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Hijos

13 noviembre, 2018

Sexo adolescente: ¿no pasa nada?

Muchas veces, cuando pensamos que no pasa nada, es justamente cuando dejamos la puerta abierta a que ocurran cosas que no deseamos. ¿Cómo educar a los jóvenes para tener relaciones sanas, fundadas en el respeto por sí mismos y por los demás?


Por Camila Duro y Gustavo Mellado*

Una adolescente a punto de tener relaciones sexuales le dice al chico: “No pasa nada. Tengo el DIU”. Una doctora reafirma segundos después: “Ah, entonces no pasa nada”. La escena pertenece a un video que publicó el Presidente de la Nación en sus redes sociales y forma parte del plan de prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia (Plan ENIA) de los ministerios de Desarrollo Social, Salud y Educación. La prevención del embarazo no intencional es una tarea urgente y necesaria. Pero… ¿seguro que no pasa nada más? 

Es cierto que un embarazo con un DIU no pasa, al menos en el 98% de los casos. Pasemos por alto que, estadísticamente, si una adolescente alcanza las cincuenta relaciones sexuales –y en el término de un año puede suceder– en una de ellas podría pasar algo: un embarazo.

Pero además pasan muchas otras cosas. Pasa el afecto, pasa el momento, pasan inseguridades, expectativas y frustraciones, pasan microviolencias y abusos, alcohol, drogas y fiestas, y a veces, pasan también enfermedades. Pasan y se quedan.

¿Qué pasa realmente cuando pensamos que nada está pasando?

“Pasa el afecto, pasa el momento, pasan inseguridades, expectativas y frustraciones, pasan microviolencias y abusos, alcohol, drogas y fiestas, y a veces, pasan también enfermedades. Pasan y se quedan”.

En la Argentina, 15 de cada 100 mujeres-madres al año son menores de 20 años. Pero la maternidad adolescente no es un problema nuevo. En el año 2000 hubo 106.337 partos de menores de 20 años. Por eso, en 2002 se aprobó la Ley 25.673 de anticoncepción gratuita, que parecía ir al centro del problema: las chicas que quedaban embarazadas eran las más pobres, las que no accedían a los métodos anticonceptivos, a los que sí accedían las de mayores recursos. Tres años después, el embarazo adolescente seguía subiendo. En 2005 la cifra creció: 107.109 embarazos de madres adolescentes.

Esto dio energías renovadas a una nueva ley que, ahora sí, prometía combatir “a fondo” la problemática: la Ley de Educación Sexual Integral sancionada en 2006. La medida buscaba no sólo prevenir el embarazo, sino promover además relaciones sexuales consensuadas desde todas las perspectivas posibles: física, psicológica y espiritual. Por eso, se permitía a cada comunidad educativa educar en la sexualidad integral en el marco de sus propios valores, porque no somos solamente una realidad biológica, sino también psicoafectiva y espiritual.

Es que el sexo es una realidad social desde el momento en que, en general, ocurre entre dos personas. Tener relaciones sanas, fundadas en el respeto a uno mismo y al otro, es un derecho de toda persona, vaya al colegio que vaya.

La responsabilidad de educar sexualmente 

Mas allá de las controversias acerca de la implementación o no de su efectividad y sus contenidos, podemos evaluar qué pasó luego: en 2010 el embarazo adolescente creció a 117.591 casos y en 2015 descendió un poco, a 111.699 embarazos, lo cual sigue siendo un 5% más que el punto inicial del año 2000.

“En el año 2.000 hubo 4.934 casos y creció hasta 2017 cuando llegó a 11.709 (un 237% más). La mayoría de los casos fueron jóvenes de entre 17 y 30 años”. 

Pero esto es sólo una parte de la historia. Y como no podemos “cuantificar” la afectividad de las personas, trataremos de evaluar lo sucedido con otras realidades biológicas relacionadas a la sexualidad. Veamos qué fue lo que sí pasó en paralelo, con algunos fenómenos epidemiológicos como la sífilis: en el año 2.000 hubo 4.934 casos y creció hasta 2017 cuando llegó a 11.709 (un 237% más). La mayoría de los casos fueron jóvenes de entre 17 y 30 años.

También sigue pasando el SIDA. En el 2000 hubo 2.471 casos y en el 2015, 6.320 (+255%). Al comparar los períodos 2004-2005 y 2013-2014, se destaca el aumento de personas con el virus en la franja de 15 a 24 años, y llama la atención que entre los 15 y 19 años el crecimiento es mayor en las mujeres. Según los especialistas, esto sucede a causa de una sexualidad más activa y del inicio más temprano de las relaciones sexuales, el uso de alcohol y drogas que inhiben el control, la idea de que “a mí no me va a pasar” y la pérdida del miedo a los efectos de la enfermedad.

¿Qué pasa entonces cuando una publicidad oficial dice que no “pasa” nada?

Se ve  que pasan muchas cosas. Pero, fundamentalmente, pasa que seguimos insistiendo con mirar la realidad de forma parcial. Queremos solucionar un problema de ebullición poniendo una tapa más resistente pero, sobre todo, nos olvidamos de una variable fundamental en cualquier solución humana: la libertad.

El valor de la libertad

La Educación no solo debe transmitir contenidos. Debe educar personas libres. Y como la sexualidad (de esto da cuenta tanto la sexología actual como las tradiciones milenarias), es un “darse” al otro, es decir, una “donación” de sí mismo; es necesario educar jóvenes capaces de ser responsables, primero de sí mismos, para luego darse con libertad a los demás: buscar el propio bien y el bien del otro, sin dañarlo, o cuidar de sí mismo cuidando de los demás.

“El sexo es una realidad demasiado hermosa a la que hemos devaluado, donde se juega no sólo el placer del momento, sino la vida entera de las personas y de la sociedad”.

En algún momento olvidamos que todo acto tiene consecuencias personales y sociales. Y que el sexo es una realidad demasiado hermosa a la que hemos devaluado, donde se juega no sólo el placer del momento, sino la vida entera de las personas y de la sociedad.

Pasan muchas cosas en una relación sexual y entre los jóvenes que estamos pasando por alto. El reparto masivo de preservativos y la Educación Sexual Integral de nuestras escuelas fracasó estrepitosamente: no disminuyeron los embarazos y se dispararon otras enfermedades de transmisión sexual.

Es que no sólo es cuestión de tener un preservativo o un DIU y saber cómo usarlo. No es cuestión solo de gozar de los cuerpos, sino principalmente de gozar de la vida. El placer físico no puede separarse de la satisfacción del alma. Y tapar las realidades humanas que están en ebullición en la adolescencia sólo va a lograr aumentar las presiones que, tarde o temprano, romperán cualquier elemento de retención que inventemos.

Tal vez sea el momento de asumir el desafío de abrir nuestra mente a una visión más amplia que nos permita encontrar una nueva Educación Sexual Integral para que los jóvenes alcancen, no solo una sexualidad más sana, libre y humana, sino también una vida más plena.

* Integrantes de Fundación Ciudadanía.

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