Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

7 diciembre, 2021

Destino Patagonia, un viaje al centro del alma

En El Bolsón existe una novedosa propuesta de turismo de bienestar que ofrece comidas, terapias y actividades en una comunión genuina con la montaña y el bosque, para lograr que el cuerpo —y fundamentalmente el espíritu— se aquieten


El Bolsón invita a un viaje de reconexión a través de comidas, terapias, actividades y mucha naturaleza.

Por Lola López @quailola

“Es imposible”, digo.

“Es imposible”, confirmo.

Helena responde con una sonrisa callada mientras me lleva de nuevo al sauna seco de 70 grados y me dice que respire profundo porque esa sensación de sofocamiento se irá pronto. Es cierto: al cabo de unos dos o tres minutos la entrada y salida de aire en los pulmones se normaliza y me sumerjo en una especie de flotación donde todo es perfecto y la sonrisa aparece sola. Al rato (no sé cuánto, pues no tengo reloj ni celular), Helena me hace salir del sauna para ir —nuevamente— a la tina con agua a 5 cinco grados (¡sí, 5!) donde debo sumergirme “para que el cuerpo experimente el contraste entre el frío y el calor, y luego se equilibre de forma natural”, dice.

En la teoría, la idea del estoicismo y la energía vital me gustan. Pero en la práctica, las “agujas” de hielo que se me clavan en las pantorrillas me hacen volver a decir que es imposible meterme ahí. Siento un tironeo interno: quiero, pero no quiero. O no puedo y siento que me pierdo algo y que a la vez no debo exigirme tanto, en fin: la mente se dispara y sigo al borde de la tinaja con un pie en el agua. Helena se mete y sale del frío con naturalidad y alegría y va hacia una jarra con agua de sauco para servirme una copa. Me doy cuenta de que tengo ambos pies sumergidos en la tinaja y que resulta extrañamente agradable; unos segundos más tarde, como un picotazo, experimento el deseo intenso de que el-agua-a-cinco-grados me inunde el cuerpo y simplemente me tiro. Así que aquí estoy, con el agua hasta el cuello y una sensación que no sé a qué se parece, pero tiene mucho de felicidad.

Salgo y me sorprende no sentir euforia por el shock térmico o por “haberme animado”, sino que experimento algo que percibo muy, muy superior: naturalidad. Siento que es natural esto de andar por el frío y el calor, que es la lógica unión del humano con la naturaleza, porque —recién ahora lo digo— estoy en un lodge en medio del bosque patagónico, con el río Azul a mis pies y la montaña frente a mí.

Esta sensación que me embarga es, justamente, la que se promueve (y se cumple) en la ciudad de El Bolsón, al oeste de la provincia Río Negro, donde la propuesta de bienestar tiene que ver con la fusión de comida local, actividades vinculadas al cuerpo-espíritu (yoga, meditación, baños como estos) y la (re)conexión genuina con la naturaleza.

Agua, bosques, montañas, sol y aire puro componen el escenario ideal para volver a sentirse uno con la naturaleza.

“Las terapias de intervención de la mente y el cuerpo permiten una solución verdadera a nuestros problemas”, resume Helena que es, justamente terapeuta psicocorporal, y apuesta a este circuito de terapia de frío-calor en tinajas de madera de ciprés al aire libre y con vista al bosque y al río, como un gran aporte para restablecer la salud física y mental. A la terapia se le suman caminatas, hidratación con bebidas de frutos de la zona como sauco o frambuesa, comida con ingredientes agroecológicos y, también, alimentos fermentados. Hago y pruebo todo (hasta una infusión de pañil, un árbol de la zona) y experimento una genuina calma que se expande por todo mi ser y que es la base indispensable para sentirse bien. Aquí le dicen paz mental. 

La siguiente “posta” que me toca del turismo de bienestar consiste en una meditación grupal para una “reconexión con la conciencia universal”. Y aquí una salvedad: se trata de conectar con el corazón y no con la mente, me aclararán más tarde (y el dato es importante). Por ahora, nos sentamos formando un gran círculo al aire libre, con los ojos cerrados y el sol bañándonos mientras Ghila, a cargo del centro holístico donde me encuentro, especialista en yoga kundalini y biodecodificación, se acerca a cada uno de nosotros para apoyarnos sus manos y decirnos unas palabras.

No puedo explicar bien lo que ocurre (este navegar en la imprecisión formará parte de todo mi recorrido), pero sé que es bueno y que tengo suerte de estar aquí. La meditación, el canto y luego el pequeño baile que cierra la ceremonia dura poco más de una hora pero es suficiente para que al finalizar varias personas se abracen con mucha emoción, se rían fuerte y algunas digan en voz alta que han encontrado su lugar en el mundo (al menos por ahora, que no es poco). El sol nos baña y en este lugar arbolado, a cielo abierto y rodeado de animales —de granja y también mascotas— siento que es muy pero muy fácil ser feliz. El bienestar que comencé a experimentar en lo de Helena, con Ghila se consolida.

