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Educación

11 septiembre, 2017 | Por

Día del Maestro: la niñez, tu ilusión y tu contento

La educación como encuentro, en un intercambio mezcla de enseñanza, abrazo y huellas que se harán indelebles. Los alumnos como individuos íntegros, cuyo potencial debe ser descubierto y desplegado. Los maestros, puro espíritu, dispuestos a amar su tarea. Un viaje al corazón del aula, a través de testimonios conmovedores.


Estaba oscuro, pero ella imaginó un pasillo capaz de conducirla hasta un sitio más luminoso. Fue valiente en su decisión de echar a andar sola, casi a tientas. Y firme resultó su llamado a descubrir un mundo distinto, de mágicas oportunidades. Entonces, tomó entre sus dedos el fósforo imaginario del conocimiento y lo encendió, echando un vistazo a su alrededor. Tenía razón: un enorme jardín se desplegó ante sus ojos. Eso no la sorprendió, pues era el lugar que había ido a buscar allí. Una vez en él, vio el farol que permanecía apagado (siempre hay un farol apagado en la oscuridad). Y fue entonces cuando una maestra encendió la llama para siempre.

¿Quién no sintió alguna vez el misterioso resplandor? Dijo Domingo Faustino Sarmiento: “Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela”. En esos pupitres, donde permanecimos a oscuras tantas veces, alguien nos despertó a un nuevo sueño: el de la grandeza.

En nuestro país, los maestros suelen traspasar el ejercicio de enseñar y asumen el compromiso de darles a los chicos mucho más que una educación: útiles, un almuerzo, contención… Por eso, desde Sophia queremos destacar el enorme valor que tiene la tarea de educar, rindiendo nuestro homenaje a todos los que decidieron emprender el viaje, tantas veces arduo y solitario, de enseñarnos. Gracias, a todos, por el fuego.

 

Mi mamá, la “seño”

Por M. E. S.

En los ochenta la recuerdo así: con el pelo canoso y con permanente, el guardapolvo blanco y una energía arrolladora. Los chicos la abrazaban y la llamaban “seño”, aunque era la asistente social del gabinete escolar. Tal vez la apreciaban porque encontraban en ella una confidente para contarle sus sueños y hasta situaciones muy conflictivas que les había tocado atravesar demasiado temprano en la vida. Y yo, que era alumna también, sentía un poquito de celos de que ellos la disfrutaran a tiempo completo y no solo para la cena, como sus hijas, porque siempre trabajaba doble turno. Cuando le regalaban dibujos y cartas donde escribían: “Te quiero, seño Elsa” o “Gracias”, me sentía orgullosa, también.
Su entrega me conmovía. Y fue en aquella escuela suburbana, en la que todo escaseaba, donde la vi más feliz. Llevaba para donar bolsas enormes con cosas que recolectaba por las casas; no le daba vergüenza pedir para sus chicos. Mi hermana y yo la acompañábamos a veces y, aunque nada nos sobraba, nos daba vergüenza la sensación de que al final nosotras teníamos demasiado. Fue así, de la mano de mi mamá con corazón de maestra, como aprendí que la vida por momentos era injusta, que había que valorar lo propio y siempre tratar de ayudar.
Como nunca llegaba a fin de mes, vendía ollas Essen y suéters con escote en V. Varias veces volvió con piojos del colegio. Una vez, incluso, con sarna: nos contagiamos todos y fue una aventura de medicamentos dejar la picazón atrás. Sí, ella le ponía el cuerpo; esa fue siempre su manera. Todavía lo es: a sus 69 años sale todos los días rumbo a la escuela con su delantal cuadrillé.

La maestra, la alumna, las letras

“Es demasiado tímida; van a tener que hacer algo”, les advirtieron a sus papás cuando la nena empezó el colegio. Lisa Lema (11), la de los ojos chispeantes, era reservada, aunque alegre en la intimidad de su casa. Solo le hacía falta una ayuda para dejar atrás el pudor. Un pequeño gesto para afirmarse en el aula. ¿Pero cuál?

