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Vivir bien

26 enero, 2018

En busca del paraíso perdido

Desde Henry David Thoreau, el precursor de la resistencia pacífica, hasta un grupo de monjes irlandeses, los seres humanos hemos buscado en la naturaleza, a lo largo de la historia, ese espacio para conectar profundamente con el misterio que somos, para ahondar en preguntas que acaso no tengan respuestas, o simplemente para refugiarnos del ruido cotidiano.


A los bosques muchos fueron a buscar su paraíso perdido.

Por Marina Do Pico

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que esta tenía para enseñarme, y no descubrir, al morir, que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería resignarme a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y absorber toda la médula de la vida, vivir en forma tan vigorosa y espartana como para prescindir de todo lo que no era vida…”. En un verano caluroso de 1884, el precursor de la resistencia civil pacífica, Henry David Thoreau, se adentraba en lo profundo del bosque para comenzar una experiencia nueva: llevar una vida solitaria, sencilla y autosuficiente en el medio de la naturaleza, durante dos años. Tal como se lee en el libro La sociedad errante (Paidós, 2016), Thoreau se refugió entre árboles para “averiguar en qué consistía la vida”, para estar despierto y descubrir aquello que hace crecer las almas. De ese experimento nació Walden, un ensayo sobre su vida en el bosque, que se convertiría en pozo de sabiduría para los espíritus inquietos. No fue el primero en hacer esa búsqueda, ni será el último. Las distintas épocas y culturas han alumbrado a personas que se alejan, tal vez por un tiempo, tal vez para siempre, de sus comunidades, en busca de algo incierto pero profundo, con muchas preguntas y pocas promesas, para establecerse o moverse en sitios donde la naturaleza se expresa con libertad y exuberancia. Así lo hizo, por ejemplo, una orden de monjes irlandeses llamados papar, que fueron los primeros pobladores de Islandia: cinco siglos antes de Cristo, ellos cruzaron uno de los tramos más traicioneros del océano sin saber con qué se encontrarían del otro lado. No iban en busca de enriquecimiento, de gloria personal ni de tierras para conquistar. Buscaban, solamente, un oasis de silencio y soledad donde encontrarse con Dios. Algo les decía que ese lugar era cerca de la naturaleza indómita.

El viaje del héroe salvaje

En agosto pasado se cumplieron veinticinco años de la muerte de Chris McCandless, un joven que se internó en una zona agreste y despoblada de Alaska para encontrarse a sí mismo, y nunca volvió. Con los años se convirtió en una figura mítica de la cultura popular, en parte por su triste destino (murió por circunstancias aún desconocidas). Sus hazañas se plasmaron en un libro y luego en una película, Hacia rutas salvajes, que despertó la imaginación (y también la desaprobación) de millones. ¿Qué conmovió tanto de su experiencia? ¿Por qué se sigue hablando de él tantos años más tarde? ¿Por qué año tras año decenas de jóvenes hacen el peregrinaje hasta el icónico autobús abandonado en Fairbanks, Alaska, en el que el joven vivió y murió? Quizá, porque encarna, aunque trágicamente, la narrativa del viaje del héroe, descripta por el mitólogo Joseph Campbell.

Campbell descubrió que todos los grandes relatos que nos contamos a lo largo de la historia siguen una misma línea argumental: una persona encuentra una carencia significativa en él o en el mundo en el que vive y debe embarcarse en una gran aventura para ir por el tesoro perdido. Su argumento dice que el viaje consta de tres etapas:

–La primera es la fase de separación y partida, en la cual el héroe escucha un “llamado a la aventura” y comienza su recorrido.

–La segunda etapa enfrenta al héroe ante una serie de obstáculos, y él debe poner a prueba su fortaleza.

–La tercera fase es la de “retorno y reintegración a la sociedad”. El héroe trae consigo su regalo para el mundo y lo salva, salvándose a sí mismo en el proceso.

La historia de McCandless es la historia de un chico dotado de un intelecto excepcional que, recién graduado de la universidad y con un profundo descontento con la sociedad, atiende su “llamado a lo salvaje”, y se pierde en tierras recónditas. Pero lo hace con poca preparación y con una ideología que lleva al límite y que termina dándole a su experiencia un desenlace desafortunado.

Los héroes trágicos también enseñan; podemos aprender tanto de su arrojo y valentía como de sus falencias: en sus imperfecciones, reconocemos su humanidad. Su gesto refleja las deficiencias de la sociedad moderna, que nos mantiene aislados de la naturaleza, adormecidos y desconectados de nuestra propia esencia.

Hoy prevalece la idea de que un mundo alejado de la civilización es pura ilusión: de hecho, Thoreau estaba a tan solo dos kilómetros de la casa de su amigo Ralph Waldo Emerson, y McCandless se encontraba a pocos kilómetros de unas cabañas, a pesar de que no lo sabía. ¿Qué lleva a muchas personas a querer alejarse de la vida urbana y moderna para buscar cobijo en una cotidianeidad agreste, que respira y late no al ritmo de las ciudades, sino al propio ritmo de la Tierra? Tal vez haya que mirar más allá para descubrir cuál es el combustible, preguntarnos si es el hambre espiritual lo que nos llama a dejar la comodidad de lo conocido, para atrevernos al desafío de pasar tiempo en soledad, buceando en la introspección y en la reflexión. El fragmento del poema “El llamado de lo salvaje”, del poeta Robert William Service, lo refleja así: “Te han acunado en costumbres, te han preparado con sus sermones / Te han empapado en convención de cabo a rabo / Te han puesto en una vidriera: eres un crédito para sus enseñanzas / Pero ¿acaso no puedes escuchar lo salvaje? Te está llamando / Déjanos explorar los espacios silenciosos, déjanos buscar la suerte que ha de ocurrir / Déjanos viajar a una tierra solitaria que conozco / Hay un sollozo en la noche-viento, hay una estrella encendida para guiarnos / Y lo salvaje está llamando, llamando… déjanos ir”.

