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Sophia - Despliega el Alma

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Sustentabilidad

20 septiembre, 2016 | Por

En sintonía con la tierra

Sofía Heinonen es ambientalista y desde chica se dedica a proteger los ecosistemas más bellos y delicados del país. Trabajó en Parques Nacionales y hace once años lo hace en la ONG del ecologista fallecido Douglas Tompkins, en Corrientes. Una mirada integradora sobre el cuidado ambiental es su leitmotiv.


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Sofía, con los pies en la tierra y el alma desplegada siempre más allá.

Primero fueron los pájaros: le prestaron un par de largavistas y ella, sin conocer el poder enorme de esos movimientos que, por minúsculos, creemos insignificantes, apoyó sus ojos y miró. Descubrió ante sí un mundo nuevo y diverso. Sintió fascinación y quiso conocer las aves de la Argentina, y después las plantas, y después los mamíferos. Decidió ser bióloga. Luego el tiempo y el contacto con la naturaleza la convencieron, cada vez más, de aquella idea que sostiene que somos parte de un todo, de que cada ser vivo está entrelazado de algún modo con el otro y de que nosotros, los humanos, vivimos en un sistema en el que cada pequeña pieza es tan importante como la otra: que en conservación ambiental, no hay protección humana sin protección animal y vegetal, y así de viceversa todas las veces. Ese convencimiento marcó su rumbo y hoy, a los 47 años, Sofía Heinonen es una de las ambientalistas más activas del país.

“El ser humano tiene un instinto nato por explorar. A mí se me dio por vivir experiencias en la naturaleza y en los lugares agrestes”.

“Siempre me gustaron la aventura y la exploración. El ser humano, como especie, tiene un instinto nato por explorar, por salir a buscar respuestas más allá. A mí se me dio por vivir experiencias en la naturaleza y en los lugares agrestes”, cuenta Sofía, al tiempo que una secretaria aprovecha para hacer que, mientras habla, firme varias páginas de un libro de actas. Ocurre que en la oficina porteña de Conservation Land Trust (CLT), la fundación creada por Douglas Tompkins, el fallecido magnate norteamericano devenido ecologista, la necesitan: hoy Sofía es la cabeza de la sede que la ONG tiene en la Argentina y, como pasa gran parte del tiempo en Corrientes, quieren hacer rendir su paso fugaz por Buenos Aires antes de un inminente viaje a África.

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Lagunas y embalsados, postal típica de los paisajes del Iberá.

Primero fueron los pájaros

Su contacto inicial con la naturaleza fueron las visitas a campos de familias amigas, donde disfrutaba de pasar tiempo con los caballos. En la adolescencia se alistó como voluntaria de la Fundación Vida Silvestre; allí alguien le prestó un largavistas y fue como si una fuerza silenciosa hubiera estado esperando ese momento para mostrarle de cerca el mundo de la biodiversidad y dejarla atrapada en él para siempre. Con Vida Silvestre iniciaría un itinerario de viajes por el país que, hasta el momento, no ha parado. Su tarea y la de otros voluntarios consistía en relevar los lugares y hacer informes para los gobiernos locales. Así, sus vacaciones, durante los últimos años del secundario y los primeros de la universidad, transcurrieron en carpas, con baños en ríos helados, y yendo y viniendo a campo traviesa con una mochila al hombro.

Aquel trabajo tuvo sus frutos: El Leoncito, en San Juan; Otamendi, en Buenos Aires; o Monte León, en Santa Cruz, fueron algunas de las áreas que, gracias a los informes de Vida Silvestre, recibieron atención estatal y hoy están resguardadas por normativas que las protegen de la depredación humana.

Al corazón de la selva y más allá

Esas excursiones fueron la antesala de su inmersión profunda en las selvas del norte argentino, cuando, ya casada y como bióloga empleada de Parques Nacionales, hizo lo suyo en los lugares menos estudiados de Misiones, Formosa o Salta. Debía inventariar especies y determinar el estado general de las reservas de la región. Cada tanto, descubría plantas o animales jamás vistos. A esos instantes los vivía con la alegría de quien descubre un tesoro.