Fernanda Molinari (39), la maestra de cuarto del Instituto Binvongi de La Plata –rulos dorados, mirada azul, sonrisa generosa y fama de exigente– fue quien descubrió el farol apagado, y no dudó. “Era muy callada, pero cada vez que le proponía una lectura o una producción de texto, su mirada era otra: en las participaciones orales callaba, pero escribía con voz fuerte y clara”. Así lo descubrió Fernanda: “En ella habitaba un mundo de imaginación y palabras. Por eso, su talento no podía quedar solo en un papel corregido por mí”.

La maestra se puso manos a la obra. “Siempre leo un cuento o el capítulo de una novela cuando los chicos llegan al aula. Un día les dije que les iba a compartir algo de una autora muy joven a quien ellos conocían, sin decir quién era. Escucharon atentos y quedaron fascinados con la historia. Cuando supieron que lo había escrito Lisa, no lo podían creer. Fue tan grande la sorpresa al descubrirla desde otro lugar que comenzaron a verla con ojos nuevos, a tratarla de otra manera”, recuerda, convencida de que esa es justamente su tarea: descubrir el potencial y ayudar a trabajar puntos fuertes y flaquezas. “Se trata de afianzar el talento, además de alentarlos a que se esfuercen en trabajar en las áreas costosas”. Para ella, la tarea cumplida del año no radica solo en haber dado todos los contenidos, sino en haber hecho que los chicos se reconozcan desde otro lugar. “Me gusta descubrir eso que todavía no vieron, pero que va a hacerlos felices. Los ayudo a bucear dentro de ellos mismos para que encuentren pasiones verdaderas y ganas de saber. Todos somos habilidosos en algo. Siempre les digo que, hagan lo que hagan, nunca pierdan la pasión y no se frustren si algo no sale bien. El error es, apenas, un punto de partida”.

El amor de Lisa por la escritura no quedó ahí: hoy sigue construyendo historias y creó una página de Facebook llamada “Libritos Mágicos”, donde comparte reflexiones, críticas literarias y lecturas. Para el Día del Maestro, le escribió una carta a Fernanda, que termina así: “Gracias por valorar mis cuentos. Sin tu ayuda, no me habría animado a expresarme a través de la escritura. Ojalá todos los chicos puedan tener una maestra como vos”. A fin de año, además, le regaló un libro realizado artesanalmente por ella con sus textos. Fernanda guarda esa primera edición como un tesoro: “Es algo muy valioso para mí. El caso de Lisa fue uno de los más gratificantes porque siento que con ella logré encender la llama”.

Postales del jardín que es la infancia

A los 4 años les dijo a sus padres que iba a ser maestra jardinera. No se acuerda –se lo contaron–, pero reconoce en esa afirmación su anhelo. Pasó el tiempo y la decisión se mantuvo. Aun cuando su papá le aconsejó elegir algo más rentable. “Fue gracias a mi seño de sala de 5, a quien siempre recuerdo”, cuenta Susana Casella (58), directora del jardín Leopoldo  Marechal, de Villa Crespo, a meses de jubilarse.

“Siempre me gustaron los chicos: animaba fiestas infantiles, estudié, me formé, trabajé en diversos jardines, hasta que encontré mi lugar en el mundo en esta escuela, donde me voy a jubilar… Y lloro, lloro como una marrana, porque pasé mi vida acá adentro y recordarlo me llena de emociones. ¡Fueron treinta y dos años, once meses y diecisiete días de hacer lo que amo con una enorme pasión!”, reconoce la “Seño Susi”, como la llaman los chicos, con quienes entabla desde el primer día una relación donde el respeto y el entendimiento son protagonistas. “Pasé de todo en el colegio, pero lo más lindo, lo más gratificante, es estar con los nenes. Ellos te enseñan más de lo que vos les enseñás. Yo no tengo hijos; por eso es tan especial para mí compartir la vida con ellos”.

Por la calle, en un restaurante, incluso cuando viaja, siempre aparece alguien que le dice: “¡Vos sos la Seño Susi!”. “Se me pone la piel de gallina porque entonces me vienen a la mente los recuerdos de aquellos ojitos curiosos, esos nenes que ya son grandes y que fueron mis alumnos en el jardín. ¡Y son tan amorosos conmigo! Me agradecen, me dicen que siempre recuerdan las cosas que les enseñé, me piden que nos saquemos una foto. Es muy fuerte que te digan que dejaste una huella…”, cuenta, y se emociona.

