Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

Espiritualidad

27 agosto, 2018

El rezo que nos transforma

Cuál es el sentido de la oración y por qué nos convoca desde el principio de los tiempos, se pregunta la autora de estas líneas que acompañan las imágenes de ese caminante incansable, el fotógrafo Lucio Boschi. 


Por: Fabiana Fondevila.

En la selva profunda del Congo, donde el sol no penetra, en medio del círculo formado por las chozas de hojas de mongongo, una familia amanece recitando: “En el comienzo fue Dios. Hoy es Dios. Mañana será Dios. ¿Quién puede hacer una imagen de Dios?”. Mientras tanto, en un templo todavía oscuro en Jerusalén, un hombre se envuelve en su tallit de flecos y susurra, por primera vez en el día: “Shemá Yisrael, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad” (“Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno”). En medio de la meseta tibetana, en una stupa rebosante de colores, un monje de cabeza calva proclama: “Om mani padme hum” (“¡Oh, la joya del loto!”). No tan lejos de allí, ante altares ataviados con guirnaldas de tagetes, devotos de Bangalore cantan su primer “Om namah shivaya” (“¡Om!, reverencias a Shiva”). Ya despuntando los primeros rayos a través de los vitrales, o a los pies de sus camas, los fieles cristianos reciben al sol alabando: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…”. Ninguna de estas personas se conoce, y unas seguramente tendrían dificultad para entender las palabras de las otras. Sin embargo, se reúnen en un acto. Es un acto del todo exento de uso práctico, pero lo antepondrán a cualquier obligación del día. Rezar.

¿Qué es el rezo, y por qué convoca tan universalmente a la humanidad desde el principio de los tiempos? Podría decirse que el rezo es una expresión de la fe, y quizá lo sea. Pero también podríamos pensar que la relación es inversa. Quien ora cultiva su fe –entendida como confianza o entrega a una fuerza superior, o a la vida misma– a través del sencillo acto de mantener un diálogo íntimo con la divinidad, como sea que cada uno la conciba. En ese sentido, lo primero que debe advertirse es que el rezo, en cualquiera de sus formas –peticionario, de alabanza, de agradecimiento, de comunión– es, antes que nada, una práctica. Y como toda práctica, ayuda a fortalecer el músculo que ejercita. En este caso, la confianza, la entrega, la conexión con lo sagrado.

Muchas veces oramos en momentos de oscuridad y zozobra, cuando no parece haber otra fuente de consuelo para nuestras angustias que llegue lo suficientemente hondo. Dice Karen Armstrong, especialista en religión comparada: “Rara vez nos permitimos dar voz a estos miedos y ansiedades profundos. Estamos todos luchando por sobrevivir. No podemos permitirnos el lujo de admitir nuestras debilidades y nuestro terror demasiado libremente. Tememos ser una carga para otros; no queremos aparecer demasiado débiles o volvernos vulnerables a la explotación en la batalla que es la vida. Nos protegemos de muchas maneras, especialmente a través de palabras. Somos cuidadosos y defensivos en nuestro uso del lenguaje, tanto para apuntalar nuestro sentido del yo como para impresionar a otros (…) La oración sirve para liberarnos y para usar el idioma en un sentido completamente diferente”.

En nuestras oraciones nos permitimos mostrarnos débiles, temerosos, perdedores, pecadores. Y en ese acto de expiación que ocurre con un otro que intuimos o imaginamos más vasto, más sabio y más compasivo, soltamos las carcazas defensivas y nos permitimos ser. Dice también Armstrong: “Los hombres y las mujeres siempre han sentido que, a pesar de los horrores a los que está sujeta la carne, hay una ‘bondad esencial a las cosas’, una Beneficencia que no está solamente por fuera de ellas sino en su interior. Los rezos, por ejemplo la oración de San Patricio, buscan invocar ese poder y fuerza benevolentes que nos permitirán finalmente iluminar la oscuridad en las profundidades del yo”.

Regina Sara Ryan, una ex monja católica que dedica su vida a investigar las prácticas devocionales de distintas tradiciones (con especial énfasis en lo sagrado femenino), escribió un libro provocativo llamado Praying Dangerously. Radical Reliance on God (“Rezar peligrosamente. La entrega radical a Dios”). Es provocativo porque incita a sus lectores a ir más allá del rezo de petición, de expiación e incluso de alabanza –que, de algún modo, se limitan a anhelar o pedir beneficios, seguridad, consuelo– para cultivar el rezo en su máxima expresión: la entrega incondicional y gozosa a la vida.

La noción de Ryan del vínculo con lo sagrado no es reconfortante sino lo contrario: nos llama a entregar las certezas, a incendiarnos en el fuego divino, a abrazar lo incognoscible del Misterio y a ser transformados en esa experiencia. Rezar de esta manera, dice la autora, es tener una historia de amor con la vida misma.

Como han proclamado los místicos de todas las tradiciones, entendida de esta manera, la oración ya no pide sino da. ¿Qué da? Amor, gratitud, comunión, servicio desinteresado, adoración. Por supuesto, no es este un lugar al que se llega de un día para otro, ni livianamente. Pero para el devoto puede ser una buena aspiración, como quien vislumbra la cima de la montaña iluminada por el sol, mientras da el próximo y trabajoso paso en el ascenso. La más sencilla de las oraciones puede llevarnos un tramo más cerca de esa cima, si la pronunciamos con entrega y el corazón abierto.

