Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

3 abril, 2018

Enfermeras de Malvinas: levantar, por fin, el manto de neblina

El próximo 17 de abril el Congreso de la Nación brindará un reconocimiento -por primera vez en más de tres décadas- a 59 enfermeras que prestaron servicio durante la guerra. La investigadora cordobesa María Elena Otero se acercó a ellas para recuperar sus historias, despertar sus voces olvidadas y darles, por fin, un merecido lugar en la memoria histórica de nuestro país.


Por Lic. Helen Otero*

“Nací al calor de la guerra, en mayo de 1982, y a medida que iba creciendo el tema me llamaba cada vez más la atención. Me preguntaba, por ejemplo, cómo habría sido para mi mamá traer a la vida a su hija en un momento de muerte. Muchos años después, me interesé por las mujeres que habían tenido contacto directo o participación en la guerra, y así supe de la existencia de un grupo de enfermeras que prestaron servicio en Malvinas durante el conflicto. Luego estudié Comunicación Social y hace tres años decidí tomar el tema de investigación para mi tesis de Maestría en el CEA (Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Córdoba), que estoy concluyendo.

Hablar de Malvinas supone, para algunos, el recuerdo de una derrota nacional, para otros, la posibilidad de una ansiada democracia, para los nacionalistas, la evocación de la gesta patriótica y militar más importante del siglo XX; para los más jóvenes, una vaga idea de antiimperialismo con una dosis de locura. Y entre los cambios de gobiernos y crisis sufridos desde 1982, en Argentina la constante del olvido de las Islas Malvinas y sus protagonistas se refleja −entre otros− en la invisibilidad que tuvo la labor de las mujeres enfermeras en la guerra. 649 argentinos murieron en Malvinas y la mayor parte de los sobrevivientes retornaron al país en condiciones de semiclandestinidad, con la orden expresa de no hacer declaraciones a la prensa ni contar a sus familiares lo que habían vivido. Algo similar ocurrió con las enfermeras civiles y militares de las tres fuerzas. Y fue aquel silencio impuesto el que generó uno de los mayores traumas de la posguerra.

De a poco empecé a rastrear qué lugar ocuparon las mujeres en las guerras, en particular en la Guerra de Malvinas, y ya no solo como esposas y madres, hijas, novias. ¿Por qué las mujeres habrán querido participar del conflicto y por qué se enrolaron en las fuerzas armadas en un momento de dictadura militar? ¿Por qué pareciera ser que la historia reciente es solo lo que ocurrió hasta el 80, y de Malvinas se habló tan poco, más allá de algunos autores que profundizaron en el tema? ¿Qué rol tuvieron las mujeres que participaron y qué hicieron cuando volvieron de la zona de conflicto? Finalmente, ¿por qué fueron invisibilizadas en las memorias oficiales de Malvinas y por qué, entre las memorias de dichas mujeres, existen carencias en cuanto a su identidad como veteranas?

El puntapié inicial para mi investigación fue un artículo periodístico sobre un grupo de enfermeras de Malvinas salió publicado en el diario Página/12; me impresiónó tomar contacto con sus voces e historias. Y al tiempo decidí contactar vía Facebook a algunas de estas mujeres que habían sido aspirantes y, al momento del inicio de la guerra, cursaban una formación en enfermería en la base naval de Puerto Belgrano.

Al terminar la guerra, el Estado argentino que las había convocado no tenía preparado ningún recibimiento oficial. Además, retuvo a los sobrevivientes varios días en los cuarteles y hasta impidió el contacto inmediato con sus familiares. Pero con el tiempo el silencio se rompió y para muchas de las mujeres de Malvinas, poder narrar su historia es la manera de visibilizar su rol por aquellas horas donde se jugaban la vida y la muerte . Y así lograr el reconocimiento simbólico que por tantos años les fue negado.

A diferencia de otros grupos de mujeres del Ejército y de la Fuerza Aérea−mayores de edad y profesionales, que fueron voluntariamente a la guerra− la mayoría de las 59 mujeres sobre las que investigué eran menores, tenían entre 16 y 19 años, y fueron parte de un grupo de enfermería que duró tres años y no recibieron la misma capacitación profesional: muchas de ellas no habían finalizado el curso, sus superiores eran todos varones y hubo un período preliminar de entrenamiento en el que fueron sometidas a las mismas prácticas severas o humillantes que realizaban ellos.

Muchas de ellas, al tiempo de entrar, pidieron la baja, pero aun así, al inicio de la guerra fueron convocadas por haber hecho el Juramento a la Bandera. En esas condiciones tuvieron que atender a chicos de su misma edad con cuadros de desnutrición y piernas y brazos amputados, además de brindarles contención emocional.

Algunas de estas mujeres ya fallecieron, entre ellas Patricia Lorenzini, quien murió tras dar testimonio incontables veces y luego de una gran tarea de “malvinización”, como la llaman ellas; no solo rescatando las historias de las mujeres, sino resaltando el valor con el que lucharon los varones. De alguna manera, ellas se sienten en el mismo status de esos chicos que no estaban preparados ni sabían en muchos casos por qué estaban allí, cómo habían llegado a vivir una experiencia tan traumática. Por eso, hasta el día de hoy, son muy respetuosas del veterano y de la memoria de los caídos.

