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22 enero, 2018 | Por

El sueño de que los chicos duerman

Tener un hijo nos trae una alegría sin fin y un nuevo dilema existencial: dormir o no dormir será la gran cuestión durante los primeros tiempos. ¿Cómo no ser un zombi en el intento?


¿Te pasó alguna vez, al escuchar a otra madre referirse a la rutina de sueño espectacular de su bebé, que los ojos se te llenaran de lágrimas y sintieras de pronto el impulso de aferrarte a ella, de rodillas, para pedirle auxilio? A mí sí. Años atrás, mi hijo recién nacido se pasaba la noche llorando sin razón aparente. Descansaba un rato y se despertaba. Lo mismo la siesta: en el tiempo que corría al lavarropas para colgar el primer body limpio en el tender, ya estaba otra vez con sus reclamos de barítono.

Enseguida descarté la opción de dejarlo llorar. En serio, me habrían denunciado los vecinos. Probamos de todo, incluso el colecho de emergencia: ovillo de cuerpos necesitados de soluciones concretas, o de un colchón King Size. Hasta que logramos hacerlo dormir en su cama. Con días mejores y peores, sí, pero de corrido. Y aunque a esa altura mis ojeras eran enormes, la felicidad resultó proporcional.

Su pediatra se llama Eduardo Peszkin, coordina el área de Atención Ambulatoria del Garrahan y dirige Pediatría Palermo. Él sabe de sobra cuánto lidié con el sueño discontinuo de mi niño, ¿cómo no consultarlo para esta nota? “Durante los dos primeros años se estima que entre el 25 y 30% de las visitas al pediatra están relacionadas con algún problema ligado al sueño. Desde el nacimiento, todos los niños tienen un reloj biológico en el control del sueño y la vigilia que se irá modificando a medida que crece y adquiere nuevas pautas madurativas. Inicialmente, el recién nacido no respeta la noche, y se despierta varias veces. A partir del tercero o cuarto mes, los despertares nocturnos disminuyen y aumenta el tiempo de reposo. Para ajustar ese reloj biológico, el bebé necesita estímulos externos y serán los padres quienes aprenderán a manejar la luz y la oscuridad, el ruido y el silencio”, describe Peszkin.

Es un hecho que el mal sueño puede obedecer a causas orgánicas y es importante descartarlas: hambre, frío, calor, reflujo, gases o irritación en la zona del pañal, entre otras. Conforme crecen, aparecen también los terrores nocturnos y el famoso “se pasó de revoluciones”, temible consecuencia de un día movidito. Por suerte, también hay infinidad de formas de dormir a un hijo reluciendo bajo el sol de un nuevo día, aun cuando hayamos tenido una noche pésima.

La insoportable levedad de los métodos

Hay quienes defienden el apego total, lo que supone que hay que quedarse con él hasta que se duerma. En la otra vereda están las teorías que sostienen que hay que dejar al niño solo, aunque llore y patalee, hasta que se acostumbre. En el medio, otros aseguran que ningún extremo es bueno. Y también estamos las personas de carne y hueso, haciendo camino al andar. Porque aunque las fórmulas “exitosas” venden infinidad de libros, a veces generan la extraña sensación de que fueron escritas para quienes sí saben cómo implementarlas. No como mi amigo Juan, que pasó largas noches durmiendo junto a la cuna funcional de su hija. “Empiezo sentado, dándole la mano a través de los barrotes, y termino rendido en el piso”, me confesó en una de nuestras catárticas charlas sobre prácticas parentales dudosas. Mauricio Koch, autor de Cuadernos de crianza (Paidós), comparte con dulzura y mucho humor su trayecto soñando (aunque sin pegar un ojo) junto a su hija Gretel. En un autocuestionario sobre el tema, Koch se pregunta a sí mismo cómo hacen él y su mujer para dormirla, y contesta: “Nos turnamos, insistimos y suplicamos. Llega una hora de la noche en que la fe es fundamental. Finalmente se duerme, generalmente cuando ella quiere”. En Guía inútil para madres primerizas (Penguin Random House), Ingrid Beck y Paula Rodríguez también repasan algunos de los sentimientos que se suelen atravesar posparto. “¿Te sentís horrible? ¿Se te cae el pelo y estás gorda como un cerdo? ¿Llevás un día entero sin dormir?”, preguntan a dúo. Ah, ¿qué sería de los padres insomnes sin la posibilidad de reír… hasta las lágrimas?

