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Pareja

30 enero, 2010

“El amor necesita tiempo y ganas”


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Sergio Sinay y Marilén Stengel

Vienen las vacaciones y las parejas tienen más tiempo para compartir, para charlar y para pensar cómo mantener vivo el amor, cómo manejar la rutina, cómo encontrarse de otra manera… Sergio y Marilén están juntos hace diecisiete años y, aunque son expertos en vínculos y en comunicación, también tienen que ocuparse mucho de la pareja para que funcione. Quisimos acercarnos a su historia y a su intimidad para que nos cuenten cómo construyen el amor día a día. Por Carolina Cattaneo e Isabel Martínez de Campos. Fotos: Pilar Carlés.

Es viernes a la mañana y en Buenos Aires la gente circula al ritmo acelerado y caótico del último día de la semana, bajo un cielo lluvioso. A la calma la encontramos en la casa de Marilén Stengel (45) y Sergio Sinay (61), en el último piso de un departamento de Belgrano, frente a una plaza llena de verde que se ve desde un balcón grande, con muchas plantas y dos gatas que escapan silenciosamente al aguacero.

Llegamos hasta acá en el inicio del verano, una época en que las parejas tienen más tiempo para encontrarse y dialogar. Trajimos con nosotras las preguntas que, con frecuencia, nos hacemos en la redacción e incluso con nuestras propias parejas. ¿Cómo hacemos para reavivar el entusiasmo después de varios años juntos? ¿Cómo logramos que la rutina no desgaste el amor? ¿Es posible reconstruir el afecto año tras año? ¿Existe un nuevo modo de vincularse en las parejas de las nuevas generaciones? Quisimos que a estas preguntas nos las respondieran Sergio y Marilén, que desde hace diecisiete años están juntos y transitan el camino del crecimiento y la reflexión constantes. A lo largo de la entrevista dejaron ver que son una pareja que busca crecer, una que desde el día cero tiene sus bases arraigadas en la confianza. Una pareja que, a diario, “trabaja” por encontrar una manera sana de convivir con las diferencias, de manifestar las propias necesidades y de engordar la escucha. En esta nota, comparten con nosotras sus aprendizajes.

–¿Cómo es la rutina en una pareja que se plantea crecer?

–Sergio: El amor es una construcción, no es magia; lo que tiene algo de mágico es el enamoramiento. Encontrás a alguien, te deslumbra. Eso no es el amor todavía…

–Marilén: Yo por el enamoramiento estaba tonta… Me costaba concentrarme.

–¿Hay que atravesar eso?

–Sergio: Es inevitable… El amor es un punto de llegada. El punto de partida es el enamoramiento, que es desconocimiento e ilusión. El amor, en cambio, es conocimiento y aceptación, y requiere tiempo y ganas. Es un viaje. ¿A dónde se llega? Ahí está el misterio. Nosotros hace diecisiete años que estamos juntos.

–Marilén: ¡Y a mí me llevó sólo catorce años decidirme a casarme! (Ríe).

–Sergio: Empezamos un 31 de diciembre y nunca más nos separamos… Ahora puedo decir que tengo una experiencia propia del amor. Antes había estado casado diez años, en un matrimonio en el que insistíamos en la disidencia, tuve un hijo y después tuve diez años de soltería. Si me dijeran que mañana es el fin del mundo, diría: “Estoy en paz; ahora tuve la experiencia real del amor”.

–Marilén: ¡Me estoy emocionando! (Llora).

–¿Por qué?

–Marilén: Me emociona que lo diga públicamente… Sé que me quiere, tengo la vivencia hace mucho tiempo… pero igual me emociono…

–Sos muy expresiva…

–Marilén: Soy muy pasional… Y así me va…

–¿Bien o mal?

–Marilén: A veces bien y a veces mal…

–La vida no te pasa desapercibida…

–Marilén: No, para nada.

–En estos diecisiete años habrán tenido alguna crisis…

–Marilén: Yo voy a hablar de la mía, vos hablas de las tuyas (le dice a Sergio, y lo acaricia, como harán durante todo el tiempo que dura la entrevista). A los seis años de estar juntos, sentí que tal como estaba planteada nuestra pareja, me comprimía mucho, me apretaba. Los primeros años me encantaba que anduviéramos juntos para todos lados, yo pegada a él como una etiqueta, hasta que empecé a necesitar espacios propios.

–¿Cómo sentías esa necesidad?

