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Sophia - Despliega el Alma

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Varones conectados

26 julio, 2017

El varón nuevo

Ellos cambiaron; hay que reconocerlo. Desde el modo en que se vinculan hasta cómo expresan sus sentimientos, permitiéndose la ternura y la empatía. Por eso, celebramos este nuevo escenario que nos han traído los años: un cambio cultural inmenso, que está en pleno desarrollo.


Por Luz Laici y María Eugenia Sidoti

De vuelta en Ítaca, Ulises ya nunca sería el mismo. Lejos de aquel rey joven, guerrero y arriesgado, su aspecto era ahora el de un hombre tranquilo, con la barba crecida y el cabello lleno de canas. Habían pasado muchos años, la guerra, los peligros, la omnipotencia y la vanidad, y también una gran parte de la vida… Pero un día, más maduro y más sabio, luego de cruzar mares y sortear pruebas, Ulises estaba listo para volver a tierra firme, a casa, a sus afectos, a su hijo adolescente, Telémaco, y a su mujer, Penélope, convertido en un varón nuevo.

Ese personaje mítico que relata Homero en los célebres poemas Ilíada y Odisea, encarna por excelencia la figura del héroe y su viaje de transformación a lo largo de la vida. Este mito heroico parece estar más vigente que nunca en la actualidad, a nivel colectivo: los varones finalmente están volviendo, luego de un largo viaje que duró varios milenios. ¿Adónde? A “casa”, a su interioridad, a su propia alma. Ahí donde las armaduras racionales nunca fueron necesarias, y a una calidez que abandonaron para salir a la lucha. Para convertirse en machos poderosos y en gran medida solitarios, capaces de conquistar el mundo y dominar la naturaleza. Y que, varios siglos después, devinieron en obligados proveedores del sustento familiar, trabajadores exhaustos tan ajenos a sus afectos que muchas veces, por las noches, no lograban abrazar a sus mujeres y a sus hijos. Señores patriarcales, que respondían al deber ser que les era asignado: racionales, eficientes, poderosos. Y aunque alguna emoción les embargara el alma, ni la vulnerabilidad, ni la ternura, ni las lágrimas les estaban permitidas. Simplemente, eso no se esperaba de ellos. Pero en las últimas décadas las cosas fueron cambiando. Bastante.

“Hoy no es necesario llorar para ser sensible (de hecho, las glándulas lagrimales de los varones son menos productivas que las de las mujeres, y esta es una diferencia biológica), ni hay que desarrollar músculos o engrosar la voz para mostrarse fuerte (no es esto lo que se espera de una mujer que lo sea). Un varón tierno, que se permita besar a quienes ama y confesarles sus sentimientos, no será menos fuerte cuando deba serlo. Tampoco el que admita su miedo y actúe con él a cuestas”, escribió Sergio Sinay en su artículo “¿Hay emociones masculinas y femeninas?”, tiempo atrás. En ese texto, invitaba a ver cómo hombres de todas las edades fueron abriéndose, sin descuidar el mundo de la razón –ese terreno conquistado a fuerza de evitar el llanto–, para entrar en el universo de las emociones y vivir esos espacios que antes eran solo de las mujeres: desde la cocina hasta la crianza de los hijos y algunas profesiones “blandas”, como la docencia de nivel inicial o la enfermería, donde es cada vez más común verlos desempeñarse con empatía, sin perder su identidad masculina.

