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Sophia - Despliega el Alma

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Inspiración

30 Mayo, 2016

El viaje de tu vida

El mito del héroe es bien conocido: un camino de obstáculos y desafíos a través de los cuales crecemos y nos volvemos conscientes. Menos conocido es el viaje de la heroína, en el cual hombres y mujeres descienden a las entrañas de su psiquis y se reencuentran con su sensibilidad y creatividad olvidadas. Se trata de un viaje al interior profundo, y el resultado es pura alquimia. Muerte y renacimiento, así en el mito como en la vida.


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Por Fabiana Fondevila (*)

La cima estaba cerca para Verónica de Álzaga. Estrenando la veintena y los primeros tramos de la carrera de Comercio Exterior, había logrado ingresar a esa meca que tantos anhelan: una oficina con vista al río en una representación de bancos alemanes y un futuro promisorio. Desde su escritorio veía Colonia y un destino de viajes, prestigio y fulgor. Estaba claro: iba camino de conquistar el mundo.

Decidió estudiar una segunda carrera: Administración de Empresas. Un profesor le ofreció ser ayudante de cátedra en la carrera de Finanzas. El mundo la recibía con gloria. Pero algo en Verónica empezaba a pedir pista y fue en busca de la maternidad. Costó pero llegó: dos hermosos hijos en rápida sucesión. Todo habría seguido por la vereda del sol si no fuese porque una separación tortuosa la sumió de golpe en un mundo desconocido. De un día para otro se encontró sola con niños pequeños, sola con su angustia y desazón, sola con una repentina impotencia en lugar de la omnipotencia que la había sostenido. Ninguna de sus conquistas la había preparado para este abismo. Fue el comienzo de un nuevo viaje con otros desafíos: en vez de escalar tuvo que descender a las capas más oscuras de su psiquis; en lugar de capa y espada, pica y cincel. “Cuando no quedaba nada quedó una llamita. Era casi visible. Me llevó a hacerme una pregunta vital: ¿de qué estamos hechos los seres humanos?”, recuerda. La respuesta fue estudiar, esta vez, saberes más sutiles: qué mueve los hilos de la psiquis, cómo se manifiesta el alma en el cuerpo, cómo pueden las personas entender el mundo y a ellos mismos sin tantos velos. Hoy Verónica es una exitosa terapeuta psicocorporal, buscada por su peculiar fusión de intuición y discernimiento.

El recorrido de Verónica podría considerarse un “viaje del héroe”, tal como lo describió el brillante mitólogo Joseph Campbell: un universal camino de autoconquista poblado de esfuerzos y desafíos. Pero en verdad se parece más a un “viaje de la heroína”, una particular categoría de aventura descripta por la analista junguiana Maureen Murdock, que da cuenta de un mapa bien distinto al recorrido históricamente por los hombres.

Veamos primero de qué se trata la narrativa original. El viaje del héroe, o monomito, es una secuencia de sucesos que se repite en los mitos, las leyendas, las Sagradas Escrituras, los ritos chamánicos, las representaciones del tarot, los cuentos de hadas, la literatura y el cine universal. Se repite al infinito porque da cuenta de una historia crucial en la vida de los seres humanos: la lucha por volverse consciente y dueño de los propios actos y decisiones. A eso remite la palabra “héroe”: a ser protagonista de la propia historia.

(*) Fabiana Fondevila es periodista e investigadora de las tradiciones de sabiduría. Actualmente da talleres de autonocimiento, entre ellos “El viaje del héroe. Una aventura iniciática”.  Podés seguir todas sus publicaciones ingresando a su sitio web: lausinamistica.wordpress.com

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Tal como lo cuenta Campbell en El héroe de las mil caras, obra seminal de la mitología comparada, el viaje consta de tres grandes etapas: salida, iniciación, retorno. Con innumerables variables, esto es lo que ocurre: el héroe se encuentra viviendo su vida habitual, en su mundo conocido, cuando algo ocurre. Puede ser una llamada amable –un animal que pasa corriendo y lo invita a seguirlo– o catastrófica –el rey de la Tierra se enferma y hay que ir en busca de un elixir para curarlo, u ocurre un evento cataclísmico y hay que encontrar el instrumento mágico que puede hacerle frente–. Sea como sea, el héroe se ve impelido a dejar el mundo conocido.