–Marilén: Por ejemplo, iba a escultura todos los sábados a la mañana. De repente, en vez de volver a casa a la una, volvía a las dos, ¡porque me había colgado! Sergio me reclamaba la tardanza, yo le pedía que me dejara vivir y, entonces, discutíamos mal y nos gritábamos.

–¿Cómo hicieron el clic?

–Marilén: Cuando Sergio se enojaba, no me miraba. Yo no soporto que en momentos de enojo el otro haga como que no me registra. Entonces, le pedía que me mirara. Hasta que un día le dije: “Flaco, cuando vos no me mirás mientras discutimos, siento que me decís que no existo, me siento golpeada”. A partir de ahí hubo un cambio enorme. Con la psicología de la Gestalt aprendí a decir las cosas sin etiquetar al otro. Si le digo “Sos un cretino porque no me mirás y lo hacés para estropearme la vida”, lo estoy etiquetando. Y así no consigo lo que necesito. En cambio, si le digo “Cuando discutimos y vos no me mirás, yo siento que no existo y caigo en un vacío emocional insufrible”, le estoy dando información de cómo me siento; de esa manera, la otra persona entiende en qué lugar estás, entiende mejor lo que te pasa.

–Sergio: Creo que los cambios que uno ansía no ocurren cuando los esperás: van sucediendo. Con Marilén aprendí a enojarme; la cuestión no es no enojarse, porque la ira es una emoción humana. La cuestión es cómo manejás tu enojo, porque si la amo y quiero conservar este vínculo, tengo que poder dialogar, aun si estoy enojado.

–Para eso tiene que haber dos personas dispuestas a escucharse…

–Sergio: Creo que tiene que haber voluntad de trabajar por un sentimiento. No vas a amar porque tenés la voluntad de amar. Es al revés: si amas, vas a tener la voluntad de construir una relación amorosa.

–Sergio, ¿cuál fue tu crisis?

–Sergio: Cuando conocí a Marilén, había cosas de ella que me molestaban muchísimo. Yo tengo mis rituales. Escribo en determinado lugar, tengo mis cosas en un desorden que entiendo. Tengo otro ritmo, más pausado. Entonces, por ejemplo, veníamos de una semana tremenda de trabajo y juntos decidíamos que el fin de semana nos íbamos a “acovachar” en casa, como decimos nosotros. Y resulta que el viernes a Marilén se le ocurría invitar gente a comer. Yo me volvía loco, porque me había preparado para otra cosa. Me parecía una falta de lealtad a los proyectos comunes, hasta que llegué a entender que ella es así, que va a ser una viejita de 90 años que va a tener esta impronta. Entonces, hoy, sin salir de mi ritmo, sin dejar de ser como soy, la puedo mirar a ella divertido; con ternura. En verdad, que ella sea así muchas veces nos ha permitido hacer cosas divertidísimas que no estaban planeadas. Y que yo sea como soy nos ha permitido mantener ciertas constancias que nos hicieron bien.

–Marilén, ¿vos cómo viviste ese tema de los tiempos de cada uno?

–Marilén: Gracias a que Sergio tiene un ritmo más lento, yo puedo tener la experiencia de tirarme en el sillón y “hacer nada”. Porque no sé “hacer nada”. A muchas mujeres nos parece que tenemos que ser buenas amas de casa, buenas profesionales, buenas madres, buenas amantes. Hay tanta presión puesta sobre nosotras que no nos damos tregua. Sergio me ayudó a decir “existo sin hacer”.

–¿Qué observan que está pasando en las parejas actuales?

–Marilén: En el modelo tradicional de pareja, los hombres eran los proveedores de dinero y las mujeres, las proveedoras emocionales, administradoras de las emociones de la familia. Pero ahora, como muchas mujeres aportan plata a la economía familiar, les exigen a los hombres que ellos también se vuelvan proveedores emocionales.

–¿Cómo es eso de los “proveedores emocionales”?

–Marilén: El proveedor emocional es alguien que aporta contención y afecto a la familia. Dentro de esas funciones, cumple una tarea docente respecto de los sentimientos. Las mujeres somos naturalmente proveedoras emocionales, porque desde hace más siglos tenemos una relación más desarrollada e íntima con nuestro universo emocional. Entonces, a muchos varones no se les ocurre, por ejemplo, ir a consolar a su hijo si está llorando. A los varones los desborda la emoción de sus hijos y, a la vez, los desborda su propia emoción, porque creen que no podrán contenerlo. Cuando una mujer le pide al varón provisión emocional, lo que le pide es que él este dispuesto a aportar esa cuota de sostén afectivo que todas las familias necesitan. En este sentido, para todos, es una cuestión de aprendizaje.