Por eso nació la idea de dedicarles este dossier a los varones. A ellos, los compañeros de nuestra vida: maridos, padres, hermanos, amigos, hijos… Y también a todos aquellos pensadores que admiramos, porque supieron encontrar la sabiduría para cambiar su propio paradigma y hoy andan por el mundo contagiando a otros. Para reafirmar lo que ya intuíamos: que ellos, los nuevos varones, son muchos, muchísimos, y están en todas partes. Entonces salimos a buscarlos, para hacer escuchar sus voces y celebrar el encuentro. Para agradecerles que estén ahí, dispuestos a darnos la mano y alzar la voz. Varones que no solo no esconden, sino que potencian sus
cualidades femeninas. Varones nuevos, capaces de aportar su sensibilidad y su masculinidad, valores positivos, a la fórmula de la transformación, en este momento en que los viejos paradigmas se derrumban. Porque los vimos crecer y cambiar, soltar los viejos estereotipos, ir al psicólogo y entrar a la sala de partos, cocinar y cambiar pañales, construyendo esa nueva identidad, buscando a ese nuevo varón, tal vez menos perfecto pero mucho más completo, más humano. Por todo esto les damos un abrazo de bienvenida a Sophia, a esa sabiduría ancestral que hoy compartimos, varones y mujeres. Han recorrido un largo camino, muchachos. Los estábamos esperando. 

Recorrieron un largo camino y hoy gonzan de una mayor conexión emocional.

Transformación al andar

Protagonistas de una nueva cultura en la que la paternidad asume un rol fundamental, tanto para sus hijos como para ellos mismos, los varones de hoy trabajan para revertir viejos modelos, construyendo espacios de mayor conexión. Quizás, uno de los datos más significativos sea el aumento del ingreso de padres a la sala de partos para presenciar el nacimiento de sus hijos. Según fuentes oficiales de la provincia de Buenos Aires, en los últimos años, los casos de “maternidad segura en familia” se cuadruplicaron: pasaron del 16% en 2010 al 65% en 2014. En algunos países, como Inglaterra, los padres que presencian el parto llegan al 95%. La paternidad fue justamente lo que modificó la vida de Martín Kairuz, CEO de una compañía internacional de lencería femenina, casado desde hace más de veinte años con una importante ejecutiva, con quien comparte la crianza de sus tres hijas mujeres. “El clic fue cuando nació mi primera hija. Trabajaba en otra empresa y, hasta entonces, siempre me quedaba en la oficina ‘un ratito más’. Pero a partir de ese momento empecé a querer pasar más tiempo en casa y cuando me iba, aunque fuera tarde, me decían: ‘¿Cómo que te vas…?’. Al principio me dolía, pero comprendí que no debía sentir culpa por querer llevar mi hija al pediatra, o por querer verla antes de que se quedara dormida. Fue así como decidí cambiar de trabajo. La infancia de un hijo es un momento fundamental en la vida, y en temas de crianza, no es lo mismo hoy que el año que viene. Si no estás ahí para ver crecer a tu hijo, te lo perdiste. Yo no me lo quería perder”, asegura este papá que decidió salirse de los patrones machistas que no solo se ejercen sobre las mujeres, sino también sobre aquellos varones que quieren estar más conectados con su lado afectivo.

Ernesto Santamaría es otro ejemplo del cambio: el creador de La Bioguía –la mayor comunidad digital de Iberoamérica de la nueva cultura sustentable–, cada día, al despertarse, medita durante un buen rato. La práctica se integró a su vida luego de una fuerte toma de conciencia. Un día, inmerso como vivía en el mundo de la moda, se mudó a Estados Unidos, donde terminó viviendo en una ecovilla, y comprendió que, lejos de la zona de confort, había mucho por construir para que todos los seres de la Tierra pudieran vivir mejor. En definitiva, como él dice, “la vida en el mundo se estaba muriendo”. Así, en 2007, y ya en la Argentina, creó un proyecto para darle visibilidad a un nuevo modo de vida y potenciarlo, expandiendo sus horizontes. En ese devenir, Santamaría comparte proyectos que incluyen desde casas que cuentan con más techos verdes o reutilizan agua de lluvia hasta otros tantos que fomentan el cuidado ambiental, la vida sana y la protección de la naturaleza. “Pero, eso sí –dice–, el cambio va a venir, definitivamente, desde lo femenino. Hace años que venimos desbalanceados energéticamente con sociedades patriarcales y machistas, y la única manera de lograr justicia, equidad y sustentabilidad es integrándonos”, explica este varón cuya empresa está compuesta en un 90% por mujeres.

