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Pareja

27 enero, 2011

¿Cómo nos convertimos en extraños?


Todo el tiempo estamos cambiando, pero muchas veces las transformaciones de alguno de los integrantes de la pareja nos alejan. El diálogo será la mejor herramienta para saber si hay posibilidades de reencontrarnos. Por Viviana Alvarez.

Un día Luis llegó a casa eufórico con la noticia de que iba a cambiar el auto que había comprado hacía dos años por un cero kilómetro importado que nosotros no podíamos tener ni ahorrando durante un millón de años. Lo atosigué a preguntas para saber de dónde había salido ese dinero. Cuando se sintió acorralado, me confesó que eran autos que estaban más baratos porque habían ingresado al país de manera ‘informal’ y, por poca plata, alguien les hacía los papeles y todo quedaba en regla” –cuenta Laura, que está casada desde hace quince años con Luis y tienen dos hijos–. “Yo quedé desconcertada ¿En qué momento mi marido se había convertido en una persona a la que le interesaba más tener un auto nuevo que llevar una vida honrada? ¿Qué lo había llevado a pensar así? ¿Ése era el ejemplo que quería darles a nuestros hijos? Lo desconocía; este nuevo hombre no me gustaba, no sabía si quería estar con alguien así”, recuerda Laura.

“Te aviso que no me voy a quedar más con los chicos los jueves a la noche”, le dijo Matías a Mercedes, su mujer desde hace ocho años. Todos los jueves, Mercedes, que es una abogada joven con un potencial notable, llega más tarde a la casa porque cursa un posgrado que le paga el estudio de abogados para el que trabaja, el cual, además, le anunció que piensa convertirla en socia. La actitud de Matías la dejó de una sola pieza porque él siempre la alentó. Cuando Mercedes le planteó que se sentía saboteada, Matías reconoció que el crecimiento de su mujer le generaba un poco de inseguridad en lo personal y en lo profesional porque él también es abogado.

Es probable que muchas de nosotras hayamos tenido sensaciones parecidas frente a nuestra pareja. Un día, ante un gesto, una actitud o una respuesta inesperada, caemos en la cuenta de que no reconocemos a la persona de la que nos enamoramos. Es cierto que es imposible e indeseable que seamos siempre los mismos porque las experiencias que vivimos a lo largo de la vida nos van transformando, pero ¿qué pasa si en ese transcurso sentimos que ya no aprobamos las actitudes del otro, que no compartimos sus elecciones, que nos desconciertan sus planteos? ¿Cómo podemos entender esos cambios y volver a elegirnos y de qué manera sabemos que tenemos que tomar caminos distintos?

“Las personas van modificando sus intereses, su vocación, y eso es algo que se puede acompañar. Lo que no se puede aceptar es el cambio de valores, lo que se refiere a la familia, al amor, la fidelidad o la honestidad, porque es lo que une profundamente a una pareja”, explica la psicóloga Patricia Faur.

Como Mercedes y Matías, muchas parejas entran en crisis cuando hay un desarrollo personal o profesional que no es simétrico. Faur dice que en esos casos las parejas que son generosas con el crecimiento del otro se sobreponen. En cambio, las que son mezquinas naufragan porque, en lugar de ayudarse, empiezan a ser competitivas y la relación queda invadida por la desconfianza y la inseguridad.

El psicólogo Raúl Faraoni agrega una idea: “El amor es una experiencia de reciprocidad”. Cuando hay empatía y amor, podemos ponernos en el lugar del otro y disfrutamos con su felicidad. Si no es así, debemos pensar si queremos seguir adelante.

Conocerse y conocer al otro

Poder mirar nuestro interior, identificar nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestros sentimientos es una tarea compleja que nos lleva toda la vida y, entonces, tal vez deberíamos preguntarnos hasta que punto es posible conocer a los demás.

