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Pareja

1 agosto, 2009

“El príncipe salvador ya fue”


Flavio Gikovate

Las relaciones afectivas están revolucionadas. Para el especialista brasileño murió el amor romántico. Nos cuenta cómo es la nueva pareja. Por Marta García Terán.

No sólo el avance tecnológico marcó una revolución en el inicio de este milenio. Las relaciones afectivas también están pasando por profundas transformaciones y revolucionando el concepto que teníamos del amor. Hoy se busca una relación compatible con los tiempos modernos, con individualidad, respeto, alegría y placer por estar juntos. Ya no sirve una relación de dependencia, en la que uno responsabiliza al otro por su bienestar. La idea –que nació con el romanticismo– de que una persona sea el remedio para nuestra felicidad está llamada a desaparecer en este inicio de siglo”.

El médico psiquiatra brasileño Flavio Gikovate trabaja desde hace años para romper con los esquemas que recibimos de nuestros padres y abuelos. Dice que el mundo cambió, que la mujer cambió y que la pareja, por ende, tiene que cambiar. A los 65 años, acaba de publicar Uma história do amor… com final feliz, que en las próximas semanas será editado en español como Amar sin dependencia y en el que, pese a todo, tiene una mirada optimista sobre las relaciones de pareja. Para él, la creciente tasa de divorcios demuestra que ese modelo en el que se unen dos personas que se complementan no va más porque simplemente no nos hace felices. ¿Por qué? Porque tener al lado a alguien que nos da lo que nos falta no nos impulsa a desarrollarnos como personas, porque no crecemos emocionalmente y nos hacemos dependientes, porque las diferencias generan fricciones … y por muchos otros motivos que explicó durante una larga charla con Sophia desde San Pablo.

–¿Por qué hoy los matrimonios terminan fracasando?

–Hoy casi todas las parejas se forman así: uno es más extrovertido, alocado, de genio fuerte. Es vanidoso y necesita siempre de elogios. El otro es más discreto, más manso, más tolerante. Hace todo para agradar al primero. Todo el mundo conoce por lo menos media docena de parejas así, entre un egoísta y un generoso. El primero exige mucho y, así, recibe mucho más de lo que da. El segundo tiene baja autoestima y siempre está dispuesto a servir al otro. Muchos hombres egoístas pretenden que la mujer generosa esté al lado de ellos cuando ven en la televisión sus programas favoritos. Las mujeres egoístas no aceptan que sus maridos jueguen el fútbol.

Consideran que eso es una traición. De una forma o de otra, el generoso siempre hace concesiones para agradar al egoísta, o para no pelear con él. En nombre del amor, dejan en segundo plano su individualidad. Y la felicidad se va junto con ella. El matrimonio, entonces, comienza a desmoronarse. A mis pacientes siempre les digo: “Si usted tuviera que escoger entre ‘amor’ o individualidad, opte por lo segundo”.

–¿No sería una postura muy individualista?

–No hay nada malo en ser individualista. Muchas personas confunden individualismo con egoísmo o indiferencia por los otros. Son conceptos diferentes. El individualismo corresponde a un crecimiento emocional. Cuando la persona se reconoce como una unidad, y no como una mitad desamparada, consigue establecer relaciones afectivas de buena calidad. Se conoce mejor a sí misma y, por eso, sabe de las necesidades y los deseos de los otros. El otro no es el príncipe o el salvador de ninguna cosa; es sólo un compañero de viaje. Estamos entrando en la era de la individualidad, que no tiene nada que ver con el egoísmo. El egoísta no tiene energía propia y se alimenta de la energía de los demás, sea financiera o moral.

–¿Qué consejos le daría a un joven que acaba de comenzar su vida amorosa?

–Es necesario que el joven entienda que el amor romántico, a pesar de aparecer todo el tiempo en nuestros films y novelas, tiene los días contados. Ese amor, que nació en el siglo xix con la Revolución industrial, tiene un carácter muy posesivo. Según ese ideal, dos personas que se aman deben estar juntas en todos sus momentos libres, lo cual es una afrenta a la individualidad. El mundo cambió mucho desde entonces. Si un joven ya tiene la noción de que no necesita casarse para ser feliz, saltará todas esas etapas que provocan sufrimiento.

–Usted dice que el amor del siglo xix no va más, pero ¿ve que, de hecho, la gente está adoptando este nuevo esquema o que aún sigue buscando el amor romántico?

–Creo que estamos viviendo un período de transición: los jóvenes hablan de la importancia de las afinidades para que las parejas puedan llevarse bien, pero a la hora de elegir a una persona para una pareja duradera –en especial, para casarse–, todavía buscan relaciones complementarias.

–¿Cree que es posible que el proceso sea inverso, que nuestro mejor amigo luego se transforme en nuestra pareja?

–Sí. La dificultad que existe para que eso sea posible suele derivar del hecho de que cuando existe una amistad, hay una gran ternura y, a veces, es más difícil que aparezca el elemento erótico, al que las personas valorizan más de lo que debieran. Consideran que la poca intensidad del deseo sexual indica que hay poco sentimiento amoroso. Eso no es verdad. El hecho –triste– es que en nuestra cultura el sexo está más vinculado a la agresividad que al amor y la amistad. Así, cuando la ternura es grande, a veces, el deseo es pequeño.