Con un mayor sentido espiritual

En la carta encíclica Laudato Sì, el papa Francisco centra su mirada en el cuidado de nuestra casa común, sobre la base de la figura de San Francisco de Asís, quien recordaba que “es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos”. Sus palabras reflejan el daño que le hemos provocado al planeta a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes, y sostiene que “el desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral”.

Cuando el actor y director Boy Olmi finalizó su documental Jane & Payne, en el que registra el encuentro entre Jane Goodall y Roger Payne –dos leyendas de la conservación– en el campamento de observación de ballenas de la Patagonia argentina, viajó a Roma para encontrarse con la protagonista y compartir el resultado. No había imaginado entonces que tendrían la oportunidad de juntarse con el Papa, entregarle la película en mano y contar con la primicia de la encíclica: uno y otro abordaban la actualidad y posibles soluciones a problemáticas ambientales y sociales. “Fue como si él hubiera avalado, en la intimidad de nuestro encuentro, lo que yo estaba proponiendo –comparte Boy a Sophia–. No tengo una práctica religiosa activa pero sí una integración con el camino espiritual permanente. Mi deseo más profundo es integrar las partes; el cuerpo y el espíritu son una misma cosa, una y otra persona somos parte del mismo planeta, y la responsabilidad de los economistas y los meditadores, por ejemplo, es compartida. Es decir, debemos empezar a integrar(nos) para resolver lo que es común a todos. Y esto tiene que ver con el tejido de la vida, que nos lleva a preguntarnos por la felicidad, que es lo que nos moviliza. Si ese sentido es ser feliz, esa felicidad empieza a ser más auténtica cuando es expandida y compartida. En un horizonte corto, la felicidad no puede ser completa, profunda, verdadera: no se puede ser feliz desoyendo la falta de felicidad ajena”.

El encuentro entre Jane & Payne, retratado por el documental de Olmi.

En el transitar hacia el equilibrio, las conquistas intermedias también son inspiradoras. En el ámbito de la justicia, el juez Fernando Ramírez –integrante del Tribunal Oral en lo Criminal N° 9– acompaña desde sus orígenes al colectivo de la Asociación de Mujeres Jueces de la Argentina (AMJA) y cuenta cómo las mujeres tuvieron –y tienen– que batallar mucho dentro de la corporación judicial para llegar, por ejemplo, a un cargo en un tribunal. Ramírez fue el juez del caso Ángeles Rawson, y el primero que aplicó en su sentencia la figura del femicidio. En conversación con Sophia, recupera la frase de una colega magistrada para dar cuenta de la necesidad de modificar, en su ámbito de acción, estructuras conservadoras y anquilosadas: “Cuando comenzamos a realizar cursos de capacitación con la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema, una ministra de una corte provincial se mostraba medio reacia a los ejercicios de sensibilización sobre las cuestiones de género. Sin embargo, terminó siendo una promotora de la incorporación de esta perspectiva a las sentencias y tratamientos judiciales. Y resumió, de modo muy simple, lo que vivió: ‘Tuve que cambiarme los anteojos’, dijo. Eso es lo que sucede: cuando uno logra correrse de su verdad y mirar con otros ojos la realidad, las cosas cambian”.