Miguel Mihanovich, con vasta experiencia como psquiatra de parejas y como marido, cuenta: “Este año cumplí cincuenta y dos años de casado, y cuando me preguntan: ‘¿Con la misma mujer?’, les digo: ‘No, yo estoy casado con las sucesivas mujeres que ha sido mi mujer mientras ella estuvo casada con los sucesivos ‘Migueles’ que me habitaron. Nunca estamos casados con la misma persona”. El psiquiatra dice que las personas que están en pareja tienen la falsa sensación de que con los años terminan por conocerse. Por eso, cuando el otro aparece con conductas diferentes, rechazamos esa situación porque de alguna manera la vivimos como una traición.

Lo que sucede muchas veces, en algún momento de la relación, es que dejamos de ser nosotros mismos para adaptarnos a la imagen de lo que los demás esperan de nosotros. Es como si nos fuéramos configurando para lograr que nos quieran y nos acepten. Por eso, escuchamos mujeres que dicen: “Mi marido conmigo es callado y en reuniones es extrovertido” o “Mi mujer no es cariñosa conmigo y lo es con mis hijos”. Lo que ocurre es que hay ciertos rasgos personales que se van mutilando para encajar en la pareja y que luego se ejercen fuera de la pareja”, explica el psiquiatra.

Mara y Pablo están juntos desde hace treinta años, tienen tres hijos y este año fueron abuelos por primera vez. Son de esas parejas que parecen perfectas, que se entienden con la mirada, pero hace un tiempo, cuando Pablo festejó sus 50 años, se reencontró con sus viejos amigos del club de pesca y retomó esa pasión que tuvo desde joven y que había quedado dormida. A partir de entonces, Pablo se embarca todos los fines de semana. Al principio, Mara aceptó la situación porque pensó que era un berretín, pero ya no lo pasa bien. Dejaron de compartir actividades que hacían en el tiempo libre y Pablo se volvió una persona monotemática que sólo habla de pesca, pesca y pesca.

Cuando sucede esto, podemos pensar que los cambios del otro pueden ser una invitación para generar cambios propios. Entonces, así como Pablo se reencontró con la pesca, Mara podría pensar cuáles son los intereses que viene postergando, las asignaturas que le quedan pendientes o los gustos que puede darse.

Cuando las relaciones son sanas y si abrimos el corazon, siempre podemos aprender algo del otro, e incluso podemos descubrir aspectos propios que nos ayudan a crecer. Raúl Faraoni dice que podemos conocernos y comprendernos si levantamos puentes en lugar de muros.

En cambio, si renunciamos a intereses personales, tarde o temprano la vida nos pasa factura. Marta Depalma, psicoanalista de Centro Dos, explica que esto es lo que les pasa a mujeres y varones que en un día dicen: “Dejé todo por la familia y ahora quiero darme el gusto”. Entonces, comienzan a querer recuperar lo que sienten que perdieron, pero a destiempo. Es el caso de quienes a los 40 o a los 50, después de varios años de pareja, quieren volver a organizar salidas con su grupo de amigos un sábado a la noche como cuando eran jóvenes o se obsesionan con tener el cuerpo y la cara que tuvieron a los 20 años.

Somos uno y somos dos

“En la proclama matrimonial se dice: ‘Yo te acepto a ti’, pero yo no sabía verdaderamente quién era cuando me casé y para conocerme necesito tener espacios personales”, explica Faraoni. Para poder darse estos espacios personales las parejas deben tener un vínculo flexible que se logra con comunicación, respeto e intimidad. Faraoni sostiene: “Así como el antídoto contra el miedo son la compañía y la intimidad, el antídoto contra la ruptura es un vínculo flexible, que nos permita encarar los problemas la vida”.

Como parte de la aceptación de espacios individuales, sería bueno empezar a pensar que puede haber elecciones de nuestra pareja que no nos incluyan. De la misma manera, es posible que nosotras tengamos intereses que excluyen a nuestro novio o nuestro marido, como ir al gimnasio, estudiar idiomas, pintar, encontrarnos con amigas. Pero otra vez volvemos al tema de los valores: una cosa es excluir a nuestra pareja de la noche de amigas porque no se va a sentir cómodo en esa situación y otra cosa es dejarlo afuera de las decisiones que tomamos.

