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Educación

14 agosto, 2012

Con la dignidad intacta


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Las escuelas rurales conservan el orgullo por la educación y las raíces, pero es necesario que recuperen su potencial transformador.
Por Marta García Terán. Fotos de Celine Frers y Patricio Sutton.

Educación + capacitación laboral + contención +  valoración de la diversidad cultural + respeto del  ambiente + potencial humano = desarrollo = salir de la pobreza.

Nos gustó la idea de empezar este dossier con una ecuación; pero más nos gustó continuarlo con una historia que la avalara, porque las experiencias son muchas veces tanto o más potentes que las teorías. Así que a través del relato de Patricio Sutton, de la Red de Comunidades Rurales, vamos a comprobar una vez más el potencial transformador que tiene la educación. Y lo vamos a hacer conociendo a Belisario Castillo y su familia.

Belisario nació en la comunidad mapuche Huayquillán, al sudoeste de Chos Malal, en el norte de Neuquén. Cuando terminó la escuela primaria, su padre, Luis, aceptó una beca de la organización Cruzada Patagónica para que su hijo hiciera el secundario en una escuela agrotécnica. Belisario tuvo así acceso a una gran capacitación laboral: cursó varios talleres, como el de tractorista; aprendió a administrar un campo, a manejar el ganado y a hacer más efectiva la agricultura, y adquirió nociones de mecánica, tornería y carpintería.

Con todo ese conocimiento, Belisario volvió a su casa y produjo una pequeña revolución. Le enseñó a su padre cómo criar ovejas de triple propósito para que le dieran carne, leche y lana, diversificó la producción, empezó a hacer cuadro de pasturas, levantó cortinas forestales para salvaguardarse de los vientos, puso riego por goteo, empezó a usar agua de manera más eficiente… Así, mientras que Belisario terminaba el colegio, su familia iba mejorando sus condiciones de vida: arreglaron su ranchito, pusieron electricidad, compraron una heladera y más tarde un autito para moverse, y empezaron a cultivar frutas y verduras para vender. Belisario se recibió, trabajó en una estancia con un buen salario y hoy desempeña un papel destacado dentro de la comunidad mapuche, a la que ayudó a crecer gracias a todo lo que aprendió.

“Y de dignidad ni hablar –aclara Patricio–; porque todo esto lo consiguieron con esfuerzo y educación, no con un plan social”. Patricio está orgulloso de Belisario y su familia, a quienes acompañó y vio crecer, y de todos los Belisarios que demuestran que es imprescindible que la comunidad entera se involucre en la educación si queremos un proyecto de país desarrollado.

Por eso, en esta edición, quisimos tener a distintas personas que, como Patricio, trabajan para darles una mejor formación a los chicos argentinos. Aquí está entonces Claudia Romero, una doctora en Educación que nos recuerda que la escuela es de toda la comunidad, tengamos o no tengamos hijos en edad escolar. Y Guillermo Jaim Etcheverry, médico y ex rector de la Universidad de Buenos Aires, que nos dice que tenemos que recuperar el prestigio social de los maestros, que con los años han ido perdiendo valor frente a una sociedad que los elogia por un lado y los critica o descuida por el otro. Pero no hace falta ser un académico para colaborar con esta causa. La fotógrafa Celine Frers nos muestra unas imágenes que hablan por sí solas y nos acercan a una realidad que conocemos poco y nada: la de las escuelas rurales, a las que asisten casi un millón de chicos de nuestro país. 

Es que de acuerdo con las cifras del Ministerio de Educación, el 10% de los niños argentinos estudian en escuelas del ámbito rural, en donde casi no hay jardines de infantes ni formación secundaria, y donde la jornada escolar dura unas cuatro horas y cuarenta minutos, aunque una hora se va en recreos y en comedor (desayuno, almuerzo o merienda). Además, según una encuesta hecha por la Red de Comunidades Rurales, el 27% de esos colegios no tiene computadoras y el 34% solo tiene una. Y a esto se suma que en esas comunidades casi no hay programas de formación laboral para los jóvenes. Entonces, en este contexto, es difícil repetir la experiencia de Belisario y su familia. Pero ¿qué pasaría si todos nos involucrásemos para trabajar juntos por la educación? Eso es lo que quisimos preguntarnos en este dossier. Las invitamos a averiguarlo.

“Hay que escuchar al otro en lugar de pensar por él”

Patricio Sutton cree los chicos tienen que adquirir dignidad sobre la base de su propio potencial.