O se integran, esa idea que tanto defiende Boy: “Con mi amigo Dylan Williams, sumamos su capacidad para comunicar en streaming a mi capacidad para transmitir emociones. No hablo de fusión, que anula las partes, sino de integración. En nuestro caso, conectando cerebro y corazón en un marco artístico que se configura como la llave para abrir los corazones de los individuos, utilizamos las herramientas de la comunicación para sumarle el contenido más elevado posible. Si llegamos al corazón de las personas, pondremos semillas en cada una y en cada área –trabajo, escuela, casa, etcétera– para que germinen y se multipliquen. Ya sea en la playa, en el agua o en la montaña, es posible reconocer la trascendencia desde la sencillez de las cosas. Pero, claro, buscar ese detrás requiere un compromiso, no quedarse en las formas o en las palabras, sino abrir el corazón para que las cosas ocurran de manera diferente. Y si abrís el corazón, la luz, inevitablemente, baja”.

Sumergido en un ámbito común, también cerca del mundo sensible, el director Miguel Zeballos (40 años) se suma a este encuentro de voces, para dar su testimonio: “Cuando mi hijo no existía, yo era apenas un fragmento de aire desvaneciéndose en el vacío. Ahora somos viento, roca, montaña. Todo esto, dicho poéticamente, significa que su vida validó la mía: el nacimiento de Bruno puso las cosas en perspectiva y el aporte que hace cada día es enorme. El tiempo y los espacios de trabajo son aprovechados al máximo, algo que supongo que le pasa a cualquier padre. Pensar la vida, el cine y el arte, en este caso, como una búsqueda constante, como un territorio donde lo más importante es arriesgar aunque en el resultado final haya fracasado, es algo que solo puedo sostener porque mi mujer y mi hijo están cerca. Siento que tengo el tiempo y el lugar para hacer cualquier cosa porque me siento protegido por ellos, y espero que también ellos sientan la misma libertad de movimiento. Mi mundo no cambió con la llegada de la familia, sino que se hizo más poderoso: mis ideas y mi relación con el cine se plantaron de una manera espiritual y sin su ayuda no lo habría logrado. Con respecto a la idea del ‘macho’, al menos entre nosotros, eso nunca existió. Pero aunque es una relación de iguales –ambos debemos trabajar y nos gusta–, me encuentro muchas veces lidiando con esa tradición patriarcal que nos ha complicado la vida. Mientras tanto, trato de ser mejor y más paciente”, comparte.

En la búsqueda del equilibrio

Luchar juntos, amorosamente

Por Francisco Donovan (32 años)*

Llueve copioso. Me dirijo al Obelisco. No tengo paraguas. Una procesión de mayoría femenina se agolpa en los alrededores. Hay algunos varones, pero somos los menos. Los cuerpos empapados no acusan recibo. Las prioridades comandan. La lluvia no inhibe el grito. Me mezclo. Veo paraguas, banderas, sonrisas, abrazos; veo caras serias también. Escucho bombos, vendedores y algún megáfono perdido que grita consignas que no llego a entender. Me gustaría poder entender. Es extraño ser varón entre tantas mujeres. Pero quiero estar acá, quiero acompañar. Una columna humana se desprende por Corrientes en dirección al bajo y me acoplo. Marchamos y llueve y no puedo evitar sentir la emoción de formar parte del conjunto. La columna se va desintegrando. Escucho a una chica gritar: “Están yendo por Diagonal Norte y por Avenida de Mayo”. El tejido está vivo y se comunica. Doblamos por Florida y nos encontramos todos frente a la Casa Rosada. De repente se escucha un llamado tribal, entonando el sonido “U” de manera reiterativa. Como los chicos cuando juegan a los indios, pero esta vez es en serio, no hay juego. Piel de gallina. Un llamado que organiza la lucha. El megáfono flotante desapareció pero las consignas se replican por todas partes. Ahora puedo escucharlas: “Vivas, vivas, vivas nos queremos”. Luchar amorosamente, como la fuerza blanda del agua que modela el mundo. Que el mensaje nos empape, nos empape como esta lluvia.

