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27 septiembre, 2017 | Por

En París, pero con el alma cerca del mar

Retrato de Agnès Varda, pionera de un cine hecho por mujeres y conocida como la “abuela de la Nouvelle Vague”, quien ha dejado su marca en la historia y aun sigue filmando. A sus 89 años sorprendió a todos con una road movie en Cannes y acaba de ser premiada en el Festival de San Sebastián.


“El cine es mi hogar. Creo que siempre viviré dentro de él”, dice la directora Agnès Varda sobre el final de Las playas de Agnès, el film que, en 2008, repasaba su recorrido como una de las artistas más influyentes del cine europeo del siglo XX.

La “abuela de la Nouvelle Vague”, como la llaman sus seguidores, por su cercanía con la recordada ola cinematográfica y por sus aportes innovadores como cineasta, documentalista y artista visual, continúa a sus 89 años utilizando las cámaras más modernas para experimentar en terrenos que exceden lo cinematográfico. Sin ir más lejos, sorprendió a todos en el último Festival de Cannes, donde exhibió Visages Villages (Rostros. Pueblos), una road movie que filmó junto a un joven amigo y donde recorre pueblitos de Francia para conocer y retratar el alma de sus habitantes; y fue distinguida con el premio Donostia en la más reciente edición del Festival de Cine de San Sebastián.

En Las playas de Agnès, su pasión por las imágenes y su asombro ante un mundo tan generoso como injusto e inabarcable se hacían evidentes. Ella, por su parte, en escenas al borde del mar, se adentraba en pasiones e ideas, y al hacerlo revisitaba parte de la historia del cine europeo y del arte en general. “De joven, no era cinéfila; solo amaba las imágenes, usé la imaginación y me zambullí”, recordó sobre sus comienzos, antes de filmar Cléo de 5 a 7 (1961), La felicidad (1965) y la más moderna Los espigadores y la espigadora (2000), por mencionar solo algunos filmes.

En la pantalla, a modo de puesta en escena con espejos sobre la arena en una playa que la ayudaba a hacer memoria, Varda evocó los años de juventud en los que conoció a sus amigos artistas, entre ellos su marido y compañero de aventuras hasta el fallecimiento de él en 1990, el cineasta Jacques Demy, director Los paraguas de Cherburgo.

Haciendo un poco de historia, Agnès Varda nació en 1928, en Bruselas, Bélgica, con el nombre de Arlette Varda. Para ella todo comenzó al terminar la escuela secundaria, cuando se puso a estudiar Historia del Arte en la École du Louvre, y al recibirse consiguió un primer trabajo como fotógrafa oficial del Théâtre National Populaire (TNP) de París.

Fue luego de pasar unos días filmando la pequeña ciudad pesquera de Sèteq cuando filmó su primera película, La pointe courte (1954), donde narraba la historia de una pareja. Ese primer trabajo se convirtió en un precursor estilístico de la Nouvelle Vague por su contenido inspirador y por su afinidad con autores que también se volverían célebres: Chris Marker y Marguerite Duras, entre otros.

A lo largo de los años, en Francia tuvo gran reconocimiento como cineasta, pero aunque haya sido contemporánea de la Nouvelle Vague, nunca formó parte del movimiento integrado por Godard, Chabrol, Truffaut y Rohmer. En esa época, se ubicó más cerca de su esposo, Jacques Demy, y de cineastas como Alain Resnais. Con historias propias, contó mundos que reflejaban su compromiso social y político, y estrenó documentales que tenían un carácter tanto realista como experimental. Historias con cuerpos reales que respiraban verdad. En 1985, su película Sin techo ni ley obtuvo el León de Oro del Festival de Cine de Venecia y más tarde filmó Jacquot de Nantes (1991), un homenaje a su esposo fallecido.

Pionera del movimiento feminista desde el cine, se hizo escuchar delante y detrás de cámara incontables veces. En 1975 dirigió un corto partiendo de la pregunta “¿Qué es ser mujer?”, con el que obtuvo las respuestas de mujeres sobre diversos temas y donde enfrentó a la sociedad patriarcal de la época mediante testimonios en los que las protagonistas hablaban de “reinventar el papel de la mujer” y pedían dejar de ser tratadas como objetos de deseo.

A lo largo de su vida, Varda realizó viajes a Cuba, China y Estados Unidos que le depararon incontables trabajos, pero a la hora de viajar en el tiempo vale destacar que fue tanto una cineasta y productora independiente como la madre de dos niños que hoy también se dedican al arte. La mayor, la vestuarista Rosalie Varda, nació de su matrimonio con Antoine Boursellier, mientras que el menor, el actor Mathieu Demy, es fruto de su vida en común con Jacques Demy.

Actualmente, Agnès Varda vive en París rodeada de libros, gatos y películas. Además de los filmes y del reciente estreno de su film Visages Villages, en las últimas décadas realizó instalaciones artísticas en donde volvió a aparecer el mar. Sin ir más lejos, hasta diciembre puede verse en el CCK de Buenos Aires, su obra A orillas del mar (2009), donde un mar con olas fusionadas con sonido y arena entran en una habitación. Allí, Varda parece decir, retomando una vieja frase suya y fascinada desde siempre por el misterio del océano: “Si me abrieran, en mi interior seguramente encontrarían playas”. Palabras de una cineasta libre y joven a los 89 años.

 

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