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Mitología

14 noviembre, 2013

El rey Midas, o los riesgos de la codicia


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La mitología hoy. La mitología es algo vivo, un modo de aproximación a las inquietudes más profundas de la humanidad. Es un proceso siempre abierto y actual; un acontecimiento sagrado en continua reelaboración. Por Laura Ponce*. Ilustración de Maite Ortiz.

Midas fue un personaje histórico. Gobernó Frigia, territorio de Asia Menor, en el período entre el 740 a. C. y el 696 a. C. Casado con una griega, fue el primer rey extranjero que mandó regalos al santuario de Delfos. Su reinado fue tan largo y próspero que los griegos, que incorporaban a su mitología todo lo que los sorprendía y fascinaba del mundo, le otorgaron un lugar en ella.

Se dice que durante la infancia de Midas se vio a una hilera de hormigas que transportaban granos de trigo por el costado de su cuna, para luego depositarlos en sus labios. El hecho fue interpretado por los adivinos de Bromio como augurio de gran riqueza.

Ya como rey, hizo rodear su palacio con un hermoso jardín de rosas, que era su orgullo. Cierto día, mientras paseaba por ese jardín, se encontró con Sileno –dios de la embriaguez–, que formaba parte del séquito de sátiros y ménades que seguían al dios Dionisio. Abrumado por el vino y la vejez, Silenio se había perdido. Midas lo reconoció de inmediato y se alegró al verlo, pues esto le daba la oportunidad de celebrar una gran fiesta.

Sileno y el rey estuvieron diez días y diez noches de fiesta, el tiempo que se tomaron para alcanzar al séquito de Dionisio.

Al recibirlos, el dios de la exaltación estaba tan agradecido por la hospitalidad con la que habían tratado a su padre adoptivo que le ofreció a Midas concederle un deseo. Aunque el rey tenía ya una gran fortuna, no pudo resistirse a la codicia y pidió transformar en oro todo lo que tocase.

Dionisio se lo concedió, y Midas, ansioso por comprobar si el don funcionaba realmente, fue rozando las ramitas del bosque, que se convirtieron en oro.

Llegó exultante a su palacio y pidió que le prepararan una suculenta cena. De nuevo, quedó encantado al ver que todos sus cuencos y copas se tornaban de oro, pero esa alegría se volvió inquietud al darse cuenta de que lo mismo sucedía con la comida y la bebida apenas rozaban sus labios.

Buscó consuelo en su jardín, pero cuando tomó una de las rosas, comprobó que perdía el aroma y la tersura para volverse también de oro. Al verlo llorar, su pequeña hija Zoe –cuyo nombre significa “vida”– corrió hacia él y lo abrazó. Midas contempló con horror cómo la niña se convertía en estatua de oro.

Desesperado, partió en busca de Dionisio y le rogó que revirtiese el deseo que le había concedido. Le relató cómo, en principio, había disfrutado de su don, pero pronto había descubierto que le quitaba la posibilidad de gozar de los placeres simples, como comer y beber; después, lo había imposibilitado de disfrutar de la naturaleza y, finalmente, lo había privado del principal sujeto de su afecto, su hija Zoe. La codicia le había quitado la vida.

El dios se apiadó de él y le dijo que el único modo de revertir el deseo era bañarse en la mágica fuente de Pactolo.

Midas recorrió el largo y difícil camino hacia allí y se precipitó a las heladas aguas. Mientras nadaba hacia la otra orilla, la corriente se teñía con el polvo áureo que aún la caracteriza. El rey regresó a su hogar con el único deseo de recuperar sus afectos y el gozo de la vida, después de haber aprendido cuál es el alto precio de la codicia.

*Escritora, especialista en mitología y ciencia ficción.

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