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Sophia - Despliega el Alma

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Pareja

30 marzo, 2010

Él te manipula, ¿y vos qué hacés?


¿Es normal que mi marido me hable así? ¿Será que tuvo un mal día? ¿Soy yo la equivocada? ¿Estaré exagerando? Muchas veces nos hacemos preguntas de este tipo, nos sentimos confundidas, sabemos que en la vida en pareja no todo es tan fácil, que en la convivencia hay que ceder en algunas cuestiones… pero ¿dónde esta el límite? ¿Qué hay que tolerar y qué no podemos permitir? ¿Cuándo una relación se vuelve destructiva? Por Marta García Terán. Fotos: Getty Images.

Clara, 40 años.

Agustín y yo nos conocimos cuando yo tenía 15 y él, 19. Él estaba en la facultad y yo, en el colegio. Me acuerdo de que lo que más me gustó de él fue su seguridad. Era muy buen deportista, de esos tipos que se destacan. Los amigos lo tenían como un ídolo… Estuvimos de novios ocho años y en ese tiempo yo empecé a tener algunas preocupaciones. Lo primero que me llamó la atención fue que nada era culpa de él; cuando le pasaba algo era culpa de otro. Y el lugar que me daba a mí siempre era el segundo, el tercero o el cuarto. Otra preocupación, muy grande, era que a veces reaccionaba con agresividad verbal. Todas estas señales me hacían sentir mal, pero yo no podía verlo.

Recuerdo que cuando me recibí hice una fiesta y me compré un vestido. Me lo probé en mi casa y se lo mostré, ilusionada. Cuando le pregunté cómo me quedaba, me dijo: “Te queda horrible; te hace piernas de jugador de fútbol”. Me angustié, pero en ese momento no pude reconocer eso como angustia. Aunque sentí un sabor amargo, no sabía qué era.

Siempre tuve que cuidarme, porque tengo tendencia a engordar, pero a los 22 años pesaba 58 kilos y mido 1,68. No estaba gorda, pero me sentía obesa, porque él me lo hacía sentir. Yo disfrutaba de la comida y él me miraba con cara de traste y me decía: “No podés comer tanto” o “¿Pensás seguir comiendo?”. Me sentía mal, porque él me hacía sentir que yo no estaba haciendo lo que debía hacer, o sea, estar divina para él.

Además, me menospreciaba delante de la gente. Cuando estábamos con amigos y yo daba una opinión, me retrucaba, me desvalorizaba delante de todos. Al principio, la dejaba pasar, porque no quería pelear en público, pero un día le pregunté: “¿Me vas a seguir desvalorizando frente a los demás?”. Me lo negó, terminamos a los gritos, y me trató como si yo fuera una loca.

Así fue hasta casarnos. Yo estaba enamorada y aunque veía esas cosas, se las perdonaba… En un momento pensé en cortar, pero no me sentí fuerte como para hacerlo; me daba miedo porque pensaba que lo quería, que lo necesitaba. Si me hacía algo y yo me quejaba, él me envolvía con palabras y volvía a lo mismo.

Finalmente, nos casamos. El primer año fue bueno, como un matrimonio chapado a la antigua, porque yo hacía las cosas que debía hacer: además de trabajar, me ocupaba de todas las tareas de la casa, todas, y los fines de semana me acoplaba a sus programas. A lo mejor le decía: “¿Te parece que un fin de semana hagamos algo distinto?”, y comenzaban las discusiones.

Cuando empecé a reclamar cosas para el crecimiento de la pareja, y para el mío (porque todo era para él), el clima comenzó a ponerse tenso. Yo llegaba de trabajar todo el día, cansada, y le pedía que me ayudara con la casa. Él me decía: “Si estás tan cansada, dejá de trabajar y yo te mantengo”. Pero yo no quería abandonar mis proyectos pesonales.

Las cosas fueron empeorando. Agustín llegaba a casa, decía “hola” y se sumergía en su computadora. Yo le preguntaba qué quería comer, hacía la comida y cuando estaba lista lo llamaba. Él me hacía esperar siempre y la comida se enfriaba. Se tomaba veinte minutos como mínimo para venir, y cuando probaba el primer bocado, me gritaba que estaba frío. “Esto está helado y horrible”. Yo lo calentaba, él lo volvía a probar, me decía que seguía estando horrible, se ponía a gritar, se iba a la computadora y me dejaba sola. Esta situación se repetía todos los días y yo sentía una impotencia tremenda. Era un desprecio: desvalorizaba esa ofrenda que le hacía con todo amor, y yo lloraba a escondidas. Ni siquiera se lo podía decir, porque él tomaba distancia o gritaba de una forma que me hacía temer que pasara a otra instancia más agresiva. Entonces, me callaba.

