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Sophia - Despliega el Alma

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28 noviembre, 2017 | Por

Bernardo Nante: “Creer es constitutivo del ser humano”

Nuestro columnista, doctor en Filosofía y estudioso de las ciencias orientales, cambió su rol habitual y se puso del lado del entrevistado. En esta charla, nos lleva a explorar y reflexionar sobre las creencias y la búsqueda de sentido.

 

Por: Carolina Cattaneo. Foto: Estefanía Landesmann.

Hay algo más allá de nosotros? ¿Cuál es el sentido de nuestras vidas? ¿Adónde vamos y de dónde venimos? ¿Por qué nacemos y por qué morimos? ¿Quién o qué nos puso en este mundo? A los seres humanos nos acompañan desde siempre preguntas que apenas podemos respondernos; en nuestra biografía como especie, llevamos siglos y siglos de coloquios, tesis, libros, ensayos, congresos. Se han buscado respuestas desde la filosofía, desde la teología y desde los más diversos campos científicos. Pero no por antiguas, ni por repetidas, y mucho menos por tratarse aún de preguntas sin respuesta, vale la pena dejar de hacérselas. Entre ellas, hay una que determina cómo transcurrimos nuestra existencia: en qué creemos, por qué y para qué; y en todo caso, ¿creemos?

La aceleración de la vida actual nos aleja de esas búsquedas que nos proyectan más allá de nosotros mismos, pero que, a la vez, nos conectan con lo más profundo de nosotros mismos, que nos separan de las urgencias cotidianas, pero nos vuelven a acercar a ellas con otra mirada. Quisimos reconectar con ese fondo oscuro y silencioso que habita en todos nosotros, y desandar esas inquietudes en compañía. Esta vez elegimos hacerlo con un amigo de la casa, el columnista Bernardo Nante. Doctor en Filosofía, docente y estudioso de las ciencias orientales, la matemática, la economía y la psicología, especialista en el pensamiento del terapeuta suizo Carl Jung y director de la fundación Vocación Humana, Nante nos propone bucear más allá de lo que nos evidencian la razón y los sentidos. Nos invita, en esta charla, a explorar el acto de creer y la dimensión espiritual desde el silencio, la meditación y la reflexión.

–Bernardo, ¿el hecho de creer en algo es algo que los humanos traemos con nosotros?

–Primero quiero hacer una distinción. No es lo mismo “creer que” que “creer en”. Hay una especie de “creer” que es débil, como cuando decimos “Creo que va a pasar tal cosa”. Pero si yo “creo en”, por ejemplo, en alguien, que no significa necesariamente un dios, es un asentimiento fuerte, no solo teórico. “Creer en” no tiene que ver con un resultado inmediato, sino que supone una actitud, una disposición interna, y apela a la condición humana. Todos “creemos en”: puede ser bueno, puede ser malo, puede ser confuso, puede ser claro. Pero todos tenemos algo en lo que “creer en”. En la creencia hay siempre un asentimiento a algo que no puedo resolver, percibir o evidenciar del todo a nivel racional; es algo que está en otro plano. El filósofo francés Gabriel Marcel distinguía entre “creer que” y “creer en”. “Creer en”, dice, implica una confianza, una dirección de la vida. Y la vida humana no puede existir sin ello. La forma madura de creer es saber que estoy creyendo.

–¿Se refiere a que tengamos conciencia de aquello en lo que creemos?

–Sí, porque si tengo conciencia, entonces, mi creencia no es ciega. “Creo en tal persona”, “creo en tal cosa”. ¿Por qué? Bueno, a lo mejor, por la suma de una serie de experiencias que he tenido, aunque en el fondo hay algo más que uno pone en “creer en”.

–¿Qué es eso que pone uno?