*actor y escritor

Boy Olmi, para seguir pensando, retoma una idea común: poner en el centro al ser humano. “Varones y mujeres somos, como en el yin y el yang, parte de una única energía. Es cierto que tenemos una enorme diferenciación, desde nuestra contextura y nuestras más evidentes características y polaridades. Pero al mismo tiempo, si nos miramos desde esta integralidad, somos la misma especie –explica Boy–. Que hoy las mujeres tengan que hacer oír su voz de una forma sonora, como hicieron en la marcha del ‘Miércoles Negro’, no implica que debamos estar enfrentados en dos bandos. Varones y mujeres tenemos que caminar de la mano para construir un mundo mejor, cada uno ocupándose de lo que mejor puede hacer. Es obvio que la mujer tiene la capacidad de una maternidad que los varones no tenemos. Durante el embarazo de la madre de mi hijo, dormí los nueve meses con una almohadita arriba de la panza, pero fue casi inconsciente: no era una prueba de psicomagia, era algo que espontáneamente me ocurría mientras ella gestaba a nuestro hijo”. El actor, que por estos días protagoniza la obra Casa Valentina, donde  interpreta a un varón que, a veces, se viste de mujer, se reconoce poseedor de condiciones femeninas desde siempre: “Este papel me generó la posibilidad de jugar con algo que reconozco, que tiene que ver con la receptividad y la delicadeza”, concluye.

En el camino hacia un mayor bienestar y equilibrio planetarios, hay otros varones, sobre todo los más jóvenes, que proponen un intercambio donde las manos se unen en forma paralela y equitativa, configurando redes de contención que se nutren y retroalimentan. Una lógica evolutiva, de apertura e interconexión. Santiago Siri, fundador del Partido de la Red y Democracy Earth –un espacio incorruptible de gobernanza tecnológica para pequeñas y grandes comunidades–, hace su aporte: “El avance de la información fue rompiendo con la verticalidad del conocimiento que, tiempo atrás, ubicaba la sabiduría en los padres y los abuelos. Hoy, los jóvenes saben más que los adultos puntualmente sobre dos temas: medio ambiente y tecnología digital. Esa conciencia global, sin fronteras, es fruto de la abundancia de información que va en aumento y pone más conocimiento y más poder en las nuevas generaciones. ¿Qué valores impulsa? Hay una gran transformación de valores: el impacto de la tecnología moderna y de las redes en la vida cotidiana transformó hábitos biológicos de las personas y generó mayor concientización en nuestra especie”.

Desde su lugar de trabajo, Siri subraya la trascendencia de lo digital, que no reconoce estructuras de poder preestablecidas y tiende un puente hacia la democratización más absoluta, a la multiplicidad de voces y a las responsabilidades conjuntas. Pero también hacia una mayor conexión puertas adentro: “Mi hija Roma va a cumplir un año, y acompañarla es un proceso de aprendizaje. A diferencia de los varones de la generación de mis padres, cambio pañales y estoy en casa cuando mi mujer sale a trabajar. En ese cambio de roles, que es bastante común en la vida moderna, pienso que la tecnología posibilitó una emancipación. Mi hija nació en San Francisco, el centro de innovación tecnológica más importante de los últimos años; una ciudad diversa y abierta de mente, donde hay menos violencia y maltrato entre las personas. Por eso sueño para ella un mundo con mayor tolerancia”, define este papá que cree en el valor de las personas y sus contribuciones, a la hora de una construcción conjunta. “Es el paso hacia un nuevo tipo de soberanía, que ya no es la de la tribu, ni la del rey, ni la de los Estados: a medida que nos conectamos en redes digitales, damos pie a una soberanía personal con herramientas que nos conectan más allá del control burocrático de turno. La tensión cloud (corporaciones para controlar la Red) versus land (nacionalismos, populismos y formas de gobierno del pasado) tiene que dar paso a la descentralización: darle entidad a la soberanía personal, sin intermediarios de poder ficticios, como los políticos o los banqueros. Romper esa intermediación es uno de los actos más revolucionarios de la actualidad y todos tenemos las herramientas a nuestro alcance para participar del proceso”, señala.

