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30 Junio, 2017 | Por

ANA WAJSZCZUK: Volver al pasado para entender quién es uno

A través de su libro que es, a su vez, crónica de viaje, ensayo e investigación periodística e histórica, la periodista y escritora rescata un capítulo olvidado de la historia polaca, bucea en su propia historia familiar. Y, por sobre todas las cosas, crea memoria.

Por Agustina Rabaini. Foto: Ale López. 

Ana Wajszczuk (Quilmes, 1975), estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Es editora y periodista. Desde 2001, sus artículos aparecieron en periódicos y revistas de Latinoamérica como GQ,  La Nación (Costa Rica), Travesías, Gatopardo y SoHo. En la Argentina, escribe para medios como Radar (Página/12), Clarín, Oh La La, La Nación Revista, Sophia y Harper´s Bazaar y fue editora de la revista Los Inrockuptibles. En poesía, publicó Trópico Trip (Ediciones del Diego, 1999) y El libro de los polacos (Algaida, 2004, XXII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, España), entre otros. 

“Sin la Segunda Guerra Mundial como viento de la historia atravesando su vida, mi abuelo Zbiniew nunca hubiera soñado con irse de Polonia. Y nosotros no seríamos nosotros”, dice Ana Wajszczuk (42), quien a través de viajes y entrevistas, llevó adelante una rigurosa investigación histórica para concretar su libro Chicos de Varsovia (Sudamericana). De reciente aparición en librerías locales, este primer libro de no ficción de la autora argentina, echa luz sobre el histórico Levantamiento contra los nazis que comenzó el 1 de agosto de 1944  y se extendió durante dos meses en la capital polaca. Al terminar, la ciudad quedaría arrasada hasta sus cimientos por orden de Hitler.

La génesis o previa del libro de Wajszczuk se remonta a un artículo que la periodista publicó en 2014 en La Nación bajo el título “Varsovia en la piel”. Allí Ana rescataba las historias de los sobrevivientes a 70 años del horror. Fue en ese momento que su editor le sugirió llevar su investigación a las páginas de un libro. Así podría desplegar, no solo la historia de su propia familia −su padre llegó a la Argentina cuando tenía un año y medio de edad−, sino también las historias de otros polacos que llegaron a nuestro país.

Pero hubo también algo muy puntual que despertó un interés aun más profundo en la periodista a la hora de embarcarse en este viaje de exploración: el llamado su tío abuelo polaco, Waldemar a su padre,  que les revelaba la existencia de un árbol genealógico familiar y más que eso, la de toda una familia de la que, hasta el momento, no sabían casi nada.  Ese pariente lejano, con los meses se convertiría en un “abuelo postizo”, según cuenta Ana, y supo aportarle datos y ponerle rostros y carnadura a tíos y primos. Algunos de ellos, héroes trágicos del Levantamiento.

Hoy el libro rescata este evento “casi desconocido por el gran público y a menudo confundido con el levantamiento del Ghetto de Varsovia”, en palabras de la autora,  y las historias de vida de algunos de los 150 ex combatientes del Armia Krajowa que llegaron a nuestro país en la década del 40. Pero también el viaje personal de Ana de regreso a Varsovia junto a su padre en 2014, para realizar entrevistas y vivir de primera mano el mes de homenajes y recordatorios de aquella fecha trágica.

“Lo que me pasó al terminar es que hoy siento que el libro puede leerse como si fuese un cuento de buenas noches al revés”, dice Ana ya con el libro entre las manos. “De pronto yo era una hija que, luego de la investigación y el tiempo recorrido, le estaba narrando a mi padre la historia desconocida de su propia familia”.

–Ana, este es tu primer libro de no ficción, pero antes habías trazado una poética de la memoria en “El libro de los polacos” (Algaida, 2004).

–Sí, yo ya venía escribiendo poesía en los 90, pero cuando supe lo del árbol genealógico de la familia que estaba armando mi tío Waldemar, empecé a escribir poemas que tenían que ver con Varsovia, con una Varsovia imaginada por mí. Escribí un poema, después otro y otro. Había algo que se me imponía en la escritura y cuando tuve veinte textos, armé un librito. Lo mandé a concurso y gané uno en Badajoz, España, una alegría muy grande porque uno de los jurados era alguien que admiro, José Luis Montero, el marido de la escritora Almudena Grandes. Ése fue un puntapié inicial, y después de eso creí que había cerrado una etapa de descubrimiento familiar, pero no. Al tiempo pude viajar a Polonia.

