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28 mayo, 2017 | Por

El juego los prepara para la vida

Cuando los chicos juegan, también ensayan respuestas para su vida adulta. ¿Qué tipo de juego les ofrecemos? ¿Cómo impacta en ellos la exposición a las nuevas tecnologías? La sugerencia de los especialistas es limitar las horas frente a las pantallas y promover actividades al aire libre.


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Los vemos mover sus manitos para tratar de alcanzar un móvil, agarrar la cuchara con puré y meterla dentro de un vaso una y mil veces, dar sus primeras patadas a una pelota o enchastrarse con barro. El juego, eso que parece tan natural en la vida de los hijos, es nada menos que la plataforma desde la que van a salir a la vida. Es la base sobre la que se apoyarán para resolver problemas, para tejer vínculos, para comunicarse con los otros y con ellos mismos, para desempeñarse en la escuela y con sus maestros, en sus trabajos y con sus jefes. No hace mucho, la reconocida psicoanalista argentina Eva Giberti resumió la importancia del juego en el programa Primeros años, creciendo juntos del canal Encuentro, de manera contundente: “Si el chico pudiera traducir lo que le pasa mientras juega, no diría ‘Estoy jugando’ como nosotros lo entendemos. No son juegos, son una parte fundamental de su vida, de su desarrollo, que no se llama ‘juego’, se llama ‘estoy creciendo’. Se llama ‘estoy siendo’”.

Casi todos los juegos cumplen una función simbólica en nuestro desarrollo psíquico. El juego es ensayo, prueba y error; es mirar hacia adentro; es interpretar el mundo que nos rodea; es aprender la paciencia y la frustración; es desarrollar la creatividad, la alegría, la fantasía; es hacer que nuestras neuronas se conecten y es vincularnos con otros desde los rincones más recónditos de nuestro ser.

“El juego aparece a muy temprana edad con el pecho materno, el chupete, el esconderse, el perseguirse, el dramatizar. Aunque parezca inocente, en el juego, los niños ‘se juegan’ la vida, el encuentro con el otro, las relaciones, el diferenciarse y la posibilidad de resolver conflictos. El juego les permite elaborar su mundo interno. Los prepara para la vida y tiene sentido para su estructuración como sujetos. El juego nos conecta inmediatamente con el placer, y este, con la salud física y psíquica”, dice Esteban Parimbelli, profesor de educación inicial, psicopedagogo y vicedirector de un jardín de infantes.

Nuevos juegos, ¿y ahora qué?

¿A qué juegan los chicos? ¿Qué impacto tienen esos juegos en su educación y en sus emociones? Mientras añoramos los entretenimientos del pasado, como la rayuela, el scrabble, la soga, vemos que la oferta de juguetes se amplió. También vemos a los chicos, a una edad muy temprana, manejar los controles remotos, el mouse, las pantallas de los teléfonos o las tabletas, y los ponemos frente al televisor. Pero, ¿no deberíamos proponernos hacerlos tomar contacto con entretenimientos más reales y menos virtuales?

“Como todo –responde Parimbelli–, tiene que haber un equilibrio, y ese equilibrio lo debe ofrecer el mayor que esté a cargo de los niños. En los juegos actuales no hay encuentros ni desencuentros y no hay intercambio con el otro cuerpo a cuerpo; si estos tipos de juegos prevalecen, estamos en problemas”.

La psicopedagoga Mariana de Anquín, autora del libro Niños brillantes. ¡¡¡Todos los son!!! (Dunken), cita al sociólogo Marc Smith, uno de los creadores de la Fundación para la Investigación de los Medios Sociales. Smith dice: “Hoy la mayor parte de nuestra socialización pasa por las máquinas. Eso abre muchas oportunidades, pero también provoca preocupación”. De Anquín sugiere que esta situación hizo surgir corrientes de investigación que proclaman que los videojuegos dañan la mente, mientras que otros estudios  sostienen que estimulan el potencial del cerebro. “El juego tradicional entre amigos no necesita de tanta investigación porque los efectos beneficiosos están a la vista. Si bien los chicos se muestran fascinados con los videojuegos y estos presentan diseños que parecieran suplir todas las necesidades de los niños (socializar, compartir, sentir emociones), es necesario que los adultos les generemos espacios para el deporte y el juego espontáneo con otros. Esto se logra a través del juego cara a cara, que debemos facilitar y estimular”, concluye.

Si antes los varones jugaban con soldaditos de plomo, ahora disparan tiros virtualmente. Si antes las nenas cosían la ropa de sus muñecas, ahora eligen qué ponerles a sus princesas con un programa de PC. ¿Deberían preocuparnos estas formas de jugar? ¿O debería alarmarnos, por ejemplo, que jueguen en la computadora a matar a otros personajes, que vienen a ser… ¡sus propios amigos!?

“No debería preocuparnos que los chicos jueguen a la lucha o la guerra en los videojuegos, donde sus amigos ocupan el rol de contrincantes. En los juegos tradicionales, como en el poliladron, los indios y vaqueros, etcétera, siempre hubo enemigos para combatir. Lo que sí nos tiene que ‘ocupar’, más que ‘preocupar’, es conocer el nivel de violencia que presenta el juego y la cantidad de horas que los chicos pasan frente a las pantallas. Hay juegos con altos niveles de crueldad, sangre y lenguaje fuerte que terminan siendo tóxicos para el cerebro de los niños”, dice de Anquín, y agrega que se sabe que un niño que dedica muchas horas a combatir zombis o a matar enemigos puede desarrollar un comportamiento hostil o una disminución de su capacidad empática o de compasión. “Es necesario conocer a qué juegos les dedican innumerables horas, y la mejor manera es jugando con ellos”, concluye.

