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Salud

13 junio, 2017

El desafío de transformarse

Como lo hace desde 1967, ALPI premió a diez personas que enfrentaron su discapacidad con mirada desafiante, trasparon sus propios límites y reescribieron sus historias con un fuerte espíritu de superación.


Reflejarnos en el espejo de los otros en ocasiones puede estimularnos y hacernos ver la adversidad con mirada desafiante, creativa. Con esa idea como norte, la Asociación Civil ALPI, dedicada al diagnóstico, tratamiento y rehabilitación de personas con patologías neuromotoras, otorgó el premio BIENAL a diez personas marcadas por la dificultad, pero también dueñas de una inmensa vitalidad, compromiso, ingenio y valentía capaces de hacerlos escribir su propia historia a pesar de los obstáculos.

El resultado fue un encuentro en el Senado de la Nación en el que se reconocieron, mediante de la conducción de Andrea Frigerio, historias de varones y mujeres que, pese a convivir con una discapacidad motora, son para esta asociación civil “ejemplos de esfuerzo y superación y participan activamente en las comunidades donde desarrollan sus actividades”. Así, nueve deportistas, escritores y dibujantes que nacieron o adquirieron alguna discapacidad motora fueron elegidos por un jurado de profesionales, mientras que el décimo candidato fue seleccionado por los seguidores de la página de ALPI en Facebook.

“Desde 1967, ALPI elige a 10 ganadores que son protagonistas de historias de vida inspiradoras y que representan el espíritu y la vocación de la entidad por rehabilitar, dijo María Soledad Laso Larranda, responsable de la Comunicación de Proyectos Internos de la ONG.

 Antonella Semaán, estudiante de la Licenciatura en Artes Visuales, fue una de las mujeres destacadas. Ella nació hace 26 años con un soplo al corazón y sin brazos, a causa de una mal formación congénita. Desde bebé, su mamá se empeñó en darle todas las herramientas posibles para que fuera independiente, por eso desde niña recibió estimulación temprana y entrenamiento en el manejo de sus pies y en el fortalecimiento de sus piernas y abdomen. De más grande, fue otra mujer, con una historia similar a la suya, quien acompañó a Antonella por el camino del arte. María del Pilar Benítez Velozo, de la Asociación de Pintores con la Boca y el Pie, la introdujo en el mundo del dibujo. El contacto con los colores y las formas le abrió nuevos caminos a Antonella, que con el tiempo iba a participar en recitales de León Gieco junto a Carlos Alberto Sosa, otro artista que pinta con la boca, y del concierto en la Casa Rosada que dio puntapié para Mundo Alas, la película de Gieco multipremiada en el país y el exterior. El cuadro que hizo Antonella de Carlos Tevez para la firma Nike recibió el León de Oro en Cannes como mejor publicidad en la vía pública; y ella hoy da talleres, charlas y conferencias donde contagia su amor por el arte y el impulso por trascender límites.

La historia de Natalia Bonetti, de 32 años, no es menos inspiradora. Tras un ACV que le provocó Síndrome de Enclaustramiento, un trastorno que le impide mover cualquier músculo del cuerpo o comunicarse pese a mantenerse en estado de vigilia y conciencia, Natalia empezó un tratamiento de rehabilitación en ALPI y allí comenzó a utilizar un sistema de comunicación a través del cual elije las letras del abecedario y afirma y niega con los párpados. Eso le permitió establecer una comunicación con el entorno y plasmar su historia en un libro, Historia de Vida contada desde el alma. Natalia además participa de actividades con los Payamédicos, un grupo de clowns y payasos dedicados a mejorar la vida de personas hospitalizadas a través del humor y la risa. Esa actividad la impulsó a escribir su segundo libro: La risa cura el alma, que a su vez la llevó a sumarse a un “payacongreso” y a tener un espacio en la Feria del Libro de Buenos Aires. Con el tiempo Natalia volvió a su escuela secundaria para ejercer como profesora de Ciencias Naturales, se fue a vivir sola y empezó a dictar clases particulares de física, química y biología.

A Verónica Cantero Burroni, una mala praxis al nacer, hace 14 años, le ocasionó una discapacidad motriz, por eso desde entonces se mueve en silla de ruedas. Aquello no fue, para Verónica, una barrera para que se despertara en ella un amor temprano por la literatura: a los siete años empezó a escribir cuentos y pequeñas novelas y en 2016 publicó su primera novela, El ladrón de sombras, en Italia, donde fue seleccionada para un concurso literario infantil y ganadora del premio Elsa Morante 2016. El libro se publicó en julio por la editorial QUIPU en la Argentina y también se presentó en la Feria del Libro Infantil. Su pasión por las letras la tiene nuevamente ocupada en el lanzamiento de su próxima obra, una recopilación y actualización de textos propios que también publicará en Italia.

La lista de historias es extensa y en todos los casos, ya sea que se trate de historias relacionadas con el arte plástico, las letras o el deporte, revelan que los límites o los obstáculos, a veces, pueden ser transformadores.

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