–¿Qué pasa cuando se le pide al varón que sea ese proveedor emocional que la mujer necesita?

–Sergio: Es cierto que hoy la mujer necesita mayor participación del hombre pero, por otro lado, también es cierto que así como la pide, la niega.

–¿Cómo es eso?

–Sergio: Por ejemplo, cuando el varón se hace cargo de los chicos, no los puede vestir de la manera que a él le pareció porque la mamá va a considerar que no hizo una buena combinación de colores. O si les cocinó, le dirá que dejó la cocina hecha un desastre. Entonces, el varón participa, pero en calidad de colaborador, no en calidad de coprotagonista. Si yo participo, es para que mi mujer recupere un tiempo y un espacio que se supone que ha ido perdiendo por ocuparse de los chicos. Pero si la mujer, además de ocuparse de los chicos, se ocupa de cómo el varón se ocupa de los chicos, se generan nuevas tensiones en la pareja.

–¿Querés decir que la mujer es más controladora?

–Sergio: En el área doméstica, emocional, de la salud y de la crianza, sí. Es absolutamente controladora, porque es el espacio que culturalmente se le asignó. Ella es la administradora emocional y doméstica. Y el varón es el administrador público y social, así como es el controlador económico.

–¿Qué creen que pasa con las parejas que representan a las nuevas generaciones, en relación con esa formulación cultural?

–Sergio: Las nuevas generaciones no nacen de zapallos, nacen de padres atravesados por estos modelos que acabo de describir. Es cierto que hay una necesidad real para varones y mujeres de cambiar estos modelos, porque no son funcionales a la felicidad ni al amor. Pero, a la vez, en las nuevas generaciones, se están dando dos fenómenos: aparecen los modelos viejos con códigos de hoy, o aparece lo contrario: un emparejamiento tal donde ya no se sabe quién es varón y quién es mujer.

–¿Y ese emparejamiento es negativo?

–Sergio: No sé si es negativo. Es un tema de funcionalidad. Me recuerda al movimiento frustrado del nuevo varón de la década del noventa, del cual yo participé y hoy critico. Éramos hombres culposos por lo que les habíamos hecho a las mujeres durante mucho tiempo y creíamos que se solucionaba haciéndonos sensibles. ¿De qué manera? Sensibles a la manera femenina, tiernos a la manera femenina. Las mujeres dijeron: “¡Qué bárbaro!”… Pero se aburrieron rápido y dijeron: “Este tipo es como yo. No es que no sea hombre, pero un tipo así no me va a hacer sentir protegida”.

–Marilén: Estamos viviendo un tiempo bisagra en el que hay un interés genuino de muchos varones de ser proveedores emocionales y de abandonar el lugar de meros colaboradores, pero también siento que, en el fondo, a las mujeres nos queda esta sensación atávica de que el varón nos tiene que proteger.

–Y entonces…

–Sergio: Existimos como varones y mujeres por alguna razón que no vamos a dilucidar en esta nota. Pero estamos ante un fenómeno evidente: todavía hoy, en 2010, sabemos que somos diferentes, pero no sabemos cuáles son las reales diferencias. Por otro lado, pienso que no está mal ser protector o proveedor económico. El problema es cuando no tenés otra opción. Porque, por ejemplo, a mí, como varón, a lo mejor me encanta ser proveedor económico. Yo a veces le digo a Marilén: “Tomate un año sabático si querés”. Aunque hubo un momento en que no se lo podría haber dicho ni soñando, porque ella ganaba más que yo. (Ríen).

–¿Cómo te sentiste cuando ella ganaba más?

–Sergio: Esto ocurrió en un momento de inflexión en mi vida. Yo trabajaba en periodismo, estaba afianzado y desarrollando cargos importantes. Pero había empezado a formarme en la psicología de la Gestalt, y no podía seguir con las dos cosas; tenía que elegir. Decidí salir de un lugar seguro para meterme en un terreno nuevo. Por suerte, Marilén no cuestionó mi elección, y eso que nuestra pareja, como un arbolito que está creciendo, todavía tenía un tutor. Hacía sólo dos años que estábamos juntos.

–¿El cambio de él te dio miedo?

–Marilén: No. Me agarró una sensación de equipo que me hizo acordar a lo que sentía cuando con mi padre y mis hermanos hacíamos alpinismo. En la montaña, vos dependés absolutamente del otro. Si no existe cooperación al ciento por ciento, hay accidentes. Eso que aprendí en mi familia de origen es lo mismo que me pasó con Sergio en aquel momento. Siempre agradecí que él pateara el tablero antes que yo, porque a mí me hubiera costado muchísimo.