Muchas veces hay una resistencia inicial a escuchar la llamada, pero la necesidad del viaje finalmente se impone. El héroe cruza un umbral y aparece en un mundo desconocido (un bosque oscuro, el fondo del océano, un paisaje surrealista). Allí tendrá que enfrentarse con una serie de pruebas y peligros. Pero, en el camino, conocerá a un mentor que le dará buenos consejos, a un aliado que lo proveerá de la llave mágica o la poción protectora. Habrá una conflagración final, y el dichoso triunfo. El héroe volverá entonces a su mundo portando el tesoro que encontró, y deberá enfrentar un nuevo desafío: el de reintegrarse a su vida, transformado.

“Un héroe es alguien que ha dado su vida por algo más grande que él mismo”, decía Campbell, que llegó a esta conclusión tras haber estudiado exhaustivamente las mitologías del mundo y hallado curiosos paralelos en torno a este relato. Y está claro que no hablaba de héroes de capa y espada, sino de personas de carne y hueso que eligieron decir “sí” a su aventura y abrazaron el difícil camino del crecimiento y la conquista espiritual. Cuando el académico e investigador contó esta historia al periodista Bill Moyers, en una entrevista televisada que haría historia, poco antes de morir, la antigua mitología cobró vida. De pronto, todos querían leer los viejos relatos y enterarse de que estaban contándoles sobre sus propias vidas.

El guionista y director George Lucas invitó a Campbell a su estudio, Skywalker Ranch, al preestreno una de las películas de su saga, La guerra de las galaxias, enteramente inspirada en la narrativa del héroe. Campbell aprobó el film y confesó que nada lo hacía tan feliz como ver que su obra sirviera de inspiración para los artistas.

Hasta aquí, la narrativa conocida por todos.

Un nuevo viaje

Maureen Murdock era una pedagoga, fotógrafa y psicoterapeuta junguiana que había trabajado con los conceptos de Campbell durante años y les había dado un giro personal. Un día, la joven terapeuta viajó a Nueva York y se encontró con el maestro. En un rapto de osadía, le mostró el mapa del viaje femenino tal como lo había concebido. Campbell le dijo: “Las mujeres no necesitan hacer el viaje; son el lugar al que todos quieren llegar”. De más está decir que esta afirmación no satisfizo a Murdock, quien respondió a su vez escribiendo un libro: Ser mujer: un viaje heroico.

Murdock había trabajado con las ideas de Campbell en sus sesiones, pero se había topado con lo que denominó “una herida en lo femenino”, tanto en hombres como en mujeres, que creaba una sensación de tristeza y aridez espiritual. Así lo explicó a Sophia: “La sociedad patriarcal pone el foco en el reconocimiento, el éxito y el poder, y para obtenerlos muchas mujeres se escinden de sus valores femeninos temprano en sus vidas. Se produce entonces una desconexión del saber corporal, de la creatividad, de la espiritualidad, de la compasión consigo mismas y con otras mujeres, en pos de la competencia y el estatus social. Esa devaluación de lo femenino es opresiva y viene de un sentimiento de inferioridad causado por nuestros mitos de origen (la forma en que se narra la historia de Eva, por ejemplo). Esta opresión interna y externa de las mujeres existe en todas las culturas”.

En relación con la enigmática respuesta de Campbell, dice: “Es cierto que en la tradición mitológica, lo femenino es el lugar que las personas aspiran a integrar, pero lo que yo estaba viendo es que la mayoría de las mujeres que conocía y con las que trabajaba estaban desconectadas de su naturaleza femenina. Nuestra tarea era recuperar lo femenino en nuestro interior”.

Cuando El viaje de la heroína se publicó, en 1990, tuvo un gran impacto y fue traducido a trece idiomas, incluyendo el farsi. Podríamos resumir de este modo su mensaje: “El trabajo de la heroína es iluminar al mundo amándolo, comenzando por ella misma”.