En Misiones sentó las bases de su familia. Allí nacieron y se criaron sus hijos, Lautaro, que hoy tiene 19 años, y Camila, de 16. Los chicos iban, literalmente, a cuestas de su madre. “Los ponía en la mochila y partíamos. Los llevaba a la rastra a todos lados”, dice. Con ellos navegó en canoa por arroyos y durmió en campamentos. ¿Peligros? Sí, había, pero ni más ni menos que en una ciudad: simplemente eran distintos. “Yo pensaba que el lugar más seguro en el que podían estar era conmigo. En el Amazonas, vi a los niños aborígenes ir con las mujeres a todos lados, ya fuera al medio de la selva o a pescar al río”.

Con el tiempo vendría la separación del padre de sus hijos, un cambio de trabajo y otro de residencia. Corrientes era su próximo destino. Los chicos se quedaron a su lado y vivieron con ella en los Esteros hasta que tuvieron 16 años y se mudaron a Buenos Aires. Pese a que hoy Sofía no pasa más de diez días sin verlos, esa lejanía, dice, es la parte más difícil de su trabajo.

Desde que se sumó al equipo de Douglas Tompkins en 2005, Sofía coordina los equipos de técnicos de CLT para reintroducir especies extintas de los Esteros de Iberá, como el oso hormiguero, el yaguareté o el venado de las pampas. Los objetivos de ese trabajo son básicamente dos. El primero, devolver esos animales a su tierra original para atraer la llegada de visitantes y desarrollar lo que se conoce como “turismo de naturaleza”. El segundo, lograr que las comunidades locales obtengan un beneficio económico en armonía con el ambiente. Eso, y participar de la creación del Parque Nacional El Impenetrable, en Chaco, y del Parque Nacional Patagonia, en Santa Cruz, son sus principales misiones actuales.

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Protegidos: yaguareté, oso hormiguero, venado de las Pampas y yetapá de collar.

“Cuesta pensar holísticamente, pero el ecosistema es algo integral. No es cuidar al mono versus a la persona: si vos ves solo una cosa, no podés cambiar la realidad”.

El factor humano, en cada proyecto, es central: “Hay que dar una salida a las comunidades locales si uno quiere ser efectivo en conservación, ver qué es lo que la naturaleza produce en una zona determinada y qué es lo que el hombre de ese entorno necesita para vivir. Se trata de montar la economía en función de eso y no al revés. No tiene sentido quedarnos en los viejos modelos de hace doscientos años”, explica. Mirar grande, y mirarlo todo como un gran sistema de relaciones, es su leitmotiv. “Cuesta pensar holísticamente, pero el ecosistema es algo integral. No es cuidar al mono versus a la persona: si vos ves solo una cosa, no podés cambiar la realidad”.

En los once años de trabajo en los Esteros de Iberá, uno de los humedales más grandes del mundo, Sofía se enfrentó y denunció a productores que violaban las leyes con la construcción de terraplenes, desvíos de cursos de agua o plantaciones de pino. Todo, en un marco de hostilidad y desconfianza que al principio tuvo la opinión pública sobre Douglas Tompkins y su promesa de donar al Estado las tierras que había comprado a dueños privados para que luego el Estado las convirtiera en Parque Nacional. “Yo me involucré desde la causa, para tratar de defender al Iberá. Con Tompkins coincidíamos en el activismo y en tratar de parar el desarrollo desmedido y el daño a la naturaleza. Muchos creían que venía a robarse el agua o las tierras. A él no le importaba, decía que los hechos iban a hablar por sí solos”. En efecto, lo hicieron: a poco tiempo de fallecer Tompkins en 2015, Sofía y Kris, la viuda de Doug, anunciaron al gobierno la decisión de donar al Estado las 150.000 hectáreas que el matrimonio había comprado en los Esteros.

La región presenta un enorme potencial para el desarrollo de una economía local.

El ritmo de la luz

Sofía es oriunda del Gran Buenos Aires. No viene de una familia de naturalistas ni de gente de campo, pero poco a poco se hizo a las costumbres de una mujer de tierra adentro. Su días suelen transcurrir en bombachas de campo y alpargatas, entre carpinchos mansos, tierra rojiza y un paisaje de llanura con árboles achaparrados bien parecido al de la sabana africana. Su casa y su base de operaciones están en la estancia Rincón del Socorro, en medio del Iberá. Solo deja ese lugar cuando viaja a Buenos Aires para estar con sus hijos. “La ciudad, para mí, es como estar metida debajo del agua sin respirar”, dice. Entonces siempre vuelve al campo, donde se levanta cuando empiezan a cantar los primeros pájaros y se acuesta poco después que el sol desaparece, para, al día siguiente, volver a empezar.

Leé también: El legado de Douglas Tompkins, con mirada de mujer

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