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Educación

12 septiembre, 2016

Cuando enseñar es sostener la vida

En los pasillos de un hospital, una aldea en guerra o una isla, existen docentes que, a pura vocación, demuestran que se puede enseñar en cualquier espacio, por más adverso que parezca. “Se trata de encontrar las herramientas para estimular la curiosidad de los chicos”, dice la docente Inés Bulacio, finalista del Global Teacher Prize.


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Por Einat Rozenwasser. Fotos: Estefanía Landesmann.

“En el hospital rescatamos al niño de la pasividad para convertirlo en un alumno activo”.

Inés Bulacio llevaba casi dos décadas dando clases en distintos colegios privados de la ciudad de Buenos Aires cuando la invitaron a recorrer la escuela que funcionaba en un hospital pediátrico y en pocos minutos se dio cuenta de que el lugar era apenas el marco; que en el pasillo de una sala o desde el borde de una cama también podía materializar su vocación de enseñar, con el plus de que además estaba generando un cambio en la calidad de vida de un chico, de una familia. “Ese día me di cuenta de que lo mío era esto. Me llenaban de entusiasmo las caritas de los chicos cuando veían que se asomaba alguien que tenía que ver con la escuela; se iluminaban, se activaban. Les despierta la magia de seguir aprendiendo y así recuperan su aspecto de niño sano”, explica con la mirada encendida y las dos manos alrededor de la taza de café con leche. Y mientras Inés recuerda, cuenta, explica, gesticula y ejemplifica, se hace fácil entender por qué fue una de las dos argentinas que el año pasado quedó seleccionadas entre las 50 mejores de 8000 maestros de 148 países que compitieron por el Global Teacher Prize, algo así como el premio Nobel de la docencia.

En el aspecto formal hay que decir que el sistema depende del Gobierno de la Ciudad, dentro del escalafón A, que es el de educación especial. Hay tres escuelas hospitalarias (en el Hospital Gutiérrez, Casa Cuna y el Garrahan) y una red de maestras articuladas alrededor de dos escuelas domiciliarias, que recorren los servicios de pediatría de los hospitales que no tienen escuela y los hogares de los chicos que por su condición de salud no están internados pero tampoco pueden asistir normalmente al colegio. A Inés le toca domiciliaria a la mañana y hospitalaria por la tarde.
Lo que este grupo de profesionales hace a diario va mucho más allá de transmitir contenidos académicos. “Mi rol es ser maestra, pero siempre decimos que la pedagogía hospitalaria es una pedagogía de la vida y para la vida. Muchas veces estamos en el medio de una situación de dolor, de incertidumbre, pero lo que buscamos es sumar calidad de vida, tanto para el niño como para la familia. Los médicos tienen un paciente y esto se relaciona, justamente, con esa situación inactiva que la palabra ‘paciente’ engloba. Lo que hacemos es rescatar al niño de esa pasividad para convertirlo en un alumno activo. Nuestro rol es recuperar su historia pedagógica y resignificarla desde la nueva situación, además de articular con la escuela de origen para que no pierdan sus estudios. Son chicos que a llegan a tratarse desde otras provincias o de Latinoamérica y se alejan de sus raíces, sus amigos, sus familias”, sigue contando.

Un impulso para la enseñanza y para los más vulnerables

El Global Teacher Prize es una iniciativa de la Fundación Varkey que apunta a elevar los estándares educativos para los chicos de sectores vulnerables y premia con un millón de dólares –la misma suma que el premio Nobel– a un docente destacado. Se entregó por primera vez en 2014 y la ganadora fue Nancia Atwell, una estadounidense que creó un método innovador de enseñanza de lectoescritura. El año pasado la distinción fue para Hanan Al Hroub, una palestina que creció en un campo de refugiados y llegó a la docencia cuando se dio cuenta de lo traumatizados que estaban sus hijos en ese contexto de guerra y violencia. Inés Bulacio no fue la única argentina finalista del premio. También llegó a ese lugar Graciana Goicoechandia, de Las Flores, provincia de Buenos Aires, una analista de sistemas que trabaja en la incorporación de nuevas tecnologías en las aulas.

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Como Inés, todas las maestras recorren las galerías del Hospital Gutiérrez cargadas de bolsos, carpetas, materiales didácticos. “La educación y la enseñanza se pueden dar en cualquier lado. La mayoría de los chicos están en su habitación, a veces en aislamiento, rodeados de sueros, vías, quimioterapia, diálisis… Los maestros siempre debemos estar en la búsqueda de herramientas y recursos que atrapen al niño, que despierten su curiosidad. Si no siente curiosidad, no aprende”, explica.