—Con esta meditación del corazón buscamos liberarnos de nuestros programas mentales que son producto del miedo, para aumentar nuestro poder personal y despertar— dice Ghila.

—¿Qué es despertar?— pregunto.

—Expandir nuestra capacidad de amar.

—¿Y cómo se hace?

—A través de lazos de apego con determinadas personas como solemos hacer, no— enfatiza Ghila—. Expandimos nuestra capacidad de amar cuando incluimos a todos los seres dentro de nuestro ser.

En ese momento, una chica venida desde Entre Ríos —como dice al presentarse— se acerca a Ghila, sonríe y con lágrimas a punto de saltar de sus ojos, susurra “gracias”. Es solo eso, pero todos nos quedamos en silencio, atravesados por la misma emoción y siendo parte de este momento sagrado.

A la izquierda Ghila, terapeuta holística de enorme sonrisa. A la derecha, la autora de esta nota en pose de meditación.

El Bolsón, epicentro del ser

Hoy, sábado, es el gran día: estoy yendo al Festival del Bienestar, un encuentro que engloba este concepto de «sentirse bien», donde se unen comidas, terapias, actividades y naturaleza: “Es una propuesta que no está centralizada en una empresa, un spa, por ejemplo, sino que es una oportunidad para elegir el especialista que más coincida con lo que cada uno busca y con el camino que cada uno está recorriendo”, resume Sofía Seroff, directora de Turismo de El Bolsón.

Llegamos y el lugar es imponente: enorme, rodeado de montañas y de bosque. Las personas van llegando y se acomodan en distintos lugares, muchas de ellas en el piso y en grupos; se respira alegría en el aire. Tengo la impresión de estar en un primer Woodstock y mientras camino me imagino en 30 años contándole a alguien que estuve en la primera edición del Festival Bienestar de El Bolsón. La idea me hace reír, pero a la vez siento que este evento realmente tiene algo de iniciático, porque hasta el predio está en armonía con la propuesta: se trata de una chacra productiva de fruta fina orgánica, donde además hacen su propio helado y han diseñado un circuito para que el visitante conozca qué y cómo se produce. A un costado, alejados del escenario, hay un puñado de stands que venden comidas con ingredientes locales y de calidad (frutas, sándwiches de cordero, pan de masa madre) y bebidas fermentadas como el kvas, de origen ruso, y jugos naturales. Todo encaja, y está bien que así sea.

La chamana durante el ritual de apertura del Festival El Bolsón Bienestar, un encuentro único en su tipo.

«Es una escena extraña y fascinante, y a la vez antigua y natural, como los baños de frío y calor: estamos presenciando la apertura del círculo chamánico, una ceremonia que se realiza cuando se necesita abrir la energía de un lugar y convocar a las fuerzas del bien».

Por fin, el festival arranca. Una mujer de blanco y con un bastón viene desde lejos mientras “canta” con sonidos guturales, seguida de un grupo de mujeres que la acompañan mientras sostienen sahumadores encendidos. Más acá, un hombre toca un tambor y una suerte de cuerno. Es una escena extraña y fascinante, y a la vez antigua y natural, como los baños frío calor: estamos presenciando la apertura del círculo chamánico, una ceremonia que se realiza cuando se necesita abrir la energía de un lugar y convocar a las fuerzas del bien. “Se trabaja con los puntos cardinales y pidiendo la asistencia de los seres evolucionados para que bajen la información correcta, se pide permiso a los espíritus del lugar y a la misma tierra”, me explica Aluminé, terapeuta de masajes holísticos sensitivos con técnica de Chi Nei Tsang, mientras la chamana protagonista de la ceremonia que “está en trance” (es decir, conectada con estos espíritus) sigue cantando en una lengua incomprensible hasta que llega a un lugar donde se detiene y comienza a blandir, en lo alto, el bastón que lleva en la mano.

“Se trabaja con los puntos cardinales y pidiendo la asistencia de los seres evolucionados para que bajen la información correcta, se pide permiso a los espíritus del lugar y a la misma tierra”, explica Aluminé, terapeuta de masajes holísticos sensitivos con técnica de Chi Nei Tsang.

