Sophia - Despliega el Alma

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19 agosto, 2015 | Por

¿Cuánto vale el amor?

Para analizar el lugar que le damos a la pareja en nuestras vidas, fuimos a conversar con una mujer que se animó a responder a esa pregunta con grandeza y honestidad. La opinión de los especialistas y cómo transitar la vida de a dos sin dejar de lado la individualidad.


pareja

Texto: Carolina Cattaneo. Ilustración: Juliana Vido.

Pocas preguntas pueden ser más incómodas que la que nos interroga acerca del lugar que le damos a la pareja en nuestras vidas. Y pocas respuestas pueden ser más dolorosas si las respondemos con honestidad. Pero también, si vienen desde lo más profundo, pueden ser de las más liberadoras y fructíferas.

En nuestra época, a menudo vivimos con desesperación la búsqueda de un compañero o una compañera, a veces a fuerza de contactarnos con desconocidos por Internet o de citas a ciegas que nos avergüenzan o nos humillan. Con frecuencia esos encuentros se esfuman en una noche que termina con un amanecer cargado de soledad. O, en el mejor de los casos, duran un tiempo y luego se deshacen como una nube atravesada por el viento: primero se van deformando y luego,  finalmente, desaparecen en silencio.

La contracara son las relaciones sofocantes en las que nos fusionamos con el otro y soportamos quedar atrapados en vínculos dolorosos por temor a la soledad. Nos olvidamos de quiénes somos, perdemos nuestro verdadero centro, ese vínculo con lo más sagrado. Sin que nos demos cuenta, terminamos aferrados a relaciones que nos dejan más vacíos.

En su libro Las nuevas soledades, la terapeuta francesa Marie-France Hirigoyen analiza las tramas vinculares que se tejen hoy entre hombres y mujeres, tramas en las que muchos esperan que la vida en pareja ponga remedio a su malestar y llene su vacío interior. “Es este individualismo el que hace fracasar a las parejas”, escribe.

Sin embargo, en el mismo libro presenta una serie de testimonios que dan cuenta de que, en las cuestiones del amor, hay otros caminos posibles. “La elección de la soledad, dure lo que tenga que durar, es difícil. Nadie dice lo contrario. Es difícil en una época que empuja a las soluciones fáciles, pero, en cambio, permite con frecuencia tener una vida interior rica y creativa. Frente al ‘siempre más’ de nuestra sociedad hiperactiva, se manifiesta más una necesidad de aire, de espacio vacío, una necesidad de jerarquizar los elementos esenciales de nuestra vida con el objetivo de buscar sentido y amor. En efecto, nuestro mundo nos deja poco lugar para la soledad: lo que se valora es ‘el vivir juntos’”, explica.

Como siempre, en Sophia buscamos reflejar historias de mujeres que puedan inspirarnos o echar luz sobre nuestros vínculos, sobre los recorridos afectivos que seguimos todos, sin excepción, en nuestro paso por la vida.

Por eso fuimos a conversar con Inés  Olivero, psicóloga, coordinadora de grupos de codependencia y autora de los libros Adicción a las personas. Codependencia y recuperación y Qué decimos cuando hablamos. Inés decidió compartir su relato sobre el camino de autoconocimiento que la llevó a fortalecer el vínculo con el hombre que la acompaña desde hace cuarenta años.


Acompañarse sin perderse uno en el otro

Por Inés Olivero

Me casé por primera vez a los 17 años, con mi primer novio. Pero después de algunos desencuentros y de haber dado a luz a una nena preciosa, decidí separarme y volví a vivir con mis padres. El día en que mi hija María Eugenia cumplió 1 año tuvo poliomielitis y desde ese momento me aboqué a su tratamiento. Después de dos años, mi hija pudo hacer su rehabilitación con éxito. Caminó, corrió y vivió con felicidad durante muchos años. Estudió Psicología, se casó y tuvo una hija.

Con el tiempo me fortalecí para afrontar su crianza. A los seis años de vivir con mis padres, nos mudamos las dos solas a un departamento. Mientras la criaba, estudié y me recibí de licenciada en Relaciones Públicas, carrera que nunca ejercí.