–Y conociste el Museo del Levantamiento en Varsovia…

−Sí, visitar ese lugar me impactó. Ver un museo tan grande y moderno, donde se busca conmemorar una enorme derrota. Si lo mirás un poco distraída, podés pensar que hay algo que se ganó, pero aquella fue una tragedia muy grande para Polonia. Lo que me impresionaba era ver la edad que tenían los jóvenes que peleaban. El otro día el escritor Javier Cercas, un autor que también trabaja alrededor de la memoria y la familia decía, en una presentación, que a las guerras las hacen cada vez más los chicos. Y eso me conmovió, porque en un momento yo misma llegué a preguntarme qué hubiera hecho en esa situación. En Argentina tuvo lugar la Dictadura, y no podemos olvidarlo, pero  ¿qué habría pasado si, de chicos, hubiéramos vivido una guerra como la que ocurrió en Europa? ¿Qué decisiones hubiéramos tomado? ¿Cuál hubiera sido nuestro grado de valentía, compasión o egoísmo? Me intrigaba pensar en estos miembros de mi familia, tan jóvenes, lanzándose a luchar por la libertad de su país. Primos de mi abuelo que tenían 15, 18 y 20 años. El que tenía 15, murió al segundo día de Levantamiento. Me impactó saber de muchos otros casos que, a la hora de escribir el libro, pude sumar a la historia particular de mi familia.

–Decidiste bucear en la memoria…

–Sí, quería explorar esto que no sé si a uno le viene por los genes, por la sangre o por dónde. Uno no está despegado de las generaciones anteriores, y hay algo que se transmite ontológicamente, una energía o no sé qué. Los que vivieron antes en tu familia, pueden seguir transmitiendo algo a través tuyo. Me parece que esta vuelta al pasado para tratar de entender quién es uno, la tenemos todos, cada uno en su familia, con su historia particular. Como dice Javier Cercas, que dijo antes William Faulkner, “el pasado no pasa nunca”.

–Hoy veía en una viñeta del dibujante Liniers, otra frase: “la memoria tiene forma de justicia”. Hay un intento de reparación, de homenajear y de darles visibilidad a muchos en tu libro también…

–Sí. En estos años, desde 2009, pude viajar varias veces a Polonia y fue entendiendo mucho mejor y leyendo el libro Varsovia, 1944, del historiador británico Norman Davies, que me di cuenta que se cumplían 70 años del Levantamiento y ahí empecé a investigar con más fuerza. Fui descubriendo que, entre los 150 o 200 ex insurgentes que vinieron a vivir a la Argentina, había historias realmente increíbles. Personas que ya no están o que tienen más de 90 años. Buscar esos testimonios, más la investigación en paralelo de mi propia historia familiar, me llevó al libro. Y con apoyo de la Embajada de Polonia en Argentina, se me abrió la posibilidad de viajar con mi papá a Varsovia los dos solos. Poder contarle algo que él tampoco sabía, algo que terminó acercándonos desde un lugar nuevo, desde otro lugar.

“Los que vivieron antes en tu familia, pueden seguir transmitiendo algo a través tuyo. Me parece que esta vuelta al pasado para tratar de entender quién es uno, la tenemos todos, cada uno en su familia, con su historia particular”.

–Tu abuela también aparece en las páginas del libro. Allí contás que ella empezó a hablar sobre la guerra recién después de enterarse de la existencia del árbol genealógico, con todos los integrantes de la familia polaca. ¿Qué fue lo que te dijo?