Ahora sí, “formalmente” (parece un oxímoron en este contexto), se da inicio a las actividades del festival. La primera consiste en una sesión de gimnasia basada en los centros de energía del cuerpo, en este caso el chakra raíz, que nos conecta con la tierra, con lo concreto. Nos ponemos todos en ronda y seguimos una consigna que, a priori, me resulta difícil, pero que una vez que lo logro me encanta: soltar el cuerpo, abandonar toda idea de “paso de baile” y moverme como la primera o única vez. Nuevamente me encuentro ante algo maravilloso y simple al mismo tiempo, pero que al principio se complica por la cantidad de mente, de ideas preconcebidas que tengo acerca de lo que es “moverse” y porque de algún modo siempre está sobrevolando la mirada de los otros… hasta que esa mirada se borra y todo es fácil, como tiene que ser.

La llegada del crepúsculo abre paso a un momento de conexión con la música a través del cuerpo.

Estar más plenamente

Luego de la gimnasia toca una meditación general, todos tumbados sobre el pasto, con los ojos cerrados, reconociendo cada parte del cuerpo que se ha movido y las sensaciones asociadas. La respiración se regulariza y la voz suave de quien guía la meditación (un exsacerdote que se mudó a El Bolsón por un cambio rotundo de vida, lo supe luego) hace que me deje llevar y llegue a una duermevela donde lo que preponderan son imágenes mentales que pasan como en una pantalla y los aromas del ambiente que se intensifican con la llegada del crepúsculo: pasto, flores, perfumes, montaña. Poco a poco, una música se va sumando a la escena y es que un cuarteto de cuerdas ha subido al escenario con unos sonidos que me hacen flotar y es lógico (también lo supe después), ya que son los Aqualáctica, que ofrecen una experiencia musical muy especial.

Alguien me ofrece un vaso de kvas que acepto con avidez y alegría, y me siento en un sillón confeccionado de fardos —hay varios en el predio, formando un gran living— ahora sí, a mirar todo lo que ocurre a mi alrededor. Ya es de noche, así que me acomodo el chal de lana liviana que he traído porque se empieza a sentir el fresco patagónico y, vaso en mano, me dedico a seguir disfrutando. La calma mental que comenzó el día anterior con los baños de frío y calor sigue en pie y eso me permite estar plenamente en este momento, sin pensar en cómo escribiré esta nota o en qué estarán haciendo hijo/marido/hermano este sábado a la noche.

El fuego es protagonista de esta celebración a cielo abierto donde las percepciones se intensifican.

De pronto, me atraviesa la sensación de lo perfecto y nuevamente se instala en mí la sonrisa, en la cara y en la cabeza. El kvas de sauco está delicioso, la música también. Aparecen dos mujeres hermosas vestidas de blanco con velas en la mano. Bailan separadas y también juntas, como unidas por un halo invisible y se mueven entre nosotros, pero sin vernos. Bailan (ahora lo pienso) algo así como una danza primitiva, con los cuerpos sueltos y livianos, como las telas que las acompañan y que flotan a su alrededor. Me pongo de pie: también quiero bailar, también me siento liviana. Ahora el cuarteto de cuerdas se ha ido (no sé en qué momento), dando lugar a un DJ con música electrónica, más velas y más gente bailando. Parece que somos muchos los que nos sentimos livianos y con ganas de movernos como nos sale, dejando toda idea de pasito aprendido o coreografía predeterminada. Sí, somos muchos que nos movemos así. Qué bien se siente.

El Festival El Bolsón Bienestar busca posicionarse como un evento único en la Argentina con una proyección de crecimiento internacional. Es presente, pero sobre todas las cosas es futuro. Y además tiene un historia que comenzó a escribirse hace muchos años, pero que aún no llegado a sus mejores capítulos. El Bolsón es la cuna del Bienestar en la Argentina: sin saberlo, muchos de los referentes de las terapias complementarias a la salud encontraron en este valle y sus paisajes, el espacio indicado para desarrollar sus actividades. Fortalecidos por la energía de la tierra, iluminados por las aguas cristalinas, protegidos por las imponentes montañas, sumergidos en la inmensidad de sus bosques, los pioneros del bienestar forjaron el presente con perfil bajo y en la búsqueda de un objetivo común a todas las terapias: estar bien con uno mismo. Por eso, este evento no es un evento más vinculado a las terapias complementarias a la salud. Es el evento que, por la impronta de sus protagonistas, las historias de su tierra, la calidad de sus terapias y el prestigio de sus disertantes, se diferencia de cualquier otra alternativa de eventos de bienestar. Más información: www.instagram.com/elbolsonbienestar | www.instagram.com/turismoelbolson

Canopy Tour: www.instagram.com/patagoniacanopytour

Helena: www.instagram.com/laconfluencia_lodge

Ghila: www.instagram.com/reysolreinalunacentroholistico

Aluminé: https://www.instagram.com/lumina_espacio_holistico

Alojamiento boutique: www.instagram.com/linajepatagonia

ETIQUETAS amor bienestar cultura El Bolsón espiritualidad naturaleza Patagonia viajes

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