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Reflexiones

15 febrero, 2018

El amor en la era de la selfie

Pasado el día de San Valentín -con su merchandising de ramos de flores, bombones y corazones-, un llamado a trabajar en pos de una intimidad que vaya mas allá del instante y de la foto, para construir una unión profunda y verdadera.


Por Santiago Buompadre *

El amor nunca es a primera vista. La vista proporciona una imagen, configura formas que la expectativa y el deseo rellenan según los requerimientos del vacío del momento, y cuando el vacío intenta llenarse con imágenes, dura poco la película, porque la vida, y el amor, no es la imagen que nos inventamos, es lo que se construye y se impone con la contundencia de los hechos cotidianos.

La imagen, la forma, no es el contenido. No hay nada bueno que se logre rápido en este terreno. La era de la urgencia inmediata conspira contra el amor, que precisa del tiempo para crecer y asentarse. Quien no aplaza los juicios y tolera las frustraciones, o quien no disfruta de la rutina del día a día con el otro y sólo busca la satisfacción inmediata de las imágenes preconcebidas, jamás se deleitará con los frutos de un amor real, porque el amor incluye a la negatividad, no puede negarla. El amor no es un a-apriori, no hay modo de amar algo que no se conoce, a menos que sea ese algo que uno se inventa, y que no precisa del otro real: en ese caso, lo que amo es mi propia invención. El amor solo puede decirse a-posteriori.

El amor a primera vista es casi como una foto, como una selfie, que al final es el espejo de mi propia proyección.

Del espejo a la selfie hay un paso muy corto. Hay algo monstruoso en la construcción del gesto forzado, actuado, para la foto-espejo. O, esa compulsión a sacar la foto y mirarla instantáneamente para corroborar que la imagen reproduce lo que deseo que aparezca. ¡Y las caras de decepción y sufrimiento al ver que la imagen no devuelve la proyección inicial deseada! Es la primera vista que a la segunda ya se afea y a la quinta revela tantas imperfecciones que resulta detestable, desagradable, puro rechazo. Como despertar después de una noche de sexo casual y querer salir corriendo…

El amor a primera vista es como mirarse en el espejo, no hay otro, es buscar el reflejo de mi deseo en una imagen.

De esa primera vista lo que sí puede decirse es que es el principio de un posible amor. Pero, como dice el filósofo-sociólogo, Axel Honneth, “una relación amorosa se construye a partir de una desilusión recíproca”. Las ilusiones iniciales tienen que caer para dar paso a la realidad, y es ahí cuando nace el amor. El amor como reconocimiento recíproco. Si la relación se acaba al caer la ilusión del primer flechazo, es porque no era más que eso, una flecha que se hizo sentir pero que no pudo quitarse para poder construir algo verdadero.

“Hay que cambiar la sensación intensa y fácil del momento por la construcción paciente; la capacidad de espera, y no la reacción impulsiva. No querer que el otro encaje en mi molde predeterminado”.

O, en palabras de otro filósofo-sociólogo, Nikklas Luhmann: “No se ama a alguien por su belleza, sino que ese alguien es bello porque es amado”. En el engaño del amor a primera vista se ve claro que esa belleza que impacta en primer término, y que es lo que se pretende amar, termina siendo insuficiente y no logra sostener nada a medida que pasa el tiempo, y el otro se hace cada vez mas feo en cuanto mas se lo conoce.

Lo que abunda es gente que cuenta que se enamoró de alguien a quien no conoce y que, a medida que lo va conociendo, se desenamora cada día. Entonces, hay que preguntarse de qué pudo haber estado enamorada esa persona si, cuando de verdad conoció al otro ya no le gustó, y se “desenamoró”.

Lo mas probable, de nuevo, es que nunca haya estado verdaderamente enamorada de esa persona real, sino que confundió sensaciones corporales, imaginario y deseo, con amor por un otro de verdad. Porque nunca hubo un otro ahí; cuando el otro apareció, y se mostró en lo concreto, “se complicó todo y se acabó el amor”.

El amor sólo es verdadero cuando ese otro que aparece y se da a conocer en la vida real es amado por lo que es, no por lo que yo proyecto o deseo tener a mi lado. Lo difícil del asunto es poder lograr amar al otro por lo que es. En épocas donde impera el espejo-selfie y todos claman por objetos que encajen en moldes preestablecidos, el desafío consiste en mirar al otro, no con los ojos del espejo que espera una imagen que me confirme en la satisfacción de mi necesidad, sino que me invite a darle a ese otro el amor que tengo para dar.

