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Pareja

19 agosto, 2010

Él está estresado y yo… agotada


Lidiar con una pareja que está en crisis no es fácil. Para salir adelante sin perder el equilibrio, ante todo tenemos que cuidarnos, aprender a escuchar al otro y saber poner límites saludables. Por Viviana Álvarez.

Seguramente, muchas de nosotras tuvimos esta conversación con nuestras parejas. A veces, son los problemas laborales, mayores exigencias económicas, una crisis familiar. Lo cierto es que tal vez tuvimos, tenemos o tendremos que lidiar con una pareja que sufre de estrés y de sus síntomas, y es probable que el otro también tenga que contenernos en una situación de tensión. Están los que no pueden dormir, los que contestan mal, los que no prestan atención cuando se les habla, los que sólo hablan de sus problemas, los que no hablan de nada y los que tienen todos estos síntomas a la vez.

Todas estas son consecuencias del estrés, porque la persona que lo sufre lo lleva a todos lados y tiñe todo lo que lo rodea con esa tensión que a veces hace que el aire se torne irrespirable y que el más estable de los dos termine sobreexigido porque tiene que hacerse cargo de más cosas, como la familia, la casa y los chicos.

Es lógico que queramos ayudar a nuestra pareja a salir de una situación de estrés, pero no todos estamos preparados para hacerlo. En ese camino podemos hacer intentos de acercarnos que tal vez nos alejen más. El resultado de tantos esfuerzos es que en poco tiempo nosotras también vamos a estar estresadas, con menos paciencia, cansadas de ser las únicas con energía y con más problemas para resolver.

Aunque a veces creamos que el cuerpo y la cabeza nos dan para todo, la verdad es que no es así, y cuando nuestra pareja está estresada, también es bueno que miremos hacia nuestro interior y evaluemos cuál es nuestro propio nivel de estrés. Es importante cuidar nuestra salud, preservar nuestros espacios, hacer cosas que nos permiten sentirnos bien, como estar con la familia, salir con amigos, crecer en nuestro trabajo y tener actividades que nos distraigan y nos den placer. Sobre todo, es bueno que desarrollemos nuestra vida espiritual y nos animemos a pedir ayuda si vemos que no podemos con todo.

Cuándo hay que decir basta

Es lógico que queramos ayudar a nuestro novio o nuestro marido cuando está angustiado, nervioso o triste, pero ¿hasta dónde hay que aguantar la tensión, las malas caras, los enojos, las contestaciones hostiles o la indiferencia? “Cada uno sabe hasta dónde puede aguantar la energía negativa de otra persona todos los días y todo el tiempo, pero hay que tener mucho cuidado de no cruzar el límite que existe entre intentar ayudar a una persona con estrés y caer en los manejos que puede hacer alguien que cree que porque está pasando un mal momento tiene derecho a que todos los que lo rodean cumplan con su voluntad sin contemplar las necesidades de los demás”, nos dice el psicólogo uruguayo Walter Dresel.

Dresel, que es autor de Entre tú y yo entre otros libros, también nos advierte que en estos casos debemos tener cuidado de no ser víctimas del chantaje emocional o de que el otro quiera trasladarnos la culpa por las cosas que no puede resolver. En esos momentos, cuando aumenta la tensión, tal vez sea bueno recordar que no somos responsables del impacto que puede tener el estrés en una persona vulnerable y que no tenemos por qué soportar el malestar permanente. Esto también es lo que opinan los británicos Susie y Otto Collins, especialistas en terapias para parejas.

“No importa lo que le pase a nuestra pareja. No está bien convertirse en el punching bag de nadie, ni metafóricamente ni literalmente, así que el momento de poner un límite llega cuando sentimos que el otro está volcando sobre nosotros sus preocupaciones y sus frustraciones. De ninguna manera podemos permitir un lenguaje abusivo. Si esto sucede, hay que dejar claro que estaremos dispuestas a escuchar cuando el otro esté lo suficientemente sereno para llevar adelante una conversación respetuosa. Tal vez convenga dejarlo solo hasta que pueda poner sus sentimientos en orden”, nos dice Susie Collins acerca de las situaciones que marcan la diferencia entre la tolerancia y el maltrato.

No es conmigo, pero me afecta

Aunque creamos que tenemos que apuntalar y respaldar a nuestra pareja, y lograr que se sienta tranquilo, es probable que no lo consigamos porque nosotras no tenemos nada que ver con el origen de su estrés. Es muy común que cuando una persona tensa reacciona mal nos preguntemos: “¿Qué hice de malo para que actúe así?”. Eso es un error porque no somos responsables de todo lo que le pasa a nuestra pareja y hacernos cargo de lo que el otro siente tampoco va a resolver el problema. Lo que sí podemos hacer es preguntar si modificando alguna actitud podremos ayudar a sobrellevar el mal momento que atraviesa; pero lo que le pasa es un problema suyo y no es nuestra culpa.