El viaje del hombre o la mujer es igual en su estructura básica: para ambos hay una separación del hogar, una iniciación, una serie de pruebas, una transformación y, finalmente, el retorno al hogar. Pero, sostiene Murdock, el punto de inicio es distinto: “El viaje del héroe hace foco en la aventura: matar al dragón, hallar el tesoro, ir al encuentro de la diosa. Para la heroína, la primera parte del viaje es la separación de lo femenino, por el foco que pone nuestra cultura en la idealización de lo masculino. En la cultura patriarcal, el individuo debe conquistar el poder sobre sí mismo y sobre los demás, matar al dragón interna y externamente, hallar el tesoro; todo es externo. Esto no alimenta la naturaleza de las mujeres. Nos preguntamos: ¿qué pasó con mi deseo de escribir, de pintar, de bailar? Y experimentamos el descenso. Se produce una escisión cuando nos enfocamos en tener éxito en el mundo y dejamos de escuchar a nuestro yo profundo”.

Tal como se percibe en el relato que abre esta nota, el mundo corporativo y sus premios no tardan en volverse huecos y estériles, porque hay una realidad más profunda que está haciendo desoída. Para Verónica, hubo un primer atisbo de quiebre cuando tuvo que dejar de trabajar por un pico de estrés. La madre le recomendó que hiciera yoga. En esas clases tomó contacto con su cuerpo y sus emociones y salió restaurada, solo para zambullirse nuevamente en la carrera de obstáculos masculina. Fue solo después del quiebre cuando pudo tomar conciencia de todo lo que había estado reprimiendo y afrontar la crisis.

Pero el descenso no siempre se produce por un hecho concreto; a veces aparece como una incomodidad vaga que a la mujer le cuesta poner en palabras, pero que lo cambia todo. Cualquiera sea la forma que tome, el descenso es un escalón ineludible en la trama.

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Un viaje a otras realidades

Por Carlos Martínez Sarasola (*)

En los pueblos indígenas, aquellos hombres de conocimiento encargados del arte de curar -entre otras capacidades- son los que la antropología ha universalizado con el nombre de chamanes. Sus prácticas medicinales las ejercen en un periplo singular -el “viaje chamánico”- que consiste en desplazarse a través de los múltiples planos y dimensiones de una realidad que es entendida y vivida de una manera mucho más compleja de la habitualmente conocida.
Ellos viajan a esos otros mundos en búsqueda de los poderes para luego, ya en este plano, proceder a la curación. En aquel Mundo Invisible se encuentran con fenómenos, seres y entidades espirituales con los cuales interactúan, recibiendo las claves de esta medicina ancestral.
El chamán accede a esos planos y dimensiones a través de distintos procedimientos: cantos, danzas, el sonido de un tambor, la ingesta de plantas sagradas, entre otros. Ellos configuran las “técnicas arcaicas del éxtasis” que los transportan a un estado ampliado de consciencia que los habilita para el viaje.
Ese traslado muchas veces es posible por la acción de animales como las aves, que no solo los guían en el “vuelo chamánico”, sino que los ayudan en sus capacidades, como la de “ver”. Pueden ser también felinos, caballos u otros con los que el chamán está muy familiarizado -sus compañeros animales- pudiendo incluso comunicarse en un lenguaje secreto que solo ellos comparten.
Uno de los momentos culminantes de este viaje es el del regreso, porque hay que saber volver a este mundo. Solo entonces el viaje estará concluido.
Mucho de esto fue lo que viví hace cuarenta años cuando, estando en una comunidad de ava-guaraní del Chaco salteño, fui testigo de una cura chamánica “por succión”. El ipayé -tal la denominación que se le daba al chamán en esta comunidad- era un anciano que se había dedicado previamente a “ver” a la persona que iba a curar. Observándola detectó en su interior el mal que la aquejaba. Luego nos hizo ingresar a la gran maloca y acostó a la paciente mientras el se sentaba a su lado. Pidió un cigarro, encendió un fuego y comenzó a fumar. El humo iba hacia el Mundo de Arriba (una de los paisajes del mundo chamánico) y hacia el pecho de la mujer. El humo del tabaco -principal planta sagrada de América- lo ayudaba a ver aún más a la paciente. De pronto empezó a silbar: el viaje había comenzado. El silbido se volvió más penetrante y el ipayé cada vez más concentrado. Se estaba conectando allí Arriba con el Dios del Viento.
Cuando el trance pareció llegar a su climax, el ipayé se inclinó sobre la mujer enferma y dos veces chupó en su tórax, extrayendo sendos objetos negros brillantes, que mostró y arrojó al fuego.
Había regresado de su viaje con las fuerzas suficientes para extraer la enfermedad, luego de lo cual quedó agotado y durmió tres días seguidos. Poco después se enteró de que su viaje había sido exitoso y que la paciente se había curado.
Por mi parte, había corroborado que los chamanes tienen una sabiduría tan milenaria como efectiva y que realizan hazañas que requieren una importante cuota de valentía. Esos viajes transcurren por territorios llenos de misterios y peligros, obstáculos que el chamán-héroe deberá irremediablemente sortear si es que quiere tener en su misión el éxito que él y su comunidad esperan.