En ese tiempo, yo planeaba empezar a trabajar sola y quería compartir mi preocupación con mi marido, pero él me decía que no quería escuchar problemas: “Andate del laburo y punto”. Al año de estar casados, pensé que estaba embarazada. Él reaccionó a los gritos: “Cómo puede ser, si nos cuidamos; es imposible, esto es culpa tuya”. Fue terrible, estaba destruida, no lo podía creer. Cuando me tranquilicé, le dije que no podía reaccionar así, que uno debía alegrarse por la llegada de un hijo. No me olvido más de esa imagen: él estaba tirado en la cama, con los brazos detrás de la cabeza, me miraba impávido y me dijo: “Bueno, si te hablé mal, no me di cuenta, pero es culpa tuya”. Le dije que las cosas se hacían de a dos y que no entendía su planteo; me di cuenta de que no tenía nada más que decir y me fui a caminar. No podía parar de llorar, pero no quería que me viera así porque su reacción me daba mucho miedo.

En ese momento se me prendió una luz enorme, como ésas de semáforo, que me decía “alerta”, y pensé: “Este tipo no me quiere y no quiere tener hijos conmigo, y yo tengo que cuidarme porque tampoco quiero tener hijos así”. Sentía que no aguantaba más esa situación: era muy violento. Después de eso, el clima se volvió mucho más tenso. Yo me esforzaba por agradarle, estar linda, más atractiva, y él ni me miraba. Encima, estaba hinchada; hacía régimen, pero no daban en la tecla con lo que tenía.

Me sentía mal y necesitaba reafirmarme, pero él ni me miraba. Me sentía invisible. Los fines de semana se despertaba y se iba solo. Lo único que me decía era: “Me estoy yendo, chau”, o “¿Querés venir?”. Nada más.

En un momento lo tuvieron que operar y pasó en cama varias semanas. Estaba de un humor de perros y el maltrato que sufrí durante su convalecencia fue lo peor que me pasó en la vida. Lo único que hacía era gritarme y decirme que yo hacía todo mal. Además, dejó de dormir conmigo y se mudó al cuarto de al lado, porque decía que prefería estar en un lugar solo, sin que nadie lo molestara. Como la única que vivía con él era yo, supongo que ese “nadie” se refería a mí. Me sentí rechazada como ser humano, ya no sólo como mujer.

Un día le pregunté qué le pasaba y él me contestó: “Ya no me atraés más”. Lo poco que me quedaba de autoestima se fue al piso. Me destruyó. Sentía que no podía gustarle a nadie nunca más… Al final, volvió al cuarto. Yo trataba de conversar y era como hablar con la pared. Él siempre decía: “A mí no me parece, sos muy exagerada”.

Agustín no creía que me trataba mal, no pensaba que era una agresión, no veía que hubiera un problema con lo que hacía; por lo tanto, no sentía que tuviera que disculparse. El nunca sintió culpa. Yo no contaba lo que pasaba en casa, porque socialmente él era un tipo simpático, seductor, y a la gente le caía bien. Nadie me habría creído; de hecho, cuando pude contarlo, algunos no me creyeron.

La situación llegó a un punto insostenible. Agustín me ignoraba por completo, o a lo sumo me ponía cara de asco, por la comida o por lo que fuera. Había días en que le pedía fuerzas a Dios, porque no podía más, hasta que un día lo mire y le dije: “No sé qué hacemos juntos. La verdad es que me quiero separar”. Él se quedo mudo, hizo un bolso y se fue.

Me separé hace nueve años y me llevó todo este tiempo poder entender la experiencia que viví, porque al principio no podía ni hablar. Creo que me salvó el instinto de supervivencia, esas pequeñas señales que uno a veces deja pasar, pero que, cuando son reiteradas, hay que escucharlas, darles importancia, por más que parezcan pequeñas sensaciones… Si te llama la atención algo que está mal, es necesario darle bolilla. La terapia también me ayudó mucho. Me abrió los ojos. De lo contrario, yo habría seguido justificando a Agustín. En terapia tuve que trabajar la autoestima, porque estaba permitiendo situaciones que no correspondían. Esto es algo muy difícil de reconocer, por una cuestión de orgullo, pero tuve que hacerlo. Más allá de que él haya sido un h… de p…, yo tengo que hacerme cargo de mi poca autoestima, que no era alta ni tan baja, pero que él limó del todo. Tuve que entender que la solución debía venir de mí, de mi interior.

Creo que también contribuyó al problema el modelo cultural de familia que hemos recibido: el hombre proveedor, y la mujer, madre y esposa sumisa. Aunque yo era tan proveedora como él, tenía que bancarme todo y hacer que el matrimonio funcionara, y si me trataba mal, debía soportarlo.

Sólo después de dos años de separada pude pensar en salir con hombres. Empecé a mirar a todos con lupa, me fijaba en cómo eran conmigo, cómo reaccionaban frente a mis decisiones, si eran fríos… En terapia me enseñaron a preguntarme cómo me siento en una relación. Con Agustín siempre sentía que estaba en falta, porque es un tipo narcisista, manipulador, y siempre iba a ser así. Hace unos años conocí a Santiago y él, con paciencia, me ayudó a superar todos mis “rayes”, me dio contención, amor, y me aceptó como soy. Nos casamos hace dos años, tenemos un bebé y estamos felices. Le agradezco a Dios esta oportunidad. Santiago me demuestra todos los días lo que es que te quieran, que te quieran bien.

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