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Sociedad

26 junio, 2018

“El aborto fue lo peor que me pasó en la vida”

Lorena Fernández tiene 35 años y vive con sus cuatro hijos en la villa 31. De niña fue víctima de abuso y la obligaron a abortar contra su voluntad. Hoy se manifiesta públicamente para que otras chicas no tengan que pasar por dolor que ella vivió. Un relato en primera persona.


Mujer valiente: vive en la villa y cría sola a sus cuatro hijos. “Son lo mejor que tengo”, dice.

Soy de la villa 31 y tengo cuatro hijos: Evelyn de 13, Julia de 11, Daniel de 9 y Manuel de 6. Laburo todo lo que puedo: a la noche en un geriátrico, de madrugada entro a la panadería que está frente a donde vivo. A las siete me cruzo para despertar a los chicos y que no falten al colegio. Antes también cosía para afuera, pero ya no tengo máquina.

Todos me dicen que tengo coraje, pero yo lo que tengo son los ovarios bien puestos. ¿Sabés por qué? Porque sufrí violencia y abusos desde chica, pero nunca me victimicé. Al contrario, aprendí a curar mis dolores solita. A mí me robaron la infancia, pero no la vida. A los 9 me abusó un vecino, después un tío. Y a los 12 me violó mi padrastro. ¿Mi mamá? Dijo que me lo había buscado y me pegó con un cinto.

Pero, ojo, que de todo se puede aprender. Te lo digo yo, que tuve una vida difícil y no me quejo: agradezco ser quien soy gracias a las cosas que viví. Nací en Brasil, pero vine de chiquita a la Argentina con mi mamá y mis dos hermanas mayores. Nunca pude conocer a mi papá. Viví en Río Gallegos hasta que un día decidí irme de mi casa. Fue después de que me obligaron a abortar. Tenía 16 años y mi mamá y mi hermana me pusieron Cytotec en el vaso sin decirme nada (N. de la R.: nombre comercial de la droga misoprostol). No les importó que yo quería a ese bebé. Llegué a la clínica con dolores y contracciones por efecto de la pastilla. Nunca más quise saber de ellas. Conseguí trabajo de niñera y me fui. Anduve un tiempo en la calle.

Después de eso quedé triste, como depresiva; por eso digo que las huellas son en el cuerpo y en el alma. Abortar fue lo peor que me pasó en la vida. Sentí que me estaban sacando un pedazo de mi propio cuerpo. Tenía casi cinco meses de embarazo, se movía y todo. Rasparon y me lo arrancaron pedazo por pedazo. Lo que más me dolió fue que conocí a mi hijo roto, en una caja. Después mi mamá lo enterró en el patio. Muchas veces soñé con él: nacía, lo tenía en brazos. Me habría gustado darle un futuro, que fuera a la facultad…

La vida después del aborto

Al tiempo me volví a embarazar, pero lo perdí. Cuando quedé de mi hija mayor estaba con otra pareja y no quiso saber nada; me dijo que me lo sacara y le pagó a una médica. Fui a ver a esa doctora y le expliqué que no iba a abortar otra vez. Ella me entendió: “Te voy a ayudar”, me dijo y me devolvió la plata que le había dado él. Con eso saqué un pasaje y me vine a Buenos Aires. Llegué a Retiro y dormí una noche en la terminal, muerta de frío, embarazada de dos meses. No tenía a nadie acá ni sabía qué hacer. Una señora que cuidaba coches me vio sola y me ofreció una pieza donde dormir. Empecé a trabajar de vendedora en Once y así fui pagando el alquiler. Al tiempo nació Evelyn, mi nena. Qué felicidad: era blanca como el papel y tenía los ojos abiertos, de lechuza. Sentí que por fin tenía algo mío.