(*) Antropólogo e investigador destacado en la cuestión indígena y la etnohistoria de Argentina.

Al infinito y más allá

¿Cuál es el sentido del descenso en este viaje? Tal como se representa en numerosos mitos –el de Perséfone, que desciende a los infiernos raptada por Hades; el de la heroína sumeria Inana, que desciende en busca de su hermana Ereshkigal, y tantos otros–, el viaje a las profundidades es un proceso de muerte y renacimiento. Es distintivo del viaje femenino, más cercano al alma –esa porción del todo que nos habita– que al impersonal y luminoso espíritu. Como toda muerte, trae resistencia, dolor y desazón. Pero quienes la atraviesan con entrega salen transformadas.

Murdock tiene este consejo para el camino: “La clave es ver el descenso como un viaje sagrado y no una depresión que debe medicarse (aun cuando se tome medicación, un sostén a veces necesario). El descenso es un proceso natural de la vida. No nos damos tiempo para penar nuestras pérdidas, sean internas o externas. Un pérdida interna podría ser el darme cuenta de que no estoy viviendo mi propia vida sino la de otro; por ejemplo, la de mi padre, la de mi marido. Entonces hay una pena muy profunda y aparece la pregunta: ¿Qué perdí? ¿Quién soy?”.

Este descenso suele venir acompañado de un retiro del mundo, algo que no siempre es bien visto por el entorno. “Cuando la heroína dice que no a la próxima tarea heroica se produce una gran incomodidad… Cuando una mujer deja de hacer, debe aprender a simplemente ser. Ser no es un lujo, es una disciplina. La heroína debe escuchar cuidadosamente su voz interior. Esto significa silenciar las otras voces que le están diciendo qué hacer. Debe ser capaz de sostener la tensión hasta que la nueva forma emerja… Uno se siente en una cultura diferente, en un paisaje distinto”. Lo más importante es darse permiso para permanecer ahí, escuchar los sueños, atender a las imágenes que aparecen. Todos los medios de expresión y exploración son válidos: escribir, dibujar, cantar o aquello que surja. “Es permanecer en estado ritual, en un espacio de algún modo sagrado. Escuchar la voz interior. Una de mis alumnas creó un laberinto en su jardín. Para muchos hombres y mujeres este es un período de aislamiento voluntario”.

En el renacimiento muchas mujeres empiezan a recordar cómo eran de niñas, qué las movía, y suele haber un deseo de recuperar artes y oficios femeninos. Dice Murdock: “Soy miembro de una agrupación llamada Women’s Leadership Collaborative (Cooperativa de Liderazgo Femenino), que se reúne tres veces al año. En nuestros círculos suelo notar que, de las veintitrés que somos, dieciocho estamos tejiendo”.

