoneros devenidos en recuperadores urbanos, para recorrer las “campanas” de basura donde los vecinos dejan el material reciclable (cartón, plástico, vidrio, papel, metal). “Llevó tiempo concientizar a la gente para que separara los materiales reutilizables, pero se va logrando”, dicen ellos, y hoy muchas familias del barrio les entregan las bolsas en mano porque los conocen o los reconocen por sus pecheras de color.

Los trabajadores de El Ceibo integran una línea de trabajo que continúa en el Centro Verde ubicado al costado de la villa 31, sobre la colectora Arturo Illia, un galpón inmenso donde se clasifica y se enfarda el material que luego es entregado a las empresas que lo reciclan para fabricar productos. De cooperativa a empresa social que brinda un servicio público con la separación de residuos, El Ceibo recupera entre tres y cuatro toneladas de materiales por día. Sus integrantes cierran un círculo productivo que, a fin de mes, les permite tener un sustento digno. Lo logran con el apoyo del Gobierno de la Ciudad, que se hizo cargo de una parte de los sueldos, pero sobre todo con el esfuerzo de recolección colectivo, que les permitió formalizarse y mejorar su calidad de vida: comprar ladrillos para levantar sus casas, adquirir un vehículo o sostener la educación de sus hijos. En su mayoría, los más de 300 integrantes de El Ceibo llegan a trabajar desde Lanús, desde la villa 31 y desde Villa Caraza, entre otros barrios.

La llaman la flor de El Ceibo

Es difícil hablar con Cristina Lescano a la tarde porque el teléfono no para de sonar (a uno le falta el bolsón, otro no tiene el uniforme puesto, y también llama un artista que necesita papeles de diario para terminar un mural). A su lado están algunas de sus compañeras de ruta desde la fundación de la cooperativa en 1989, Edith Corea y María Julia Navarro. Más allá, llama la atención un viejo mapa que marca la zona en la que empezaron a cirujear, mientras que hoy recorren tres comunas enteras, esto es, muchas cuadras y muchos barrios.

Cristina se detiene y posa para una foto junto a sus compañeras de El Ceibo, pero nada de demorarse mucho porque es el horario de la recorrida. Una de ellas la llama “la flor de El Ceibo” (“es una líder natural, tiene carácter, no la pasa nadie”, dice), pero ella sigue con su relato y aún recuerda el día en que salió por primera vez a recorrer los containers de basura por las calles. “Me puse una bufanda y un gorro para taparme, de la vergüenza que me daba. Me parecía que todo el mundo me iba a mirar, pero después me di cuenta de que no le importábamos a nadie o que éramos nosotros los que teníamos que cambiar de actitud, sin discriminarnos ni victimizarnos”, explica. En esa época Cristina salía a las calles con su hijo menor, Matías, hoy un joven que trabaja en El Ceibo y que, entre otros logros, cursó el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Más tarde siguió una carrera terciaria para, a la hora de elegir un rumbo laboral más formal, volver a la cooperativa y empujar lo que para ellos es más que un trabajo y más bien una causa, que les dio impulso como proyecto comunitario y una mayor dignidad.

La historia personal de Cristina comenzó en los años sesenta en la ciudad de Arrecifes, siguió en el campo, en  Balcarce, y después en Mar del Plata, donde cursó la escuela primaria y secundaria. Siempre anduvo mucho, muchísimo, y por eso dice haber sido un poco “nómade”, y que cuando era joven “le escapó” al trabajo formal en lugares cerrados en tiempos en los que, además, escaseaba el empleo. A los 20 años se mudó a Buenos Aires y así vinieron años de andar en
la calle, los primeros al lado de quien fue su primer marido y padre de sus hijos mayores, Nicolás y Natalia, quienes de chiquitos quedaron al cuidado de los abuelos maternos.