Uno de los proyectos especiales que maneja Inés es Radio Gutiérrez, una radio abierta que se hace cada quince días en el hospital, de la que participan todos los pacientes. Los que pueden la acompañan en el estudio que se improvisa en la capilla, y el resto aporta material que van grabando y editando durante la semana. “Es un proyecto que ayuda a que se rescaten los saberes y las raíces de cada uno, favorece mucho el tema del respeto, de aprender a escuchar la palabra y las inquietudes del otro. A veces uno tiene una pregunta que se pasa al resto y se hacen debates. Hace poco fue el bullying, a partir del planteo de una nena”, grafica.

También han hecho trabajos especiales, como el que surgió a pedido de la médica que estaba a cargo de diálisis peritoneal. “Se acercó a nosotros porque estaba preocupada por el alto índice de infecciones que estaba teniendo. Entre todos hicimos un corto animado con el catéter como protagonista. Los chicos participaron en las escenas, dramatizaciones, compusieron un rap… de todo, y en poco tiempo bajó notablemente el índice de infecciones”, expone.

Con toda esta experiencia completó los montones de páginas, videos, formularios y documentos que le pedían para poder candidatearse al premio de la Fundación Varkey (ver aparte). “En marzo me enteré de que había ganado una maestra palestina increíble. Tuve la suerte de conocerla porque pude viajar a Dubai, a un encuentro del que participamos muchas de las finalistas. Cuando caía en la cuenta de que estaba ahí pensaba que era demasiado para mí, ¡eran los mejores maestros del mundo! Fue maravilloso poder compartir e intercambiar experiencias. Hicimos un trabajo muy intenso porque planteamos las bases de un documento mundial para la educación que estamos terminando ahora y se va a difundir a fin de año. Cada uno se focalizó en la temática que quería desarrollar; yo me aboqué a ciudadanía global y derechos del niño en todo el mundo. La idea es que el material esté a disposición de cualquier maestro que quiera recurrir a nuestras prácticas. Estoy muy ilusionada por ver los otros trabajos”, dice, y se nota.

El aprendizaje personal de todos estos años tiene que ver con darles menos importancia a esas pequeñas situaciones cotidianas que convertimos en drama. “Darles relevancia a las cosas simples de la vida: tener salud, una familia, la posibilidad de hacer lo que a uno le gusta y poder ayudar a los demás. Cuando volví de Dubai una colega me preguntó si se había hablado de la situación salarial de los docentes y me di cuenta de que estábamos tan metidos en el intercambio que ninguno sacó el tema”, cierra mientras apura el café con leche porque ya es hora de ir al hospital. Y tal vez sin proponérselo demuestra eso que dijo hace un rato: que la enseñanza se puede dar en cualquier contexto. En un aula, en una habitación de hospital, en la mesa de un bar.

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De Pucarani, en Bolivia, al Global Teacher Prize

La maestra Lucinda Mamani Choque era muy chiquita cuando se dio cuenta de que había cosas que no se aprendían en el colegio. “Mi abuela Máxima Quispe no sabía leer ni escribir, pero tenía una memoria maravillosa. Lo mismo mi madre, que apenas lee la Biblia pero tiene sabidurías ancestrales de la cultura aimara”, le cuenta a Sophia. Lucinda es docente en la Unidad Educativa Caleria ubicada en el Municipio de Pucarani, La Paz, Bolivia, y la situación de las mujeres siempre fue su preocupación. ¿Qué veía? “Discriminación hacia las alumnas, a las que no les permitían participar del Centro de Estudiantes. O enterarme de que a pesar de que en Bolivia las mujeres somos el 52% muy pocas logran alcanzar estudios superiores”, ejemplifica. Así empezó a desarrollar una metodología para enseñar Derechos de la Mujer, que también fue reconocida en la última edición del Global Teacher Prize.

Lo que hizo fue impulsar actividades para que los contenidos salieran de las aulas con la ayuda de madres, profesoras y estudiantes. Comenzó a difundirla en los programas de la radio regional, en una obra de teatro y organizó charlas y encuentros con especialistas en el tema. “La metodología se ha replicado en por lo menos cuatro unidades educativas y ahora las autoridades municipales pretenden replicarla en las setenta escuelas del Distrito”, apunta. ¿Los resultados? “La igualdad de oportunidades está en debate en todas partes”.

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