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Hijos

14 mayo, 2012

Cómo ayudar a los hijos a transitar un divorcio


Aunque ya no carga con el estigma social de antes, la separación de los padres sigue siendo un momento muy duro para los chicos, que a veces quedan en medio de tironeos y peleas. Por Gabriela Picasso. 

Martina cuelga todo en el placard. No hay muñecas ni juguetes desparramados por el piso. Nadie tiene que pedirle que haga los deberes porque los hace apenas vuelve del colegio. No hay que llamarla mil veces para que se vaya a bañar ni para que vaya a comer; ni siquiera se pelea con su hermana. Desde hace un tiempo, Martina se volvió una chica prolija y aplicada. Pero no es lograr la perfección lo que la mueve, sino la culpa y un único sueño: que sus padres vuelvan a vivir juntos. “Si me porto bien, ellos no se van a pelear. Si soy buena, ellos se van a arreglar”, piensa mientras siente que, quizá, si ella hubiese hecho todo lo que le pedían, su papá y su mamá no estarían separados.

Tristeza, ansiedad, enojo, temores, sensación de abandono y hasta de culpa son algunos de los sentimientos que suelen vivenciar los hijos de una pareja que se rompe. Aunque esta separación sea lo más sano para la familia, el dolor y los cambios son inevitables para todos; en especial para los chicos.

Envueltos en su propio torbellino emocional, a veces los padres no tienen en cuenta cuánto sufrimiento pueden sumar cuando no prestan atención a los sentimientos de sus hijos o no toman conciencia de cómo sus acciones, antes, durante y después de la separación o el divorcio pueden repercutir en ellos. ¿Qué podemos hacer para ayudarlos a transitar esta crisis? ¿Es posible brindarles todo lo necesario para que la familia se recupere y encuentre armonía en el nuevo esquema?

Para las nuevas generaciones, la separación o el divorcio se han convertido en un tema cotidiano. En la última década, el promedio de rupturas matrimoniales en la Argentina aumentó un 25%. De acuerdo con el Registro Civil, hay un divorcio por cada tres matrimonios; y en la Ciudad de Buenos Aires, uno por cada dos. Además, el Centro de Estudios de la Población dice que el 30% de los adolescentes son hijos de padres separados. O sea que tener padres divorciados ya no es una rareza.

“Antes, ser hijo de padres separados se vivía como un estigma. Hoy se toma con naturalidad. En los colegios piden poner el teléfono de la madre y del padre, y se da por sentado que varios chicos de una clase tengan a sus padres separados. Al estar socialmente más aceptado, los chicos ya no tienen que estar tan pendientes de lo que piensan los demás, pero el dolor por la separación de los padres es el mismo”, asegura la especialista en comunicación vincular Ana Templesman, hija de padres separados y coautora del libro Los hijos en el medio, que escribió junto con su madre, la psicóloga Silvia Salinas.

Ponerse en el lugar de los hijos y entender sus miedos, sus angustias o sus tristezas es algo difícil para muchos: “A veces, nos resulta incomprensible ver cómo actúan padres que verdaderamente aman a sus hijos –dice Ana–. El problema es que la mayoría de los padres que hoy se separan no son hijos de padres divorciados. No conocen ese dolor, no saben cuáles son los miedos, las fantasías, las pesadillas de un niño que ve derrumbarse su familia”.

Pero, aunque los padres no conozcan ese sentimiento, deben saber que es importante que, pese a las diferencias, formen un frente unido y contenedor al momento de comunicarles su decisión a los chicos. El momento y la forma de decirlo, así como la información que se les dará acerca de cómo será su vida a partir de la separación, es clave. Hay que tener en claro que no se trata de un anuncio, sino de una conversación, y los padres deben estar preparados para contener a los chicos, responder a sus preguntas y atender sus necesidades. Aunque haya sido uno solo el que haya tomado la decisión de separarse, ambos deben hacerse cargo de la situación. La pelea entre los padres es lo que más les duele a los hijos.

