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Psicología

6 Abril, 2017

Cuando los padres se van

El dolor de perder a los padres es, acaso, el más universal de todos. Pero si atravesamos esta experiencia de adultos, parecería que no tenemos derecho a sentirnos desolados. La realidad muestra todo lo contrario. Apuntes de un duelo difícil y solitario, que ayuda a crecer.


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Por Fabiana Fondevila

Luciana tenía 22 años y su madre 54 cuando falleció su abuelo, de joviales 80 y largos. Ella recuerda aún su tristeza de nieta, pero siempre que evoca ese día vuelve a una frase que pronunció su madre en el entierro, casi en un susurro, cuando todo había terminado. “Me quedé sin papá”, dijo la mujer, a nadie en particular, o acaso a sí misma.

Luciana no entendió. Su madre era una mujer grande, su abuelo más grande aún. ¿No sabían que esto iba a ocurrir algún día? ¿No era lo más natural del mundo? ¿Qué podrían significar esas palabras pronunciadas por su madre largamente adulta, que no solo no dependía ya del abuelo sino que se ocupaba de él desde hacía varios años?

Lo cierto es que ese sentimiento –mezcla de desolación, congoja, incredulidad y una asombrosa sensación de desamparo– es lo que experimentan gran parte de las personas al perder a un padre o una madre, sin importar la edad. Y la sensación se acrecienta al perder al segundo progenitor, y saberse, de pronto, un adulto hecho y derecho, cabeza de familia, último responsable. Hay quienes dicen que la experiencia de perder a los padres es la que nos catapulta –listos o no– a la verdadera madurez.

Pero ¿por qué cuesta tanto?

Psicólogos como Alexander Levy, autor de El adulto huérfano, y Hope Edelman, autora de Motherless daughters (Hijas sin madres), coinciden en que este tipo duelo –el de perder a los padres siendo adulto– es el menos mirado, conversado y contemplado. Sin embargo, es el duelo más común, el que todos –si tenemos la suerte de vivir lo suficiente– vamos a enfrentar en algún momento. Sus consecuencias no son ni tan livianas ni tan pasajeras como la sociedad parecería querer hacernos creer.

Levy se dedicó a investigar el tema al perder a sus propios padres, con 50 años cumplidos, y tomar conciencia tras algunos arduos meses de que el impacto de la pérdida le había dado vuelta la vida. En su libro, cuenta que las personas que vienen a verlo en medio de este duelo siempre expresan sorpresa ante la intensidad de sus sentimientos. Según Levy el miedo, el dolor, el desconsuelo, la culpa y la sensación de liberación forman parte del abanico de emociones que despierta esta pérdida, y no hay ni un tiempo ni un patrón determinado para atravesarlo. “Cada duelo es individual y sigue su propio curso. Lo que más tranquiliza a mis pacientes es escuchar que todo esto es normal y esperable, y no una forma de locura”, dice el analista.

La muerte de nuestros progenitores suele traer aparejada la certeza de nuestra propia finitud. “Me di cuenta de que soy el próximo en la lista”, es una de las frases que más escuchan los psicólogos en estas circunstancias.

Curiosamente, este aspecto es el que suele resultar más rico para la vida que espera del otro lado del duelo. El tomar conciencia de la finitud de la vida terrenal suele funcionar como la alarma de un despertador. No hay una eternidad para cumplir los sueños, tener hijos, decir eso que nunca dijimos, cambiar o mejorar nuestra pareja. Por eso, este jalón en la vida suele funcionar como un rito de pasaje, detonando giros de ciento ochenta grados en la vida de los hijos. “Quizá solo después de que mueren los padres pueden las personas definir ‘qué van a ser cuando sean grandes’”, dice Levy.

Esta misma libertad puede traer culpa, como si nada bueno debiera venir de una pérdida tan dolorosa. Pero la verdad es que, al sacrificar aquella parte de nuestra identidad que estaba asociada a la de nuestros padres, se abre la posibilidad de ver quiénes somos de verdad.

Para las personas de fe, este momento suele dar pie al descubrimiento de otro tipo de amor incondicional, uno que está más allá de las vicisitudes de la vida y las falencias humanas. Aunque parezca paradójico, el momento de mayor dolor y desolación suele ser el que profundiza el camino espiritual y halla en él todo el gozo de la entrega. “Hoy, por primera vez, no hay nadie parado entre Dios y yo”, le dijo a Levy una paciente que había perdido a ambos padres.

