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Educación

29 febrero, 2016

¡Que empiecen las clases!

Comienza el ciclo lectivo y queremos homenajear a todos aquellos que con su esfuerzo y dedicación llevan adelante la enorme tarea de educar a nuestros chicos. Liliana Francisconi, maestra rural de Entre Ríos, y un ejemplo de entrega y amor sin límites.


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Empiezan las clases. Con ese ritmo vertiginoso del primer día. Con esa comunión de alegría y ansiedad por arrancar un nuevo ciclo de vida, un año entero de aprendizajes y desafíos. ¿Cómo no abrazar a todas aquellas personas que tienen la noble misión de llevar de la mano a nuestros hijos por este camino que hoy comienza?

Como a Liliana Francisconi, esta mujer que supo ser maestra rural toda la vida. Y en su amada provincia de Entre Ríos ahora cosecha los frutos de tantos años de amor. Jubilada (aunque no por eso menos activa), todavía va a la escuela donde ayudó a crecer en la vida y en el saber a varias generaciones de chicos. Años atrás, Liliana encendía su Renault 12 modelo 71 y manejaba para  llegar a la escuela Nº81, Francisco Paula Santander, ubicada en una zona de montes, donde las fuertes lluvias, tan frecuentes, dificultaban siempre el acceso.

Pa­ra Liliana los obstáculos jamás fueron un freno. A pesar de las lluvias, los malos caminos, su auto viejo, ella siempre llegó a dar clase. Lo dice enseguida, orgullosa, que en todos sus años de trabajo nunca faltó. Cada mañana, en la escuela, recibía a su puñado de alumnos de entre 5 y 14 años. Liliana se convirtió así en directora, maestra, enfermera, ordenanza, catequista y asistente. Todo junto. Todo a la vez.

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Liliana Francisconi, una maestra que es ejemplo de vida y dedicación.

Su sueldo era mínimo; su esfuerzo, enorme. Impagable. Incluso, hoy en día, asiste a distintas instituciones ad honorem para formar a otras maestras y darles algo a los chicos que más lo necesitan. En ese camino, ella jamás perdió la sonrisa. “El solo hecho de ayudar a estos chiquilines, no de darles todo sino de mostrarles el rumbo para que ellos solos puedan buscar el propio; el estar en contacto directo con la naturaleza, ya me alcanza. Para mí, esto es lo que cuenta. Dar. Es difícil, lo sé. Pero cada día, cuando llego a la escuela y veo a dos chiquitos que vienen caminando de lejos, con los piecitos mojados, sien­to una fuerza enorme que me impulsa a seguir. A no bajar los brazos”, explica. Lo curioso es que no sólo no los baja, sino que los abre y los mueve con una ale­gría y un entusiasmo envidiables. A Liliana se la ve feliz. Cuesta creerlo, pero es así. Le falta plata, reconocimiento, calefacción, materiles de trabajo, ayuda.

Le falta tanto… pero para ella no, no le falta nada. Para ser feliz le bas­ta con lo que tiene. Por eso, al conocerla surge espontáneamente la pregunta: ¿Qué es la felicidad? Cuestión fácil de formular y muy difícil de responder. Habrá tantas formas de medir la felicidad de las personas como mortales existan. Lo cierto es que, como bien decía Aristóteles, a la felicidad la buscamos todos.

Ricos y pobres, poderosos e ignorantes, grandes y chicos. Para algunos será tener la casa de sus sueños o la 4×4 más sofisticada; para otros, casarse con la mujer amada y criar a va­rios hijos; para muchos, tener un trabajo satisfactorio que reporte buenos ingresos. Para algunos viajar, para otros leer bajo el sol, para algunos bailar, para otros pintar. Cada uno tiene su propio parámetro de bienestar y dicha. Pero otra cosa es muy cierta: la satisfacción de todos nuestros infinitos deseos no nos asegura la felicidad.

