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POR Adriana Amado - Columnistas

27 diciembre, 2017

Vivir como una reina

¿Realmente nos gustaría estar debajo de esa corona dorada y llena de piedras preciosas que sostiene, temblorosa, la monarca? La serie "The Crown" propone ver el detrás de escena, lo que no brilla, en el reinado de los espejitos de colores.

Foto: Netflix.

Muchas veces usamos las metáforas de la realeza como forma de expresar la vida fácil, mágica, acomodada. Los sueños de princesa son una fantasía infantil, que encontró detractores entre los que piensan que idealizar modelos puede ser fuente de estereotipos y otros males. Pero más allá de esas leyendas que empiezan con el habíaunavez, la historia real de monarcas reales vendría a desmentir eso de que vivir a cuerpo de rey es algo bueno. Y es que parece que los cuentos de princesas son un cuento.

Una de las series más ponderadas de la temporada es “The Crown” y “La corona” no es otra que la del Reino Unido en la cabeza de la señora de los sombreros locos, la suegra de Lady Di, la abuela de los príncipes William y Harry. Netflix estrenó en diciembre de 2017 la segunda temporada de la telenovela, que cuenta la vida de Elizabeth II o Isabel, en español, desde el momento en que fue coronada. Que coincidió más o menos con su boda, lo que ya nos advierte que no es un cuento de princesas muy normalito, porque empieza desde el clásico final para contar, en cada capítulo, que después no comieron perdices ni vivieron felices por siempre.

Porque eso de ser reina en tiempos de guerras mundiales y conflictos geopolíticos no tiene nada que ver con serlo en una película de Disney. Como que estás tomando el té con tu madre y te llega el aviso de una revuelta en África. Estás probándote un vestido de aquellos y te avisan que el primer ministro viene a traerte malas noticias. Embarazada, querés deshincharte las piernas con una siestita y en eso entra el edecán a traerte una pila de papeles que requieren tu despacho. ¿Para qué una querría ser reina, si no para hacer lo que nos venga en gana?

Pues no es así la vida de Isabel, condenada a andar de saquito tejido en un palacio que parece menos calefaccionado que nuestras casas después del aumento en la factura del gas. Para colmo, le tocó un príncipe muy rubio y elegante, que se hace el normal y supone, como tantos, que la credencial de marido y de padre lo habilita para mandonear y ser desagradable. Y una hermana como Margarita, que se hace la princesa con unos caprichos que no sirven más que para abusar del cigarrillo, el alcohol y los desplantes. Andá a recordarles a esos desconsiderados que, además de esposa y hermana, sos la mismísima reina de Inglaterra.

Si algo pinta la soledad palaciega es la recurrencia de una reina moviéndose entre habitaciones con su carterita colgada del brazo. Un objeto que es indicador de vida pública (las mujeres llevamos allí las cosas íntimas que necesitamos para salir a la calle) y, en la serie, muestra de manera sutil pero persistente la ausencia de vida privada de la protagonista. La fantasía que pueda asaltarnos de tener un valet que nos saque los zapatos al final del día, se desvanece cuando comprobamos, capítulo tras capítulo, lo agotador de ser manoseada en cada cambio de ropa. La reina actriz lo insinúa con esa mirada perdida a través de las ventanas, ese rictus de cansancio resignado, esos hombros que cargan con tristeza un collar que vale lo que un departamento de cuatro ambientes con amenidades. Esa sola actuación hace que la serie merezca ser incluida en el menú de este verano.

Pero también podría ser un hermoso entretenimiento familiar para conversar acerca de cuestiones del siglo pasado con las criaturas de la casa, sin que sea necesariamente porque alguno se llevó Historia a marzo. O para revisar nuestros propios prejuicios alimentados en revistas que solo muestran de las monarquías esas fiestas irreales y reducen a las reinas a las firmas de los diseñadores que las visten. No siempre se encuentran ejemplos de mujeres que hicieron historia desde el ejercicio del poder ni se entiende tan clarito cómo vivía la abuela, que no era la reina de Inglaterra.

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