“Bernardo Toro, que es un filósofo y educador colombiano, dice que pobreza es igual a falta de organización. Y yo comparto plenamente esa idea, porque cuando una familia se organiza, cuando una comunidad se organiza, empieza a salir de la pobreza”, explica Patricio Sutton. Después de años de trabajar en Fundación Vida Silvestre y en Cruzada Patagónica, se juntó en 2006 con otras personas para crear la Red de Comunidades Rurales, que reúne a organizaciones como Fundación Ruta 40, Fundapaz, Misiones Rurales o Avina con líderes comunitarios, docentes y directores, para mejorar el acceso a la educación secundaria y generar así un mayor desarrollo comunitario.

Patricio tiene 48 años, está casado, es padre de dos chicos jóvenes y camina el país desde hace años. Como director ejecutivo de la Red, conoce bien el esfuerzo que hace el niño que recorre kilómetros y kilómetros a caballo, en bicicleta o a pie para poder ir al colegio todos los días; escucha a esa maestra que se queda a dormir en una escuela-hogar perdida en el monte, en la que no solo enseña, sino que también cuida a los chicos que viven lejos y no pueden volver a su casa de lunes a viernes; o se emociona con el cariño con el que muchos directores sueñan con un futuro mejor para sus alumnos… Y, sobre todo, comprueba que la mejor manera de salir adelante es organizarse y compartir saberes y experiencias.

–¿Qué porcentaje de los chicos que estudian en escuelas rurales logran terminar el secundario?

–Mirá, hay muy pocos secundarios en el ámbito rural. Ese es nuestro mayor desafío: que los chicos puedan acceder a una mejor educación para salir de la pobreza. Cuesta muchísimo tener datos, pero podemos decir que más o menos tres millones de personas viven en el ámbito rural. También podemos señalar que los índices de pobreza en el campo triplican a la pobreza en la ciudad y que, además, la pobreza en el ámbito rural es crónica. Tenés una franja de más de un millón y medio de personas que viven en la pobreza, y es histórico. Y sus hijos nacen en la pobreza y van a seguir siendo pobres porque no tienen posibilidades.

–¿Qué pasa con los que emigran a las ciudades en busca de oportunidades?

–Ese es un problema histórico en la Argentina, porque al no invertir en buena educación, en salud y en otras cuestiones de desarrollo, tenés un desangramiento continuo al ámbito urbano, con un gran desarraigo. Ya estamos en el 92% de población urbana y dentro de muy poquito vamos a llegar al 94 o al 96%. Entonces, es necesario un desarrollo más armónico poniendo en valor lo local, porque cuando uno se va de su lugar, lo primero que pierde es su dignidad. El desarraigo es durísimo, es como el exilio; el que deja su terruño sufre. El chico que se va a la ciudad no solo sufre el desarraigo, sino que también sufre porque no tiene mucha capacidad para desarrollarse al no haber tenido escuela secundaria. Si lográsemos invertir en educación y en salud para que la gente se quedara en su lugar, las cosas mejorarían.

–¿Este problema de migración a las grandes ciudades es solo nuestro?

–No, la verdad es que es una tendencia mundial. En 2007, más de la mitad de la población mundial dejó de vivir en el ámbito rural y pasó a la ciudad. En la Argentina ocurrió muchos años antes; pero en China, por ejemplo, hoy se ve fuertemente. Nosotros tenemos ejemplos de pueblos que se desarrollan y salen adelante, y creo que hay muchos lugares de la Argentina en los que podríamos tener un mayor desarrollo. Y este no es solo un tema de gobierno, sino que la sociedad misma debería generar  presión y ayudar para que haya economías regionales más valorizadas.

–¿Por qué no ocurre eso? ¿En qué estamos fallando?

–Se falla muchas veces porque se piensa por el otro en lugar de escucharlo. Escucharlo y comprenderlo para construir juntos, como un amigo que acompaña. Desde ese lugar hay que ayudar. Para que haya desarrollo comunitario, es clave ponerse en los zapatos del otro y eso es lo que hacemos muy poco. Nos ponemos en una posición soberbia: “Yo sé lo que te conviene y vos tenés que ir por este camino”. Eso es lo peor que podemos hacer; es no entender cómo funciona la mente de la gente, es no conocer la capacidad de adquirir dignidad sobre la base de sus propios potenciales. Yo cada vez aprendo más de la gente, de lo que me cuentan durante esas charlas tranquilas, de las comunidades wichi, pilagá, mapuche, toba…

–¿Cómo los acompañás?