–Está en otro plano del ser. La fe y la creencia a veces se igualan y a veces se distinguen. Hay muchas definiciones al respecto. Uno puede utilizar la palabra fe no en el sentido de la fe religiosa, sino en el sentido de lo que estamos diciendo, del “creer en”. Hay una definición de fe que da San Pablo y que podríamos trasladar, salvando las distancias, al plano no religioso. Él dice que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la que nos convence de las cosas que no vemos. Es como si yo captara algo de la esencia de lo que espero y estoy seguro de eso, tengo una convicción, aunque no lo vea. Esto nos lleva a pensar que quizás el ser humano tiene algún tipo de captación de la realidad que va acompañada de una confianza que no necesariamente se limita a la forma que tenemos de captar a través de los sentidos y a la forma que tenemos de razonar, dos formas necesarias de adquirir conocimientos. Estamos plantados en el mundo y nos orientamos muchas veces por este “creer en”. Pero yo distinguiría entre una creencia ciega, que es crédula y peligrosa, de una creencia capaz de reformularse.

 –¿Que sea capaz de ponerse en duda?

–Que sea permeable a preguntas, que pueda cuestionarse. Las preguntas a lo mejor la fortalecen, la ponen en movimiento y no necesariamente la desbancan. La condición humana es la condición de un ser que “cree en”, y no tiene que ver con algo religioso. Es una estructura ontológica. Nos constituye. Hacemos mal en negarlo y en pretender que manejamos todo desde la razón o desde los sentidos.

–Como si al negarlo estuviéramos negando una parte importante de nosotros.

–El ser humano es complejo y necesita de sus otras partes. Es maravilloso cuando entran en diálogo una parte con la otra. El “creer en” del que estamos hablando tiene una dimensión humana fundamental. Después, en cada uno se va a manifestar de un modo particular; tiene capas culturales y capas relacionadas con la experiencia y la singularidad de lo vivido. En ese sentido, si uno no tiene la capacidad de elaborar una mirada propia, puede ser tomado por completo por un creer de manera ciega, obnubilante. Existen personas que han llevado sus ideales por caminos de superación, y también existen personas que han llevado ciertos ideales por caminos espantosos, por fanatismos de todo tipo. Sucede que las creencias están muy vinculadas a los aspectos más altos del ser humano, a sus anhelos, a lo que antiguamente se llamaban “las virtudes”, que son las potencias. Pero también a las pasiones en el sentido de las oscuridades: la soberbia, la envidia. Muchas veces, el “creer en” se impurifica y se distorsiona. En ocasiones el ambiente cultural alienta unos u otros aspectos. ¿Por qué? Porque en el fondo necesitamos orientarnos en la vida desde una profundidad, y esa orientación, si no es buena, va a ser mala, pero va a ser. Si no proviene de lo alto, de lo bueno, va a venir de lo malo, porque en algo vamos a creer siempre.

“La condición humana es la condición de un ser que ‘cree en’, y no tiene que ver con algo religioso. Es una estructura ontológica. Nos constituye. Hacemos mal en negarlo y en pretender que manejamos todo desde la razón o desde los sentidos”.

–¿Qué puede decirnos sobre los mitos  y la relación con las creencias?

–Los mitos son historias que tratan de decirnos en qué vale la pena creer. Pero cuando es leído o comprendido literalmente, a la letra, deja de ser un mito que me orienta, para ser un mito que me encierra en una creencia fanática. Cuando uno lee un cuento o va a ver una película, como dicen los psicólogos, juega al “como si”, se compenetra con la historia pero sabe que es ficción. En cambio, en los relatos simbólicos, uno cree en eso. El tema es que si yo creo literalmente, me quedo ciego. En cambio, si creo simbólicamente, descubro en mí cuáles son los verdaderos resortes que me permiten iluminar mi vida. A un mito fundante, o  a una religión, a una tradición espiritual, etcétera, puedo tomarlos de modo literal, y ahí soy fanático. O puedo tomarlos como un estímulo para buscarlo en mí. Apuesto a que buscándome, trabajándome a mí mismo, en el fondo, voy a encontrar mi propia forma de llevar adelante, por ejemplo, el cristianismo, y no imito de forma mecánica y obligo a los demás a que lo hagan como yo creo que tiene que ser. Todo mito, entendido como la historia simbólica fundante de un pueblo, si es un verdadero mito, uno se atiene a él, pero para que me despierte, no para que me cierre.

–Es como si los mitos abrieran en nosotros alguna especie de compuerta.

