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Sabiduría

9 enero, 2018

El llamado de lo salvaje: volver a la naturaleza para volver al alma

Muchos sentimos hoy lo que algunos autores han bautizado “la herida de lo salvaje”, en alusión a esa parte de nosotros que añora la conexión íntima con la naturaleza indómita. Pero mientras trabajamos para restaurar la Tierra, podemos encontrar esa potencia vital y ese misterio en un lugar muy cercano, donde lo salvaje nunca se extinguió: las profundidades de nuestra alma.


Por Fabiana Fondevila

Hay días en que nadie supondría que Kathleen Dean Moore es una académica de carrera. Por ejemplo, cuando anda por el mundo con su overol de tela impermeable, botas de goma hasta los muslos y pañuelo atado en la cabeza, al mejor estilo beatnik. Su atuendo no refleja una postura estética ni el deseo de imponer una nueva moda, sino las actividades que la convocan: sus jornadas la encuentran más a menudo vadeando arroyos, confraternizando con lobos marinos y cruzando ríos en canoa en plena lluvia que en aulas magnas o salas de profesores.

De hecho, hace dos años (a punto de ingresar en su séptima década), Kathleen renunció a su cargo en la Universidad de Oregon, donde enseñaba Filosofía moral y Filosofía de la naturaleza, para dedicarse a tiempo completo a explorar lo salvaje, retratarlo, y defenderlo a capa y espada de los impulsos humanos que amenazan con destruirlo (que es otra forma de decir salvarnos de nosotros mismos).

“La información arcaica vive en nosotros todavía. La naturaleza indómita no habita solo en el bosque: mora en nuestra alma, y allí nos espera”. Kathleen Dean Moore, profesora de Filosofía de la Naturaleza.

Autora de una decena de libros (con temáticas como el perdón, el pensamiento crítico, nuestra obligación moral con el planeta y, sobre todo, la esencia de nuestro vínculo con la naturaleza), Dean Moore forma parte de una vanguardia de escritores, académicos, poetas naturalistas y científicos que han adoptado el activismo como la consecuencia inevitable de su vocación. Inevitable, porque el objeto de su pasión –la esfera verde-azul que llamamos hogar– es a la vez su gran amor y la causa de sus desvelos.

Al recibir el pedido de entrevista de Sophia, Kathleen no dudó: “Me encuentro en Juneau, Alaska, a punto de entrar en Glacier Bay, una tierra de osos pardos, aguas turbulentas y glaciares en desprendimiento. ¡Estoy de ánimo para hablar de lo salvaje!”, fue su respuesta.

Y así lo hizo. Desde ese territorio que viene visitando con su familia desde hace décadas, conviviendo felizmente con la lluvia, el frío, los aullidos de los lobos y las huellas de los osos (siempre listos para emerger de entre el follaje), abordó una pregunta difícil pero quizás indispensable: ¿qué es la naturaleza?

“Cuando enseño Filosofía de la naturaleza, pongo a mis alumnos en canoas en un lago pequeño, en la oscuridad, para que vean salir la luna de entre las montañas. Les pido que se sienten en sus botes y se hagan esa misma pregunta: ¿qué es la naturaleza? La luna, dicen. Las montañas. El agua. Unos y otros. Pero no la canoa de aluminio. No la linterna. Quizás, el remo de madera. En otras palabras, deciden que naturaleza es todo lo que no ha sido creado por la mano del hombre. Creo que esta es una buena distinción, aunque reconozco que todo lo que creamos está hecho con lo que recibimos”.

¿Pero qué pasa con la naturaleza que nos compone? ¿En qué medida somos naturaleza, y dónde la encontramos en nosotros mismos?

“Un amigo que es indígena norteamericano hace esta reflexión: ‘Si me cortases la pierna, viviría. Si me cortases la nariz, viviría. Pero si me quitases el aire, moriría. ¿Por qué entonces pensamos que el aire es menos parte nuestra que nuestras piernas y orejas y narices?’. Es un buen punto, ¿no? ¿Dónde está la naturaleza en nosotros? En la luz que calienta nuestra piel, en el aire que respiramos, en el agua que tomamos, en los minerales en nuestros huesos, en el hierro en nuestra sangre. Estamos hechos de la tierra y la tierra está hecha de las estrellas. Creo que esto nos convierte en criaturas de la naturaleza.”

En la era de los bits y las pantallas, ¿sigue viva en nosotros esa herencia salvaje? “Nada puede suprimir lo salvaje en nosotros. Lo que sí puede perderse es la conciencia de ello. Y esta es una pérdida importante”. Para Kathleen, perdimos esa conciencia desde el momento en que dejamos de sentir al viento, a la montaña, a las criaturas del agua, el aire y la tierra como hermanos, cuando cambiamos la fraternidad por el dominio, y la pertenencia por el aislamiento y la soledad. Como dijo alguna vez el arqueólogo holandés Henri Frankfort: “Todo el mundo antiguamente se pensaba como un tú”.