–Hace mucho tiempo, un día, muy seria, me dijo: “Vos no sabés nada de mí, hay cosas que no sabés”. Nunca tuvimos una relación tan estrecha como la que pude tener con mis abuelos maternos, ella tenía un carácter diferente, era más distante, pero pude acercarme y entenderla mejor cuando viajé a Polonia y vi que eran un poco más fríos, no tan expansivos y cálidos como podemos ser los latinos. Supe que mi abuela había tenido una vida muy sufrida; que habían caído en Argentina como si hubieran caído en Marte. Y que, como otros inmigrantes, había situaciones de guerra muy traumáticas que no querían recordar; solo buscaban mirar hacia delante. Aun así, mi abuela pudo contarme  sus recuerdos de cuando la llevaron a Siberia y cómo tuvo que vivir en un pozo cavado en la tierra con un mismo vestido durante dos años. Andá a saber lo que no pudo contarme y lo que debe haber pasado con 16 años en un campo de concentración en Kazakhstán. Ella ya no está con nosotros, pero me dejó contenta ver su alegría cuando nos interesamos por la historia de la familia. Cuando publiqué  mi libro de poesía estuvo súper orgullosa. Escribir también fue mi manera de acercarme a ella.

–¿Qué más te dejó la experiencia de escribir el libro?

–Haber podido vivir el último viaje a Polonia con mi papá, ahora que yo también soy adulta. Fue muy emocionante acompañarlo y que él me acompañara en las entrevistas, verlo llorar cada vez que íbamos a ver algo relacionado con los primos de mi abuelo, como si pudiera recobrar algo del mundo de su infancia que había quedado clausurado para él. Si bien vino a la Argentina siendo muy chico, papá se crió entre polacos y no habló castellano hasta entrar a la escuela primaria. Asistía a la iglesia polaca, a los scouts polacos y, hasta hoy, recuerda los platos que le hacía mi abuela, algo que no pasó a mi generación pero que sí pudimos recuperar durante el viaje. Fue un regalo para los dos: él pudo abrir la cajita de su infancia y yo pude contarle un cuento como los que él me contaba a mí cuando era chica.

Para realizar la investigación histórica, la autora se nutrió de diversas fuentes, entre ellas, libros como Varsovia, 1944 de Norman Davies; El Ejército de Isaac de Matthew Brzezinski, Amapolas Rojas de María Teresa Dittler, las memorias del General Tadeusz Bór Komorowski y los libros de la investigadora inglesa Alexandra Richie. Además, entre otros testimonios y materiales de investigaciones periodísticas, documentales y  películas (Kanal, La pasajera, Powstanie Warszawskie y Miasto 44).

–Y para vos, ¿por qué decís en el libro que te hubieras quedado un tiempo más en Polonia? ¿Qué te atrapó tanto del lugar?

-En ese viaje nos fuimos al pasado durante veinte días. Cuando volvimos, sentí la nostalgia de pensar que tal vez nunca volvamos a viajar juntos como padre e hija. No quería que terminara porque es una ciudad que aprendí a querer. Podría vivir en Varsovia un tiempo aunque todo el mundo me diga que el invierno es insoportable, porque  llegan a hacer veinte grados bajo cero. Pero hay que saber relacionarse con el pasado también, ¿no? Cuando vas hacia atrás, podés intentar comprenderlo, pero todo pasado también es una ficción. Hay 70 años entre el Levantamiento y yo. Un idioma y una cultura diferentes. No fue tan fácil estirar la mano y ver qué se podía sacar de ahí.

–Ana, ¿qué te da la escritura? 

–Me da un lugar que siento como propio. Desde muy chiquita me fascinó estar adentro de los libros. Mi abuela materna me regalaba los de la colección Billiken, los de tapas rojas y en algún momento una cosa llevó a la otra y quise escribir yo también. Esa continuidad entre leer y escribir, como si una cosa no pudiera ir sin la otra. Escribir me permitía crear otro mundo, otra vida y en determinado momento supe que lo mío no iba a ser la ficción… aunque nunca se sabe. Me fascinaba poder ver cosas y contárselas a otros. Compartir lo que me había conmovido a través de textos, de crónicas o de una conversación. Poder escribir es un regalo, más allá de que haya mucho para mejorar, mucho por recorrer para contar mejor lo que uno quiere. En este caso, decidí contar la historia de Chicos de Varsovia en primera persona. No podía hacerlo de otra manera.

Ana y su padre durante el viaje que nutrió su historia personal y su mundo narrativo.

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