Los héroes trágicos también enseñan: podemos aprender tanto de su arrojo y valentía como de sus falencias.

Cheryl Strayed, atendió el llamado de lo salvaje con apenas 26 años.

Mujeres indómitas

La lista de estos aventureros incluye muchos nombres en masculino. Acaso las mujeres, ¿han tenido menos libertad para emprender este tipo de búsquedas? ¿O han iniciado otras, por otros caminos? La escritora Cheryl Strayed, que atendió su propio llamado a lo salvaje a sus 26 años, lo hizo luego de que su madre sucumbió al cáncer y su matrimonio terminó abruptamente. Cuando sintió que no tenía nada que perder, decidió ir a “caminar hacia la persona que soy”. Así inició una larga y extenuante caminata de meses por el Sendero Macizo del Pacífico, en Estados Unidos, donde se hizo conocida entre los caminantes por ser la única mujer y por las citas literarias que dejaba escritas en cada parada. Su experiencia transformadora fue plasmada en el libro Salvaje, del que más tarde se hizo una adaptación cinematográfica, Alma salvaje.

Luego de sufrir de depresión y ansiedad por muchos años, Alissa Wild encontró que la conexión con la naturaleza y vivir en mayor cercanía con la tierra fueron fundamentales en su proceso de curación. Ella creó la plataforma We Are Wildness (WAW, por sus siglas en inglés; algo así como “Somos lo salvaje”), donde comparte recursos inspiradores y educativos centrados en la naturaleza. Apasionada de la fauna silvestre, el objetivo de Alissa al comenzar WAW fue crear un camino para inspirar a las personas a reconectar, proteger y preservar tanto su propio lado salvaje como el de nuestra tierra. De esa manera, su proyecto de crecimiento personal se extendió hasta convertirse en un colectivo de personas que comparten sus experiencias participando en la escuela online, leyendo el blog y colaborando con él, además de conectarse con otros amantes de la naturaleza.

En un artículo publicado en WAW, la escritora Katie Kapro dice que pasar tiempo en la naturaleza es una manera de conocerse, y que conocerse es la raíz de todo empoderamiento. Kapro cuenta de varios retiros a la naturaleza exclusivos para mujeres que ella denomina “antirretiros”, ya que proponen “ir hacia la vida y no escapar de ella”.

Las aventuras y experiencias fuertes tienden a producir “notables revelaciones, pero ninguna forma de vida duradera”, supo explicar el teórico Theodore Roszak. Por eso, el verdadero oro del viaje se encuentra en la última etapa: el retorno. Y aquí las mujeres marcan una diferencia. Por su natural inclinación a lo afectivo y lo vincular, y por la esencia circular de su viaje, ellas, al emprender el regreso, devuelven su cosecha a la comunidad en forma de literatura, educación, arte y servicio.

Las aventuras y experiencias fuertes tienden a producir “notables revelaciones, pero ninguna forma de vida duradera”.

“El viaje del héroe de Campbell (…) está enfocado en el crecimiento espiritual del individuo y su transformación personal. Pero el camino que necesitamos hacer hoy es uno que nos arranque de los espacios confinados de nuestras propias cabezas y nos plante firmemente de vuelta en el mundo al que pertenecemos, enraizados y listos para alzarnos”, dice Sharon Blackie, escritora, psicóloga y mitóloga. Blackie cree que “si las mujeres recordamos que alguna vez cantamos en el idioma de las focas y volamos con las alas de cisnes, que forjamos nuestros propios caminos por el bosque oscuro y creamos comunidades de sus muchos habitantes, entonces, nos alzaremos enraizadas como árboles, y si nos alzamos enraizadas como árboles, entonces, las mujeres nos salvaremos no solo a nosotras mismas, sino también al mundo”.

El joven McCandless no pudo consumar su meta de vivir en armonía, pero en el final de su aventura, está claro que intuía esa idea. En una de sus anotaciones, durante su inmersión, dejó escrita la siguiente reflexión: “La felicidad solo es real cuando es compartida”.

La observación, o la naturaleza  como maestra

Cuando salgas a disfrutar de la naturaleza, deja detrás todas tus expectativas.
Sé espontáneo. Obsérvalo todo con la misma curiosidad.
Ve a los bosques por el mero goce de sentir.
Entonces todo será una fuente de asombro y disfrute.
Tom Brown, Tom Brown’s Field Guide To Living With The Earth.

Dependemos de la tecnología y de la ciencia para desenvolvernos, para controlar y mantener a raya la naturaleza. Sin embargo, aunque la tecnología puede ayudarnos en algunos sentidos, también contribuye a distanciarnos del mundo natural. Hace que se atrofien o al menos se emboten nuestros sentidos y nuestras técnicas naturales de orientación. Hoy en día, el contacto directo con el mundo natural nos hace sentir vulnerables y temerosos.

Solo cuando estemos plenamente presentes podremos comenzar a recuperar la conexión con el mundo natural y, durante el proceso, entrar en contacto con nuestro yo animal, con la dimensión viva y alerta de nosotros mismos que siente y advierte todo lo que tenemos delante: los árboles, las veredas, el canto de los pájaros, los gatos, el movimiento, el hormigón y los pies que pisan el suelo.
Podemos ejercitarnos en el hábito de estar presentes. Podemos ejercitarnos en reparar en los pequeños detalles. Es solo cuestión de práctica.

Fragmento de La Sociedad Errante, Keri Smith  (PAIDÓS, 2016).

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