Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

15 abril, 2019

En Semana Santa, un camino desde adentro hacia la vida

Una propuesta para que en estos días de encuentro y reflexión previos a la celebración de la Pascua, dejemos de intentar cambiar solo lo de afuera y empecemos a mirar más hacia nuestro interior.


 

 Somos un reflejo del mundo y su esencia está dentro de nosotros. Foto: Ángela Copello.

Por Carolina Abarca

Desde hace algunas semanas convivo con la sensación de que el peso de todo el año se me hubiera caído encima, aunque recién estemos en abril. Mi vida nunca es tranquila, por eso pensé que era algo mío, quizás más agravado que de costumbre. Me sorprendí entonces cuando, conversando con una gran amiga monja con la que más de uno se confiesa, me dijo que es una sensación compartida por otros… Como si fuéramos muchos sintiendo que hemos pasado de largo, de un año a otro, sin cambiar el aire.

Me pregunté, ¿cómo puede ser que sea una sensación colectiva?

No tardé en tomar conciencia de que ha sido un año particular. La masacre de Charlie Hebdo, la muerte del fiscal Alberto Nisman, las inundaciones en tantas provincias, los incendios en el sur, la caída del avión de Lufthansa, el contexto de un año electoral, más alguna carga personal (que uno siempre trae siempre consigo); pareciera mucho para los cortos tres meses que llevamos de año. Y eso, por sólo nombrar algunos hechos.

Me pregunté si todos esos acontecimientos que están ocurriendo afuera –unos más cerca, otros más lejos– podrían estar afectando mi intimidad, el estado de mi alma.

Mi amiga religiosa, muy sabia, me respondió que, aunque queramos separar, en el fondo somos uno. Y me iluminó con la tesis de un teólogo francés, que sostiene que la contaminación que hace estragos en el aire, en el agua y sobre la tierra, es el resultado de nuestra polución interior. También los rostros se quiebran, como la naturaleza y, por eso, intentando evitar que eso ocurra, nos vamos blindando por fuera y por dentro. Arrebatada o no, esta propuesta me hizo sentido adentro.

El teólogo es Olivier Clement y escribe: “Nos hemos convertido en una civilización donde ya no se llora y por eso se grita tanto. Se grita en la calle y en el arte. Se grita ciegamente. Los jóvenes gritan como si quisieran liberar en ellos el gemido del Espíritu y no saben cómo hacerlo”.

Confieso que leerlo me dejó conmovida… Seguro, en parte, por reconocer la posibilidad de que muchos de mis enojos tengan que ver con lo poco que me permito llorar, y en parte también por darme cuenta de que en mis días no tengo lugar ni tiempo para hacerlo. Hay veces, no siempre (pero sí muchas), en que necesitamos abandonar el increíble esfuerzo que hacemos para mantenernos en pie, y dejarnos caer…

Tiempo de quietud y silencio

Como si Dios se empeñara en derribar mis excusas, en ese mismo instante me acordé también que estamos en Semana Santa. ¿Hay mejor momento para permitirnos hacer silencio y bajar un ratito la guardia de nuestra omnipotencia; para dejar de aguantar, corrernos un momento de la carrera y limpiarnos las heridas? Si en estos días recordamos que Dios mismo cae, Dios mismo llora, Dios mismo muere, ¿no podremos entonces también nosotros, aunque sea por un ratito, permitírnoslo? Al menos a mí, la sola idea de darme permiso para pensarlo me resultó un alivio.

 

“Nos hemos convertido en una civilización donde ya no se llora y por eso se grita tanto. Se grita en la calle y en el arte. Se grita ciegamente. Los jóvenes gritan como si quisieran liberar en ellos el gemido del Espíritu y no saben cómo hacerlo”.

Olivier Clement

¿Por qué será?

No creas que encuentro deseable la imagen de alguien caído; solo tengo la sospecha de que, hasta que no nos dejamos caer completamente, no nos será posible volver a estar enteramente de pie.

El desafío no es llorar para quedarnos allí desahuciados y relamiéndonos las heridas, sino darnos el espacio para asumir, para aceptar, para tomar consciencia, para dejar de actuar como si nada ocurriera. Porque algo ocurre, la polución –interior o exterior– está a la vista. Insistir en esquivar la soledad, la frustración, el rechazo, el abandono, las propias inquietudes e inseguridades, no hace que duela menos. Ya probé. No funciona.

¡Qué novedad sería dejarnos desplomar con confianza, sabiendo que el mismo Dios que llora, cae y muere, también vuelve a la vida!

Si somos uno, si lo que le pasa al mundo también nos pasa a nosotros, quizás esta Semana Santa sea un buen tiempo para dejar de intentar cambiar tanto afuera y empezar a mirar hacia adentro. Si lo que nos ocurre es que estamos gritando como locos sin poder llorar en silencio por aquello que nos duele, entonces es momento de bajar la voz, de abandonar la queda y comenzar a dejarnos limpiar nuestras propias heridas.

Posiblemente, el mayor desafío de la fe sea entender que la cruz de Jesús nos muestra que, a veces, la única manera de desplegar la vida es muriendo. ¿Qué tenemos que dejar morir en nosotros para desplegar una vida más plena? El camino no será fácil, ni cómodo. Por eso, ojalá nos regalemos estos días para que Jesús nos recuerde que no estamos solos y, con esa consciencia, nos animemos a dar el primer paso…

*Publicado el 1 de abril de 2015

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