Lo sagrado femenino

Hay en nuestro tiempo una sed por recuperar “lo sagrado femenino”. Así lo expresa el místico sufí Llewellyn Vaughan-Lee, autor de The Return of the Feminine and the World Soul (El regreso de lo femenino y el anima mundi): “En la medida en que despertamos de la represión del patriarcado necesitamos recobrar lo sagrado femenino tanto para nuestra espiritualidad individual como para el bienestar del planeta. Le devastación ambiental que sufrimos habla de una cultura que ha olvidado la sacralidad de la tierra y la divina madre, y ha desoído la profunda comprensión que tienen las mujeres de la interconexión de todos los seres vivos. Y nuestra vida individual, tan a menudo atrapada en adicciones y sinsentido, ansía reconectar con el alma, que siempre ha tenido una cualidad femenina. La antigua figura femenina del anima mundi (alma del mundo), la presencia espiritual en la creación, une nuestro propio camino individual con el del mundo”.

Murdock piensa lo mismo: “El arquetipo de lo sagrado femenino incluye cualidades afirmadoras de la vida –también de la muerte–, como cuando la Gran Madre toma las almas de los muertos en su útero y las regenera. Lo sagrado femenino ha existido a lo largo de todas las épocas y culturas –tenemos imágenes de lo sagrado femenino en tiempos paleolíticos– y nos enseña que la vida es un ciclo continuo de nacimiento, muerte y renovación y que no debemos tener miedo a morirnos. Lo sagrado femenino no se asienta sobre la idea del sacrificio, el pecado y la crucifixión. Sí, hay sacrificio pero el foco no está puesto en el sufrimiento, sino en la afirmación de la vida”.

Murdock cuenta cuánto la impactó conocer la imagen de la Virgen Negra en Rocamadour, Francia. “Ella es bien frontal; dice: ‘Escucha tu corazón, ¡tienes la sabiduría en tu interior!’”. En sus clases y en sus libros, Murdock hace referencia también a la diosa oscura Kali, que enseña a integrar luz y la oscuridad y preconiza el discernimiento. La autora destaca que así como el viaje del héroe es hacia arriba y afuera, un salto hacia la luz, el de la heroína es hacia abajo y hacia adentro: “Al interior del cuerpo, a la cueva metafórica, a la Virgen Negra”. Y sostiene además que el viaje de recuperación de lo femenino es necesario para muchos hombres también: el cuarenta por ciento de quienes asisten a sus clases son varones.

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Coherente con esta afirmación, ante la pregunta por representantes modernos de lo sagrado femenino, Murdock responde: “En términos de compasión, la Madre Teresa; en el discernimiento y uso del poder para el bien de la mayoría, Hillary Clinton; en la defensa del medio ambiente, Barack Obama; en la maternidad nutritiva y profunda, la analista junguiana Marion Woodman; en la protección de los que sufren pobreza y abuso sexual, el papa Francisco; en decir la verdad y expresar la propia creatividad, la escritora Toni Morrison, entre tantos otros”.

Pero el verdadero punto de llegada no es la cualidad femenina ni masculina, sino la integración de ambas, conocida en mitología como “el matrimonio sagrado”.

Esto es lo que atraviesa Verónica, nuestra heroína, por estos días. Tras perder a su padre por una enfermedad, le toca hoy hacerse cargo junto a sus hermanos de la empresa familiar y  pilotear una serie de decisiones económicas y legales. Así siente ella este nuevo desafío: “Hace algunos años la crisis me hizo bajar al valle, y hoy me toca escalar la montaña nuevamente. Porque aunque la mujer busque la llanura no puede desentenderse de las cimas: necesita poder recuperar el valle y la montaña; escalar con toda la sensibilidad, la intuición y la empatía a cuestas. Si queremos imitar a los varones no nos sale. Es mucho esfuerzo y es siempre una pésima imitación. ¡Ellos son mejores varones! Pero transitar ese camino con nuestra riqueza femenina nos enaltece”.

En esta versión de la aventura, está claro, el triunfo no es ninguna mágica sortija, sino ponerle el cuerpo al mundo sin dejar de sentir, de amar, de pensar, y –el más dichoso de los desafíos– de ser.