Hasta dónde hay que ceder

Es posible que en algún momento nos preguntemos hasta qué punto tenemos que tolerar las nuevas costumbres o las actitudes de nuestra pareja. Patricia Faur considera que el límite es nada más y nada menos que el dolor, porque puede pasar que las transformaciones nos lastimen y, si no renunciamos a tiempo, nos lleven a la depresión, a un trastorno de ansiedad y, sobre todo, afecten nuestra identidad.

Podemos negociar si cambiaron nuestros gustos en común. Si a él dejó de gustarle ir al cine, puedo ir con una amiga; pero si me dice que quiere dejar de ver a mi familia, esto tal vez no sea negociable. Si él no puede estar con la gente que quiero, me lastima. En esos casos, Faur sugiere que primero tenemos que preguntarle qué lo llevó a tomar esa decisión para saber si hay algo que podamos modificar. Pero también es posible que debamos pensar si queremos continuar con la relación.

Si los cambios se convierten en hostigamiento, tendremos que pensar cómo queremos pasar el resto de nuestra vida y si queremos estar con alguien que no es feliz con nuestra felicidad.

El riesgo de querer cambiar al otro

Si nuestra pareja nos sorprende con nuevas actitudes, es probable que tratemos de lograr que vuelva a ser el de antes y esto nunca es una buena decisión.

Faraoni asegura: “Querer cambiar al otro es la muerte de la pareja porque nunca se puede volver al mismo lugar. Mamerto Menapace dice que el pasado apenitas es tapera. Eso quiere decir que la vida va hacia delante y hacia allí tenemos que mirar para renovar los pactos con la pareja, para establecer nuevas formas de tratarnos”.

“La intención de querer cambiar al otro lleva a las parejas a al fracaso porque no amamos al otro como es, sino que nos enamoramos de lo que fue, o de lo que creemos que será cuando haga el cambio que estamos esperando. Esperar que el otro cambie es una quimera peligrosa porque podemos quedarnos en un vínculo tóxico por muchos años”, dice Patricia Faur.

En cambio, Miguel Mihanovich, sostiene que es posible lograr algún cambio si es bueno para los dos, pero el tema es cómo lo hacemos. “Si es una transformación forzada, no vamos a obtener nada bueno, pero si me pregunto qué tengo que cambiar yo para que el otro se acomode, quizá logre buenos resultados. Las parejas suelen plantear los reclamos en forma de reproche cuando es mucho más sensato hacerlo en forma de necesidad”, dice el psiquiatra.

Preguntas y respuestas

Ante la sorpresa o el extrañamiento por conductas que nos desconciertan, nos surgen miles de preguntas. ¿Cuándo dejamos de compartir cosas? ¿Qué hechos nos separaron? ¿Fue el nacimiento de los hijos? ¿Fue el crecimiento personal y profesional desparejo? ¿Fueron las crisis de los 30, los 40, los 50? Entonces, lo primero que tenemos que hacer es hablar, plantear estas preguntas, buscar las respuestas que nos den las pistas sobre el rumbo que vamos a seguir para no convertirnos en dos extraños que conviven bajo el mismo techo.

El tema es cómo planteamos estas preguntas. Patricia Faur dice que hay algunas pautas que favorecen el diálogo, como hablar en primera persona. “No es lo mismo decir lo me está pasando a mí, expresar si me siento descuidada o no mirada, que decir: ‘Vos sos un mezquino, egoísta, narcisista’, porque de esa manera hacemos un juicio de valor pero no decimos lo que nos ocurre”.