Dice que los chicos son muy inteligentes y pide a las maestras que valoren su palabra y los escuchen, que tomen en cuenta su potencial. “Como docente y como directora, mi espacio fue siempre de puertas abiertas para ellos y sus papás. Días atrás, un nene de segundo grado vino con su mamá a pedirme el Diploma de Atador de Cordones que yo siempre les doy en sala de 5. Él recién lo estaba logrando y quería el reconocimiento. Fue muy lindo”.

Para Susi, el espíritu de enseñar está en que ellos hagan carne valores como el compañerismo y la solidaridad.  “A veces, a las propias maestras nos cuesta renunciar al ego para dar lugar a que aparezcan los chicos. Pero, aunque no te lo enseñan, yo sé que la mejor herramienta que puedo darles es que aprendan por ellos mismos –dice, consciente de que su gran privilegio fue haber podido amar su tarea y asistir al colegio, cada día, con la misma alegría–. Trabajamos con seres humanos y, por eso, la gratificación más grande es al alma”.

Enseñar a construir nuevas miradas

A los 60 años, Andrea Kirschbaum sabe muy bien cuál es su lugar en esta vida: “Mi función es tocar la fibra del alumno. Y te puedo asegurar que agarro carbón y sale diamante”. Profesora de un colegio modelo de zona norte, dice que el desafío es que los alumnos se conecten desde otro lugar. “Entran con el celular en la mano y cuestionan todo desde el arranque. Yo les digo que si quieren que nos llevemos bien, pongan su teléfono en mi escritorio y se dejen atrapar por la poesía”. Andrew, como le dicen sus alumnos, los envuelve con poemas de William Shakespeare y, moderna al fin, también lleva tutoriales, habla de lo que pasa en el mundo y responde inquietudes de hipérboles y metáforas por WhatsApp. “Bajo todo a la realidad de ellos”.

Asegura que los chicos de hoy necesitan un “approach diferente” y que hay que trabajar en la motivación para engancharlos. “Antes aprendías porque tenías que aprender”, reflexiona esta docente que lleva años uniendo la enseñanza con la contención. Ella, que trabaja con chicos que viven “encerrados” en countries, reconoce que esa cómoda burbuja tampoco es amable: también hay robos, alcohol, vandalismo. Y señala que, aunque la mayoría tiene una buena posición económica, no siempre reciben la escucha y el abrazo que necesitan. “Son chicos cautivos; esa es la realidad. Les cuesta estudiar porque tienen la motivación del afuera, del verde. Son competitivos, les importa la nota y les cuesta ver al otro –reconoce, y destaca que, por eso, el verdadero valor de la enseñanza radica en el humanismo–. Aunque no sea religiosa, la educación debe ser espiritual, enfocándose en el respeto al prójimo y dejando de lado lo material”.

Dice que es de las que nunca se cansan: “Soy una apasionada, me encanta estudiar, hago diez cursos de capacitación al año. Por eso les transmito que está bueno el Carpe diem, vivir el momento, pero también pensar a futuro, tener paciencia y no querer todo ya”.

Cuando les va bien en los exámenes, les lleva cookies y torta casera, como un acto de amor. “Es que enseñar es justamente eso: amar. Antes nos acordábamos de los profesores exigentes; hoy quedan los amorosos”, señala, y remarca la importancia de instalar, además, el valor del compromiso y la autoridad. “Deben comprender que les ponés límites porque te importan. Y lo entienden; al final del camino lo entienden”.

Como su curso es el del último año, cada ciclo debe hacer frente a las lágrimas de final: “Ellos egresan y me cuesta verlos partir; siempre lloro. Pero también me pone feliz. Hoy me dieron la mejor noticia: todos aprobaron los exámenes en Inglaterra. Es difícil, pero me encanta. Siempre digo que soy una remadora en sweet caramel. Pero estoy feliz y orgullosa de ser una docente argentina”.