A Jorge lo conocí cuando tenía 29 años, mientras estudiábamos Psicología, mi segunda carrera. Fuimos compañeros, luego amigos, hasta que empezamos a salir. Estuvimos tres años sin saber qué éramos, pese a mi ansiedad por ponerle nombre al vínculo. “Estamos bien, no hay ninguna necesidad de nombrarlo”, me decía. Hasta que un día me preguntó: “¿No tendrías ganas de casarte conmigo?”. Siempre digo que él trajo a mi vida, siempre impulsiva, muy de acción, la mesura.

Nos casamos y desde el inicio tuvimos una relación cariñosa y de cooperación. Discutíamos, pero era casi como un ejercicio intelectual. Jamás nos ofendimos. Cuatro años después nació Paula; nuestras hijas fueron creciendo, sumaron amigos a las reuniones familiares y las acompañamos contentos. Formamos una linda familia.

Hacía tiempo que trabajaba con gusto en la profesión, tenía mis pacientes, me dedicaba a mi casa y compartía tiempo con mi familia cuando se desató la tormenta. A los 46 años me enamoré de un “imposible”, alguien cercano que también estaba casado, tenía su familia, y que no había hecho nada para generar ese sentimiento. Sentí que el mundo se caía y me arrastraba con él. En medio de un enorme desconcierto emocional, después de unos días decidí contarle a Jorge lo que me sucedía. No sabía cómo podía tomarlo, pero sabía que no podía estar un momento más sin decírselo. Lo quería muchísimo, fuimos muy compañeros, pero no podía negar un sentimiento que apareció de golpe y me inundó. Aunque en todo momento supe que no quería separarme de él, ni tampoco establecer una relación con la otra persona, ¿cómo se integraba esto en mi pareja? En un momento tan oscuro, tan totalizador, donde la nada estaba ahí adelante, tras contarle a mi marido mis sentimientos por esa persona tan cercana a nosotros, él respondió con una enorme grandeza: me agradeció la honestidad y valoró mi valentía para confesar lo que me ocurría. “Contá conmigo –me dijo–. Cuando nos casamos nos prometimos que íbamos a obrar honestamente uno con el otro. Ahora que esto sucede, ¿me voy a borrar?”.

Algo revelador sucedió entre los dos y mi amor por Jorge creció aún más. Se establecía con claridad la diferencia entre uno y otro sentimiento. Entre el enamoramiento y el amor, que en el caso de Jorge podía atravesar el egoísmo y transformarse en ternura para acompañarme.

En esta sociedad de consumo tenemos la idea distorsionada de que el propósito de nuestras vidas es la pareja. Es al revés: cuando vivís, aparece la pareja, y la podés incorporar sumando, no enterrándote para tener una pareja. Comprobé que para eso se necesita honestidad y solvencia en uno mismo, sentir que, pase lo que pase, lo que estés viviendo merece ser respetado.

Hoy puedo decir que esa crisis emocional fue el encuentro con lo que Carl Jung llama “la Sombra”. Me encontré con lo prohibido, con lo que quedaba por fuera de la relación, de mi vida. Y lo incluí hablándolo.

Poco tiempo después, a los 47 años, viví algo imprevisto, conocido como “Experiencia de Unidad”, que representó para mí una apertura de la consciencia, un despertar espiritual transformador que dio sentido a lo que había vivido. Haber tenido la valentía de hacerme cargo de un sentimiento poco presentable, quizá, me volvió apta para “ir más allá”. Esa experiencia espiritual me hizo conocer una noción del amor de una calidad diferente.

Jung habla de despertar el Sí Mismo, ese núcleo sagrado que nos hace únicos e irrepetibles. Necesariamente, quien se decide a escucharlo se siente solo frente al mundo conocido por un tiempo. Yo dejé de lado la conveniencia para abrazar mi verdadero destino. Esa experiencia espiritual fue la culminación del proceso que me preparó para otra etapa de mi desarrollo, y así fue como comencé a coordinar grupos de espiritualidad con adultos mayores. Necesitaba estar sola, cuidar ese mundo interno que se iba despertando. Las diferencias se profundizaron y cuando tenía 56 años, decidí separarme. Me sentí sola y fue difícil. Con Jorge nos extrañamos muchísimo; habíamos sido muy compinches, pero sin esa separación el desencuentro habría sido mayor.