Aunque todas ellas hayan vuelto a salvo físicamente, la guerra les dejó secuelas psicológicas y hasta hoy más de una suele decir que la guerra para ellas nunca terminó. Por eso, el propósito de mi investigación fue visibilizar y poner en un lugar relevante sus historias, recordando la importancia de que puedan ser reconocidas por el Estado argentino.

Así se lo transmití durante un encuentro de investigadores en el Congreso de la Nación a la diputada nacional Cornelia Schmidt, en noviembre pasado. A cargo del Observatorio Parlamentario de la cuestión Malvinas, ella logró hacer una presentación al respecto y hoy es una alegría saber que el próximo 17 de abril, las 47 enfermeras que prestaron servicio durante la guerra de Malvinas tendrán, por primera vez, un homenaje que es también una reparación histórica en el Congreso de la Nación.

Para echar luz sobre ellas, las protagonistas de la guerra y sus memorias, nada mejor que escuchar sus propias voces y relatos que siguen abriendo nuevos interrogantes, preguntas y necesidades: actualmente buscamos poder acceder a los documentos oficiales dentro del Archivo de la Armada, además de lograr que este grupo de mujeres puedan obtener también un certificado por los servicios prestados durante dos o tres años hasta el momento de obtener la baja.

La voz de las mujeres de Malvinas

En el marco de la tesis de maestría de Helen Otero, las voces silenciadas de las mujeres que participaron en el conflicto armado de 1982 fueron esenciales para comprender olvidos sociales, estatales y personales. Así, recurrió a entrevistas para recuperar las experiencias de mujeres cuyas vidas han estado tradicionalmente vinculadas a espacios y actividades de escasa visibilidad.

“Estas mujeres llevan años visitando escuelas secundarias y lugares de formación docente para dar sus testimonios y empezar a cambiar los manuales y las miradas que hasta hoy muchas personas mayores tienen sobre la guerra de Malvinas”, cuenta Helen, y continúa: “Me acerqué a ellas, al principio, como objeto de estudio, pero el investigador no puede quedar ajeno y dejar de ser transformado por los testimonios.  Además del vínculo profesional, se generó un lazo desde la empatía y la escucha para entender, por ejemplo, cómo fue para ellas regresar en penumbras a sus casas y a sus barrios, en 1982. Y cómo pudo ser que nadie les preguntara nada porque, o bien estaban pensando en el Mundial de Fútbol de España, o no querían escuchar hablar de una guerra que se había perdido”.

Cuando les pregunta hasta hoy el porqué de tanto silencio en torno a su participación en el conflicto, las mujeres de Malvinas hablan de vergüenza por los horrores cometidos por los militares, de su dolor al saber o enterarse que en la base naval se había torturado, entre otros abusos aberrantes. Cuenta Patricia: “Ellas, que habían entrado a la Armada con cierta admiración y con el deseo de ser parte de la Fuerza, sintieron una gran vergüenza al vivir y enterarse de las atrocidades de la dictadura y de la guerra. Llegaron desde diferentes zonas del interior del país buscando una formación gratuita que pudiera darles una salida laboral a futuro”. 

Estos son algunos de esos testimonios:

Mirá, me costó un perú adaptarme… Arrancamos con 45 días de PSP, que es el Período Selectivo Preliminar, donde tenés que demostrar aptitudes físicas, psíquicas y militares para quedar dentro de la carrera. Era a full: carrera mar, salto de rana, cuerpo a tierra, tener instrucciones en campos de roseta, donde se te pegaban las rosetas en las manos. Cuando te pedían posición de firme, uno no podía porque tenía las rosetas pegadas, entonces venían y te golpeaban las manos para que estuvieran firmes… Me la pasé llorando todas las noches, porque yo extrañaba a mi mamá. Tenía 16 años”.

Aspirante Naval Patricia Lorenzini

Hubo un chico que llegó al hospital desde las islas al que tuvieron que amputarle una pierna producto de las heridas de combate. Acostado en la cama nos decía: ´¿Cómo voy a volver a mi casa sin una pierna?`. Nosotras, para tratar de consolarlo, le decíamos que podía hacer otras cosas, que no se preocupara, que era joven. Entonces le escribe una carta a su mamá diciéndole que había conocido a un compañero en Malvinas y que se había hecho muy amigo y que desafortunadamente había perdido una pierna. En la carta le preguntaba a su mamá si lo podían recibir en su casa, por un tiempo, hasta que él pudiera volver con su familia porque no se animaba a hacerlo en esas condiciones. La mamá le respondió entre otras cosas: ´Hijo, qué bueno que estés bien. Con respecto a tu amigo, no puede venir a casa porque yo no estoy preparada para vivir con un discapacitado. Cuando recibió la carta, ese chico, se fue al baño del hospital, agarró un arma y se pegó un tiro”.

Aspirante Naval Dora Ruiz

Nosotras teníamos medio prohibido hablar con los hombres a pesar de que algunas se ponían de novias… Nuestros superiores no aceptaban ver a mujeres con el uniforme militar… El militar es muy machista y no veía bien que las mujeres pudieran desarrollarse en el ámbito militar (…)

Aspirante Naval Patricia Lorenzini

*Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba, becaria de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UNC y docente de nivel secundario. Actualmente cursa la Maestría en Partidos Políticos en el CEA (Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba). Vive en Jesús María, Córdoba. Está casada y tiene cuatro hijos.  

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()