–Por lo visto, lo viviste bien. Muchas mujeres desvalorizan a sus parejas cuando ellos pierden el trabajo o ganan menos que ellas…

–Sergio: La vida te hace preguntas a través de las situaciones que vas viviendo. En ese momento, vos podés quedarte quieto en la situación y buscar un culpable. O podés pensar qué te está preguntando: “¿Quieren seguir juntos? ¿En qué condiciones? ¿Qué tipo de vínculo tienen? ¿Para qué están acá?”. La vida te hace preguntas a través de las situaciones que vas viviendo.

–¿Vos decís que una crisis sirve para revaluar?

–Sergio: Sí. En una crisis donde se mueven los roles tradicionales y el que sostenía de un lado deja de sostener, hay que preguntarse si la pareja está en condiciones de seguir adelante. Porque si se va a separar por esto, bienvenida sea la crisis: quiere decir que la pareja estaba sostenida por nada.

–¿Qué significado tiene el dinero en las parejas?

–Sergio: El dinero, así como el sexo, implica comunicación y sentimiento. ¿Por qué un billete de cien pesos vale cien pesos? Porque todos nos hemos puesto de acuerdo en que ese papel de color violeta vale cien pesos. El billete es un símbolo. Entonces, cuando una pareja pelea por dinero, hay que ver qué simboliza ese dinero. Si es símbolo de poder, quiere decir que el que tiene dinero es el que tiene el poder, y el día que no tiene más dinero, pierde poder. Por lo tanto: ¿qué era esa persona para sí misma y para el otro? ¿Simplemente una billetera? No sólo para la otra persona, sino para sí mismo. Si una pareja dice tener problemas sexuales, en realidad, lo que tiene son problemas de comunicación, en el afecto, en el poder. Problemas sexuales hay, pero es una proporción mínima. En la cama se está resolviendo todo eso. Me parece que cuando vienen ese tipo de crisis, lo que surge es una pregunta sobre la integridad de la pareja.

–En algunos casos aparecen los reclamos. ¿Cómo los manejaron ustedes?

–Sergio: Fuimos acordando eliminar poco a poco las palabras “siempre” y “nunca”. Es importante saber que si vas a vivir en pareja, vas a vivir con otro, así como cuando tenés un hijo, tenés que saber que hay cosas que no las vas a hacer nunca más. No se puede pretender vivir en pareja y hacer todo lo que hacías antes. No es así.

–A propósito de los hijos, Marilén, ¿cómo manejaste el tema de no querer tenerlos?

–Marilén: Lo tuve muy claro desde que era muy joven y tengo una personalidad que pudo sostener la decisión, y un marido que me acompañó y me respetó. A los 28 años, cuando empecé a salir con Sergio, mis amigas, que ya estaban casadas y tenían chicos, me decían: “Entonces, ahora vas a tener hijos”. Y yo les decía que no. Ellas me contestaban: “Entonces, los vas a tener cuando te enamores en serio”. No me creían que era una elección.

–Y vos, Sergio, ¿alguna vez pensaste en tener un hijo con ella?

–Sergio: Si ella hubiera querido, quizá lo habríamos tenido… Dieciocho de mis libros han sido paridos al lado de Marilén; estos hijos fueron concebidos con ella.

–¿Vivieron momentos donde la rutina los agobió?

–Sergio: Cada tanto, es inevitable. Pero, ojo, porque hay dos tipos de rutinas. Creo que la rutina en la vida es necesaria. Rutina viene de “ritual”, y un ritual puede ser, por ejemplo, la fiesta de la primavera. Un ritual celebra ciclos, celebra que la vida continúa. Si la rutina es llegar siempre a la misma hora y que uno cocine y el otro se siente a mirar televisión, ésa es una rutina sin sentido. En cambio, si llegamos a la misma hora todos los días, nos juntamos, cocinamos y nos contamos las cosas, esa rutina es necesaria. El tema es para qué usás la rutina, que tenga un contenido; que te recuerde que estás viviendo cosas que te gusta hacer. No se puede vivir sin rutina.

–Hace un rato decían que las parejas están sostenidas por algo, por algún pilar que predomina. ¿Cuál es en el caso de ustedes?

–Marilén: Una amistad pasional.

–Sergio: La confianza, el amor, la compañía espiritual. Yo lo llamo “amor”.

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