Lo que de verdad es bueno, es dar: amar es dar.

Hoy todos claman por derechos y nadie quiere obligaciones, todos quieren recibir y nadie quiere dar, todos quieren ser mirados, ser gustados, ser seguidos en las redes; hoy mirar a alguien es la antesala de la envidia, se mira al otro para compararse, competir, se lo mira para usarlo como un espejo en el que, por reflejo, ver todo lo que me falta o todo lo que yo tengo y él no. Espejito espejito dime quien es el mas bonito… El otro como comparación, en lugar de complemento.

El amor no es el deseo, ni las expectativas, proyecciones, ilusiones, fantasías o sensaciones que puedan tenerse momentáneamente.

El amor es algo que va de abajo hacia arriba, de poco a mucho, es un proceso, un progreso lento que implica conocerse, respetarse, verse y probarse en distintas circunstancias.

La máxima debería ser “a más la conozco, más la quiero”, y no, como suele pasar tantas veces, lo contrario. A más la miro, más me gusta. El amor no se gasta; crece, embellece, engrandece, alivia, suaviza, facilita, favorece, respeta. En la ilusión ocurre lo contrario, se va cayendo con los días y las experiencias, “a más la conozco, menos me gusta” es su máxima, y una vez que se lo conoce de verdad se detesta al otro. ¿De qué, entonces, estaba enamorado? Hay que cambiar la sensación intensa y fácil del momento por la construcción paciente; la capacidad de espera, y no la reacción impulsiva. No querer que el otro encaje en mi molde predeterminado.

Que me guste el otro, no mi molde

Existe una importante diferencia entre satisfacción narcisista y placer empático: disfrutar de la alegría del otro, de la sonrisa del otro, del placer de dar. Placer del placer del otro. El placer de ser el objeto del placer del otro.

El amor es algo que sucede, se dirige, hacia el otro, no es algo propio. Hay que cambiar el “estoy enamorado” (autorreferencial) por el “la amo”, a ella, por lo que ella es, no por lo que “me” hace sentir. O, en términos de Eric Fromm: “El amor infantil sigue el principio: amo porque me aman; el amor maduro obedece al principio: me aman porque amo”. El amor no es buscar sentir esa pasión loca, ese frenesí corporal autoerótico. Es salirse de uno mismo para ser-en-el-otro.

Amo, no cuando las mariposas están en mi panza sino cuando quiero que parte de mi ser se convierta en mariposas en la tuya.

El amor debería ser como los besos: algo que se da. El amor es un “don”, un regalo. Uno no anda por ahí besándose a sí mismo. Ni tampoco tiene mucho sentido andar pidiendo besos, ni mendigando amor. Es mejor, en todo caso, dejarse besar, ofrecerse a los besos del otro, al amor del otro. Dejarse amar.

Con los hijos se ve más claro. Parece haber un acuerdo casi universal que plantea que se trata del amor más puro: de los hijos no se espera nada a cambio, se los ama y punto. El prototipo del amor como un “don”.

El amor es ser-en-el-otro, es esa parte de uno que tiene que ser en el otro para poder ser.

Hay que trabajar en pos de una intimidad que vaya mas allá del instante, que supere la compulsión a embarcarse siempre en intercambios impersonales entre personas vacías para satisfacer urgencias fisiológicas.

El amor no compite; el amor completa. El opuesto de la competencia es la complementación. El amor como interpenetración de los mundos de los dos en cada uno dice, de nuevo, Luhmann, y que esa interpenetración sea aceptada y acogida con gusto.

El vacío no se llena con imágenes. El vacío se acepta o carcome la vida. El amor a primera vista es el anhelo de llenar el vacío sin trabajo, la solución fácil. La construcción es de menor a mayor, pieza sobre pieza. El amor es lo que debería quedar cuando ya no haya sexo. Estoy tentado a decir que solo se puede decir que se amó al final, en retrospectiva, mirando hacia atrás y no de antemano, por anticipado, al principio. Al final del camino, cuando uno mira lo andado y ve por fin el recorrido, ahí puede mirar a quien tiene o tuvo, al lado y decir, entonces sí por fin: “Te amo”.

*Licenciado en Psicología e instructor de yoga. Actualmente cursa la Maestría en Psiconeuroinmunoendocrinología en la Universidad Favaloro. Desde 2011 enseña diferentes técnicas de medicina mente-cuerpo, yoga y meditación antropotecnica.com

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