Dijo la poeta Mary Oliver: “No tiene por qué ser / un iris azul, pueden ser / unos yuyos en el baldío / o unas piedras pequeñas, / solo presta atención, / luego junta unas palabras y no intentes / que sean elaboradas, / esto no es  un concurso / sino un umbral a la gratitud / y un silencio en el cual / otra voz pueda hablar”. Amén.

______________________I_______________________

Guárdame, oh, Dios, que en ti me refugio.

Digo a Yahvé: “Tú eres mi Señor,

mi bien, nada hay fuera de ti”.

Pero ellos dicen a los santos de la Tierra:

“¡Magníficos, todo mi gozo en ellos!”.

Sus ídolos abundan, tras ellos van corriendo.

Pero no les haré libaciones de sangre,

ni mis labios pronunciarán sus nombres.

Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,

tú aseguras mi suerte;

me ha tocado un lote precioso,

amo mi herencia.

Bendigo a Yahvé, que me aconseja;

aun de noche me instruye la conciencia;

tengo siempre presente a Yahvé;

con él a mi derecha no vacilo.

Salmo 16, 1-9

______________________II_______________________

Vamos, Padre mío,

¡sé bondadoso hoy conmigo!

Padre mío, ¡haz que vea buen tiempo!

Te lo ruego, Padre mío, ¡sé bondadoso

y toma el barco entre tus brazos!

¡Gracias, Padre mío! ¡Gracias, buen anciano!

Gracias, Padre mío, has sido bondadoso

¡y buen tiempo nos has dado!

Oraciones de los yamana

(Tierra del Fuego).

De Ilumina mi noche. Las cien oraciones más bellas de la humanidad.

______________________III_______________________

Mi alma con tu alma se ha mezclado

como el agua con el vino.

¿Y quién puede separar el vino del agua?

¿Y quién, a ti y a mí, de nuestra unión?

Tú te has convertido en mi yo más grande:

ya no quiero volver a ser mi pequeño yo.

Tú has aceptado mi esencia:

¿no debería yo aceptar la tuya?

Me has aceptado para la eternidad,

de manera que yo no pueda negarte para la eternidad.

Me ha penetrado tu aroma de amor,

y ya no abandona mi médula.

Como una flauta permanezco entre tus labios,

y como un laúd sobre tu regazo.

¡Sopla! Y yo emitiré suspiros.

¡Toca! Y yo vibraré en llantos.

Son tan dulces mis suspiros y mis llantos

que al mundo yo parezco exultar.

Y tú yaces en el fondo de mi alma

con el reflejo de tu cielo.

Jalaluddin Rumi

 ______________________IV_______________________

Repaso otra vez mis pequeñas aventuras,

mis miedos,

esos pequeños que parecían tan grandes,

todas las cosas importantes que tuve que

esforzarme por conseguir.

Y sin embargo hay solo una cosa grande,

la única cosa,

vivir para ver el gran día que amanece.

“Un rezo para tiempos difíciles”,

Oración inuit

______________________V_______________________

Bendito tú, oh Señor, Dios nuestro, rey del mundo, que terminó sus obras en el séptimo día y lo llamó sábado santo, de noche a noche, y lo concedió como día de reposo de su pueblo de Israel con su santidad. Él crea el día y la noche, hace desaparecer la luz ante las tinieblas y las tinieblas ante la luz, hace pasar el día y hace llegar la noche, y establece una diferencia entre el día y la noche; señor de los ejércitos es su nombre, y su nombre vive y existe siempre; él reinará sobre nosotros eternamente. Bendito tú, oh Señor, que haces llegar la noche.

Arvith del viernes a la noche”, tradición hebrea.

______________________VI_______________________

Dios mío,

¡pon luz en mi corazón!

Y en mi oído luz,

y en mi vista luz,

y en mi lengua luz,

y a mi derecha luz,

y a mi izquierda luz,

y por encima de mí luz,

y por debajo de mí luz,

y frente a mí luz

y detrás de mí luz.

Y pon en mi alma luz

¡y dame más luz, oh Señor!

Agrándame el pecho,

y haz que mi vida sea leve.

Oración de peregrinaje, Islam.

______________________VI_______________________

Oh, belleza por delante,

belleza por detrás,

belleza a mi derecha,

belleza a mi izquierda,

belleza por arriba,

belleza por abajo.

Estoy en el camino del polen.

Oración navaja.

 ______________________VII_______________________

Jesús, ¿quieres mis manos para pasar este día ayudando a pobres y enfermos que lo necesitan?

Señor, hoy te doy mis manos.

Señor, ¿quieres mis pies para pasar este día visitando a aquellos que tienen necesidad de un amigo?

Señor, hoy te doy mis pies.

Señor, ¿quieres mi voz para pasar este día hablando con aquellos que necesitan palabras de amor?

Señor, hoy te doy mi voz.

Señor, ¿quieres mi corazón para pasar este día amando a cada hombre solo porque es un hombre?

Señor, hoy te doy mi corazón.

Madre Teresa de Calcuta.

 ______________________VIII___________________

Padre mío,

me abandono a Ti.

Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,

estoy dispuesto a todo,

lo acepto todo.

Con tal de que Tu voluntad se haga en mí

y en todas tus criaturas,

no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.

Te la doy, Dios mío,

con todo el amor de mi corazón,

porque te amo,

y porque para mí amarte es darme,

entregarme en Tus manos sin medida,

con infinita confianza,

porque Tú eres mi Padre.

Carlos de Foucauld

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()