Hablemos de lo que pasa

Tal vez nos lleve un tiempo poder hablar del estrés que sufre nuestra pareja y de cómo nos está afectando. Puede ser por indiferencia, por temor a enfrentarnos con una situación que no nos gusta o simplemente porque no sabemos cómo abordar el tema. Sin embargo, en algún momento, la situación se vuelve insostenible y es necesario hablar. Walter Dresel nos dice que podemos empezar por observar la situación, por ver qué cosas no están funcionando bien; si es un problema personal o laboral, qué conductas cambiaron, si nos hablan mal, si el otro no está atento a la familia y a los chicos, si cada vez debemos hacernos cargo de más cosas, si el diálogo está resentido; en fin, qué vemos de distinto y no nos está haciendo bien.

Luego, llegará el momento de hablar. “La actitud más coherente es la contención, la comprensión y tratar de visualizar la mejor forma de ayudarlo a sobrellevar esta desagradable sensación de que todo se torna cuesta arriba”, explica el psicólogo uruguayo. Sin embargo, no siempre es fácil mantener un diálogo. Sobre este tema también hablamos con Susie Collins.

–¿Por qué en algunos casos a las personas que sufren estrés les cuesta hablar con su pareja y sólo lo hacen cuando están llegando al límite de sus posibilidades?

–La razón más habitual es que la persona que sufre estrés tiene miedo de hablar de lo que le pasa por temor a las consecuencias que esto puede traer; tal vez, porque ya ha tenido problemas de comunicación. Pero cuando una persona no se anima a contarle a su pareja que está bajo una situación de estrés, es porque cree que el otro no va a llegar a entender lo que verdaderamente pasa en su corazón.

–¿Cúal es la reacción de varones y mujeres ante el estrés de la pareja?

–Vemos que tanto en varones como en mujeres hay dos formas de reaccionar frente al estrés: puede ser que uno de los dos, o los dos, se peleen; que discutan o empiecen a alejarse física y emocionalmente. Sin embargo, hay una tendencia muy marcada a que la mujer sea la que toma la iniciativa para preguntar y tenga más empuje para resolver la situación, mientras que el hombre toma distancia y es más reservado. No hay que perder de vista que, ya sea que se trate del varón o de la mujer, hay una respuesta para cada situación.

–Si nuestra pareja es más reservada o toma distancia, ¿conviene hablarle o esperar a que él hable?

–No bien notamos que nuestra pareja está estresada, lo primero que debemos hacer es decirle que nos damos cuenta de que no está actuando como lo hace normalmente. Nosotros recomendamos empezar la conversación con esta frase: “Porque nuestra relación es importante para mí y porque te amo, quiero saber qué te pasa”. Luego, debemos preguntarle si hay algo que le preocupa o le molesta y si quiere hablar de eso. Es posible que obtengamos una respuesta o que nos digan que no pasa nada, y en ese caso, debemos recordarle que estaremos cerca, para escuchar cuando quiera hablar. Si la situación se agrava, tal vez tengamos que plantearle a nuestra pareja que su actitud nos está afectando. Si las tensiones perduran en el tiempo y alteran a la familia, debemos sugerirle la posibilidad de iniciar una terapia.

Dresel también recomienda la consulta con un profesional porque considera que un terapeuta puede ser un observador objetivo para encontrar el camino que por alguna razón se ha perdido. También es cierto que las personas estresadas suelen ser más permeables a la opinión de un extraño que a la de alguien cercano.

Decime qué necesitás

“La mejor ayuda que podemos ofrecerle a una persona estresada es la ayuda empática –nos dice Walter Dresel–. Es decir, escuchar lo que le sucede al otro pero poniéndonos realmente en su lugar y no pensando en cómo entendemos o resolveríamos el problema nosotros. Esto hace que la persona estresada sienta más confianza y pueda abrirse a un espacio de diálogo que le permitirá expresar lo que tanto la angustia y lo que le genera tanta ansiedad”.

Por supuesto, nosotras sabemos que esta tarea puede resultarnos difícil porque a los hombres les cuesta hablar y debemos respetar sus silencios.

Si nuestra pareja está estresada porque se quedó sin trabajo tal vez no necesite que le hablemos todo el tiempo de nuevas oportunidades de conseguir empleo; seguramente él tiene contactos y sabe cómo desenvolverse, pero quizá sí necesite que le hablemos de cosas que lo distraigan o le den ideas de cómo aprovechar el tiempo libre que tiene ahora.