Encontrar el equilibrio

Por Claudia Imventarza*

Lo mejor es vivir la maternidad aceptando que son olas que van y vienen, con etapas buenas y difíciles. Los primeros tres meses serán los más complicados a la hora de dormir y habrá que ir armando una rutina. Los bebés son personales y cambiantes, y cada uno tiene su propia manera de hacerlo. Por eso, se lo debe guiar en el sueño desde la empatía, conectando con él y desarrollando estrategias para que aprenda a dormir solo. Según la edad, necesitará cosas diferentes. Lo mismo si se enferma o hay un viaje de por medio. Lo externo influye y también su propio crecimiento.
A veces puede dormir bien dos semanas y luego no. Comprender que eso es común a todos alienta a encontrar un camino propio. Para dormir, un bebé necesita una conexión durante el día con su mamá, una posición cómoda en la que se sienta contenido como si estuviera en brazos, un objeto transicional y aprender a dormir solo. Para eso, hay que acostarlo semidormido e ir haciendo pequeños desprendimientos, para que sepa que hay un adulto confiable cerca.
No es cuestión de apego o desapego, sino de encontrar algo intermedio. La enseñanza requiere paciencia, rutinas y hábitos. Y también estar presentes plenamente para nuestros hijos, sin distracciones, durante la vigilia. Si aprende que el chupete y el objeto transicional (como puede ser un muñeco o un trapito) es una buena compañía, no pedirá atención cada vez que se despierta. Pero no existen recetas, ni hay que dejar al bebé llorar, porque eso sería desoír una necesidad. En el medio de las teorías, está la necesidad de instalar buenos hábitos. Y también vale recalcular: a veces necesitará más abrazos y mimos para dormirse, lo cual no significa que hayamos vuelto casilleros para atrás.

*Licenciada en Psicopedagogía, especializada en maternidad y crianza.

El tema desborda los blogs de crianza desde que la Web se convirtió en el ágora virtual donde intercambiar aventuras y desventuras. “Vengo a proponerles un sueño: dormir ocho horas todas las noches”. “Antes organizaba fiestas. Ahora organizo siestas”. Dos, apenas, de las máximas volcadas por Julieta Otero, maternal y querible de la mano La vida según Roxi, el blog que primero fue libro y luego programa de TV. Para Fabiana Jafif, creadora de la comunidad online De Madre a Madre, donde se comparten experiencias y dudas, asegura que el asunto del sueño es un hit de la crianza: “Todas recibimos alguna vez una recomendación al respecto y el debate divide a la maternidad: ¿dejarlo llorar o no? En el blog siempre surge la idea de lo agotador y demandante que es tener un hijo, sobre todo por ese motivo específico: no dormir o no saber qué hacer para que duerma”, cuenta.

Soledad, una excompañera de trabajo (¡al cierre de esta edición mamá de cinco!), me confió una vez que probó el método de Duérmete niño con su primera hija, pero lo lamentó después: “Me decían que era bárbaro y me dejé llevar. Pero mi nena lloraba con tanta angustia que después, cuando empezó con broncoespasmos nocturnos, me arrepentí”. A mí, por ejemplo, me ayudó leer el libro Tu bebé mes a mes, de la pediatra inglesa Su Laurent, una guía de preguntas y respuestas cortas (extensión ideal para el combo poco tiempo y menos capacidad de atención) acerca de todas esas cosas que desvelan a madres y padres los primeros tiempos. “No se trata de dejar llorar al bebé; el método consiste en transmitirle que está seguro y que estás cerca, pero que por la noche debe esperar de ti una atención mínima”, subrayé en un atisbo de esperanza.

El doctor Peszkin explica que las frustraciones nos alcanzan a casi todos y asegura que preparar al bebé para que duerma puede ser motivo de preocupación y ansiedad. “La rutina para ir a la cama debe ser una actividad relajante y no excitante, y es muy importante que los padres tomen conciencia de que el bebé debe aprender a dormir solo: si se le da la oportunidad, puede lograrlo sin sentir que lo están abandonando. Pero cuando asocia el inicio del sueño con ser acunado o con tomar la teta, no logra hacerlo por sí mismo y llora”.

Desde su experiencia, Jafif comparte: “No es lo mismo que tu hijo llore cuando es recién nacido que a los ocho meses, cuando ya tiene noción de entorno y situación. Más allá de eso, siempre hay que chequear la necesidad real de por qué no duerme o se despierta. Cerca de los siete meses, mi hija empezó a dormir en su cuna toda la noche. Pero al irnos de viaje, todo cambió. Así entendí que mantener una rutina es fundamental y que no pasa por hacer las cosas bien o mal; eso lo decide cada familia. Lo importante es entender que nuestro sueño jamás será igual”.

Es que aunque el bebé crezca y comience a tirar toda la noche (¡esa maravillosa promesa madurativa!), dormir no volverá a ser lo que era antes de traer un hijo al mundo. Despertar en medio de una noche invernal para comprobar que está bien tapado, estar a su lado cuando tiene fiebre o ir en puntas de pie a darle un beso en la frente de madrugada, mientras duerme, porque sí… Al fin y al cabo, ¿quien necesita dormir tanto?

Nadie dice que no sea un buen plan leer libros sobre el tema, pero siempre teniendo en cuenta que lo importante es implementar rutinas coherentes con las necesidades del bebé y de sus padres. Lo que vale, a la larga, es el sentido común: el universo de las prácticas para hacerlos dormir es vasto e incluye desde el apego absoluto hasta el polémico Duérmete niño, de Eduard Estivill, dejándolos llorar solos en su cuarto hasta que se duerman.
Fue el pediatra estadounidense Williams Sears quien acuñó el término “crianza con apego” e instaló la idea de que los chicos deben dormir con sus padres tanto como lo necesiten. La partera estadounidense Ina May Gaskin y la psicóloga inglesa Penelope Leach también van por el apego absoluto, a través de upas, abrazos y palabras lindas antes de dormir. La enfermera inglesa Tracy Hogg propone un intermedio: si llora, se lo puede levantar y abrazar, pero hay que devolverlo a la cuna en cuanto se calme, con chupete y un objeto transicional.

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