–El desafío es acompañarlos para construir un liderazgo participativo. No el liderazgo de lo político, no del cura mesiánico o del pastor personalista, sino el liderazgo construido desde la gente con las capacidades de cada uno, respetando lo que cada uno es. Por ejemplo, muchas veces se ve a las personas con las ovejitas o los chivos, pastoreando, y se dice: “Es pobre”. Y no, para nada, esa persona no es pobre y tiene mucho para enseñarte.

–Depende de la visión de pobreza que tienen unos y otros.

–Sí, por supuesto, porque hay gente que vive humildemente pero es feliz y tiene dignidad y ciertas cuestiones que hacen a su cultura. La persona que se puede desarrollar y tiene la posibilidad de hacer las cosas que quiere hacer no es pobre, y tiene mucho para enseñarnos. Por ejemplo, hay comunidades coyas muy bien organizadas que han logrado bajar la tasa de mortalidad infantil o han conseguido que las mujeres desempeñen un rol mucho más importante.

–Decís que es difícil encontrar educación inicial en el ámbito rural. ¿Por qué es tan importante que haya jardines de infantes en las escuelas?

–Casi no hay jardines en las zonas de mucha vulnerabilidad. Y está súper comprobado que un chico que no tiene una buena educación inicial cuenta con muchas menos chances de tener un buen desarrollo intelectual a futuro. Es una etapa clave, en la que no solo debe tener una buena alimentación, sino también una buena estimulación, contención y cariño. Y con eso las posibilidades de desarrollo crecen muchísimo. Igual, la escuela no tiene que reemplazar el proceso educativo no formal, o sea, el de la casa. A la escuela hay que pedirle lo que corresponde a la escuela…

–Sí, pero tampoco hay muchos secundarios.

–No, hay muy pocos secundarios. Y casi tampoco hay escuelas para adultos. Hace dos años hicimos una encuesta bien amplia y el 77% de las comunidades relevadas no tenía escuelas para adultos. Además, casi no hay docentes bilingües y eso es un gran problema porque hay muchísimos chicos aborígenes en el ámbito rural y es muy importante que conserven su cultura.

–¿Están faltando docentes?

–No dispongo de datos, pero tengo la sensación de que la docencia es una carrera en baja por la poca valoración que le da la sociedad. En contextos de vulnerabilidad, vos deberías tener los mejores docentes y, lamentablemente, no es así. O sea, tenés docentes fabulosos, con una experiencia y un manejo increíbles, y otros no tan preparados. La tendencia es preocupante, porque cuesta conseguir gente bien capacitada que quiera ser docente. La matrícula cae y, por la encuesta que hicimos, sabemos que hay más de  3600 escuelas que tienen un solo docente.

–¿Qué es lo que motiva a los maestros rurales?

–En la encuesta les preguntamos por qué querían ser docentes y las respuestas fueron interesantes. Algunos dijeron que son maestros porque nacieron en el campo y les interesa su gente; otros, para ayudar o acompañar al que está en situación más complicada. Algunos otros dijeron que porque pagan mejor… Lo cierto es que estamos haciendo agua en la capacitación a docentes. Pero también podés ver directores que dicen: “Yo quiero que estos chicos lleguen a su máximo potencial” y te emocionan, porque vos ves los recursos de los que disponen y te das cuenta de que la educación no pasa por la tecnología, pasa por otro lado.

–No todo es culpa de la falta de tecnología.

–No, claro. La capacidad para superar la adversidad se puede compartir y enseñar sin tecnología; se puede mostrar con el ejemplo, contagiar, porque uno ve que otro se esfuerza, que quiere aprender, que tiene la mente abierta… Todo eso es parte del proceso educativo y está presente en toda la comunidad, no solo en los maestros.

–En el campo todavía hay un tema que está pendiente de resolver con las hijas mujeres, porque muchas veces no las mandan a la escuela para que ayuden en el hogar…

–Sí, depende de las regiones, porque no hay situaciones homogéneas, pero lo que vemos es que en el ámbito rural hay un atraso enorme en las cuestiones de género. Es una sociedad más machista, porque el rol del hombre y de la mujer históricamente han estado muy marcados y cuesta salir de eso. Es todo un ejercicio convencer a un padre de familia de que mande a su hija mujer a una escuela. Que la mujer pueda desarrollarse en el ámbito rural es una asignatura pendiente que hay que pelear a muerte. La verdad es que aunque la chica quiera hacer el secundario, al padre le cuesta dejarla porque la necesitan en la casa para otras tareas.