–Exactamente. Hay un relato muy bello, gnóstico, que se llama “El himno de la perla”. Es la historia de un niño que vive en Oriente y tiene que bajar a Occidente. Los padres le dicen: “Tenés que bajar a Occidente porque hay una perla que está en manos de una serpiente peligrosísima, y vos tenés la misión, como un héroe, de ir a buscar ese tesoro”. Le escriben la misión en su alma. La historia relata su recorrido y cuenta que cuando el niño llega, come los alimentos de ese lugar, entra en un sueño profundo, se duerme y olvida su misión. Es típico del héroe que va a hacer algo y después se olvida. El relato es más largo, pero lo interesante es que sus padres le mandan una carta para recordarle su propósito. Le recuerdan de dónde viene y hacia dónde va. El relato dice: “Lo escrito en la carta coincidía con lo escrito en su corazón”. Es un mito dentro de un mito. Él despierta, vuelve y se da cuenta de lo que tiene que hacer y cumple su misión. Tenemos aquí un mito que despierta, no que adormece. Interviene también un conocimiento, una gnosis.

–Usted dice que todos creemos, pero un ateo o un escéptico le diría: “Yo no creo en nada”. ¿Le rebatiría eso?

–En su momento, Herbert Marcuse, un filósofo que era claramente ateo, decía: “Se necesita mucha fe para no creer en Dios”. En un punto, el ser humano necesita tener este “creer en”. No digo que tiene que ser algo necesariamente trascendente, en el sentido metafísico o religioso, pero necesitamos creer en el hombre, creer en las pulsiones humanas, creer en una causa, en algo. En una parte estamos vivos y nos mantenemos vivos porque creemos. Lo que quiero decir es que hay dos cosas: que ese “creer en” puede ser más o menos indiferenciado, más o menos fragmentado. O puede ser que, en un punto, ese “creer en” se debilite tanto que se entre en la desesperación. Pero entonces, igual estoy creyendo en algo, estoy creyendo en el sinsentido, en el absurdo. Y esa es una de las desgracias más grandes del mundo contemporáneo a nivel espiritual.

–Muchas veces, la realidad nos devuelve hechos que debilitan las creencias, por ejemplo, la creencia en el ser humano.

–Todas las tradiciones nos hablan, simbólicamente, de un corazón espiritual, de un órgano vinculado a esta especie de captación que mencionábamos antes. Hablan de un órgano de fe. Es algo dado pero, como todo lo dado en el ser humano, también podemos descuidarlo y perderlo. Decíamos que es constitutivo, pero si no lo cultivamos, podemos perder la capacidad de creer en algo. Si espero que eso solo venga de afuera, voy a ir muy mal. Todos los grandes hombres y mujeres de la humanidad, y siempre en momentos muy difíciles, han apostado, casi contraculturalmente, a algo en lo que creyeron, apelando a una fuerza interior que surge de ese “creer en”. Nuestra cultura no nos enseña a cultivar esta dimensión humana que en ocasiones cultivamos mal, con fanatismos, con ideologías, o directamente la anulamos, aplicándola al sinsentido.

–¿Y cómo podríamos cultivar esa dimensión? 

–Hay muchas cosas que no hacemos, o que hacemos en contra. Para empezar, queremos  obtener cosas solamente y no orientarnos profundamente en la vida. Pero lo que estamos hablando requiere lo segundo. El “creer en”, esta apuesta profunda, requiere una actitud de entrega, de apostar a que vale la pena la vida en una dimensión que no sea solo el tener éxito. Está muy bien que alguien obtenga logros profesionales, un nombre resonante, o que tenga dinero, en la medida en que sea legítimo. Por supuesto que es mejor la abundancia que la escasez, pero si mi meta es esa, si constituyen mi último proyecto de vida, me faltará el otro aspecto, que en el fondo es espiritual, no necesariamente religioso. Necesito cultivar la humildad, el silencio, mi interioridad, buscarme a mí mismo, preguntarme para qué estoy haciendo lo que estoy haciendo, ejercitar la reflexión, el diálogo sincero, la meditación. Es toda una dimensión de la cultura que no predomina, ni en la universidad ni en el medio profesional. No es el parámetro preponderante en la vida.

