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Salud

8 septiembre, 2017 | Por

Endometriosis: del dolor a la calma

Se trata de una enfermedad de la que poco se sabe y que, se estima, afecta a 1 de cada 10 mujeres. Sus síntomas son los dolores menstruales intensos y la dificultad para lograr un embarazo. Los especialistas proponen buscar respuestas tanto médicas como emocionales, en pos de una mejor calidad de vida.


Rostros con el ceño fruncido y una mueca de angustia. Mujeres retorciéndose, tomándose el vientre con ambas manos. Cuerpos hechos un ovillo, en posición fetal. Basta solo una búsqueda en Google para ver cuál es la cara de la endometriosis, una enfermedad de la que poco se conoce, pero que quienes la padecen suelen describir como una pesada carga; la responsable de un dolor insoportable durante “esos días”. En las fotos no se ve, pero detrás de toda paciente con endometriosis hay consultas con varios médicos, una buena dosis de incomprensión, al menos una laparoscopía, infinidad de analgésicos (de los fuertes), reposo, masajes abdominales, almohadilla de calor sobre la panza… Y ganas de llorar, implorando que algo libere por fin eso que duele profundamente cuando llega la menstruación y, entonces, se sangra hacia afuera y también por dentro.

La endometriosis en cifras

  • Es una enfermedad progresiva benigna.
  • Aunque no remite, sus síntomas se pueden tratar.
  • En la Argentina, la padece 1 millón de mujeres y aproximadamente 1 de cada 10 en el mundo.
  • Los síntomas son dolores pélvicos intensos y dificultad para lograr un embarazo. En algunos casos es asintomática.
  • Aunque se creía que el embarazo la curaba, se demostró que luego del parto la enfermedad se reactiva.

Su nombre proviene de la palabra endometrio, que es el tejido que cubre la parte interior del útero, el mismo que crece todos los meses para recibir un embarazo. Los especialistas explican que a todas las mujeres un poco de la menstruación les cae dentro de la cavidad abdominal a través de las trompas, pero el organismo neutraliza esas células endometriales. En algunos casos, por causas que se desconocen, el mecanismo falla y se implantan fuera del útero, dando origen a la enfermedad. Esta se desarrolla durante la etapa fértil, es decir, mientras hay menstruación. Es entonces cuando aparecen las adherencias, porciones de tejido endometrial que se instalan sobre los órganos ubicados en la pelvis, el intestino y, en casos extremos, incluso más allá, produciendo dolor, inflamación, quistes ováricos y hasta obstrucciones.

Muchos la llaman “la enfermedad del silencio”, porque pocos hablan de ella. Es que, culturalmente, siempre nos ha costado mostrar aquello que sucede con el cuerpo de las mujeres. De hecho, en las publicidades, las toallas femeninas y tampones se cubren de líquidos azules en vez de rojos. Otra escena recurrente de la vida femenina décadas atrás era que, cuando llegaba la “indeseable” –como se la solía llamar–, la vida se teñía de ocultamiento e imposibilidad.

Sin embargo, algo hemos aprendido en este tiempo: eliminar tejido endometrial cada mes forma parte de nuestra biología femenina, pero los dolores pélvicos agudos durante ese proceso no se corresponden con una circunstancia fisiológica normal. Según datos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), la padecen cerca de 1 millón de mujeres en la Argentina y alrededor de 200 millones en el mundo. “La culpa de tanto sufrimiento, se creía, era de la menstruación. Hoy se sabe que una de las causas del dolor es la endometriosis, una enfermedad benigna que en algunos casos puede llegar a causar infertilidad”, explican desde el Conicet.

“Una vez tuve un cólico tan fuerte que me desvanecí en el baño”, resume Natalia, un abogada de 33 años, quien pasó por dos cirugías para quitar adherencias de su intestino y de sus trompas. Y cuenta que, hasta que recibió el diagnóstico (ya había pasado por tres médicos ginecólogos y varios exámenes, aunque sin respuestas), no sabía de qué se trataba. “Pensaba que el dolor era algo normal, propio del período”, describe. Natalia supo que con el tratamiento adecuado podía tener una mejor calidad de vida. Cambió hábitos alimentarios y comenzó a hacer yoga, además de seguir un tratamiento médico hormonal. Hoy el dolor menstrual no es parte de su vida.

