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POR Adriana Amado - La mujer en los medios

4 enero, 2017

WhatsApp: hablamos porque es gratis

Mensajes a cualquier hora, reclamos urgentes de respuestas inmediatas, cataratas de audios. Y los grupos, esas colectividades obligatorias de las que no podemos escapar. A nadie más que a nosotros, sus usuarios, podemos endilgarle el contenido -tantas veces infernal- de este popular sistema de mensajería.

Eso de pueblo chico, infierno grande, se reinventa en las comunidades virtuales de WhatsApp (el Guasap para los amigos). Esta red vino a liberarnos de los mensajes telefónicos de pago pero con el regalo llegó la condena. El mensaje es gratis pero sale caro. Aparece impertinente a cualquier hora reclamando atención inmediata. Desde que permite mandar adjuntos dejó de ser una simple mensajería de texto para convertirse en un multimedios que despacha fotos, audios y videos a mansalva. La catarata de mensajes revuelve las cosas importantes con irrelevancias, insolencias de desconocidos con los ansiados mensajes del ser querido, urgencias con mensajes que nadie espera.

Como con los primeros teléfonos móviles las llamadas eran carísimas aprendimos a mandar mensajes aunque para encontrar la letra hubiera que apretar varias veces cada tecla hasta formar trabajosamente el mensaje. Pero el pulgar adquirió tal destreza que se ha vuelto un dedo inquieto, frenético, compulsivo, que no puede parar de pulsar el “Enviar”. Y ese ímpetu con que usamos los avances técnicos trae daños colaterales que podrían ocurrir con cualquier otro canal de comunicación pero que, por la promiscuidad de esta red, se concentran llamativamente en el Guasap.

Atención 7 por 24

Hasta los call centers más explotadores tienen horario de atención, pero los mensajeros del Guasap no descansan: envían mensajes el fin de semana, durante las comidas, a última hora de la noche o a primera de la mañana. Si bien técnicamente es posible desactivar las campanitas de aviso en horarios inconvenientes, los imprudentes no entienden el concepto de respuesta diferida. Para ellos las dos tildes que indican que el mensaje fue recibido puede significar un desprecio si no se contesta. “Clavar el visto” le dicen, como si la demora en la respuesta fuera una daga en el corazón del remitente, que considera directamente sociópata a quien no habilita el azul como acuse de recibo.

Respuesta inmediata o le devolvemos su pregunta

La conversación guasapera (como la tristeza de la canción de Vinicius) no tiene fin. Ni siquiera cuando dijimos fehacientemente que sí o agradecimos el mensaje. Mínimo vuelve una carita feliz, que debe retribuirse con unas manitos saludando, que se contesta con un corazón, y así hasta el infinito.

Entradores compulsivos

Quienes tienen asociado el salto de línea con el envío no siempre entienden que cada vez que terminan una oración disparan insidiosas campanitas en el aparato receptor. En el otro extremo de estos ansiosos, incapaces de terminar una idea antes de enviarla, están los farragosos, que no pueden enviar una idea sin terminar un opúsculo con carácter de obra póstuma, de tantos párrafos que no entra en una pantalla.

Mil palabras no valen un emoticón

Cuando suponíamos que las caritas tristes, felices o descompuestas tenían un significado universal, aparece alguien que pide explicaciones por el emoji enviado. ¿Qué tan feliz es la carita menos feliz? ¿Cómo tomar un beso con corazón? ¿Y un corazón azul? ¿Es más o menos que el rojo?

La iglesia universal del reino del Guasap

Una recibe un místico poema sobre el amor, o un sesudo pensamiento sobre la condición femenina o sobre el valor de la amistad y estaba a punto de emocionarse cuando lee “envía este mensaje a 29 amigas”. Lo peor no es que no haya sido escrito especialmente para nosotras sino que alguien que ni siquiera tenemos cargada en la lista de contactos nos considere entre los íntimos beneficiarios de los milagros. Y que nos hace responsable de no cortar una cadena que cuelga de San Expedito, del papa o la fuerza universal encargada de ejecutar la maldición de interrumpirla.

Contestador-Walkie Talkie

Renegando de ciento cuarenta años de avances de telecomunicación a distancia, la gente reemplaza la llamada en directo con mensajes grabados. Para ellos un teléfono inteligente es el que cumple las mismas funciones del contestador automático de mini casete y el Handy transmisor. Se los puede identificar en el transporte público con su teléfono en la boca cual espía en la Guerra Fría, grabando un mensaje que puede durar varias estaciones de subte. La cápsula de sonido viajará por la red a la espera de que otro levante, la escuche y responda quizás con el mismo sistema. Cambio y fuera.

Logias sin omertá

Como en esas películas del crimen organizado, cualquier inocente de pronto se despierta un día, privado de su libertad en un grupo de Guasap, con juramento de lealtad a la camarilla pero sin la ventaja del código de silencio que gozan los mafiosos. Porque la gente de esos grupos no para de hablar, de mandar saludos a gente que no conocen, de expresar pensamientos que a nadie importan; de mandar memes que ya habíamos visto en el mundial 2010; de exhibir en público mensajes que nunca deberían haber salido de un canal privado. Como si estuviéramos en ascensor atascado, los grupos imponen una colectividad obligatoria de la que no se puede salir y en la que se teme ejercer la libertad de expresión. Grupos de trabajo, de primos lejanos, de militancia, excolegas, excuñadas, hechos para el torneo de pelota paleta o para la quedada de una noche que resulta para siempre. El flagelo llega a su grado máximo en lo que se conoce como “mamis del cole”, colectivo femenino virtual que está haciendo más daño al avance del género que los acosos de Donald Trump. La presión es tal que gente valiente para denunciar estereotipos en un micrófono, oradores temerarios en la reunión de consorcio, son incapaces de señalar el insulto que significa ese video que mando el cuñado o la tirria que provoca la madre de Clarita preguntando dos veces por semana si algún otro chico de la colonia se contagió de piojos (y todas las otras contestando que no durante horas, para que quede claro que la nena es la única piojosa).

El profesor José Luis Fernández explicaba al grupo de amigos al que pedí opinión acerca de estos fastidios guasaperos, que justamente por tratarse de una red vacía tiende a capturar todos los usos, buenos y malos, de cualquier interacción social. Con el agregado de que por ser nosotros mismos los aportantes de sus contenidos no podemos atribuir sus atrocidades a ninguna conspiración multimediática ni al sojuzgamiento masculino ancestral. Ahí queda claro que participamos de la comunicación que somos capaces de tolerar.  Y que, por alguna razón que se me escapa, somos incapaces de mejorar.

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