Esa señora que me ayudó cuando llegué se llamaba Dora y fue muy buena. Pero al tiempo su ex salió de la cárcel y la mató de treinta y siete puñaladas. Cuando murió conocí a su hermano y empecé salir con él. Tuvimos tres chicos juntos. Por primera vez estaba en pareja estable y vivía fuera de la villa, en un terrenito en zona sur. Estábamos bien…

Pero empezaron los golpes, era muy celoso. Yo cosía en casa, hacía arreglos, y con eso paraba la olla. La violencia era verbal y física. Cuando estaba sobrio era una excelente persona, pero chupaba más que una aspiradora. Y también se metía cocaína. Lo denuncié, me dieron el botón antipánico, hasta que un día lo eché definitivamente y volví a empezar de nuevo en la villa. Antes de irse me hizo una fea: se llevó mi máquina de coser. Pero yo nunca fui de rendirme fácilmente. Por eso no entiendo a las mujeres que se bancan todo para que un hombre las mantenga. A mí no me interesa depender de otro sino de mí. Para eso trabajo. Duermo tres horas, pero no necesito más.

“Sufrí violencia y abusos desde chica, pero nunca me victimicé. Al contrario, aprendí a curar mis dolores solita. A mí me robaron la infancia, pero no la vida”.

Por eso, la mujer inútil me choca. Si te querés separar, tenés todo en tus manos para salir adelante. ¡Se necesitan más máquinas de coser y menos boludeo! Lo mismo con el tema de los embarazos: hace veinte años no había métodos anticonceptivos gratuitos, pero hoy te los tiran por la cabeza. A mí en la salita me dan dos cajas de pastillas por mes.

La mentira más grande que escucho es que las madres hacen abortar a sus hijas adolescentes para que tengan una vida mejor. Yo pienso que si esa chica decide tener a su hijo, la mamá la tiene que ayudar para que pueda seguir estudiando y no salga a laburar. Después tendrá tiempo de cuidarlo. ¿Qué tiene de malo tener un hijo? ¡Un hijo te va a pasar un vaso de agua siempre!

Mi consejo para las chicas es que no se engañen, que se valoren más. Que se eduquen y salgan menos de joda, que no desperdicien la vida. Hay algunas a las que ayer veía en la esquina jugando y hoy están tiradas fumando paco. También hay que informar a los padres para que sepan por qué sus hijas e hijos se tienen que cuidar. No es solo un tema de las mujeres; los pibes también tienen que entender que poniéndose un forro evitan un embarazo o el contagio de una enfermedad.

Y bueno, yo siempre digo lo que pienso. Hablaré vulgarmente, pero por lo menos se me entiende, no ando con boludeces. Yo tuve un aborto y te juro que no te recuperás. Las pibas piensan que se lo hacen y chau, pero no, el cargo de conciencia es de por vida. A las que dicen: “Es mi cuerpo, yo decido”, les digo: “Bueno, entonces, decidan bien”. Es que me da bronca que se cuelguen de nosotras, las pobres, con este tema. Seremos humildes, pero sabemos lo que es matar a un ser humano.

Para mí, el problema es que las pendejas piensan con la bombacha y cuando se embarazan nadie las ayuda. Vuelvo a decir lo que dije en el Congreso: tenemos que educarlas para que se quieran y no queden preñadas del primero que pasa.

Yo ya viví de todo y a lo único que le tengo miedo es a la muerte, a dejar a mis hijos solos. Cuando sepan defenderse, ya está, me voy tranquila, pero todavía no. ¿Cuál es mi sueño? No sé… con mis cuatro hijos ya estoy feliz. A lo mejor se levantan con cara de culo o se pelean entre ellos, pero a mí me da tanta alegría tenerlos… Los educo para que aspiren a ser algo el día de mañana; ojalá crezcan y sean buenas personas. Y eso: mi sueño es estar con ellos, tener una máquina de coser y poder comprarme mi casa algún día.

En el mes de abril, Lorena participó del debate en la Cámara de Diputados.

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