–¿Cómo cuáles?

–Depende de cada comunidad, pero tienen que cuidar a los animales, ocuparse de la huerta, juntar leña o cuidar a los más chicos porque las familias son muy numerosas. La leña es esencial para la vida por el calor, porque es necesaria para cocinar, etcétera. Entonces, las madres tienen que ir a buscar la leña para prender la cocina y las hijas se tienen que quedar a cuidar a los bebés. Son las típicas tareas por las que se retiene, entre comillas, a las niñas en la casa. Las comunidades ven como negativo que dejen esas tareas para ir a estudiar.

–Como contrapartida, tenés una gran cantidad de mujeres del ámbito rural que hoy están tomando la iniciativa en cuestiones de desarrollo, que son el motor de cambio.

–Sí, la mujer es la movilizadora del crecimiento, sin duda. A nivel de desarrollo comunitario, sin la mujer estamos perdidos. Cumplen un rol fundamental. Yo soy optimista; veo que la mujer hoy está tomando cada vez más lo que el hombre no es capaz de tomar y sostener. Por ejemplo, los procesos de desarrollo comunitario necesitan constancia, paciencia, perseverancia, escuchar al otro… No sirve la prepotencia, la pelea, que son características más del hombre, del “macho alfa”. En ese sentido, la mujer está mejor parada para empujar el desarrollo comunitario; y son cada vez más respetadas y valoradas por los hombres que dicen: “Bueno, la verdad es que para muchas cosas la mujer tiene los pantalones bien puestos y la tienen más clara que nosotros”. Muchos te dicen: “Estoy orgulloso de mi mujer”.

–Por último, ¿entendemos los argentinos que la educación es un tema de todos?

–Hay un discurso trillado en ese sentido, pero después no somos consistentes con ese discurso en los actos cotidianos. Por ejemplo, cuando se deja todo el día a los chicos frente al televisor viendo programas de baja calidad; cuando los padres no les prestan atención a sus hijos o cuando no los acompañan con las cosas del colegio. Creo que la educación es un tema complejo, se habla mucho y se trabaja poco.

–¿Ves algún reclamo comunitario por la educación?

–La sociedad se moviliza por un montón de cosas, pero no se moviliza por la educación. Hay marchas por temas vecinales o ecológicos, pero las grandes movilizaciones son por plata, porque no podes comprar dólares, esas cosas. Pero no nos movilizamos por temas como la educación, que son estratégicos para el desarrollo del país. Y esta falta de compromiso no se la podés endilgar a un gobierno; los responsables somos nosotros como sociedad.

El deber que nos une

Por Claudia Romero

El filósofo italiano Roberto Esposito ofrece una interpretación novedosa del término “comunidad” (communitas), alejada del pensamiento fácil que tiende a asociarla con algo –un atributo, una característica, un interés– que se tiene en común y que une a las personas de manera sustancial. Esposito nos informa que el sentido originario de communis era “quien comparte una carga”. Por lo tanto, es el conjunto de personas a las que las une, no una propiedad o una posesión, sino, por el contrario, un deber, un encargo. La comunidad es lo que nos obliga, nos une en la deuda; lo común no es algo que todos tenemos, sino lo que falta hacer.

Quienes recibimos más educación somos más responsables por ella. Y de alguna manera, debemos hacernos cargo de sus muchas urgencias. En la educación argentina hoy, por ejemplo, es perentorio mejorar la formación y la carrera profesional de los docentes, garantizar que todos los jóvenes terminen una  secundaria de calidad y asegurar educación para la primera infancia, que, como se sabe, es una clave para el desarrollo personal y social.

El mapa del fracaso escolar coincide exactamente con el mapa de la desigualdad; esto quiere decir que las escuelas han perdido la fuerza para producir movilidad social, uno de los pilares del sistema educativo argentino. Y además, la pérdida de sentido de muchas de las prácticas pedagógicas hace que gran parte de quienes transitan con éxito las aulas no encuentren una educación de calidad y acorde con sus necesidades de crecimiento y despliegue de potencial.

La educación en general, pero en especial la educación escolar, es un encargo, quizás el más importante que tengamos. Es posible comprometerse activamente con este encargo desde el lugar que cada uno tenga, como profesional, como empresario o académico y, desde luego, como padres y abuelos. Eso nos haría funcionar como una verdadera comunidad.