Además, no es bueno que se anuncie la separación y que el papá automáticamente se vaya de casa. Hay que dar espacio y tiempo para que los chicos pregunten, para que sepan cómo será su vida, sin sobrecargarlos de información, pero tampoco dejándolos solos con la noticia: “Nunca es un buen momento para comunicar esta noticia, pero lo ideal es hacerlo en lo posible durante un fin de semana, cuando haya tiempo para desahogarse, preguntar, estar, contener –explica Silvia Salinas–. Es importante, siempre que sea posible, prever cómo será la vida a partir de ese momento. No es un punto final, sino el inicio de un montón de cosas por resolver y acomodar. A los chicos hay que darles un marco concreto, porque ellos viven un momento de confusión y ansiedad y no saber qué pasará los asusta más. El mensaje debe ser: ‘Nosotros como pareja no podemos seguir juntos, pero como papás sí lo estamos’”.

Hasta dónde hay que explicar

Es importante que los chicos conserven buenos recuerdos de la relación entre sus padres, que sientan que nacieron como fruto del amor. Ellos no tienen por qué saber los pormenores de la ruptura. Lo que no se compartió con los hijos cuando los papás estaban juntos no hay por qué compartirlo cuando se separan. La pareja no se descarna ni se desnuda porque se haya roto.

Nunca es posible prever cómo reaccionarán los chicos y la información que les demos dependerá mucho de ellos. Algunos no quieren escuchar; otros se enojan; otros quieren saber más de lo que se puede contar… Pero más allá de las reacciones, coinciden las psicólogas, hay un mensaje muy claro para dar: lo que ha ocurrido es un asunto entre mamá y papá y los hijos no son en absoluto responsables por la separación. Salinas dice que la mayoría de los niños se sienten culpables incluso aunque los padres les digan que no es así. Por eso, es tan importante llevarles tranquilidad.

La separación impacta de diferente manera en cada chico y no es lo mismo para un niño de 4 años que para uno de 16. Los más chiquitos son muy vulnerables, por lo que fácilmente pueden experimentar sensaciones de inseguridad y necesitan de rutinas marcadas, sin cambios bruscos. “No pueden estar una semana con uno y después con el otro, porque se desacostumbran muy rápido y pierden la confianza –explican Ana y Silvia–. Necesitan del contacto permanente con ambos padres y, a veces, se aferran a algún objeto, como mantas o muñecos, que les dan seguridad cuando se mueven de un hogar al otro. No necesitan tener tanta información, pero sí es necesario decirles que, aunque papá y mamá vivan en casa separadas, siempre van a estar con él. Además, tienen muchos miedos y pesadillas sobre lo que sucedió y sobre lo que puede ocurrirles a ellos. Temen el abandono y, también, ser reemplazados por una nueva pareja o por hermanastros. Explicarles las cosas de manera sencilla los ayudará
a no llenar con fantasías los espacios en blanco”.

Si en todo momento las pelas y la hostilidad entre los padres resultan dolorosas para los hijos, en la etapa de los 7 a los 10 años les resulta insoportable; en especial, porque son muy leales y la idea de tomar partido es algo que no pueden asumir. Entonces, es posible que busquen unir a sus padres de nuevo: se pueden portar mal para que ambos tengan que hacerse cargo; o demasiado bien, porque creen que si son buenos y los complacen (todavía existe un componente de culpa), ellos volverán a estar juntos.

A partir de la pubertad y en la adolescencia, cuando comienzan a buscar su propia identidad y a separarse de su familia, pueden, por el contrario, intentar alejar a los padres y muchas veces se aprovechan de la situación para manipularlos. Por eso, es de vital importancia que los padres, a pesar de las diferencias que tengan entre ellos, se presenten como un bloque consistente, en especial en el tema de los límites y los permisos.

De acuerdo con Silvia Salinas, entre los 11 y los 14 años enfrentarán el divorcio de sus padres intentando saber quién tuvo la culpa, y quizá tomen partido, en particular por aquel que consideran más lastimado: “En la adolescencia es probable que sean los chicos quienes pregunten; es bueno saber escucharlos y darles la información sobre los motivos de la separación, pero se debe tener cuidado con compartir información de más, sobre todo si esta daña la imagen que se tiene de la relación o
de alguno de los padres”.

¿Y a mí quién me cuida?

