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Vivir bien

6 julio, 2018

El camino del silencio

En las ciudades, el ruido atenta contra la salud de las personas. El que llevamos dentro, como las preocupaciones y las exigencias, debilita la capacidad de escuchar nuestro interior. Convocar al silencio, en cambio, nos conduce a las cosas esenciales de la vida. Por Carolina Cattaneo.


Ruido

 

Todo el mundo intentando venderte algo, 

 intentando comprarte, 

queriendo meterte en su melodrama,  

su karma, su cama, su salto a la fama,  

su breve momento de gloria, 

 sus dos megas de memoria, 

subirte a su nube 

como un precio que sube  

para luego exhibirte como un estandarte.  

No encuentro nada más valioso que darte, nada más elegante 

que este instante 

de silencio. 

Silencio.

Jorge Drexler canta y nos corre el velo de una realidad cada vez más inclemente: los habitantes de las ciudades vivimos aturdidos por el ruido. Y lo que es peor, apenas somos conscientes de ello y de las consecuencias sobre nuestra salud psíquica, física, emocional y espiritual.

Los colectivos braman por el caño de escape mientras escupen nubes de humo negro, las sirenas ululan la urgencia, las masas compactas de autos vocean en un coro desafinado que nunca se apaga, trabajadores de overol hunden las brocas de los taladros en el asfalto, las grúas de torres en construcción hacen aullar sus engranajes. La contaminación acústica en las grandes ciudades, dice la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la segunda amenaza a la salud pública después de la polución del aire.

Los efectos negativos del ruido son varios: pueden perjudicar el sueño, causar problemas cardiovasculares y psicofisiológicos, provocar molestias y cambios de conducta, según la OMS. ¿Quién no siente irritación sentado a la mesa de un restaurante en el que el volumen de la música, de las voces, y de platos y vasos yendo y viniendo es tan alto que apenas podemos oír a quien nos acompaña?

Ruido y sonido no son la misma cosa. El sonido es un fenómeno físico. El ruido, en cambio, “es un fenómeno psicológico –explica la psicóloga ambiental Arline Bronzaft en un artículo publicado por la American Psychological Association–.  Mientras el oído capta las ondas de sonido y las envía al lóbulo temporal para su interpretación, las percepciones más altas del cerebro determinan si el sonido es no deseado, intrusivo y desagradable”.

La expansión urbana y el transporte abonaron que el ruido se convirtiera en una desarmonía omnipresente en el trajinar citadino. A menor escala y en el interior de los hogares, la situación no es muy diferente. Nos rodea un rumor disruptivo de televisores y radios encendidos, mientras el lavarropas hace sonar sus tambores y el celular avisa de un torrente de mensajes. Este bullicio sordo sucede al mismo tiempo en que ruge la cortadora de césped del vecino de al lado y la moto del de enfrente.

Si a eso se le suma, en términos metafóricos, el ruido causado por el bombardeo publicitario, el estruendo visual de los carteles callejeros y la sobreinformación a la que estamos expuestos todos los días, no es raro que nuestro aparato sensorial se sature.

Muchas veces, más de las que quisiéramos, esa presencia incómoda se asemeja a la que llevamos dentro, un rumiar constante sobre las preocupaciones diarias, los miedos, ansiedades, exigencias propias y ajenas, lo que no conseguimos en el pasado y lo que queremos conseguir en el futuro: como el ruido externo, a menudo los pensamientos no deseados, intrusivos y desagradables nos ensordecen desde adentro.

“Descuidar nuestra conexión con el mundo a través de los sentidos sería una gran pérdida. Ser ciego o sordo es terrible. Pero, de un modo más sutil, estamos yendo hacia eso”, dice el científico acústico Kurt Fristrup en el el filme In Pursuit of Silence (2016), que en español podría traducirse como “En busca del silencio”.

Silencio

Las gotas de lluvia que caen sobre un techo de madera. Las hojas de los árboles que se entrelazan con el viento. El chapoteo de un hornero sobre un charco de agua. La estridulación de los grillos en las noches de verano. El eco en la montaña. El trueno. El canto del gallo al alba. La naturaleza compone infinitas sinfonías, sutiles y sofisticadas, de manera permanente y a veces en susurros. Para oírlas no es necesario irse lejos de la ciudad: alcanza con enfocar la atención en sus detalles sonoros y dejarse encantar por ellos.

“Mientras que el ruido nos conduce al caos, al desorden y a la confusión, el silencio nos conduce, en principio, al orden y a la unificación. El ruido nos desarmoniza y nos diversifica. El silencio nos armoniza y promueve el proceso de unificación y de integración de las diferentes partes que componen la unidad psicosomática, energética y espiritual que somos”, dice a Sophia Marcelo Manetti, autor de los libros Tradición y Relatos del joven y el anciano (Ediciones del Camino).

La necesidad de bajar el volumen externo ya es atendida por automotrices, aerolíneas, empresas de electrónica y gobiernos. Hay quienes van más allá y promueven, directamente, espacios de silencio, como algunas líneas de trenes que destinan vagones en los que no se permite hablar por celular, escuchar música sin auriculares o conversar en voz alta. Para los hospitales, existe una recomendación de la OMS que sugiere que el promedio de los niveles de sonido no supere los 35 decibeles (dB), una meta tan saludable como exigente si se tiene en cuenta que las personas hablamos a niveles de entre 55 y 65 dB.

“Al silencio interno y al externo hay que acompañarlos de un cierto aquietamiento externo e interno también, ‘aquietamiento de los torbellinos de la mente’, como diría Patanjali, un erudito indio que vivió entre el 500 y el 200 antes de Cristo. Es bueno acompañar ese silencio de una cierta soledad, pero no en el sentido externo de no estar con nadie, sino de poder estar a solas con uno mismo –agrega Marcelo Manetti–. Si podemos tener menos ruido de emociones, pensamientos, deseos, esperanzas, proyectos e inquietudes –que no están mal en sí mismos, pero que todos juntos producen mucho malestar–, y si a eso le sumamos aquietamiento y serenidad interior, donde todo existe en armonía, seremos conducidos a momentos y espacios sagrados”.

Templos, bibliotecas, parques frondosos, museos, la montaña, el campo abierto. El silencio está al alcance de todos; basta con convocarlo. Es allí donde mejor escuchamos a los otros, donde podemos sumergirnos en la maestría de una pieza musical, donde oímos fuerte y claro el mensaje de nuestra intuición, donde la mente fluye en libertad para orientarnos en medio del bullicio. En su camino hacia la práctica de la meditación, el sacerdote y escritor español Pablo d’Ors, se dio cuenta de que el silencio no tenía nada de particular. “El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo ‘nada’, pero muy bien podría también decir ‘todo’”, escribe en su libro Biografía del silencio (Siruela, 2015).

“El silencio es donde escuchamos algo más profundo que nuestro parloteo, y donde pronunciamos algo más profundo que nuestras propias palabras”, dice una voz masculina en off en la película In Pursuit of Silence. Y sigue: “Sabemos que a las cosas más esenciales de la vida no podemos expresarlas. Por ejemplo, nuestra relación con la fe, con el amor, con la muerte, con la divinidad. El silencio es el lugar donde reposa lo esencial”.

En otra de las estrofas de su canción, Jorge Drexler invita: “entremos en el sonido hasta el penúltimo matiz” y “hagámosle caso al gesto de la foto de la enfermera”. Y canta:

Y cuando el ruido vuelva a saturar la antena

y una sirena rompa la noche, inclemente, 

no encontraremos nada más pertinente 

que decirle a la mente: 

detente. 

Silencio. 

Silencio. 

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