 

Hoy conocemos más que nunca sobre el universo, pero perdimos ese vínculo íntimo y, con él, nuestras raíces más profundas. Quizá por eso, a pesar de que vivimos más seguros, en casas con puertas y ventanas enrejadas, la epidemia de nuestra era se mide en miedo y ansiedad.

Este miedo se refleja en nuestros contactos con el mundo verde. El maestro de medicina herbal Stephen Harrod Buhner habla del temor que suele aparecer en las primeras ingestas de plantas silvestres: “Uno de nuestros grandes miedos es ingerir lo salvaje del mundo. Nuestras madres comprendieron intuitivamente algo esencial: lo verde es venenoso para la civilización. Si comemos de lo salvaje, empieza a trabajar en nuestro interior, alterándonos, cambiándonos”.

Sin embargo, la información arcaica vive en nosotros todavía. La naturaleza indómita no habita solo en el bosque: mora en nuestra alma, y allí nos espera.

Naturaleza interior

Para el autor Bill Plotkin, psicólogo, guía de expediciones a áreas salvajes y autor de Soulcraft. Crossing into the Mysteries of Nature and Psyche (Hacedores de alma. Penetrando en los misterios de la naturaleza y la psiquis), el alma es “un concepto biológico, definido como el principal principio que organiza, sostiene y guía a un ser vivo”.

Al mismo tiempo, el alma es nuestro “lugar salvaje” interior, la que guarda el terreno intrapsíquico menos conocido, la que esconde nuestros mayores misterios. “Naturaleza” viene de natus, ‘ser nacido, o nacer’, y la naturaleza de una cosa es “el principio dinámico que mantiene unida a una cosa y le da identidad”. Uno habla del “alma” o “la naturaleza” de algo para referirse a su esencia.

Y esa esencia para nosotros es el alma, ese territorio desconocido donde viven nuestras emociones, nuestros impulsos, nuestras intuiciones y anhelos más profundos. “Dado que el alma humana es el núcleo esencial de nuestra naturaleza, entonces, cuando somos guiados por el alma, somos guiados por la naturaleza. Tanto el alma como nuestra naturaleza esencial nos guían en nuestro desarrollo individual, lo pidamos o no”, dice Plotkin.

¿Cómo nos guía el alma? En su libro Nature and the Human Soul. Cultivating Wholeness and Community in a Fragmented World, Plotkin sugiere: “El alma viene a nosotros fielmente a través de los sueños, las emociones profundas, la suave voz que orienta, las sincronicidades, las revelaciones, las corazonadas y las visiones, y a veces, también, a través de la enfermedad, las pesadillas y los terrores”.

“Dado que el alma humana es el núcleo esencial de nuestra naturaleza, entonces, cuando somos guiados por el alma, somos guiados por la naturaleza. Tanto el alma como nuestra naturaleza esencial nos guían en nuestro desarrollo individual, lo pidamos o no”. Bill Plotkin, psicólogo.

Y así también la naturaleza, si tenemos algún nivel de exposición tranquila y silenciosa a ella, nos guía “a través de sus espontaneidades, su belleza, su poder, su capacidad de hacernos de espejo, su deslumbrante variedad de especies y hábitats, el viento, la luna, el sol, las estrellas y las galaxias”.

Lamentablemente, señala el autor: “El alma ha sido degradada a una fantasía espiritual New Age” y la naturaleza “ha sido tratada, en el mejor de los casos, como una postal o un lugar para vacacionar, o más comúnmente, como una ferretería o un basurero. A demasiados de nosotros nos falta intimidad con el mundo natural y con nuestras almas, y consecuentemente les estamos haciendo un gran daño a ambas”.

Plotkin se hace eco aquí de conceptos vertidos por el exmonje y psicólogo Thomas Moore en su reconocido libro El cuidado del alma, donde explica que la palabra alma proviene del latín anima, que comparte raíz con la palabra animal, y que antiguamente se entendía que todo estaba “animado”: dotado de un alma. En la Edad Media, por ejemplo, se estilaba dotar de gárgolas a los edificios, de garras de león a los sillones y las bañaderas, en coherencia con esa visión del mundo.

Por todo esto, el viaje que propone Plotkin en sus libros es uno de “descenso”. A diferencia del viaje ascendente hacia el espíritu universal y trascendente, el viaje al alma nos lleva a sumergirnos en nuestras profundidades más ignotas, y a actuar en consecuencia. ¿Cuál es el anhelo silencioso que nos habita, al que hacemos oídos sordos desde hace años por miedo o inseguridad? ¿Cuál es la necesidad profunda del cuerpo? ¿Hay un enojo que nos atenaza las entrañas? ¿Podemos descubrir qué esconde ese enojo, y darle adecuada expresión?

De ese trabajo, que el autor denomina soulcraft (algo así como “moldear el alma”), puede nacer una vida integrada y auténtica. Y la naturaleza puede ser nuestra mejor aliada en el camino.