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Graciela Caprarulo

Ninguna mujer viaja sola

Graciela Caprarulo es poeta, docente y especialista en mitología. Conversamos con ella sobre las cualidades espirituales específicas que la mujer puede ofrecer al mundo.

−¿Cuán esencial es la crianza en el viaje heroico femenino?

–No debemos caer en el mayor mito patriarcal de la historia y pensar que la mujer solo se realiza procreando. La mujer cría, pero puede criar un cuerpo, un alma, una pieza de arte, una comunidad, una cultura o una civilización. Seguramente en el pasado esto fue más simple ya que los roles masculinos y femeninos estaban bien definidos. Polarizados pero definidos. Hoy muchas mujeres han iniciado sus viajes en el mundo de las realizaciones masculinas. Si esto es así, su mitología será similar a la del hombre. Aparecerán las mismas características de búsqueda visionaria, el establecimiento de las metas, la superación de los obstáculos y las pruebas, la entronización y el éxito que llega al final. Sin embargo, existirán diferencias en su manera de concebirlo, ya que para la mujer será
fundamentalmente vincular. Durante el viaje, sus sueños, visiones y símbolos incluirán imágenes de madres y bebés que, de alguna forma, aludirán al nacimiento de su conciencia en un nuevo nivel, o de una flor, símbolo de su florecimiento físico, emocional y espiritual.

–¿Y qué pasa cuando mujer elige ser madre y realizar también su viaje en el mundo?

–Se encontrará frente a un gran desafío. La maternidad requiere un involucramiento de energía mayor que la paternidad, especialmente en los primeros años de vida. Jugará un papel especial el tipo de matrimonio que la mujer establezca y el hecho de que el marido acompañe el viaje de individuación de la mujer o lo boicotee. Como ocurre con los hombres, las mujeres que se adapten a las expectativas conyugales por encima de su propio anhelo, no realizarán su viaje de individuación, quedarán retenidas en el estadio simbiótico que antecede a todo viaje. 

–¿Hay algún mito o símbolo nuevo que sirva de guía a las mujeres de hoy?

–Cada época gesta sus propios mitos. Sin duda veremos en algunos años que ese mito lo estamos creando ahora, a través de este complejo proceso de transformación social y espiritual. Será tal vez el  mito de la Mujer Andrógina, de la Guerrera Espiritual, que manifieste el equilibrio entre lo femenino y lo masculino en sí misma. Estas habilidades le servirán para llevar a cabo la tarea más importante: unir a las personas en torno a un sentido, un ideal, un propósito. Este es el matrimonio sagrado que tanto se ha prometido en la tradición. Este cambio puede asustar pero, donde hay miedo hay una posibilidad de adquirir poder personal.

Creo que algo grave pasó después de la revolución feminista. Muchas mujeres cayeron en una suerte de autoengaño, creyendo que lo único que podía resultar valioso era lo que pertenecía al mundo de las actividades masculinas. Muchas mujeres también hicieron un gran esfuerzo para llevar adelante sus carreras en este mundo competitivo pero, a la vez, perdieron los dones de la feminidad. Las sociedades masculinas construyen estructuras piramidales. Las sociedades femeninas, en cambio, construyen modelos circulares. Por eso, el nuevo mito deberá recuperar algunos de los antiguos valores, espiritualidad práctica, interdependencia, comunidad. Los círculos de mujeres juegan un papel importante y pueden ser el instrumento para el cambio. Ninguna mujer viaja sola. En estos círculos encontramos aliadas que nos ayudan a superar obstáculos y compartimos con ellas nuestros dones, somos escuchadas y contenidas, nos volvemos maestras unas de las otras.

–¿Quiénes son las figuras heroicas de hoy?