A pesar del paso del tiempo, en una pareja nada es obvio ni puede darse por sentado. Si no preguntamos, puede suceder que perdamos de vista cuáles son nuestros sueños, nuestros temores, nuestras necesidades, nuestras inseguridades. Tal vez creemos que lo sabemos porque alguna vez lo hablamos, pero eso pudo haber cambiado.

“Cuando dos personas se enamoran, es muy difícil que se planteen que la pareja no va a durar siempre como se armó. Son muy pocas las personas que hablan acerca de la posibilidad de que a medida que pase el tiempo van a tener otros intereses o van a querer recorrer diferentes caminos. Si no se habla sobre los cambios que va a ir experimentando cada uno, es probable que en algún momento los integrantes de la pareja comiencen a distanciarse. Por eso, la pareja necesita renovar los pactos que la unen y formalizar constantemente por qué se elige, tanto con palabras como con hechos”, dice Marta Depalma.

Lugares de encuentro

“Un poeta dijo una vez: ‘Quien su amor hace durar sólo consigue por fin amar’, recuerda Raúl Faraoni. Sin embargo, en la actualidad –continúa el psicólogo– lograr vínculos duraderos no es fácil y eso en parte sucede porque todo lo que antes nos parecía obvio está hoy en tela de juicio. Las pautas para tener un trabajo, para tener una pareja, para saber cómo educar a los hijos, para saber cómo vivir ya no están tan claras porque estamos desconectados, confundidos y eso se refleja en las relaciones de pareja”.

Ante este panorama, Faraoni plantea que es urgente buscar y generar lugares de encuentro y esto se logra no escapando de uno mismo. “Si yo no puedo habitar en mí, no puedo recibir a nadie. En principio, es muy importante que no siga viviendo a mil, que pueda detenerme, morar en mí mismo y escuchar lo que me dice el corazón, que está pidiendo por el otro que está ahí, a un paso, y no puedo contactarme. Hoy se multiplican los lugares donde la gente no se encuentra. En algunas casas, el living no se pisa nunca porque cada uno se encierra en su cuarto. Si no hay lugares donde mi pareja y yo podemos encontrarnos, será muy difícil que hallemos soluciones”, dice Faraoni.

Hablemos claro

“La pareja se junta porque se quiere y sigue junta porque dialoga”, afirma Miguel Mihanovich. Esto quiere decir que, aun ante los cambios más drásticos, si hablamos, podemos darnos a conocer y decir: “Quiero conocerte”.

El diálogo posibilita que nos enteremos y que expresemos cuáles son las necesidades, los temores y las expectativas que tienen los integrantes de una pareja. “Es notable lo poco que las parejas saben de sí mismas –señala Mihanovich–. Vivimos en una sociedad que nos inunda de hechos políticos, policiales, culturales y, entonces, las parejas hablan de circunstancias, de hechos, pero dialogan muy poco sobre lo que les pasa o sobre lo que sienten. Además –continúa–, estamos asistiendo a una cuestión muy curiosa y es que las personas se han ido quedando sin vocabulario. Es llamativa la dificultad que tienen, sobre todos los varones, para expresarse. Es como si no tuvieran vocabulario propio y eso resiente mucho la comunicación en la pareja”. El psiquiatra dice que en estos días los varones y las mujeres pasan mucho más tiempo con sus compañeros de trabajo que con la familia y eso lleva a que muchas veces se valore más lo que pasa fuera de casa que lo que sucede en el hogar. Es lo que ocurre cuando alguien dice: “Mis compañeros se dan cuenta de lo inteligente que soy, y mi marido ni no lo nota o no me lo dice”.

Lo que no podemos hacer es frenar los cambios. Raúl Faroni explica: “Todo lo que está vivo cambia permanentemente, y en la medida en que la pareja está viva va cambiando; si se paraliza, se muere”.