Juegos electrónicos, ¿sí o no?

Laura Jurkowski es licenciada en Psicología y trabaja como admisora en un centro de psicoterapias de la Ciudad de Buenos Aires. Esa experiencia la llevó a toparse con muchos padres que llegaban al consultorio con preguntas sobre la relación de sus hijos con las nuevas tecnologías. Veía, además, que los chicos, los adolescentes e incluso los adultos presentaban cada vez más problemas de atención, de concentración, de sueño, de sedentarismo, de postura, de obesidad y de relaciones. Entonces, se dedicó a investigar el tema, se especializó en Estados Unidos y creó reConectarse (www.reconectarse.com.ar), un centro donde trabaja en la prevención y el tratamiento de los problemas relacionados con la adicción a Internet y las nuevas tecnologías. Jurkowski dice que la exposición a juegos electrónicos y a la Web puede conllevar riesgos para los chicos, pero que también es posible encontrarle un uso positivo.

“Hay juegos con temáticas discriminatorias, violentas y obscenas. Estar expuestos tanto tiempo a las imágenes violentas genera en los niños conductas agresivas y desensibilización, es decir que cuando estén ante situaciones agresivas, no van a sentir demasiadas emociones. Respecto a las escenas obscenas –que incluso, advierte, pueden aparecer en sitios de juegos con banners a los costados de las páginas–, su aparato psíquico no está preparado para ser estimulado sexualmente y esto puede traerles problemas psicológicos y sexuales a futuro”. ¿Otros riesgos? Ansiedad, aislamiento, falta de interés por otras actividades y hasta depresión.

Para Jurkowski, el monitoreo de los adultos es aún insuficiente. “Así como les enseñamos a cruzar la calle y les mostramos los riesgos de la vía pública, en el mundo virtual deberíamos hacer lo mismo. Hay una calle de la vida virtual que tenemos que enseñarles a caminar sin peligros”. La especialista advierte sobre la necesidad de poner filtros, revisar los historiales de navegación, dejar la PC en lugares donde todos puedan verla, hablar con ellos  de qué hacen cuando están en la computadora, fomentar el diálogo.

Algunas sugerencias para padres
Laura Jurkowski, licenciada en Psicología y directora de reConectarse (www.reconectarse.com.ar), advierte sobrealgunas señales de posible adicción a videojuegos:
→Jugar todos los días más de cuatro horas.
→Volverse irritables si no pueden jugar.
→Dejar de hacer otras actividades sociales para quedarse jugando a los videojuegos o la Playstation (u otras consolas).
→Mentir acerca del tiempo que pasan jugando.
→Desobedecer los límites de tiempo que se han establecido.
→Retraerse de la familia y los amigos.
→Jugar para escapar de otros problemas.
→Seguir jugando a pesar de las consecuencias negativas que le traiga ese juego.

Educación, juego y sociedad

¿Deberíamos cuestionarnos cómo serán de adultos los niños que hoy pasan horas y horas frente a las pantallas? ¿O, incluso, ir más allá y preguntarnos a qué sociedad llevarán los juegos que les ofrecemos? Beatriz Saab, licenciada en Ciencias de la Educación y creadora de Planeta Juego, un método de abordaje de la educación que plantea un trabajo entre padres, chicos y docentes, explica que entre los cero y los tres años –el momento de mayor desarrollo de todo el circuito neuronal del niño–, la alimentación y el juego son fundamentales. Por eso, dice que es el período exacto en que uno puede cuidar una sociedad, la etapa en la que se está preparando a esos niños para que tengan un nivel cognitivo que les permita estudiar y salir a la vida laboral, para que puedan tener una buena adaptación social. Este cuidado, explica, empieza desde el embarazo de la madre, con la alimentación y la estimulación. “Pero la estimulación desde el punto de vista de ofrecerles, a través del juego en las instituciones o en las guarderías, lo suficiente para que desarrollen su cerebro”.

“¿Todos los chicos pueden jugar a esa edad? –se pregunta Saab–. No, no todos tienen el espacio para jugar”. En los sectores sociales más vulnerables, dice, los bebés pasan muchas horas en la cuna porque los adultos deben estar al cuidado de los hijos más grandes. “Un chico que está en la cuna hasta el año pierde la posibilidad de desarrollar su potencial motriz. Si esto va acompañado de una mala alimentación, es probable que su cerebro no se desarrolle de manera adecuada”. Mientras tanto, en las clases medias y altas, lo que sucede es el lado B de una misma problemática. “Los más chiquitos ya tienen agenda. En este caso, sí juegan y hasta tienen una juguetería en la casa, pero los padres los ponen frente a la TV o a la computadora y así los niños pierdan la posibilidad de contactarse con el juego corporal. Hoy, con la vida que llevamos, no hay tiempo para hacer esta conexión”.

La propuesta de la especialista es que los padres se involucren en el juego y que asuman ellos mismos una actitud lúdica, que descubran a sus hijos mediante el juego y aprendan a tenerles paciencia y a no marcarles los errores. “Si estamos en un juego corporal, ¿por qué no tirarme al suelo yo también y divertirme? El chico hace lo que le mostramos. Si vos te mostrás con tu propia alegría, tu hijo también se va a enganchar con esa transparencia, con esa actitud de vivir las cosas”, concluye Saab.

Esta nota fue publicada en Revista Sophia en agosto de 2014.

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