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24 abril, 2017 | Por

El tiempo entre libros

En las bibliotecas públicas y populares hay mucho más que libros: personas e historias nos esperan para contarnos que hay vida más allá de nuestros propios sueños. ¡Sigamos celebrando el Día del Libro!


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Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

“Poema de los dones”, de Jorge Luis Borges.

Los hay de a montones. De colores, ilustrados. Pequeños y grandes. Con las páginas dobladas o subrayados. Y, tantas veces, con souvenires de yapa: flores secas, señaladores para marcar “esa” página, boletos capicúas que ahora son pasajes a la nostalgia y hasta pensamientos escritos a mano por antiguos dueños, que encontraron inspiración allí, en las palabras de otro. En las bibliotecas públicas hay de todo y para todos. Sobre todo, hay historias.

Quienes aman las lecturas saben que, frente a los estantes llenos de libros, hay tres momentos fundamentales. Primero, la contemplación –emoción, alegría– de ese paraíso, que supo expresar el propio Jorge Luis Borges. Luego, la búsqueda de títulos con el dedo por los lomos llenos de polvo, ordenados o dispersos… qué aventura. Y, finalmente, el encuentro con la textura y el olor a ese libro que fuimos a buscar o que encontramos de pura casualidad. Entonces, otro mundo se nos ofrece, de brazos abiertos.

Claro que en el mundo de los libros las cosas se han puesto raras. Lo dice Evelina Rucci, y también Elba Rodríguez, quienes a sus 75 y 84 años, respectivamente, dirigen la biblioteca pública Bartolomé Mitre, ubicada junto a las vías de la estación Coghlan. Entre tren y tren, ellas reciben, ojean, restauran y guardan (puro amor y cuidado) esos tesoros en el lugar correspondiente. “Tenemos cerca de doce mil títulos, de los cuales ocho mil ya están clasificados”, explican, orgullosas. Pero con cierto pesar reconocen que hay quienes han dejado de ver en ellos un valor. “Nos dejan bolsas de residuos llenas de libros en la puerta. Ni una nota contándonos algo acerca de ellos o por qué los dejan. Se desprenden, sin más, tal vez para ganar espacio, porque las casas ya no tienen lugar. Lo bueno es que acá siempre son bienvenidos”, cuentan.

Según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales y Entorno Digital publicada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, la tasa de lectura de la Argentina está entre las más altas de Latinoamérica. En todos sus formatos: diarios, libros, revistas y pantallas. Y aunque la mayoría lee diarios, un 56% consignó haber leído al menos un libro en el último año. ¿Si se leen libros en formato digital? Según el estudio, por ahora un 8%.

“Tener un libro en la mano es una emoción que no da la computadora. Soy de la vieja ola, me gusta ingresar en una historia página a página. Un libro está vivo, tiene alma”, opina Elba, y Evelina destaca: “Esta biblioteca es la oreja del barrio. Acá vienen los vecinos a buscar lecturas, pero más que todo, a contarnos cosas y a leernos algún fragmento que les gustó. Había muchos chicos que venían del colegio a buscar un cuento, y hoy, que son grandes, traen a sus propios hijos y nos agradecen haber crecido entre estas historias”.

Bibliotecas de puertas abiertas

Libros de cuentos, textos académicos, novelas… Las bibliotecas públicas conjugan una diversidad única de intereses, de ahí su gran valor (¿quién no se sintió feliz de encontrar un ejemplar raro y llevarlo a casa, sellado, para luego devolverlo a la circulación universal?). La Encuesta Nacional de Lectura constató que 7 de cada 10 argentinos se consideran lectores de libros. El 26% intensivo y el 42% ocasional. Y la gran mayoría respondió que la estimulación temprana a la lectura influyó de manera fundamental a la hora de crear el hábito, aunque hoy por hoy el desafío es que los chicos, además de leer, comprendan y reflexionen sobre lo los textos.
En Argentina, casi un 90% de los colegios dispone de biblioteca, exclusiva o compartida. La Biblioteca Nacional Mariano Moreno cuenta con la mayor colección de piezas del país: 800 mil libros, que incluyen valiosos ejemplares (también dispone de un catálogo digitalizado en www.bn.gov.ar). En la Ciudad de Buenos Aires hay 27 bibliotecas públicas municipales, y se puede ser socio de todas ellas llenando un mismo formulario online: www.buenosaires.gob.ar/cultura/bibliotecas.
Además, existen 2087 bibliotecas populares agrupadas por la CONABIP a nivel nacional (podés consultar la nómina en www.conabip.gob.ar), que incluyen desde lecturas hasta actividades culturales, como talleres de arte y espectáculos. Eterno valor que, quienes amamos leer, no podemos más que celebrar.

Tesoros de todos

La biblioteca pública Bartolomé Mitre fue inaugurada en julio de 1967, en la sala de espera de la boletería, y fue la primera biblioteca del mundo instalada en una estación de trenes. Pero en 1991, por esas cosas de la desidia y la burocracia pública, el gobierno decidió cerrarla y los libros fueron a parar a un viejo depósito. Con el esfuerzo de la Asociación Amigos de la Estación Coghlan y la solidaridad de los vecinos, se logró su reapertura, en 2000.

Evelina, que llegó a la biblioteca en 1974 (un año después de mudarse al barrio de Coghlan), nunca dejó de visitarla para ayudar. “Cuando era joven, trabajaba como auditora contable en una empresa y tenía hijos chicos. Pero en cuanto me jubilé, me metí a trabajar acá, siempre ad honórem, hasta ahora”. Elba, en cambio, llegó en 2002, luego de perder a su marido. Y cuando nada parecía poder sacarla de una profunda depresión, la biblioteca la ayudó a dar vuelta la página. “No salía de casa, pero un día vine y sentí que era la puerta de entrada a mi nueva vida –confiesa, feliz de estar sana gracias a los libros, esos que amó desde chica–. Yo quería estudiar, pero en mi época tenías suerte si te podían pagar los estudios más allá de sexto grado”.

Según cuentan, hoy la mayoría de las personas que visitan la biblioteca son mujeres y tienen más de 40 años. El costo para asociarse es de veinticinco pesos por mes, o de doscientos cincuenta al año, como reza la “promo” escrita en un papel pegado a la pared. Se pueden sacar libros a gusto, sí, siempre y cuando no haya devoluciones pendientes. Y también hay lugar para otro tipo de actividades, como cuando reunieron a un grupo de personas en situación de calle, chicos y grandes, para enseñarles un oficio. ¿El resultado? Muchos de ellos consiguieron trabajo y salieron adelante.
“Luchamos las dos solitas por hacer de este lugar un espacio abierto. Varias veces nos inundamos y perdimos muchos ejemplares; fue triste. Por suerte, ahora también tenemos una plaza acá afuera y llegan muchos chicos; es muy importante que ellos se acerquen a la lectura. Y si alguno se resiste, una le trae juguetes para entretenerlo, mientras se apura a bajar los cuentos más lindos, que están en aquel estante…”, señalan. Es que los libros tienen eso: las historias que nos prestan son inagotables.

Archivo abril de 2015.

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