El doctor Humberto Dionisi, presidente de la Sociedad Argentina de Endometriosis (SAE), asegura que “hacen falta al menos ocho años y cinco médicos ginecólogos en el medio para llegar a un diagnóstico de endometriosis”. ¿Por qué? Dionisi responde: “Porque la mayoría de los ginecólogos no están entrenados para la pesquisa. Entonces, se descuida a la paciente, considerando que su relato de dolor corresponde a una exageración, o bien a un síntoma normal. El peor problema que tenemos es el mal manejo de la enfermedad”, describe. Según cuenta, en el ínterin muchas son pacientes multioperadas y las reiteradas intervenciones van dañando su fertilidad. “El tratamiento quirúrgico deberá aconsejarse en aquellos casos en los que el tratamiento médico no funcione, como último recurso. Y siempre debe realizarlo un profesional entrenado en cirugía pélvica. Por eso, los médicos deben tener claro que siempre es mejor derivar a una paciente a tiempo”, destaca Dionisi.

“Se descuida a la paciente, considerando que su relato de dolor corresponde a una exageración, o bien a un síntoma normal. El peor problema que tenemos es el mal manejo de la enfermedad”, Humberto Dionisi.

Cuando el cuerpo habla

La doctora estadounidense Christiane Northrup, médica ginecóloga y autora del libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer (Urano), dedica un capítulo completo a la endometriosis, a la que considera un mal de nuestra época. “La enfermedad de la competitividad”, la denomina la autora, y describe la patología como un mal misterioso pero cada vez más común, que aparece “cuando las necesidades emocionales de la mujer compiten con su funcionamiento en el mundo exterior”. Para la médica, el hecho de ser parte del mundo de la competitividad y los negocios, tradicionalmente masculino, escinde a las mujeres de sus necesidades emocionales. Y así, según dice, prospera esta menstruación retrógrada, dolorosa, que crece interiormente, a escondidas.

Celeste, a sus 47, reconoce que la menopausia le dio respiro, pero insiste en que lo peor no eran los dolores, sino los prejuicios que debió enfrentar: “Muchos te tratan de histérica. En mi trabajo, cuando faltaba porque el dolor menstrual no me dejaba levantarme de la cama, me hacían ver que les parecía una tontera. Nadie que no lo haya experimentado puede comprender qué se siente”, confiesa. Tampoco fue fácil para ella lograr un embarazo, aunque después de dos años de búsqueda y contra todos los pronósticos, Alejo, su hijo de 9, llegó naturalmente. “Me habían dicho que era demasiado tarde para intentarlo y que con suerte podría concebir a través de un tratamiento in vitro. Pero la experiencia me demostró que lo que más duele en una enfermedad es la falta de respeto por el ser humano que la atraviesa”, puntualiza. Basta ingresar a los foros de mujeres con endometriosis para ver que todas coinciden en eso: muchas cuentan que fueron maltratadas por sus médicos, por su entorno y por el sistema de salud.

De hecho, Dionisi recuerda que, cuando era estudiante, en la Facultad de Medicina le enseñaron que el psicotipo de la paciente con endometriosis era el de “la flaca histérica”, algo totalmente alejado de la realidad: la padecen infinidad de mujeres, sin distinciones de edad, contextura, color de piel ni clase social. A pesar de los años de investigación, la causa continúa siendo una incógnita. Quizá la maternidad postergada, el estrés, los vaivenes hormonales, el impacto de la vida urbana, el contacto con determinados plásticos y químicos tóxicos, los antecedentes familiares y la mala alimentación influyan, pero ninguno por sí solo ha podido ser identificado como el único responsable. La doctora Northrup insiste en que el detonante es, ante todo, la desconexión emocional de nuestra época.

“Lo que protegería de la enfermedad sería un trabajo y un entorno personal que no requieran una división entre la mente y las emociones”, Christiane Northrup.