–Qué misterio que somos los humanos. Al escucharlo, es más fácil sentir lo que está diciendo que ponerlo en términos lógicos y pensarlo.

–Es que hablamos para después darnos cuenta de que las palabras se ven superadas por una experiencia silenciosa. No es que no hay que decir nada, pero hay que decir: “Bueno, acá, palabra, empezá a descansar”. Gabriel Marcel distingue entre problema y misterio. Él dice: “El problema es algo que tengo frente a mi camino, algo que tengo que resolver”: una piedra, una discusión, quizás una enfermedad, un problema económico, incluso un problema científico se pueden resolver o no se pueden resolver. Los problemas son algo que se delimita. En cambio, el misterio es algo que me abarca, yo estoy metido en él, y yo soy un misterio, la muerte es un misterio. ¿Por qué hay muerte? ¿Por qué hay amor? ¿Por qué estamos en este lugar tan extraño que es el mundo? No significa que los misterios deban ser resueltos, porque sería encararlos equivocadamente. Los misterios se ahondan. En la mirada que tiene que ver con un “creer en”, uno se abre al misterio con la palabra o con el silencio, se abre con la vida al misterio. Y abriéndose, se encamina. Abrirse al misterio orienta.

–A su vez, otorga cierta paz o, al menos, aplaca un poco la ansiedad existencial por encontrarle respuesta a todo, ¿verdad?

–¿Por qué en todas las tradiciones espirituales siempre nos recuerdan que somos mortales? Porque tener a la vista las cuestiones que no tienen respuesta, que son misteriosas, opera curiosamente de guía. Nos da paz. O si me dan inquietud, es esa inquietud que después me lleva a una cierta paz y fortalece ese “creer en”. Porque, si no, vivimos en un mundo de plástico, donde todo tiene que ver con lo que dicen los medios, vivimos una vida externa, atravesada, sin conectarnos con ese lugar interior de silencio que es desde donde podemos abrirnos al misterio. Abrirme al misterio es el gran “creer en”.

–Usted ha estudiado profundamente a Jung. ¿Qué dice él sobre este tema?

–En una entrevista, cuando ya era viejito, le preguntaron si él creía en algo. El contestó: “No, yo no necesito creer; yo sé”. Cuando él dice “sé”, se refiere a que, cuando ahondamos de determinada manera en nuestra interioridad, en nuestro inconsciente, en cierta manera podemos conocer el misterio. No es un conocimiento racional, o una evidencia sensible, es un tipo de conocimiento orientador, propio de aquel que ha podido conectarse con su interioridad. Que ha hecho un trabajo que Jung llama “proceso de individuación”, la unión por integración entre lo consciente y lo inconsciente. Cuando puedo conectar con esa dimensión del inconsciente y la cultivo, va surgiendo un tipo de conocimiento que a la larga se parece al conocimiento de algo espiritual o trascendente. Él no dice que Dios existe o que no existe, pero sí sabe que hay un centro de sentido, una orientación en la vida humana, que es –pareciera– equivalente a algo a lo que muchas tradiciones se han referido y le han dado ciertas características determinadas. Quien hace ese trabajo descubre en sí mismo esa posibilidad de orientación. El filósofo y matemático francés Blaise Pascal nos dice que la razón no puede determinar si Dios existe o Dios no existe; entonces, hay que apostar.

–Irremediablemente.

–Sí. Si no apuesto, igual estoy apostando. No es posible lo que pedía Mafalda: “Paren el mundo que me quiero bajar”. No puedo: ya estoy en la cinta rodante de la vida y tengo que apostar. Pero no es que uno no puede hacer nada por esa apuesta: el “creer en”, la fe en algún sentido, en alguna causa, se cultiva. Por eso yo confío en que cuando una persona se entrega a algo con nobleza, es el mejor GPS que tiene en su vida. Cuando eso no ocurre, el vacío se cubre con fanatismos religiosos o políticos que nos encierran. No digo convicciones. La fe es un tipo de captación de la realidad, no es una aceptación ciega. Si es ciega no es fe, es credulidad. El fanático tiene fe ciega, como si la fe estuviera disociada de la indagación. Creo que la fe profundamente no es eso, la fe surge de una disposición profunda, de una apertura al misterio.

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