“Todos hablan de la crisis de 2001, pero se olvidan de la crisis del 89, que para muchos de nosotros fue terrible. Alquilábamos y nos quedamos sin trabajo, así que terminamos viviendo en casas tomadas, algo que no le deseo a nadie porque se vive siempre con miedo. No nos pasó a nosotros nada más; en la casa éramos cinco familias y todas juntábamos cosas de la basura. Yo hablo de cirujeo porque el ciruja existió toda la vida; los grandes chatarreros de hoy empezaron como nosotros, revolviendo las bolsas. En su momento fue feo el tema del cirujeo y tener que salir, vivir de eso, pero también compartíamos mucho con los vecinos. A la noche llevábamos todo a la casa, lo poníamos en el pasillo y cada cual agarraba lo que necesitaba. Siempre digo que esa solidaridad, esos principios, se perdieron. Ahora todo es plata, plata, plata”.

–Cristina, decidiste dejar a tus hijos mayores en el Sur, al cuidado de sus abuelos…

–Sí, cuando me separé del papá de los chicos, me fui a Comodoro Rivadavia y estuve un tiempo allá. Mi hija Nati era chiquita, tenía ocho meses, y mi vida era tan nómade que decidí dejarla a ella y a Nico con mis padres. Con Matías, mi hijo menor, viví siempre. Es el día de hoy que mi hijo mayor me dice: “Mamá, vos nos abandonaste”. Yo le digo que no; lo que yo no quería era que yiraran conmigo en la calle. Preferí dejarlos con los abuelos, que comieran y fueran a la escuela. Esa no era la vida que yo iba a darles en ese momento. En el Sur estuve dos o tres años y empecé a trabajar en la administración de una empresa, pero no era lo mío. Soy muy revoltosa y no es que me tirara la calle, sino más bien que tenía una inquietud. Buscaba y buscaba y no sabía bien qué, pero igual iba. Cuando volví a la casa tomada, en la desesperación, empecé a encontrarme con otras mujeres que estaban en la misma, y fuimos viendo cómo ayudarnos. En esa época nació la cooperativa. Nos reuníamos en los comedores de las iglesias o en las famosas ollitas populares y hacíamos desde prevención, con el tema de la procreación responsable, hasta cuidar a los más chicos, trabajar en el comedor y juntar el plástico por la calle.

–Fueron viendo cómo generar recursos…

–Sí, empezamos a guardar el primer material, las botellas de plástico, en bolsones, y decidimos romper con el mito de que solo los hombres iban a vender y manejar este mercado. Cuando hicimos un primer viaje a los depósitos de Soldati, nos miraban con cara rara porque los baños estaban preparados solo para los hombres, pero seguimos y así fuimos creciendo. Es el día de hoy que el machismo existe. Cuando vienen al galpón, buscan a un jefe hombre pero se encuentran conmigo (se ríe) y no pasa nada, me tienen que bancar… Pero hay que decir que las mujeres muchas veces también son machistas. Siempre digo que nosotras somos las que criamos a los hijos varones y ahí es donde todo tiene que empezar a cambiar.

–¿Haber vivido en carne propia lo que muchos de ellos viven o vivieron te da una mayor comprensión como cabeza de equipo?

–Sí. Yo pasé por muchas cosas. Cuando mi hijo menor iba al preescolar y la escuela primaria, vivíamos en la casa tomada y salíamos a cirujear a la noche. A mis hijos más grandes también los veo. Nicolás trabaja como taxista y vive en Palermo, y Nati se recibió de ingeniera agrónoma, todo un mérito de mis viejos que la criaron y le dieron estudios. Matías en un momento tuvo que elegir entre ir a una empresa o tomar otro trabajo. Un día me dijo: “Voy a seguir tu lucha, mamá”, y acá está con nosotros y los otros jóvenes de la cooperativa. Lo único que le pedí fue que no se hiciera adicto al trabajo, como yo, pero igual es un apasionado porque esto es muy emocionante.

“Las mujeres muchas veces también son machistas. Siempre digo que nosotras somos las que criamos a los hijos varones y ahí es donde todo tiene que empezar a cambiar”.

–¿Qué es lo apasionante de todo esto?

