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10 julio, 2018 | Por

El encanto de la flor azul

Paquita Romano, mamá de tres hijos, exdiseñadora de ropa y hoy decoradora y jardinera, elige vivir lejos de la ciudad, rodeada de plantas y de objetos con historia.


Si esta nota empezara por el final, diría así: al salir de la casa de Paquita Romano, 37 años, mamá de Bautista (18), Thomas (12) y Milo (11), en pareja con Bobby (53), el padre de sus dos hijos más chicos, la sensación que queda es la de haber estado en un espacio singular, de jardines exuberantes, árboles de sombra generosa, ventanales al exterior, instrumentos musicales, dibujos y libros, rincones arbitrarios y decisiones rotundas.

Si esta nota empezara por el comienzo, diría así: al entrar a la casa de Paquita Romano –37 años, exdiseñadora de ropa, hoy decoradora y paisajista (“jardinera”, dirá ella), la sensación es la de entrar a un espacio diferente, ambientado con objetos y muebles que muestran el desgaste noble del uso, dispuestos con ese desparpajo que solo da la creatividad.

La flor azul, así se llama su casa, está ubicada en un barrio arbolado con calles de tierra en Benavídez, lejos de la Ciudad. De esa manera lo anuncia un cartel de chapa en el frente de ese hogar que supo ser una escuela Waldorf, desde hace quince años habitado por Paquita, su familia y sus plantas. No hay un patrón de estilo, allí rige el puro gusto de sus dueños, las ganas de cambiar todo el tiempo el color de las paredes, la disposición de los muebles o las especies de plantas que crecen bajo su cuidado a la manera, sobre todo, de los jardines ingleses. La casa se expandió a la par de sus integrantes, y se fue poblando de cosas que Paquita y Bobby compran en demoliciones o remates para su trabajo como decoradores. Algunos de esos objetos fueron elegidos para su “rancho”, como llama Paquita a su casa.

“Todo lo hicimos con esfuerzo, sin pretender ostentación, pero sí vinculados a lo que a nosotros nos resulta bello. Después de todo –se pregunta–, ¿quién dice qué es lindo? , ¿quién dice qué es feo? No hay cosa fea ni cosa linda; todo depende de cómo la pongas. Lo mismo pasa con las plantas”.

En los ambientes de La flor azul hay ventiladores de chapa, una mesa de living que en otros tiempos fue una zorra de ferrocarril, con tres morteros de piedra sobre ella; un par de esquíes raqueta de madera y cuero, y en la cocina, una estantería de vagón que hace las veces de posa vajilla. Todo usado, todo antiguo. Por aquí y por allá también hay un scooter Guizzo de décadas pasadas, una vieja roldana, sillones vintage, una bañera con patas.

No es una casualidad. Es una decisión. “Yo vivo así porque creo en esto. En el mueble original, sin tocar. El valor está en la historia. Algo usado, curtido, tiene una belleza particular que no se consigue de otra manera, que necesita del paso del tiempo”, dice Paquita, mientras toma mate en la cocina, desde donde se ve un picaflor visitando las bromelias.

Paquita es dueña de Die Ecke, un local de decoración en Maschwitz. Todavía hace ambientaciones de casas y otros espacios (ella y Bobby tuvieron a cargo la del Mercado de Villa La Angostura), aunque se aleja cada vez más de esa labor para expandir su veta jardinera. De hecho, tiene en marcha su propio vivero.

Para ella, que dice que se hizo grande cuando sus pares eran chicos, que la separación de sus padres le forjó una autodeterminación temprana, que fue madre a los 18, que muchas veces desafió las costumbres de una familia tradicional y que intuye una fuerza superior a ella cuando ve germinar una semilla, una casa tiene que contar algo. “Las casas dicen cosas de la gente. Si alguien viene acá y no me conoce, probablemente pueda decir muchas cosas de mí”. Alguien que va a su casa y recién la conoce, o la conoce poco, saldrá de La flor azul con un puñado de gajos de regalo y una palabra resonando en algún lado: libertad.

Fotos: Camila Miyazono.

 

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