Integrante de otra generación, Francisco Quintana trabaja en política a la vieja usanza: preside el bloque Unión Pro de la Legislatura porteña y es Secretario General de Pro Argentina, espacios desde donde trabaja en la erradicación de una cultura machista que durante siglos guió la toma de decisiones en nuestro país. “Es justo decir que la Argentina ha liderado en América latina la integración de la mujer en la vida política. En 1951, fue pionera al aprobar el voto femenino, y en 1991, al establecer un cupo del 30% de mujeres en las listas de candidatos a los cuerpos legislativos”, destaca, y reconoce que la reforma política ya está en marcha y requiere el trabajo de todos. “Al tiempo que las mujeres conquistaron cada vez más espacios en los ámbitos de decisión pública, los ataques y la persecución por género aumentaron notablemente. Aun frente a progresos institucionales valiosos en materia de igualdad, la mujer sigue siendo víctima de violencia y es sometida por el arraigo del machismo. Mientras esto continúe ocurriendo, sentiremos que ningún avance institucional es suficiente –subraya, aunque su mirada es esperanzada–. Necesitamos llevar adelante una política de transformación que rompa con actitudes y paradigmas arraigados en falsos estereotipos, que los jóvenes incorporan desde temprana edad. Es esa cultura que muestra una disparidad entre varones y mujeres la que todavía se ve en nuestras escuelas y se enseña en algunas casas. Es esa cultura la que mata. Y es esa cultura la que tanto ellas como nosotros debemos transformar”, sintetiza.

El trabajo por delante no es menor. Pero ellos, los nuevos varones, llevan entre sus manos una luz mágica y son voceros de una revolución que ya comenzó. Como escribió el escritor francés Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos, sino en tener nuevos ojos”. Y hacia allá vamos, mujeres y varones subidos a un mismo viaje y con la conciencia de haber aprendido algo, como bien dijo Sergio Sinay, en la Jornada Anual de Voces Vitales Argentina celebrada en septiembre pasado: “Los paradigmas van cambiando poco a poco, pero es importante poder ver que con un solo sexo no se crea ni se recrea ni se mejora el mundo. Tenemos que hacerlos juntos, nos necesitamos unos a otros”.

Juan Carlos Kreimer

“Los hijos trajeron otra conciencia”

Dice el escritor y docente Juan Carlos Kreimer (1944) que todo comenzó durante los años ochenta, de la mano del feminismo, cuando muchos se encontraron frente a una realidad: debían acompañar a las mujeres en el recorrido, incorporando los nuevos postulados a sus propias vidas. “En esa revisión, muchas características masculinas salían golpeadas. Patriarcado y machismo eran algunas de las ideas que debíamos desterrar. Entonces, comenzamos a sentir que se trataba de derribar viejos paradigmas, pero también de rescatar aspectos positivos de nuestra masculinidad”, señala.

Kreimer comenzó a juntarse con otros varones, para reflexionar  sobre la vida, para hablar y rehacerse. De esos encuentros nació Rehacerse hombres: cómo dar nuevos sentidos a la masculinidad (Planeta, 1994), un libro donde el escritor sintió la necesidad de compartir que eran muchos los no estaban siendo felices en su rol de machos dominantes y proveedores.   “Descubrimos que sentíamos cosas parecidas, que no estábamos solos. Fue un proceso muy interesante, porque nos empoderamos desde un lugar diferente, más abierto y contenedor, respetándonos como varones, pero con una mayor conciencia del otro y expresándonos de otra manera. En aquel entonces tenía 45 años, me encontraba en la mitad de la vida y, como muchos, sentí la necesidad de revisar, de madurar, de ser más sabio”.

Hoy, Kreimer asegura que la mayoría aprendió a andar el camino de la mano de sus propios hijos. “Ellos trajeron otra consciencia. Los valores patriarcales con los que nos habíamos criado ya no eran visibles en ellos”.

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