–Son personas que sobrepasan la idea de la realización personal, comparten su don de sabiduría, sirven con humildad y sanan y se sanan haciendo realidad los sueños. Personas que no pertenecen a una nacionalidad o raza o credo sino a la humanidad toda. Si tengo que pensar en modelos femeninos, mencionaría a la Madre Teresa, Indra Devi, Oh Shinnah Fast Wolf, las Trece Abuelas Indígenas, con la Abuela Margarita, y Rigoberta Menchú, entre otras. Pero también a personas anónimas que construyen la sociedad solidaria en sus puestos de trabajo. Maestros, enfermeros, médicos sin frontera, agentes del servicio social, artistas, científicos; seres humanos que honran esa palabra: human (Hu, dios, y Man, hombre: “hombre dios”). Ellos son la conciencia de grupo, hermanándose con el resto, experimentando la unidad. No en un tiempo remoto en el futuro, no en el más allá, sino en el presente, refundando Camelot, trascendiendo toda la imperfección que nos rodea.

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Sam Keen

Ser autor de la propia historia

Sam Keen es un renombrado autor y activista social, que de joven trabajó con Joseph Campbell. En sus libros y conferencias alienta a las personas a adueñarse de sus historias y elegir libremente el camino. Para él, el viaje heroico comienza por hacerse preguntas esenciales sobre la propia vida.

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Histórico profesor de Filosofía y Teología en Harvard, Sam Keen es autor de una decena de libros, como Tu viaje mítico, Himnos a un Dios desconocido, Amar y ser amado y Aprender a volar. Fue discípulo de Joseph Campbell, con quien dio talleres y seminarios, es un luchador por la justicia social y un adalid infatigable del cultivo de las “emociones elementales”, como el asombro, la gratitud, la humildad y la reverencia.

Keen combina un espíritu esperanzado con una mirada crítica sobre el mundo. A los 70 años instaló un trapecio en su jardín para “aprender a volar” y hoy enseña ese arte a mujeres y jóvenes de bajos recursos, convencido de que en la superación de los miedos se encuentra la verdadera libertad. Desde su casa en Sonoma, California, habló con Sophia sobre el significado último del viaje del héroe.

“El viaje del héroe es una manera dramática de hablar de lo que ocurre cuando nos volvemos conscientes. Pero no todo el mundo hace el viaje. Muchas personas simplemente aceptan los puntos de vista heredados de sus padres y de la sociedad”. Para Keen el ser humano es un ser “biomítico”: es conformado tanto por las historias que recibe de su familia, cultura y sociedad como por su ADN. Por lo tanto, héroe es quien logra cuestionar esos mandatos y decidir por sí mismo.

“Para volvernos conscientes debemos poder mirar las historias que nos dieron forma. Por ejemplo, tu cultura te ha dado una serie de reglas respecto de lo que se supone que es una mujer y seguramente a medida que creciste te diste cuenta de que no todas eran ciertas. Entonces surgen las preguntas, que son el gran camino al crecimiento: ¿Quién soy yo? ¿Cuáles son mis valores? ¿Cómo viviré en el mundo? En otras palabras, pasás de ser una persona controlada por el mito de tu cultura a una dispuesta a escribir tu autobiografía”, dice el autor. Esta rebeldía biográfica suele causar incomodidad en el entorno, apunta Keen, y siempre provocador, agrega: “De hecho, la mayoría de las personas nunca hacen el viaje heroico, sino que aceptan el mito reinante. Hacen el viaje de la conformidad cultural”.

–¿Puede hablarse todavía de mitos reinantes en un mundo tan atomizado?

–El mito hegemónico de nuestro tiempo es el del crecimiento económico y el progreso tecnológico. Determinamos la posición social de las personas según su nivel de riqueza y lo vemos como la medida de una buena vida. Este es un mito muy establecido y muy demandante, ya que significa que la mayoría de las personas se pasarán la vida persiguiendo el bienestar económico y nunca se detendrán a hacerse las preguntas necesarias. Vivimos principalmente como seres económicos.

–Pero ¿es posible privilegiar el deseo profundo cuando cuesta tanto resolver lo cotidiano?

–Hágame la pregunta de nuevo, en primera persona.

–¿Cómo puedo yo…?