–Los desafíos de todos los días. Desde recibir a las personas que llegan a pedir trabajo y ver cómo se empiezan a levantar hasta hablar con los empresarios, los políticos, todos. Hoy, por ejemplo, vinieron los chicos de un ecopunto de Lomas y nosotros les dimos la mercadería para que se empiecen a organizar. Con el estímulo del trabajo, he visto cómo muchos jóvenes fueron saliendo de la droga y de un montón de otras cosas. Acá había gente que tomaba, que había estado presa, y que hoy vengan y me digan que están cobrando bien o que quieren trabajar full time me da fuerzas. 

–¿Qué más hizo falta para pasar de cirujas a recuperadores?

–El camino fue la organización; con los años pudimos conseguir el galpón para poder clasificar el material, y también empezamos a trabajar con el Gobierno de la Ciudad, con convenios, con cuenta en el banco, y nos fuimos enderezando, ordenando. Cuando empezamos guardábamos el material reciclable y lo vendíamos todo junto, pero después empezamos a clasificarlo y venderlo por tonelada. Hoy ya no hay nadie de El Ceibo que haga lo que muchos de nosotros hacíamos antes metiéndole arena al cartón o agua al papel para que pesaran más. ¿La ganancia? Lo que se llama el excedente; si hay, se reinvierte para mejorar las condiciones de trabajo.

–Hubo una tarea grande de concientización también con los vecinos.

–Sí, eso fue lento. No fue fácil trabajar con ellos porque al principio nos rechazaban, pero más nos discriminábamos nosotros. La lástima es lo peor que le puede pasar a un ser humano. A mí que no me vengan con eso acá.  Un día nos dimos cuenta de que teníamos que cambiar, nos pusimos una pechera, tuvimos una credencial y ahí el vecino empezó a cambiar con nosotros. Lo que buscamos es dignificar esto. Hoy el que viene tiene que querer crecer y salir adelante porque a las malas ya las pasamos. Si nos achanchamos o pasa algo malo en la calle, no pierde uno sino todos.

–¿Y si yo te preguntara por qué seguís levantándote para ir al galpón todos los días?

–A veces me dicen: “¿Señora, por qué no para un poco?”. Pero yo lo quiero a esto, lo siento y lo puedo entender porque también las pasé. Sigo adelante. A veces les tengo un poco de miedo a los jóvenes y pido que, cuando no estemos, no cambien esta economía social por lo puramente económico, porque se va a perder lo humano. Yo apoyo a las personas porque es la única forma de sacarlas de donde están. Sé cuando me mienten, porque a mí me tocó hacer ese tipo de cosas y no me avergüenzo de decirlo porque hoy lo estoy haciendo mejor. Como yo, están las otras mujeres, y los hombres. A muchos de ellos las mujeres los han abandonado y quedaron con los chicos. Lo que emociona es ver el crecimiento de las personas, y a veces las pequeñas cosas, como que ya no vivan en casas tomadas sino que estén levantando sus lugares en los barrios, hacen la diferencia.

–Cuando visitamos el galpón de El Ceibo, había una foto de Jesús. ¿ Sos creyente?

–Soy más o menos creyente. Cuando no tenía nada, iba a las iglesias y decía: “Diosito, ¿cuándo voy a salir de esta situación?”. Ahora paso y me siento en esos mismos lugares para agradecer. No creo que una persona pueda ser pobre por más de cuatro o cinco años. Todos los seres humanos podemos cambiar.

Érica Echevarrieta (35 años) fue la primera “promotora ambiental” de El Ceibo. Está en la cooperativa desde los 15 años. “Mis papás la conocen a Cristina desde cuando cirujeaban en la calle y al lado de ellos vi cómo fueron encontrándole la vuelta para dignificar esto”. A su lado,  María Julia Navarro (66 años), una de las fundadoras de la cooperativa, cuenta: “Fue mucha lucha y hemos hecho avances, pero todavía sigo para tener mi casa. En estos años también cumplí un sueño postergado: a los 59 años terminé la escuela primaria”. Hoy, además de coordinar el trabajo de muchos, a veces cuida a los chicos de las jóvenes mamás cuando no tienen dónde quedarse. 

 

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