Un espacio saludable y necesario

Cuando estamos en pareja no siempre nos gusta la idea de tomar distancia. Sin embargo, darle espacio al otro para que descargue tensiones haciendo su deporte favorito o para que medite en soledad, seguramente ayudará a aliviar tensiones. Es como cuando alguien se ahoga y lo primero que buscamos es darle aire para que recupere la respiración, la conciencia, el alivio. Con el estrés pasa lo mismo; quien lo siente también puede necesitar un poco de espacio propio para desahogarse. Esto no significa separarse, sino tratar de tener paciencia para esperar que el otro nos pida ayuda, no ser demasiado insistente con las preguntas y los cuestionamientos o presionar al otro con que avance en la resolución de los problemas. “Lo que debemos dejar bien claro es que estaremos allí cuando el otro quiera hablar, cuando necesite un oído que lo escuche o un hombro para apoyarse. Pero luego hay que dar un paso al costado para que el otro se sienta libre y responsable de sus próximos pasos porque, cuanto más fortalecida se sienta una persona durante una crisis de estrés, más fácil será que pueda resolver sus problemas”, dicen Susie y Otto Collins.

Dresel nos da una idea que tal vez nos sirva para tener en cuenta en nuestra vida cotidiana. “Todos estamos sometidos a tensiones, pero no podemos ni debemos trasladarlas a la pareja cada vez que nos sucede algo. Es cierto que compartir es uno de los elementos más importantes de la pareja, pero no está bien cargar siempre al otro con nuestras carencias y conflictos. Los vínculos no se conforman a partir de los problemas, sino a partir de nuestras virtudes y, por eso, las parejas que sólo están unidas por conflictos tienen más posibilidades de terminar en una separación. Para que una relación sea agradable y tenga futuro, debe haber cierta tolerancia a la frustración porque no siempre podemos tener todo lo que queremos y si esto no se puede lograr seguramente le transmitiremos un estrés constante a la pareja y el desgaste será inevitable. Por eso, es bueno que recordemos siempre que lo que nos une es el amor, la entrega y el cuidado, y eso es algo que vale para los dos por igual frente a cualquier circunstancia.

 

Laura, 39 años.

“Yo no quería ver que él no podía”

Christian es un tipo adicto al trabajo y muy ansioso, pero al mismo tiempo es muy disperso y le cuesta concentrarse. Yo lo sé desde que lo conozco y aprendí a lidiar con eso. Estuvimos cuatro años de novios, estamos casados desde hace nueve años y tenemos tres hijos: María, de 7 años; Santiago, de 5, y Milagros, de 2 y medio.

Yo trabajo en marketing, algo que no tiene nada que ver con lo suyo, y siempre pude dejar el trabajo atrás al salir de la oficina. Mi marido es arquitecto y tiene 40 años. Cuando lo conocí, trabajaba en el estudio de su padre, que también es arquitecto, pero antes de casarnos, Christian se reencontró con un ex compañero de la facultad y juntos crearon una empresa de construcción. Tanto en el noviazgo como en los primeros años de matrimonio –nos casamos en 2001–, el trabajo nunca fue un tema de conversación entre nosotros, en parte porque lo que él hacía me aburría bastante y también porque la empresa funcionaba bien, al punto de que nuestro nivel de vida nos permitía tener todo lo que queríamos. Pero en 2004, Christian empezó a darse cuenta de que su socio le robaba porque, por izquierda, pasaba sobreprecios por algunos trabajos, y eso lo puso como loco. Mi marido es muy íntegro y no le gustan las cosas turbias.

Justo en ese momento estábamos terminando nuestra casa en un barrio privado y no podíamos dejar de contar con los ingresos que daba la empresa porque mi sueldo significaba el 30% de nuestra entrada.

Empecé a darme cuenta de que Christian no estaba bien porque su ansiedad se multiplicó; dormía mal a la noche y durante el día tenía un carácter intratable. Se quejaba por cómo estaba hecha la comida, les ponía penitencias excesivas a nuestros hijos y me contestaba mal a mí. Yo no le preguntaba mucho sobre sus problemas porque no quería saber demasiado, pero cuando le preguntaba cómo estaba el me decía: “Bien…” y mi respuesta era: “Bueno, mejor así” y le hablaba de otra cosa… A lo sumo le decía: “Bueno, cambiá la cara…”. “Vos siempre de mal humor”, pero nunca fui más allá, aunque sabía lo que estaba pasando.

Era consciente de lo que hacía. Lo que pasa es que una siempre espera que él sea el fuerte, que te banque, pero no quería encontrarme con un marido que estaba pasando un mal momento.

Finalmente se disolvió la sociedad y él empezó solo con un estudio. Entonces, el estrés fue peor porque tuvo que empezar a trabajar más horas y no sabíamos cómo le iba a ir. Al principio las cosas no le salían: él se quedaba trabajando hasta las tres de la mañana para proyectos que después no se daban… Se le ocurrían ideas buenísimas que no avanzaban… Estaba pasándolo muy mal y, sobre todo, se mantenía el insomnio, que lo volvía loco.