–¡De eso se trata! Hay que decir: “Yo no quiero que el mito económico rija mis elecciones pero necesito ganarme la vida. ¿Cómo puedo evitar que mi vida sea abrogada por mis necesidades económicas? Primero hay que buscar la vocación, que es el llamado (un trabajo no es un llamado, al menos no siempre). Recién después: ¿cómo voy a ganarme la vida? Y entonces, negociamos. Cuando era joven, destinaba mis mejores horas a escribir libros, y después escribía para revistas y daba clases para alimentar a mi familia. La verdadera prisión es no hacernos la pregunta porque la respuesta es difícil.

–Pero hay también héroes y heroínas que cambian las cosas para todos, ¿no?

–¡Absolutamente! Un ejemplo es Georgia O’Keefe, la pintora norteamericana. En su época las mujeres tenían otros cometidos, se debían principalmente sus familias y maridos. Estoy seguro de que sus parientes le preguntaron por qué no se dejaba de hacer esos dibujos y tenía hijos y aprendía a cocinar. Ella se definió como una pintora y no le importó lo que otros pensaran.

El proceso que describe Keen es un camino de ida. Cuando uno empieza a hacerse preguntas en un área de su vida, naturalmente esta libertad se desparrama hacia las demás. “Si uno cuestiona sus valores religiosos, pronto estará cuestionando sus creencias de género. Dirá: ‘El concepto de macho no refleja lo que es ser hombre para mí’. Entonces cuestiona valores como el militarismo y si quiere ser una persona definida por su poderío económico. Eso es recuperar la autoridad sobre la propia vida, no autorizar a nadie a contarla por nosotros”.

Sam sabe de lo que habla. Fue uno de los propulsores de la redefinición de la masculinidad en Estados Unidos a través de sus cursos y talleres y de su libro Fuego en el vientre. Acerca de ser un hombre, en el que cuestionó los principales postulados machistas. Es conocido por sus posturas frontales, con las que enfrenta a la vez a los ateos militantes y a los religiosos fundamentalistas que hoy cruzan espadas en los medios. También coprodujo el premiado documental Faces of the Enemy (Las caras del enemigo), que revela cómo las fuerzas políticas justifican la violencia y la guerra.

–El filósofo Ken Wilber habla de que la conciencia de la humanidad avanza. ¿Lo ve de ese modo?

–El mito de la conciencia libra una lucha mortal con el mito de la guerra. Seguimos dedicando la mayor parte de nuestra energía a pelearnos. El mito del hombre como guerrero está bien vivo. Y hasta las mujeres se han ganado el derecho a esa alienación.

–Pero también avanza el mito ecologista, que afirma que todos estamos interconectados…

–¡Así es! Doy charlas para corporaciones y todas quieren saber la diferencia entre el mito del progreso y el de la interconexión. Han vivido hasta ahora con la idea de que todo mejorará si conseguimos más y mejor tecnología y recursos, y lo cierto es que esto está destruyendo el planeta. Una de las fronteras en la que se librará el viaje del héroe moderno es la ecológica. Hace falta coraje para alejarse de la zanahoria económica lo suficiente para ver lo que esto está haciendo al medio ambiente.

–¿Hay esperanza de que lo logremos?

–No lo sé. Mirá el desastre espantoso que está ocurriendo en Medio Oriente, y la contaminación que generamos a través del uso de la tecnología. La victoria no ha sido declarada.

–Alguna vez dijo que cada uno debe decidir si este es un universo digno de asombro o de terror. ¿Cómo lo siente usted?

–En Apology for Wonder (Perdón por el asombro), un libro que es el corazón de mi obra, empiezo con una cita: “Si existió alguna vez una estrella escéptica, nací bajo su influjo. Pero nunca dejé de vivir pleno de asombro”. Hay que vivir con una sensación de asombro constante, aun en un mundo que alberga el terror. Ese es el gran desafío: ¿cómo aprendo a confiar y a ser empático y compasivo en un mundo donde hay tanto mal? ¡Es el gran viaje del héroe! ¿Nos animamos a ser personas amorosas en un mundo plagado de peligro, odio y terror?

–¿Nos animamos?

–Bueno, ¿qué pasa si no?

(La anterior serie de notas integra el dossier “El viaje de tu vida”, de nuestra edición impresa otoño 2016). 

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