Así lo entiende Mary Thompson Reynolds, una escritora inglesa que, en el curso de sus talleres de escritura naturalista, se topó con una sorprendente analogía: la de los cinco paisajes que componen la Tierra y las cualidades esenciales del alma.

En diálogo con Sophia, explicó la afinidad de esta  manera: “Estamos hechos de la sangre y huesos y respiración de este hermoso planeta. La Tierra es nuestro ancestro y nos hace de espejo (y nosotros a ella) por esta profunda ligazón. Después de todo, cuando miramos fotos familiares de tiempos remotos, ¿no nos reconocemos en esas caras?”.

Paisajes del alma

A partir de su observación, Mary Thompson Reynolds delineó un mapa de lo que llamó “cinco paisajes del alma”: el desierto, el bosque, los ríos y océanos, la montaña, la pradera o llanura. Así los entiende y refleja en su libro Reclaiming the Wild Soul. How Earth’s Landscapes Restore Us to Wholeness (Recuperar el alma salvaje. Cómo los paisajes de la Tierra nos devuelven nuestra integridad), que también propone tres mantras específicos para cada paisaje.

El desierto. Con su desolación, su falta de cobijo, su escasez de recursos, le habla a la resiliencia profunda del alma, a su capacidad de esperar, de valerse con lo que tiene, de soportar la sed y las inclemencias, cueste lo que cueste. Numerosas historias bíblicas dan cuenta de la impronta de muerte y renacimiento del desierto, y nos interpelan con una pregunta crucial: ¿Qué necesito yo realmente? ¿Cuál es mi verdadero sustento? Los tres mantras del desierto, en progresión desde el yo al alma, son: Entro en la quietud. Tengo todo lo que necesito. Soy suficiente.

El bosque. Le habla al misterio y a la magia que nos habitan. Desde los cuentos de hadas (Caperucita, Blancanieves, Hansel y Gretel, para nombrar tres), el bosque fue siempre una zona de encantamiento pero también de peligro, y así es como percibimos el viaje de descenso al alma. Dijo C. G. Jung: “Las personas hacen cualquier cosa, no importa cuán absurda, para evitar enfrentarse a su alma”. No obstante, cuando nos adentramos en esas oscuridades, lo que encontramos es puro oro. Mantras del bosque: Me animo a enfrentar el misterio. Tengo suficiente coraje para acercarme a lo desconocido. Soy el misterio.

Los ríos y océanos. La vida se originó en el agua, y nuestras vidas individuales todavía están atravesadas por nuestro pasado marino (pasamos los primeros nueve meses suspendidos en líquido amniótico; nuestro cuerpo es en un 70% agua; lloramos y transpiramos agua salada). Así como las aguas del mundo le dan forma a la topografía de la Tierra, el fluir de nuestro deseo le imprime dirección a nuestra vida. Esa vitalidad es la que nos traen y representan los ríos, mares y océanos, y a ese gozoso fluir nos llaman. Los tres mantras: Me entrego al fluir. Tengo la fe necesaria para vivir plenamente como yo misma/o. Estoy enteramente viva/o.

La montaña. Le habla al poder que reside en nosotros de crear el mundo de acuerdo con nuestros valores y aspiraciones más altas. Sin montañas el mundo sería de una chatura monótona, y sin aspiraciones nuestras vidas también serían apáticas y poco inspiradas. Escalar está lleno de riesgos y adrenalina, pero imprime a nuestras vidas un dejo de coraje y heroísmo. Desde la cima, además, gozamos de una perspectiva inigualable y transformadora. Los mantras de la montaña: Asciendo a la claridad. Tengo la fuerza que necesito. Soy mi yo más alto.

La llanura. Es el lugar donde los animales van a pastar y tomar agua, el lugar donde los ríos se vuelven suaves arroyos, el lugar donde las personas echan raíces, siembran, se establecen, se encuentran a celebrar. Aquí es donde el héroe vuelve de sus aventuras, a plantar las semillas que encontró y a compartirlas con la comunidad. Alguna vez, fuimos parte de un solo cuerpo, como señala Joy Harjo en su poema brillante: “Recuerda la Tierra, cuya piel eres”. Hemos desgajado la tierra, recluyéndonos tras muros de cemento. Pero lo salvaje no se deja domar tan fácilmente. Dice Wendell Berry, granjero y escritor: “Debajo del pavimento, la tierra tiene vocación de pasto”. Y el pasto nos llama, todavía, con su irresistible canto verde. Los mantras de este paisaje: Me arraigo en la comunidad. Tengo mi lugar y mi propósito. Soy el cuerpo de la tierra.

 Está claro: aun hoy, en pleno tercer milenio, no escasea la naturaleza salvaje. Podemos buscarla cada día entre las ramas de los árboles, los pájaros que sobrevuelan, los astros que iluminan la penumbra, la lluvia que despierta. O podemos cerrar los ojos, zambullirnos en el silencio, y sentirla latir.

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