De las zonas vulnerables a los medios

Yohana Fucks (30) vive en Viale, Entre Ríos. Cada día, para llegar a dar clase en un barrio marginal de Paraná, salía a la ruta a hacer dedo para atravesar 63 kilómetros. Su historia habría sido una más, de las tantas, si el año pasado su carta dirigida a Lionel Messi no se hubiera hecho viral. En ella le pedía que no renunciara a la Selección, que no se rindiera. “Mis alumnos necesitan entender que los más nobles héroes son los que brindan lo mejor de sí mismos para el bienestar de otros”, escribió. Sus palabras llegaron a todas partes y ella aprovechó para ir más allá, denunciando los intereses gremiales y el ingreso de la droga al barrio. “Creo en la educación como la posibilidad de una vida mejor”, asegura esta mujer valiente, madre de dos hijos.

Hoy, cuando su teléfono suena, no siempre es para pedirle una entrevista: “Me dejan disparos en el contestador”. Igual agradece que su reclamo haya tomado magnitud en los medios y reconoce que quiso aprovechar sus cinco minutos de fama, como dice, para contar todo lo que pasa en la escuela. “La deserción, la violencia, la falta de recursos y de sueños. El paco, que es el peor problema”.

Por eso, señala que lo más noble de la tarea docente es trabajar en los valores de los chicos. “El maestro es fundamental, porque ayuda a crear una cultura del amor, del encuentro, del respeto. Tenemos que invertir en educación para detener la violencia”. Sus alumnos saben de eso: “Los muelen a palos, los marginan, son hijos de madres golpeadas. Solamente un maestro sabe lo que es llegar a un aula donde veinte chicos tienen la mirada triste, perdida. ¿Cómo no vamos a querer darles todo? Nuestro rol está denigrado: si no elegiste nada, terminás acá. Pero es una profesión de una enorme dignidad”.

El camino no fue fácil: de orígenes humildes, comenzó a trabajar a los 9 años. “Yo los entiendo, sé lo que es; entonces, hago hincapié en la importancia de ser y no de tener. Cuando me cuentan que su objetivo a largo plazo es comprar un celular caro o unas zapatillas de marca, les explico que no pasa por ahí”.

Es difícil captar la atención en el aula: muchos no comieron o no saben lo que es jugar afuera, por la contaminación. Aun así,
Yohana baila y canta en clase para sacarles una sonrisa. “Vienen mal. A veces me dicen que no desayunaron, que perdieron un hermano en una balacera o que su papá está preso. Por eso, en mis horas de clase yo no solo quiero que aprendan, sino además que sean felices. Les transmito que en el colegio nadie los va a maltratar, ni a humillar ni a esclavizar. Para que sientan que la vida encierra también otros sentidos, más allá de lo difícil que es afuera”.

La patria feliz de la infancia

Por Ana María Cagnin, maestra jardinera jubilada.

Por aquellos años, el Magisterio era algo así como el destino obligado de la mayoría de las mujeres que llegábamos al secundario. Pero yo tenía el modelo de mis tías abuelas, las primeras maestras del pueblo. Y el de aquella otra tía paterna con registro de conducir, la que me llevó a conocer su escuela manejando su Ford T por un camino de tierra, cargando niños que corrían hasta las tranqueras y los tachos de leche que le donaban los tamberos para el mate cocido.
También quería ser como Amalia (le decíamos “Chila”), mi maestra de Coronda, Santa Fe, donde pasé mi infancia. Ella nos daba la clase sobre Cristóbal Colón a orillas del río, arriba de canoas, jugando a ser indios y conquistadores, con ramas de sauces como arcos y flechas. Los días de sol, Chila nos llevaba a la plaza y daba taller de títeres y teatro de sombras. Eso quería dar yo: libertad y creatividad, una vida aprendiendo de los otros y para los otros, entregando lo mejor con alegría verdadera.
Con el título de maestra llegué a una de las villas de emergencia de la zona de Retiro. Daba clase en un tranvía en desuso, aunque estudiaba Derecho por mandato familiar. Cuando opté por mi vocación docente, tuve que enfrentar a mis padres y oír malos pronósticos. Pero mi decisión era firme y definitiva. Tenía la convicción de que los niños son lo más hermoso de la vida, la encarnación de la esperanza. Porque la inocencia es un milagro que dura poco y no hay que perdérselo. Y siguiendo a aquel Jesús andariego y libre, mi corazón siempre dijo y dice: “Dejad que los niños vengan a mí”.

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