–¿Por qué algunos siguen buscando el amor romántico? ¿Les queda cómodo? ¿No quieren desarrollarse individualmente? ¿Tienen miedo?

–Hay un poco de todo eso. Parece cómodo en un primer momento que nuestro compañero nos dé aquello que nos falta, pero eso no nos lleva a desarrollarnos como personas. O sea, no mejoramos, no crecemos. Una de las principales características del amor romántico es que implica la idea de una unión de dos mitades que, juntas, se vuelven un entero. Eso no tiene más sentido en los días que corren.

–¿En qué perjudica a las mujeres el modelo de amor romántico?

–Creo que las mayores perjudicadas son justamente las mujeres. Si tomamos como ejemplo el baile, en los años sesenta, las parejas bailaban juntas. Tal vez, en este momento, con el rock and roll, se ha iniciado, de manera imperceptible, un proceso de creciente individualización, ya que en una “nueva danza” las parejas se van separando para bailar cada uno sus propios pasos. Cuando bailaban juntos, uno tenía que dirigir los pasos y el otro tenía que seguirlo, acompañarlo. La tradición siempre indicó que el que marcaba los pasos era el varón y eso no tiene más sentido en el mundo actual, en el que, por ejemplo, en casi todos los países las mujeres son mayoría en las universidades. No hay razón para que las mujeres acepten de manera compulsiva el liderazgo masculino en las cuestiones íntimas del matrimonio. Esas cuestiones deben ser tratadas en forma de diálogo y busca de consenso.

–¿Y a los hombres?

–Los hombres sólo se beneficiaban en apariencia, porque ellos eran los que decían qué hacer, los que daban las órdenes. Pero cargaban con el peso de tener que mantener a la familia, y la humillación o la vergüenza cuando eso no ocurría (por ejemplo, cuando perdían su empleo), además del estrés relacionado con una mayor responsabilidad por la toma de decisiones.

–¿En qué ayuda a la pareja esto que usted llama el “+amor”?

–Para que las parejas puedan relacionarse de la forma en que denomino “+amor” o “más que amor”, es necesario que ambos sean personas maduras, con una buena formación moral y poco agresivas. Deben ser capaces de pensar distinto sin pelearse, de tener un espacio individual, de modo que la palabra “respeto” pase a ser más importante que “concesión”. Tienen que ser capaces de dialogar hasta encontrar soluciones consensuadas para los proyectos en común. Eso hace que la convivencia se vuelva cariñosa y sin tensiones, crea las condiciones para que las afinidades crezcan con el paso del tiempo y, principalmente, que no se acumulen resentimientos que, a la larga, van a terminar desgastando, o terminando, la pareja.

–¿A quiénes les cuesta más cambiar este modelo?

–A todos. Tenemos una fuerte tendencia a insistir en las viejas creencias. Abandonar las viejas creencias y sustituirlas por unas más compatibles con la realidad lleva tiempo y exige mucho de las personas en términos de esfuerzo intelectual.

–Usted habla de parejas afines. ¿A qué se refiere?

–Las personas que se unen por afinidades se ven obligadas a crecer emocionalmente, porque no pueden valerse de las características de sus compañeros para conseguir lo que les falta. Por ejemplo, si tienen que despedir a un empleado, ninguno de los dos va a ser muy competente para hacerlo, porque los dos tienden a tener sentimientos de culpa o de lástima. En cambio, las personas que se unen de forma complementaria tienden a no evolucionar emocionalmente.

–¿Casarse más grande sería una manera de reducir la posibilidad de error?

–Pienso que casarse después de tener más experiencia en la vida (además de la madurez emocional que viene con los años y las experiencias de éxito y fracaso) aumenta mucho las chances de que se hagan buenas elecciones. Así, casarse más cerca de los 30 años que de los 20 traerá ciertamente un número mayor de matrimonios felices y en condiciones de vivir juntos hasta el fin. El amor deriva de la admiración y los criterios de admiración van cambiando con el tiempo. Alrededor de los 30 años, nuestros valores tienden a consolidarse, así como nuestros criterios para valorar a las personas.

–¿Cree que es la primera vez que las personas nos estamos planteando madurar emocionalmente para elegir a la pareja correcta?

–Sí, creo que recién ahora, y desde hace no mucho, estamos empezando a planteárnoslo. Todas las personas deberían estar solas de vez en cuando, para establecer un diálogo interno y descubrir su fuerza personal. En la soledad, el individuo entiende que la armonía y la paz de espíritu sólo se pueden encontrar dentro de uno mismo, y no a partir de los demás. Al percibir esto, la persona se vuelve menos crítica y más comprensiva con los demás.

 

Los opuestos no deberían atraerse

La idea general en nuestra sociedad es que los opuestos se atraen. Y eso ocurre por varios motivos. En la juventud, no nos gusta mucho nuestro modo de ser y admiramos a quien es diferente de nosotros. Así, egoístas y generosos terminan comprometiéndose unos con otros La nueva forma de amor, o “+amor”, tiene nuevo aspecto y significado. Apunta a la aproximación de dos enteros, y no a la unión de dos mitades. Y esto sólo es posible para aquellos que consiguieron trabajar su individualidad. Cuanto más capaz sea el individuo de vivir solo, más preparado estará para una buena relación afectiva.

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