Las escuelas son de la comunidad, pero no sus espejos o cajas de resonancia; son el proyecto de una comunidad, su deber, su obligación de dar. Por eso, para conocer cómo será un país en el futuro, hay que mirar sus escuelas. Allí están los presidentes, los jueces, los diputados, los maestros, los obreros, los médicos, las madres, los padres que tendremos. Allí estamos nosotros, como comunidad, preparando el porvenir.

El fútbol como punto de encuentro

La Red de Comunidades Rurales creó hace algunos años un programa de encuentros de fútbol comunitario, que desde nuestro país se extendió a otros como Uruguay, España, Malasia o Sri Lanka. La idea es que el fútbol sea un espacio de encuentro en el cual padres, alumnos, docentes y miembros de la comunidad se reúnan para llevar adelante diferentes acciones solidarias, como arreglar salones y muebles, mejorar los puestos sanitarios, recolectar ropa y calzado o discutir sobre las principales preocupaciones de la comunidad. Los que quieran conocer estos encuentros pueden visitar la página www.futbolrural.org.ar. Y quienes quieran conocer más o colaborar con la Red pueden entrar en www.comunidadesrurales.org

Devolverles el prestigio a los maestros

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Para advertir la importancia real que una sociedad adjudica a los maestros que en ella actúan, bastaría con observar la reacción de los padres cuyos hijos les anuncian que quieren dedicarse a la docencia. Comprobaríamos entonces que esos mismos padres que elogian a los maestros, en términos no pocas veces grandilocuentes, tratan por todos los medios de disuadir a sus hijos de ese propósito al que conciben como un destino de fracaso. Cuando se desprestigia la tarea que los docentes deberían llevar a cabo, la de enseñar, también ellos terminan desvalorizándose. Este desinterés por ver a los maestros acompañando a las nuevas generaciones en el desarrollo de su capacidad de comprender el mundo pone de manifiesto el marcado sesgo antiintelectual que caracteriza a nuestra época. Hoy se pretende que la escuela incomode lo menos posible a los chicos (y a sus padres…). De la “guardería ilustrada” que es la escuela actual (cada vez más guardería y menos ilustrada) se espera que exija de los alumnos el menor esfuerzo posible para entregar el bien que todos pretenden: la certificación. Son estos los síntomas de un cambio más profundo: la ruptura del pacto fundacional de la escuela que suponía, hasta ahora, la alianza de padres y maestros para educar a niños y jóvenes. Hoy los padres están aliados con sus hijos en contra de la institución escolar, a la que conciben como un instrumento de opresión.

Como es lógico, este cambio en las expectativas sociales se acompaña de una modificación equivalente en las teorías pedagógicas. Se expande una “pedagogía compasiva” sustentada en esta concepción de los alumnos como víctimas que deben ser liberadas de la opresión a la que los somete un sistema escolar despiadado que, en apariencia, pretende de ellos sacrificios imposibles. De allí que se busquen, y se encuentren, razones para aligerar esa pesada carga. La consecuencia de estas concepciones es que nuestros chicos, al menos aquellos que tienen la suerte de completar su educación, lo hagan sin las habilidades intelectuales básicas para encarar el desarrollo de sus vidas. Es conocido el hecho de que casi la mitad de los jóvenes que completan el nivel medio en la Argentina no comprenden lo que leen y tienen serias dificultades para realizar sencillas operaciones que requieren competencias relacionadas con la abstracción. Esta transformación de la actitud social frente a la escuela hace también que quienes asisten a ella se comporten como clientes en lugar de hacerlo como alumnos. Clientes que buscan ser complacidos en vez de alumnos dispuestos a dejarse interesar por el conocimiento. El académico británico Richard Whately ha dicho: “Enseñar a quien no tiene curiosidad por aprender es sembrar un campo sin ararlo”. De allí que los padres deberían preocuparse por entregar a las escuelas ese campo arado, es decir, personas en disposición de aprender en lugar de criaturas que deben ser “contenidas”. Lógicamente, en la institución escolar esos alumnos dispuestos a aprender deberían encontrarse con buenos docentes, es decir, maestros que conozcan algo en profundidad y que logren transmitir su entusiasmo por lo que saben. Es esa capacidad de despertar interés por el conocimiento, de contagiar entusiasmo por el saber, lo que define al buen docente. Pero cuando, como ahora, parecería que la transmisión del saber no interesa, ya que basta con que el conocimiento esté contenido en las bases de datos, la tarea del docente se va limitando cada vez más a sus aspectos humanitarios de asistencia social y psicológica, relegando la trascendencia humanística que define a la labor docente. Esta consiste nada menos que en introducir a los recién llegados a un mundo que ya existía antes de que ellos desembarcaran en él. Esta tarea se ejerce esencialmente en el ámbito de la relación entre personas y está estrechamente vinculada a los ejemplos. Arthur Clarke ha dicho, con acertada ironía: “Un maestro que pueda ser reemplazado por una máquina debe serlo de inmediato”.   