Una reciente encues­ta inglesa lo demostró: la mayoría de las personas consultadas expresó que el dinero contribuía a su felicidad, pero hasta cierto punto. Porque la posibilidad de com­prar más y más no les reportaba mayor bienestar. Por ejemplo, hubo quien dijo que comprar un yate lo hacía feliz, pero adquirir quince no lo ha­cía más dichoso. Conclusión: los objetos que deseamos nos pueden aportar placer, pero todo tiene un límite. El de la saturación. La satisfacción de nuestros deseos siempre tiene un techo. Para algunos ese techo está más cerca, pa­ra otros es un poco más alto, pero siempre habrá uno.

¿En­ton­ces? ¿Dónde está aquello que nos hace felices? Ber­trand Rus­sell se preguntaba si la felicidad es un estado o una búsqueda. Para él la respuesta es­ta­ba en la segunda opción. Russell decía que el ser humano debe desprenderse de sus pasiones egocéntricas, del miedo, de la envidia, e impulsarse hacia fue­ra de sí mis­mo. La frugalidad de los de­seos es el pun­to de par­ti­do de los filósofos epicúreos. A diferencia de lo que se pien­sa hoy, se­gún ellos, para vivir la vida auténticamente y con intensidad, es preciso escoger. En­ton­ces, hay que sa­ber seleccionar. En esa lis­ta pareciera estar el camino. “Menos, menos”, decían los griegos.

En el mismo sentido, pero más despojados aún, los estoicos llegaban hasta el extremo y afirmaban que para no sufrir había que soltar todo. No hace falta ser tan radical. André Comte Sponville, pensador francés contemporáneo y autor del libro Felicidad, desesperadamente, dice que el deseo primero del ser humano es desear todo aquello que no tiene. “Nuestro deseo de ser fe­lices está basa­do en la falta”, decía el filósofo holandés Spinoza, a quien Sponville analiza en su libro. Y cuando logramos satisfacer esos deseos, inmediatamente surge otro en su lugar. El budismo va más allá. Sugiere no buscar la felicidad en lo externo –objetos, logros, reconocimiento–, sino en nuestro interior. O sea, despojarla del afuera, para alcanzar un gozo completo que ten­ga más que ver con el equilibrio, la paz.

El gran escritor George Bernard Shaw lo dijo con humor: “Hay dos catástrofes en nuestra existencia: la primera se da cuando nuestros deseos no son satisfechos; la segunda, cuan­do sí lo son”. Pareciera, entonces, que la felicidad, o al menos su búsqueda, está ligada a ciertas condiciones: estar satisfecho con lo que uno es o tiene; no idealizar lo que se desea; estar abierto a lo que viene, como viene; disfrutar los peque­ños gran­des mo­men­tos de ca­da día (la sonrisa de nuestro bebé, las carcajadas con los ami­gos, un abrazo con el marido). Y la actitud de intentar vivir con sentido y significado nuestros días. Orgullosos por lo que hacemos, contentos por quienes somos, abiertos, amando lo que hacemos y con quienes estamos.

Hoy cuesta entender por qué los filósofos griegos insistían tanto en las virtudes para el surgimiento de la felicidad. Eso puede resultar difícil en una época de marketing, televisión y publicidad. La pregunta, entonces, es: ¿qué hace a una vida digna de ser vivida? Una vida feliz sólo puede ser aquella que ten­ga signficado, pensaban los griegos. Es allí donde las virtudes cobran sentido. Aristóteles sostenía que la felicidad era la meta de todas las metas, pero que sólo podemos ser felices en tanto comprendemos el sentido de nuestra vida y vivimos una experiencia espiritual que nos llena de significado.

“Lo que deseo transmitirles son mis ganas de ayudar a los demás sin esperar nada a cambio, darse de corazón, darse sin mezquindad¡Y quiero enseñarles a trabajar! Así me enseñaron a mí y eso es lo que quiero inculcarles a ellos”, expresó Liliana en 2013, cuando recibió el premio “Una manera de vivir” por su trayectoria docente. Un ejemplo de vida que vale la pena compartir siempre, en cada nuevo comienzo de ciclo.

Por eso, compartimos este video sobre su vida y su trabajo. Un mundo lleno de detalles simples que hacen que la felicidad tenga un verdadero significado.

 

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