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Cultura

28 mayo, 2018

Empanadas en Hamburgo

¿De qué nos nutrimos cuando elegimos vivir afuera? De los vínculos que nos rodean, de los pequeños tesoros que ofrece el nuevo país y de esos sabores que son como volver a casa... ¡Maite nos comparte una historia donde las mujeres y sus platos son protagonistas!


Abajo a la izquierda, de anteojos y rodeada por mujeres, un autorretrato de nuestra ilustradora.

Por Maite Ortiz, ilustradora, autora de las tapas de Sophia.

Hace más de dos años que vivo en Hamburgo, norte de Alemania, y a veces ciertos olores a comida me sorprenden trayéndome el recuerdo de una mesa en familia o de las galletitas horneadas, típicas de los encuentros con mis amigas.

La ciudad tiene un puerto enorme, está rodeada de agua y la atraviesan muchos canales; tal vez por su condición portuaria, es multicultural y abierta al intercambio. Hamburgo es preciosa. Y aunque el cielo esté casi siempre cubierto de nubes y haya lluvias constantes, uno va desarrollando técnicas para que la distancia no se vuelva nostalgia.

Una de estas técnicas, descubrí, tiene que ver con la cocina y con la elección de los ingredientes. Cocinar me sumerge en recuerdos, a la vez que voy creando nuevos. Los aromas me cobijan y me transportan a mi casa primaria. Lo aprendí en mi estadía aquí, sobre todo imitando a esas mujeres que cocinan para, de algún modo, mantenerse cerca de su familia cuando una guerra o el exilio las alejan de su hogar.

Las conocí durante mi primer año en Alemania, cuando comencé un curso intensivo de idioma para inmigrantes y no hablaba una palabra de alemán. Era una escuela solo para mujeres, algo que me sorprendió. “Es solo de mujeres –me explicó la profesora– porque es más fácil construir lazos y ayudarnos entre nosotras”. Tenía razón.
Las clases eran por la mañana, con un intervalo de media hora. En ese recreo nos sentábamos en ronda a tomar café o té. “¿Cómo te llamás?”, “¿De dónde sos?”, “¿Por qué estás en Alemania?”, nos preguntábamos. Diccionarios en mano, comenzamos a conocernos y a sorprendernos con las diferencias entre nuestras culturas. Conocí a mujeres indias, tailandesas, paquistaníes, iraníes, sirias, búlgaras, chinas y africanas. Yo, la única de América del Sur, me preguntaba en silencio qué debía contarles. “¿Hace mucho calor en el lugar de donde venís?”, “¿Qué idioma hablás?”. En esos recreos, con preguntas insólitas y aún pocas herramientas idiomáticas, aprendimos a comunicarnos.

Un día, una de ellas tuvo una idea exquisita. “¿Por qué no traemos cada una algo para comer de nuestro país, algo típico?”, propuso. Al día siguiente, todas llegamos con bandejas, recipientes, tesoros envueltos en nailon. Queríamos compartir nuestras creaciones. La primera hora de la clase fue imposible concentrarse: todas cuchicheábamos sobre lo que habíamos cocinado, y el aula impoluta se inundaba de aromas que escapaban de las bolsas. Estábamos ansiosas por compartir algo de nuestras tierras, de nuestras casas, de nuestras familias, de nuestra historia. Paradójicamente, en los intentos por contar cómo habíamos logrado conseguir los ingredientes faltantes o cómo habíamos resuelto reemplazar los imposibles, afianzamos nuestro vocabulario en alemán.

Construimos así una mesa propia, repleta de sabores y de historias. Yo llevé empanadas. Tuve que aprender a cocinar la masa porque las tapas no se consiguen en cualquier supermercado. Conté que la receta de las empanadas llegó al país con la colonización española, pero que luego cada región argentina fue desarrollando su propia versión, hasta crear un plato regional por excelencia. Intenté una versión salteña, con papa en la mezcla.

Seguimos con el ritual de las comidas durante todo la cursada. Nos organizamos para repartirnos los días (si cocinábamos siempre todas, las cantidades eran exorbitantes), así podríamos probar algo nuevo, de una tierra distinta, cada vez.

El curso de alemán se convirtió en un curso de cocina, de secretos para preparar un buen humus árabe o de curiosidades sobre condimentos de la India; mi compañera española me enseñó cómo hacer un gazpacho, mi compañera china me acompañó a un supermercado asiático para mostrarme qué marca de salsas de sésamo y soja debía comprar, y cómo usarlas en ensaladas y tofu. La tailandesa, que no podía entender que se desayunara con pan, a la mañana traía ¡arroz con curry! Pero el curso fue, sobre todo, una experiencia de verdadera integración, ya que encontramos en la cocina un lugar para expresarnos y compartir tradiciones. Gracias a ellas entendí cómo la comida también puede volverse ritual sagrado, amistad, afecto, un hogar.

Hamburgo, “la joya alemana”, seduce con su propuesta cultural diversa y vanguardista.

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