Una civilización ingresa en una etapa agónica cuando es incapaz de sostener a quienes son capaces de transmitir sus logros y, fundamentalmente, sus valores. Por eso, cualquier intento de mejorar la educación en la Argentina, es decir, de lograr que más gente reciba una educación de mayor calidad, debe comenzar por una revalorización social de la tarea que realizan los docentes. Si esa actividad no vuelve a resultar atractiva para los jóvenes mejor preparados, lo que supone una expectativa de desarrollo personal y una remuneración acordes con la importancia que en las palabras atribuimos a la tarea de formación de nuestros niños y jóvenes, no existirá ninguna posibilidad real de cambio.

Un orgullo que conmueve

Hay escenas tan conmovedoras que es casi imposible describirlas con palabras. Por eso, Celine Frers elige las imágenes para hablar del mundo que en este momento busca mostrar. Hoy, a los 30 años, ella quiere hablar de educación; quiere contar el impacto que le produjo descubrir  la enorme vocación de muchos maestros, las ganas de superarse de los chicos, el logro que para muchas familias significa que sus hijos puedan estudiar…

Celine recorrió el país con su cámara y pocas cosas la movilizaron tanto como las escuelas rurales: esa perdida en la inmensidad del sur o aquella aislada por el duro desierto de Atacama. Puede parecer una escuela pobre, pero los chicos ahí no se sienten pobres; tienen sus cosas, están felices y orgullosos de la escuela a la que van. Corren, se ríen, cantan. Están festejando el 25 de Mayo o el 9 de Julio. Uno de ellos tiene el honor de izar la bandera, y sus padres bajaron de la montaña para no perderse ese momento. Todos los alumnos están vestidos impecables y los maestros cantan el himno con pasión.

“Es otra dimensión de la Argentina y yo quiero darla a conocer. Me interesa difundir el orgullo con el que los maestros te muestran su escuela, la forma en que se entregan para que los chicos tengan una buena educación y puedan salir adelante, la alegría que sienten cuando ven que un alumno va a ir a la secundaria, porque muchos apenas terminan la primaria… Es muy emocionante ver la satisfacción de un maestro que te dice que un chico va a poder seguir estudiando”, cuenta Celine, que decidió acompañar durante un año a una escuela rural ubicada a media hora de Colomé, en Salta, para mostrar a través de ella la realidad de las escuelas rurales de todo el país. Y esa secuencia, que irá de septiembre a septiembre, quedará plasmada en un libro que piensa editar a beneficio de la educación rural argentina.

Celine creció en el campo, entre Luján y Navarro, en la provincia de Buenos Aires, y pasó sus vacaciones en Bella Vista, Corrientes, donde tenía muchos amigos que iban a la escuela del pueblo: “Siempre sentí mucha admiración por cómo se lleva adelante la educación en el campo, cómo se valoran los útiles, los materiales, los libros. Recorrí muchas escuelas y vi gente súper humilde, pero que no se queja, que vive contenta con lo que tiene, que siente orgullo por sus raíces, por su cultura. Algunos chicos recorren kilómetros y  algunos maestros hacen muchos sacrificios, lejos de su familia; pero se los ve felices, porque están llevando adelante su vocación, están enseñando y sueñan con un buen futuro para su alumnos”.

Celine tiene recuerdos maravillosos de sus viajes, como el de los chicos de una escuela de Las Tunas, en la provincia de Buenos Aires, en la que un venezolano armó una orquesta para gente carenciada, con violines y violonchelos. “No sabés el amor con el que los chicos cuidaban su instrumento y recordaban perfecto el día en que se lo habían dado. Había dos alumnos que habían llegado a estudiar en el Conservatorio y uno tenía condiciones como para llegar a ganarse la vida con la música. Me emocioné mucho cuando me lo contaron. Ese tipo de cosas le dan sentido a mi trabajo”.

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