Después de dos años un día nos encontramos de casualidad. Jorge se acercó a mí, me puso una mano en la cabeza y yo empecé a llorar de ternura. Nunca más volvimos a separarnos. Cuando pudimos contarnos nuestras necesidades, decirnos que cada uno tenía que ser fiel a sí mismo, llevar adelante su proyecto, él fue el que me propuso que viviéramos en casas separadas. Y así fue: hace quince años que vivimos cada uno en su casa, pero con una vida cotidiana compartida.

Aprendimos que cuando uno empieza a considerarse a sí mismo como un ser digno de todo respeto, a escuchar su voz interior y las necesidades más profundas, hay menos tiempo para pensar qué hace el otro. Cuando dejamos de tener la idea de que la felicidad viene de afuera, comenzamos a desarrollar la felicidad dentro de nosotros sin esperar que eso dependa del otro.

Seguimos creciendo, nuestras hijas también, nació mi nieta y disfrutamos de muchas alegrías. También vivimos dolores muy hondos. María Eugenia murió hace siete años y su vida fue una enseñanza para todos.

Hoy acompañamos cada uno el proyecto del otro, y estamos si nos necesitamos. Llevamos juntos cuarenta años. Todo lo que vivimos fue sagrado, mi marido y yo, también mis hijas. Nos hicimos cargo de aquello que teníamos que reconocer como propio sin escondernos detrás de lindas máscaras que nos protegieran. La vida merece ser respetada como es. Es así como nos parecemos, unos a otros.

Los amores de hoy

Por Patricia Faur, psicóloga y docente de la Universidad Favaloro

Con diferencia de pocos días me hicieron la misma pregunta: “¿Qué espacio ocupa el amor en nuestras vidas?”. Los vínculos afectivos están sufriendo una transformación en las últimas décadas, época de grandes contradicciones a nivel vincular. Por un lado, empujados por el auge de las redes sociales y los sitios de encuentros, la posibilidad de conocer a alguien se multiplica. Crecen las oportunidades, pero muchas veces lo que se encuentra es sexo ocasional o encuentros fugaces que fracasan en el “casting”. Tinder, Match y otros portales nos prometen la ilusión de encontrar el amor con solo deslizar un dedo en la pantalla.

Esta tendencia coincide con una línea de pensamiento que nos hace reflexionar sobre la liviandad de las relaciones actuales, lo efímero y la búsqueda de sensaciones para calmar el vacío. No obstante, la búsqueda de la pareja y el amor no se detienen. Nuestros consultorios se llenan de pacientes aquejados por amores conflictivos, amenazados o ausentes.

Esto quiere decir que, mientras buscamos la pareja a largo plazo, la compañía del buen amor y la estabilidad, estamos inmersos en la cultura del vacío que empuja a sostener relaciones fragmentadas con las que no se llega a tener ninguna intimidad emocional.

En la sociedad actual no siempre se elige por amor: a veces se elige por conveniencia, por dinero, por estatus o por valores sociales y familiares. Sin embargo, la ilusión del amor sigue teniendo un lugar relevante en las aspiraciones personales. Y ocupa mucho espacio en la vida de las personas. Las relaciones van cambiando y tratan de adaptarse a nuevos paradigmas. Vamos saliendo de modelos fusionales y simbióticos y se intentan modelos con más aire, donde se respeten las libertades y los espacios personales.

Semejante anhelo trae escenarios conflictivos. En la sociedad del “lo quiero todo y lo quiero ya”, donde la frustración es mala palabra, los choques contra la realidad son inevitables. A algo habrá que renunciar y habrá que aceptar que, si queremos pareja, compromiso, estabilidad, independencia, pasión, erotismo, buena comunicación y fidelidad, habrá que trabajar bastante.

Tal vez sea por esto que vemos a personas que luego de su separación y habiendo aprendido algunas lecciones salen al mundo del amor con miedo y recaudo, con algunas fobias y terror a ser invadidos, hasta que vuelven a confiar en alguien. Y a esa segunda vuelta la intentan de otra manera: con más flexibilidad y la mente más abierta. Casas y vacaciones cada uno por su lado, diferentes acuerdos sobre el dinero y la fidelidad son variables para encontrar un modelo de pareja sostenible.

Porque –pese al incremento de divorcios– se sigue buscando el amor. El otro, el prójimo, nos da sentido. Ya sea amar a una pareja, a la ciencia o al arte, hacer un servicio altruista o formar parte de grupos es lo que, finalmente, le da sentido a una vida. Aun en la sociedad más narcisista de todos los tiempos.

 

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