“Cuando suena el teléfono y es papá, me doy cuenta al toque: a mamá se le transforma la cara y le larga un discurso, o ni siquiera le contesta. Cuando él nos viene a buscar, a veces ni se saludan, o se empiezan a gritar hasta que se cierra la puerta del auto. Ya ni quiero que llegue el fin de semana, porque sé que siempre se matan”, dice Olivia, de 14 años, que no soporta más la continua agresión entre sus progenitores.

El odio, el rencor y las peleas entre los padres causan más dolor que la propia separación. Es importante saber que separarse no es un punto de llegada, sino también de partida, de una nueva situación, de un nuevo capítulo de la historia de esa familia. Los chicos no pueden sentir que están en medio de una guerra librada entre las dos personas más importantes de sus vidas. “¿Y a mí quién me cuida?”, suele pensar un chico que ve a sus padres preocupados solo por herirse y descalificarse mutuamente. Muchas veces los padres, ensimismados en su propio rencor, convierten a su hijos en rehenes de un conflicto que no buscaron; en mensajeros de palabras hirientes (“Decile a tu mamá que está loca, que no pienso darle un peso más”), en jueces de situaciones no buscadas (“¿A vos te parece que tu papá tiene la razón?”), en espías de lo que no necesitan saber (“Fijate qué le compró a la otra”) y en espectadores de un acto que no deberían presenciar.

“Cuando un papá le grita a su ex mujer, a los ojos del chico, le está gritando a su madre. Si no le pasa plata para castigarla, es su madre la que vive con miedo de perder la casa, angustiada y enojada. Si una mujer le retacea las visitas de los hijos a su ex marido, son ellos los que van a extrañar al papá. Los chicos no ven a sus padres como dos personas en una pareja, sino como su papá y su mamá. Para muchos chicos, el divorcio es la primera gran crisis de sus vidas, y necesitan de sus padres para que sirvan de modelo y les enseñen cómo lidiar con una situación difícil. Si los padres se enojan y se pelean, esto es lo que van a aprender a hacer ante los problemas. Es clave para que los chicos puedan superar el divorcio que los padres resuelvan sus problemas. Si ellos nunca concluyen el duelo, sus hijos nunca podrán hacerlo”, asegura Templesman.

Para salir adelante y acompañar a los chicos en este nuevo esquema de vida, es necesario abandonar el rencor, evitar las peleas e intentar comprender el dolor del otro. Silvia y Ana dicen que hay que posicionarse en el rol de adultos a la hora de reorganizar la vida familiar, buscando arreglos que funcionen para todos y evitando que los chicos sufran aún más el estrés y el dolor que les provoca el hecho de que sus padres ya no estén juntos y de tener que modificar sus rutinas e incluso muchas veces su estilo de vida: “Hay que intentar dar orden al desorden emocional que les provocó la ruptura; eso es muy importante para que se conviertan en seres seguros. Los chicos tienen que seguirse sintiendo igual de queridos y amados”.  

Chicos contenidos

La psicóloga estadounidense Christy Buchanan dice que los padres que se encuentran en medio de una separación deben tener en cuenta lo que ella denomina el “Escudo de las cinco C”:

  • Cercanía: Los hijos que mantienen una relación cercana con ambos padres se sienten más protegidos y contenidos. Para mantener la cercanía, las actividades cotidianas (por ejemplo, hacer los deberes, comer juntos o bañarse), así como los momentos especiales (vacaciones, salidas, fiestas), deben mantenerse y realizarse con cada uno de los padres alternativamente.
  • Cuidado: Hay que participar y ayudarlos a desenvolverse normalmente con amor e interés, poniendo límites y con expectativas y demandas adecuadas para cada edad.
  • Conflicto: La forma más importante en que los padres pueden proteger a sus hijos de los malos efectos de un divorcio es minimizando las peleas y evitando hablar mal del otro frente a ellos, o que se vean forzados a tomar posiciones.
  • Cambio: Los chicos crecen bien con estabilidad y rutinas. Es importante minimizar los cambios (mantenerlos en la misma casa y escuela) y ser coherentes respecto de las reglas en ambos hogares. Si surge un cambio, hay que advertirlo y mostrarse abiertos y comprensivos a sus reacciones.
  • Capital: Es importante que los chicos puedan tener un estilo de vida similar en ambos hogares. Puede ser emocionalmente perturbador para ellos que un padre sea el que da regalos y lujos, mientras que el otro tiene problemas para mantenerse.

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