En ese tiempo, Christian casi no veía a los chicos y yo tuve que hacerme cargo de muchas cosas porque él no estaba para comer con nosotros, para llevarlos al colegio o para bañarlos. No es que no le gustara hacer esas cosas, sino que estaba metido de lleno en el trabajo.

Asumí el lugar de encargarme de todo y al mismo tiempo me volví exigente con mi marido porque no quería ver que él no podía con lo que le estaba pasando. También le demandaba que estuviera en casa, le decía que se estaba perdiendo a los chicos y a la familia.

La situación llegó al punto de que yo empecé a tener problemas intestinales y una anemia que hizo que me internaran dos veces. Por supuesto, los chicos también empezaron a pasarnos factura. Era imposible que no se dieran cuenta de lo que pasaba; se sentía en el ambiente, las caras no eran las mismas… Un día me llamaron del Jardín para decirme que mi hija María tenía problemas para relacionarse con los demás porque ella quería tener amigos pero, en vez de acercarse de una manera cordial, los agredía. En realidad, era un reflejo de lo que pasaba en casa, porque nos peleábamos bastante y muchas veces enfrente de los chicos.

Para ese momento ya sentía un poco de bronca y empecé a pensar que lo nuestro iba rumbo a la separación. Comencé a preguntarme qué cosas hacen que una pareja se separe y si lo que nos estaba pasando era un motivo suficiente. Al mismo tiempo, sabía que lo quería y que en el fondo todo lo que le estaba pasando era por no avalar una situación injusta, por no dejarse robar, por separarse de alguien inmoral, y estaba pagando ese costo con su esfuerzo. No podía pedirle que avalara una situación así, viendo sólo el bienestar económico.

Cuando la situación se volvió insostenible, Christian retomó terapia con una psicóloga que veía de vez en cuando desde que era soltero, y los problemas empezaron a solucionarse a partir de que ella le sugirió que hiciéramos terapia juntos.

Eso nos ayudó mucho porque lo que tiene de bueno es que hay un mediador; se puede decir cualquier cosa, pero hay un tercero que está ahí para que las situación no se vaya a cualquier lado y sólo termine en una discusión y en un enojo. La terapia ayudó a que pudiéramos plantearnos objetivos, compromisos y a que llegáramos a un acuerdo. A partir de la terapia yo pude darme cuenta de que, en parte, había contribuido al estrés de Christian porque le exigía demasiado y lo presionaba con cuestiones materiales que ahora veo que no son importantes. En ese proceso me di cuenta de que lo importante es estar en armonía con la familia y los hijos. Comprendí que hay que ponerse en el lugar del otro, ser más realista con las prioridades que uno tiene, escuchar, aceptar el error del otro; me di cuenta de que con gestos mínimos puedo ayudar mucho a mi pareja. Por ejemplo, yo sé que si le alcanzo un té a Christian mientras está trabajando en casa, eso le cambia la cara.

Además, aprendí a preguntarle: “¿Que necesitás?”. Parece muy fácil, pero para mí no lo era. No podía preguntarle qué le pasaba porque no quería encontrarme con alguien vulnerable. Por ejemplo, en la terapia él me dijo dos cosas: “Necesito que no me llames veinte veces por día sólo para preguntarme cómo estoy porque eso me desconcentra” y “Necesito que si sabés que estoy en medio de un proyecto que me demanda estar trabajando hasta las tres de la mañana me dejes hacerlo”.

Al principio me costó, pero ahora reconozco que muchas veces llamaba por nada y él estaba en medio de algo. También pude establecer reglas: el celular ya no está nunca en la mesa cuando comemos. Christian va una vez por semana a buscar a los chicos al colegio y hay un día que a las cuatro de la tarde corta con el trabajo. Además, aprendí a darle su propio espacio y cuando lo veo mal soy yo la que le dice: “¿Por qué no vas a jugar al tenis? ¿Por qué no vas a pescar?”.

Por parte de él también hubo cambios importantes. No bien se da cuenta de que está por colapsar, recurre a la psicóloga, empezó a hacer yoga para dormir mejor y aprendió a manejar el mal humor; ahora, antes de contestar mal, se queda callado y hace un esfuerzo por ser más tolerante. Hay un punto fundamental en todo esto y es mi fe, que para mí es un gran consuelo. Hay días en los que yo puedo llegar a decir “me divorcio” y cuando salgo de la iglesia o de rezar un rato ya estoy más tranquila.

Esto no significa que los episodios de estrés hayan desaparecido, pero ahora los dos tenemos recursos para enfrentar esta situación y ante la primera señal de alarma ya sabemos cómo manejarnos.

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