Es esta misteriosa dimensión del duelo la que más puede dar vuelta una vida. Dice Thomas Moore, autor de El cuidado del alma: “La noche oscura del alma puede sanar, si entendemos por sanar el estar más vivo y más presente en el mundo a nuestro alrededor”. Nada nos vuelve más presentes que la vivencia de la muerte.

Por otro lado, hay consuelo frente al dolor de la ausencia porque se entiende que el vínculo de las almas es inquebrantable.

Un duelo secreto

Lo más peligroso al atravesar un duelo –dicen los especialistas– es acallarlo, evitarlo o ignorarlo. Y esto es precisamente lo que parece pedir la sociedad cuando se trata de un adulto llorando a sus padres.

“Parece haber una impaciencia con el duelo de un hijo adulto por sus padres –dice Catherine Sanders en Grief: The Morning After (El duelo, la mañana siguiente). La gente rara vez pregunta por los sentimientos de una persona que atraviesa esta clase de duelo, ni reconoce su estado luego de una o dos semanas, como si no requiriera mucha atención o reacción de largo plazo. Los huérfanos adultos deben guardarse lo que sienten y hacer su duelo en secreto”.

Miriam y Sidney Moss, psicólogos que investigaron el tema, se preguntan si la razón podría ser que nuestra sociedad valora tanto la juventud que las vidas y muertes de personas mayores han perdido importancia. Si es así, postulan, quizá la expresión de dolor por la pérdida de una persona anciana podría ser considerada socialmente insignificante.

Muchas veces las señales del duelo se enmascaran. Una persona puede de golpe empezar a dormir más y a hacer largas siestas por la tarde. Otra puede perder interés en su matrimonio y pensar que se trata de un problema de pareja. Una tercera puede volverse adicta al trabajo. Otra puede pasar un año como si nada hubiera pasado y luego sucumbir a una repentina depresión sin causa aparente. Todas, formas subterráneas de la pena.

Cuando uno de los padres muere y el otro sigue vivo, es común que el hijo adulto postergue o niegue su propio duelo para hacerse cargo del progenitor que quedó solo. La actitud de la sociedad hacia el adulto huérfano queda clara en la forma en que se acercan las personas a alguien en esta situación: la pregunta es siempre “¿Cómo está tu padre/madre?” y nunca “¿Cómo estás vos?”. Es probable, además, que tras haber perdido a uno de sus padres, el hijo entre en un estado de callado pavor, esperando que le llegue el turno al otro.

Benyamin Cirlin, director ejecutivo del Center for Loss and Renewal de Nueva York y coordinador de los servicios de duelo del Jacob Perle Hospice de esa ciudad, señala: “La gente suele pensar que debe olvidar a quien se fue. Esto es un error. No se trata de olvidar sino de ubicar al ser querido ausente en otro lugar del corazón. Simplemente hay que pasar de amar a alguien que está a amar a alguien que no está. El vínculo continúa”.

Los expertos coinciden en los siguientes consejos para atravesar un duelo y salir fortalecido:

  • Si uno puede levantarse de la cama por la mañana y llevar a cabo sus actividades, aunque esté triste, es mejor intentar no tomar medicación psiquiátrica (antidepresivos). El dolor es una parte importante del proceso de duelo, y atravesarlo con conciencia ayuda a sanar.
  • Es crucial apoyarse en el afecto de amigos, familiares, guías espirituales, recurrir a grupos de apoyo en hospitales o foros de Internet que se reúnan en torno a este tema. Sobre todo, es útil conversar con quienes ya pasaron por la experiencia y hoy la viven con menos congoja.
  • Buscar ayuda profesional si es necesario. No existen tiempos prescriptos para la duración de un duelo ni debe asustarnos su intensidad. Pero hay que escuchar lo que uno siente y buscar ayuda si no se puede solo.
  • Es bueno recurrir a la escritura y la expresión artística para volcar lo que se siente. También, encontrar o crear formas luminosas de recordar o “hablarle” a quien se fue: plantar un árbol en una fecha importante, dar una donación en su nombre o escribirle una carta. Toda idea es buena si ayuda a conectarse de manera positiva con quien se fue.
  • A la larga, la vivencia de perder a nuestros padres puede ser una de las mayores enseñanzas que ellos nos dejen. Así como fueron nuestros maestros en vida, si sabemos vivir su partida con el corazón abierto, es probable que al morir nos enseñen, también, lo precioso del vínculo y el privilegio del amor sin fin.

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