Los tratamientos psicológicos y las terapias alternativas aparecen como opciones para mejorar la calidad de vida de quienes la padecen. La acupuntura, las dietas antioxidantes y, según señala una reciente investigación del Conicet, algunas sustancias pueden ejercer un papel clave a la hora de reducir la inflamación de los tejidos y, por ende, el dolor. Se trata de compuestos a base de resveratrol (extraído de las uvas), frutos rojos y té verde, que podrían inhibir la proliferación celular de las lesiones endometriósicas. “Hay evidencia científica de los beneficios de algunos métodos alternativos, pero ninguno por sí solo puede lograr una cura”, remarca Dionisi.

El pasado 14 de marzo, Día Internacional de la Endometriosis, en varias ciudades del mundo se convocó a distintos actos para hacer visible la enfermedad, y en Buenos Aires se realizó una caminata en el Rosedal de Palermo. Ese día, las mujeres llevaron una remera con la inscripción “No estamos locas”, para dejar en claro que cada vez que dicen que les duele mucho, de una manera insoportable, no hay exageración ni histeria, sino pura realidad física. Asimismo, distintas asociaciones impulsan que se apruebe la ley nacional, para lograr, entre otras cosas, que se declare la enfermedad como crónica, de modo de conseguir mejor atención y una cobertura total de los medicamentos, que, según el caso, pueden superar los 3000 pesos por mes.

En su libro, la doctora Northrup reflexiona: “Lo que protegería de la enfermedad sería un trabajo y un entorno personal que no requieran una división entre la mente y las emociones. Esa revolución tardará en llegar, de manera que, mientras tanto, cada mujer puede trabajar en sanarse comenzando por comprender su cuerpo y hacer caso de sus mensajes”. Para Dionisi, escuchar no debe se una tarea solo de las pacientes, sino también de los médicos: “Debemos tratar a cada paciente como el ser único que es, brindándole un mensaje lógico. Y, siempre, reconocer nuestras limitaciones profesionales. La experiencia me ha demostrado que, con los tratamientos adecuados, siempre podemos tener una mirada positiva sobre la enfermedad”.

En el trayecto, el seguimiento médico especializado y los controles periódicos resultarán fundamentales. De igual manera lo será elegir hacer del padecimiento un camino lleno de preguntas, aprendizajes y nuevos intentos. Tal vez vale la pena reflexionar sobre estas palabras de Hipócrates, el padre de la medicina: “Las fuerzas naturales que se encuentran dentro de nosotros son las que verdaderamente curan las enfermedades”. Un desafío enorme, sí; diferente en cada quien. Pero también una gran oportunidad de ver y oír más allá.

Carta a mis médicos

“Querido ginecólogo: Digo querido porque no se me ocurre ninguna otra manera elegante de llamarte. Me pregunto si cuando fui a tu consulta, llorando de dolor y explicándote que cada vez que me venía no podía ni caminar, no tuviste ni un poco de remordimientos al decirme que lo que tenía que hacer era dejar de quejarme y ponerme a trabajar (Ginecólogo 1). Me pregunto si aquel día que fui a urgencias por el dolor tan brutal que sentía cuando me vino y me llamaste hipocondríaca, por el simple hecho de decirte que tenía un quiste en el ovario y pedirte que me lo miraras, conseguiste dormir algo esa noche; yo desde luego no pude (Ginecólogo 2)…”. Este es apenas un breve fragmento de la carta que circula en Internet entre los foros dedicados a la endometriosis, donde una usuaria de nickname Endowarrior apunta contra los cuatro ginecólogos que la (mal) trataron en el proceso de encontrar respuestas médicas y, más que nada, un poco de paz. “Me pregunto si tratarías así a tu mujer o a tu hija, y, de verdad, me cuesta entender que un médico pueda tratar así a una paciente con dolor (…) Por suerte, después encontré otros ginecólogos que sí me creyeron e intentaron ayudarme. A ellos, les doy las gracias”, concluye la autora de este texto en el que muchas otras se sintieron reflejadas y por eso lo compartieron, haciéndolo viral.

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