Podemos permitirnos tener contradicciones, podemos sentir que no estamos condenados a sostener de por vida lo que algunas vez elegimos. Si hablamos de todo esto, si mantenemos el buen trato, el respeto, la caricia, el abrazo, nos vamos a sentir acompañados, con esa complicidad que existía cuando éramos dos extraños que empezábamos a darnos cuenta de que, a pesar de las diferencias, teníamos mucho en común, y eso era una grata sorpresa.

“Uno de los aspectos que mantiene las relaciones es la curiosidad, el hecho de saber que el otro es más rico que aquello que me muestra. El mejor piropo que me regaló mi mujer fue cuando después de que yo terminé de dar una charla ella me dijo: ‘Tantos años que nos conocemos y todavía me seguís sorprendiendo’. Es una cuestión personal, uno tiene que estar abierto a la sorpresa, que es lo que hace que caminemos siempre por la misma vereda y veamos cosas diferentes”, concluye Miguel Mihanovich.

“Pude hablar a tiempo”

Agustina, 39 años

“Cuando conocí a Javier jamás me fijé en su físico. Para mí, su personalidad inquieta y divertida podía más que un cuerpo perfecto. Pero a él no le gustaba tanto la imagen que le devolvía el espejo, y a poco de pasar los 40, quiso verse más flaco. Primero vino la dieta, después el gimnasio y, por último, el maratón. Él se sentía cada día mejor y verlo contento me hacía bien. Al principio, intenté acompañarlo. Iba al gimnasio, lo seguía en algunas de sus carreras. De alguna manera intenté meterme en su nuevo mundo y quise que sintiera que si éste era un cambio positivo, yo estaba allí para apoyarlo.

Pero, al tiempo, lo que comenzó como una rutina para estar en forma se convirtió en una obsesión. A toda hora había gimnasio, grupos para correr, horarios y menús fijos, y salidas que se postergaban porque había que prepararse para las carreras.

Su vida pasaba por ese nuevo mundo y ese nuevo físico. No sólo yo sentía que estaba con otra persona, sino que también lo sentían los chicos. Todo el diálogo entre ellos giraba en torno a las calorías, las pesas del gimnasio, los nuevos desafíos deportivos. 

Además, muchos de sus amigos comenzaron a entrar en la vorágine de separaciones que sobrevienen con la edad crítica. Hacían vida de solteros y la contaban a los cuatro vientos.

Yo empecé a sentir celos. Dudaba de si el tiempo que no estaba lo pasaba realmente en el gimnasio; me ponía loca con la idea de que en su grupo de maratón hubiese mujeres. Mis celos lo alejaban más. Un día no aguanté y le planteé que esta persona, este “correcaminos”, no era el hombre con el que me había casado. Le dije que admiraba su voluntad para cuidar su salud y encarar un nuevo tipo de vida, pero que tal como él se lo había tomado, parecía que su familia no estaba incluida en su “nuevo proyecto de ser”. El me miró y me dijo que necesitaba pensarlo. Yo me sentí fatal. Pensé que ya no había retorno.

Él siguió con su rutina y yo me encerré más en la mía. Al siguiente viernes, me dijo que quería comer conmigo. “Ya está, me va a decir que se va, que necesita tiempo”, pensé. Pero no.

Me contó que mi reclamo lo había hecho darse cuenta de que nadie puede cambiar todo de un plumazo. Que así como su “nueva postura saludable” le había permitido descubrirse de otra forma, tenía que aprovechar todo lo que esto le daba, para poder disfrutar de lo que tenía. “Quería estar en forma para poder estar más sano y compartirlo con ustedes. Si esta locura me alienó, creo que no me sirve”, me dijo Javier. También me confesó que entre sus amigos en esta nueva soltería había muchos que no lo pasaban tan bien como parecía. Que se sentían solos, que el ruido aturdía, pero que el silencio los desesperaba.

Javier no quería cambiar para que todo cambiara. Siento que pude hablar a tiempo, y lo mejor que nos pasó fue poder entender que en ciertas etapas de la vida, hay necesidades, de un lado y del otro. El tema es equilibrarlas para que no lastimen al otro”.

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